jueves, 23 de enero de 2014

Viaje a la Luna [La singular aventura de un tal Hans Pffaal]..



Con el corazón lleno de furiosas fantasías
De las que soy el amo,
Con una lanza ardiente y un caballo de aire,
Errando voy por el desierto.
La canción de Tomás el loco.


    Según las últimas noticias de Rotterdam, parece que esta ciudad se halla en un singular estado de efervescencia filosófica. A decir verdad, se han producido fenómenos de un género tan inesperado, tan nuevo y tan absolutamente en contradicción con todas las opiniones admitidas, que sin duda alguna pronto se hallará trastornada toda Europa, y la física en fermentación. La razón y la astronomía se agarraron entonces de los cabellos.
    Parece que el... del mes dé... (no recuerdo a punto fijo la fecha) se había reunido una inmensa multitud, con un objeto que no se especifica, en la gran plaza de la Bolsa, de la agradable ciudad de Rotterdam. El día era muy caluroso para la estación; apenas soplaba la brisa, y a la multitud no le desagradaba que de vez en cuando la regase, durante algunos minutos, un chaparrón benéfico, producido por las masas de blancas nubes diseminadas en la celeste bóveda del firmamento.
Sin embargo, hacia mediodía se manifestó en la multitud una ligera aunque notable agitación, seguida del clamoreo de diez mil lenguas; diez mil cabezas se levantaron para fijar la vista en el cielo; otras tantas pipas se retiraron simultáneamente de las bocas, y un grito prolongado, inmenso, atronador, sólo comparable con el mugido del Niágara, resonó a través de toda la ciudad y de los alrededores de Rotterdam. 
     El origen de aquel tumulto fue muy pronto evidente; se vio desembocar en un espacio de la extensión azulada, saliendo de una de aquellas grandes masas de nubes de contornos vagamente definidos, un ser extraño, heterogéneo, de aspecto sólido, de tan singular configuración y tan fantásticamente organizado, que la multitud de aquellos robustos ciudadanos, que lo miraban desde abajo con la boca abierta, no podían de ningún modo comprender lo que era ni cansarse de mirarlo.
    ¿Qué podría ser aquello? Por todos los diablos de Rotterdam, ¿qué presagiaría semejante aparición? Nadie lo sabía; a nadie le era posible adivinarlo; ni aun el burgomaestre Mynheer Superbus Von Underduk poseía el más ligero dato para aclarar aquel misterio; de modo que los buenos ciudadanos, no teniendo cosa mejor que hacer, volvieron a colocar sus pipas en la boca, y con la vista siempre fija en el fenómeno, lanzaron bocanadas de humo, hicieron una pausa, se contonearon de derecha a izquierda, murmurando significativamente, guardaron silencio otra vez, y después de gruñir de nuevo, siguieron fumando tranquilamente.
    Sin embargo, se veía bajar, acercándose cada vez más a la beata ciudad, el objeto de tan general curiosidad, causa de aquella considerable humareda; de modo que a los pocos minutos el objeto estuvo lo bastante cerca para que se lo pudiera distinguir con claridad. Parecía ser, y lo "era" indudablemente, una especie de globo; pero hasta entonces, Rotterdam no había visto otro semejante, pues ¿quién ha oído hablar nunca de un globo fabricado tan sólo con diarios grasientos? Seguramente nadie en Holanda; y sin embargo, allí, sobre las narices del pueblo, o más bien a cierta distancia, veíase el objeto en cuestión, construido —lo sé de buena fuente— con dicho material, en el que nadie había pensado hasta entonces para semejante objeto. Aquello era un escandaloso insulto al buen sentido de los ciudadanos de Rotterdam.
    En cuanto a la forma del fenómeno, era más reprensible aún: afectaba la figura de un gigantesco gorro de loco, invertido; y esta semejanza no se desvaneció en modo alguno cuando al mirarlo más de cerca la multitud pudo ver una enorme bellota pendiente de la punta, y alrededor del borde superior o de la base del cono una serie de pequeños instrumentos semejantes a las campanillas de las ovejas, que resonaban continuamente.
    Pero había otra cosa más extraordinaria aún: suspendido de unas cintas azules en la extremidad de la fantástica máquina, se balanceaba, a manera de barquilla, un inmenso sombrero de castor gris americano, de alas en extremo anchas, de copa hemisférica, con una cinta negra y una hebilla de plata. Cosa singular: algunos ciudadanos de Rotterdam hubieran jurado que conocían ya aquel sombrero, y a decir verdad, la multitud pareció casi familiarizada con él; mientras que la matrona Grettet Pfaall profirió una exclamación de alegría al verlo, declarando que era positivamente el sombrero de su querido esposo.
    Ahora bien: esta circunstancia parecía tanto más importante cuanto que Pfaall había desaparecido de Rotterdam con tres compañeros hacía unos cinco años, de una manera tan repentina como inexplicable, y hasta el momento en que comienza este relato, todos los esfuerzos para obtener noticia de los ausentes fueron completamente inútiles. Cierto que se habían descubierto últimamente, en un punto retirado de la ciudad, algunas osamentas que se creyeron humanas, mezcladas con restos de extraño aspecto, llegando a suponer algunos que en aquel lugar se había cometido un horrible asesinato, y que Hans Pfaall y sus compañeros habían sido probablemente las víctimas.
    El globo, pues en efecto lo era, hallábase entonces a cien pies del suelo, y la multitud podía ver claramente al personaje que lo ocupaba. Era, por cierto, un ser extraño; sólo medía dos pies de estatura, pero su pequeñez no lo habría librado de perder el equilibrio y caer de su diminuta barquilla, a no haber tenido ésta un reborde circular que llegaba hasta el pecho del singular individuo, estando sujeto por las cuerdas del globo.

    El cuerpo del hombrecillo era desproporcionadamente voluminoso y comunicaba al conjunto de su persona un aspecto de redondez extravagante; sus pies, como era natural, no se podían ver; tenía las manos monstruosas; el cabello gris, sujeto por detrás en forma de coleta; la nariz prodigiosamente larga, ganchuda y de color rojizo; los ojos grandes y de penetrante mirada; y la barba y las mejillas, aunque llenas de arrugas, parecían infladas. Lo más singular en aquel conjunto era que en los dos lados de la cabeza no se veía la menor señal de orejas.
    El hombrecillo vestía una especie de sobretodo suelto, de seda azul celeste, calzón ceñido del mismo color, sujeto en las rodillas con hebillas de plata; su chaleco de una tela brillante amarilla, una especie de bonete blanco, puesto de medio lado; y, como complemento de este equipo, un pañuelo de seda carmesí alrededor del cuello, con un nudo enorme y las puntas pendientes sobre el pecho delicadamente.
    Al llegar a cien pies del suelo, como ya he dicho, el hombrecillo pareció preso repentinamente de una agitación nerviosa, y se hubiera dicho que no deseaba acercarse más a la "tierra firme". Arrojó cierta cantidad de arena, tomándola de un saco de lona, que a duras penas levantó, y se mantuvo estacionario durante un momento; después sacó del bolsillo de su sobretodo, con cierta precipitación, una cartera de cuero, la pesó en la mano con aire receloso, la examinó detenidamente, sorprendido al parecer, la abrió al fin, sacó una enorme carta sellada con lacre encarnado, muy bien sujeta con cintas del mismo color, y la dejó caer a los pies del burgomaestre Superbus Von Underduk.
    Su Excelencia se inclinó para recogerla; pero el aeronauta, siempre muy inquieto, y no teniendo aparentemente nada que hacer en Rotterdam, comenzaba a prepararse ya para subir de nuevo, y como le era preciso descargar una parte de su lastre a fin de elevarse, media docena de sacos, arrojados uno después de otro sin tomarse la molestia de vaciarlos, cayeron sobre la espalda del infeliz burgomaestre y lo hicieron rodar varias veces por tierra a la vista de todo Rotterdam.
    No se ha de suponer, sin embargo, que el gran Underduk dejó pasar impunemente aquella impertinencia de parte del hombrecillo; se dice que en cada una de sus caídas arrojó furiosamente seis bocanadas de humo de su querida pipa, la cual sujetaba entre tanto con toda su fuerza, como lo hará siempre, si Dios lo permite, hasta el último día de su vida. Sin embargo, el globo se elevaba como una golondrina, y cerniéndose sobre la ciudad, desapareció tranquilamente detrás de una nube semejante a aquella de la que había salido de un modo tan singular, perdiéndose de vista para los buenos ciudadanos de Rotterdam, atónitos ante aquel espectáculo.
    Toda la atención se fijó entonces en la carta, cuya entrega, con los accidentes que la siguieron, había estado a punto de ser tan fatales a la persona y a la dignidad de su Excelencia Von Underduk. Este 'funcionario, sin embargo, no se olvidó, durante sus movimientos giratorios, de poner en seguridad el objeto importante, la carta, que según el sobre, había caído en manos legítimas, puesto que iba dirigida a su Excelencia, primeramente, y al profesor Rudabub, en su calidad respectiva de presidente y vicepresidente del colegio astronómico de Rotterdam. En consecuencia, estos dignatarios la abrieron al punto y hallaron la siguiente comunicación, muy extraordinaria, y a la verdad en extremo grave:


"A sus Excelencias Von Underduk y a Rudabub, presidente y vicepresidente del
Colegio Nacional Astronómico de la ciudad de Rotterdam.

Vuestras Excelencias se acordarán sin duda de un humilde artesano,
componedor de fuelles, que desapareció de Rotterdam hará unos cinco años, con
otros tres individuos y de una manera que debió considerarse inexplicable: yo
soy el mismo Hans Pfaall, si Vuestras Excelencias no lo llevan a mal, y el mismo
que firma esta comunicación. Es notorio entre la mayor parte de mis
conciudadanos que he ocupado por espacio de cuatro años la casita de ladrillo
situada en la callejuela conocida con el nombre de Sauerkraut, donde aún
habitaba en el momento de mi desaparición. Mis abuelos residieron siempre allí
desde tiempo inmemorial ejerciendo invariablemente, como yo, el muy
respetable y muy lucrativo oficio de componedores de fuelles, pues a decir
verdad, hasta estos últimos años, en que todos se entregan con pasión a la
política, jamás se ejerció más fructuosa industria por un honrado ciudadano de
Rotterdam, y nadie fue más digno que yo.
El crédito era excelente, los parroquianos numerosos, y por lo tanto no
faltaba dinero ni buena voluntad; pero como ya he dicho, muy pronto nos
resentimos de los efectos de la independencia, de los grandes discursos, del
radicalismo y de todas las drogas de esa especie.
Aquellos que hasta entonces habían sido los mejores clientes del mundo, ya
no tuvieron un momento para pensar en nosotros; todo lo necesitaban para
aprender la historia de las revoluciones, vigilando en su marcha la inteligencia y
la idea del siglo; si necesitaban soplar el fuego, construían un fuelle con algún
diario; a medida que el gobierno se debilitaba, yo adquiría la convicción de que
el cuero y el hierro eran cada vez más indestructibles; y muy pronto, no hubo en
todo Rotterdam un solo fuelle que necesitase compostura. Semejante estado dé
cosas era insostenible; muy pronto quedé más pobre que una rata, y como tenía
mujer e hijos, mis gastos llegaron a ser insoportables; de modo que empleaba
todo mi tiempo en reflexionar sobre la manera más conveniente de poner fin a
mis días.
Sin embargo, mis acreedores me dejaban pocos ratos para entregarme a la
meditación; sitiaban materialmente mi domicilio desde la mañana hasta la noche,
y tres de ellos, en particular, me atormentaban de manera indecible, vigilaban de
continuo mi puerta y me amenazaban a cada momento con la ley.
Juré vengarme cruelmente de aquellos tres individuos, si llegara a tener la
suerte de atraparlos entre mis uñas; y creo que esa dulce esperanza fue la única
cosa que me impidió realizar mi proyecto de suicidio, que era levantarme la tapa
de los sesos de un pistoletazo. No obstante, juzgué que sería mejor disimular mi
rabia, prodigando promesas y buenas palabras hasta que, por un feliz capricho
de la suerte, se me presentó ocasión de vengarme.
Cierto día que conseguí esquivarlos y hallándome más abatido que nunca,
estuve vagando largo tiempo, sin objeto, por las calles más oscuras, hasta que al
fin, al doblar una esquina, me encontré junto al local de un librero de viejo, vi a
mano un sillón destinado a los clientes, me dejé caer en él de muy mal humor, y
sin saber por qué, abrí el primer volumen que estuvo a mi alcance.
Resultó ser un folleto sobre la astronomía especulativa, escrito por el
profesor Encke, de Berlín, o por un francés cuyo nombre se asemejaba mucho al
suyo; y como yo tenía un ligero conocimiento de esta ciencia, me absorbí pronto
de tal manera en la lectura del folleto, que lo leí dos veces de cabo a rabo sin
saber lo que pasaba alrededor.
No obstante, como se acercaba la noche, tomé el camino de mi casa;
pero la lectura de aquel tratado, coincidiendo con un descubrimiento
neumático que me había revelado hacía poco un primo en Nantes, como
secreto de gran importancia, acababa de producir en mi ánimo una impresión
indeleble. Vagando a través de las oscuras calles, repasé minuciosamente
en mi memoria los extraños razonamientos del escritor, a veces
ininteligibles. Algunos pasajes me habían afectado de una manera extraordinaria,
y cuanto más pensaba en ellos, más me interesaba el asunto.
Mi educación, muy limitada, y mi completa ignorancia de los asuntos
relativos a la filosofía natural, lejos de hacerme desconfiar de mi aptitud para
comprender lo que había leído, o de inducirme a poner en cuarentena las
nociones vagas y confusas que surgieran naturalmente de mi lectura, se
convirtieron en aguijón más poderoso para mi espíritu, y fui lo bastante vano, o tal
vez razonable, para preguntarme si las ideas descabelladas que surgen
desordenadamente de los espíritus no pueden contener a menudo toda la fuerza,
toda la realidad y las demás propiedades inherentes al instinto y a la intuición.
Era ya tarde cuando llegué a casa, y al punto me acosté; pero estaba tan
preocupado que no pude dormir, y pasé toda la noche sumido en profundas
meditaciones. Por la mañana, a primera hora, corrí al negocio del librero y gasté
el poco dinero que me quedaba para comprar algunos volúmenes de mecánica y
de astronomía prácticas. Los llevé a mi casa como un tesoro, y comencé a leerlos
con detenimiento, aprovechando cuantas horas me quedaban libres. Así pude
adelantar lo bastante en mis nuevos estudios para poner en ejecución cierto
proyecto, inspirado por el diablo, o por algún genio protector.
Durante aquel tiempo hice los esfuerzos posibles para contentar a los tres
acreedores que tanto me martirizaban, y por último lo conseguí, vendiendo una
buena parte de mi mobiliario para satisfacer hasta cierto punto sus
reclamaciones, y ofreciendo saldar la diferencia apenas realizase un plan que
había concebido, para el cual reclamaba sus servicios. Gracias a esos medios,
pues mis acreedores eran muy ignorantes, no me costó mucho inducirlos a
secundar mis miras.
Arregladas así las cosas, con el auxilio de mi esposa, y adoptando las
mayores precauciones para guardar el secreto, dispuse de lo poco que me
quedaba, y pedí a préstamo una regular cantidad, sin cuidarme, con vergüenza lo
confieso, de los medios de reembolsar la suma.
Gracias a este aumento de recursos, pude comprar varias piezas de batista
muy buena, de doce varas cada una, soga, barnices, un cesto de mimbre, y otros
artículos necesarios para construir un globo de extraordinarias dimensiones.
Encargué a mi mujer que lo confeccionara lo más pronto posible, y le di todas las
instrucciones necesarias para proceder convenientemente en su trabajo.
Al mismo tiempo construí con la batista una red de suficientes dimensiones a
la cual adapté un aro y varias cuerdas, y compré numerosos instrumentos y las
cosas necesarias para practicar experiencias en las más altas regiones de la
atmósfera. Cierta noche transporté prudentemente a un sitio retirado de
Rotterdam cinco barricas con aros de hierro, de cincuenta litros de cabida cada
una, otra más grande, seis tubos de hojalata de seis pulgadas de diámetro por
cuatro pies de longitud, una regular cantidad de "cierta sustancia metálica o
metaloide" que no quiero nombrar, y media docena de frascos llenos de un ácido
muy común. El gas que debía resultar de esta combinación no se ha fabricado
hasta ahora sino por mí, o por lo menos no se aplicó nunca a semejante fin; sólo
puedo decir aquí que es una de las "sustancias constituyentes del ázoe", que tanto
tiempo se ha considerado como irreductible, creyéndose que su densidad es menor
que la del hidrógeno en unas treinta y siete veces o poco más; carece de
sabor, pero no de olor; arde cuando está puro, produciendo una llama verdosa,
que ataca instantáneamente la vida animal. No tengo inconveniente en revelar
todo el secreto, si bien pertenece de derecho, según he indicado ya, a un
ciudadano de Nantes, en Francia, quien me lo comunicó condicionalmente.
El mismo individuo tuvo a bien confiarme, sin conocer en modo alguno mis
intenciones, un procedimiento para fabricar los globos con cierto tejido animal,
que hace casi imposible el escape de gas; pero me pareció demasiado costoso, y
por otra parte era muy posible que la batista revestida de caucho produjese el
mismo efecto. Sólo cito esta circunstancia porque creo probable que el individuo
de que se trata intente uno de estos días alguna ascensión con el nuevo gas y la
materia de que hablo, y porque no quiero robarle la gloria de un invento muy
original.
En el espacio que debía ocupar cada una de las barricas practiqué secretamente un agujero, de modo que todas formaron un círculo de veinticinco
pies de diámetro, en cuyo centro, que era el sitio destinado al barril más grande,
abrí un hoyo profundo.
En cada uno de los cinco agujeros deposité una caja de hojalata que contenía
veinte kilos de pólvora de cañón, y en el hoyo un barril que encerraba noventa.
Entre ese barril y las cinco cajas formé unos regueros de pólvora, y después de
introducir en una la extremidad de una mecha de cuatro pies, llené el hoyo y
coloqué el barril encima, dejando que sobresaliera de éste un poco la otra punta
de aquélla, aunque casi imperceptiblemente.
Además de los artículos enumerados, transporté a mi depósito general y
oculté allí uno de los aparatos perfeccionados de Grimm para la condensación
del aire atmosférico, aunque reconocí que esta máquina necesitaba singulares
modificaciones para llenar el objeto a que yo la destinaba. Sin embargo, gracias
a un continuo trabajo y a una incesante perseverancia, obtuve excelentes
resultados en todos mis preparativos, y el globo quedó terminado muy pronto.
Podía contener más de cuarenta mil pies cúbicos de gas, y elevarme
fácilmente con todos mis aparatos, y ciento setenta y cinco libras de lastre,
según calculé, si gobernaba bien. Le había aplicado tres capas de barniz, y
observé que la batista haría muy bien las veces de la seda; era tan sólida como
esta última y mucho más barata.
Cuando todo estuvo dispuesto, exigí a mi mujer que me guardara el secreto
de todos mis actos desde el día en que visité el local del librero, y prometí por
mi parte volver tan pronto como las circunstancias me lo permitiesen; le di el
poco dinero que me quedaba y nos despedimos. A decir verdad, no me
inquietaba por ella, pues era una mujer de las que llaman vividoras, y podía
arreglar sus asuntos sin mi auxilio.
Hasta creo, hablando con franqueza, que siempre me había tenido por un
gandul, por un simple complemento de peso, una especie de hombre bueno
para hacer castillos en el aire, y nada más, por lo cual no le disgustaría verse
libre de mí. Era ya muy entrada la noche cuando nos despedimos, y ayudado por
los tres acreedores que tanto me habían perseguido, trasladé el globo, con su
barquilla y demás accesorios, por una senda retirada hasta el sitio donde
guardaba todos los demás objetos: los encontré intactos; y di principio a mi
tarea.
Era el primero de abril y la noche estaba tan oscura, como ya he dicho, que
no se veía ni una sola estrella; una espesa niebla nos molestaba mucho, pero lo
que más me inquietaba era el globo, que, a pesar del barniz que lo protegía,
comenzaba a cargarse de humedad, sin contar que la pólvora podía averiarse
también.
Hice trabajar mucho a mis tres acreedores, ocupándolos en amontonar hielo
alrededor de la barrica central y agitar el ácido en las otras; pero a cada
momento me importunaban con sus preguntas para saber qué proyectaba con
todo aquel aparato, manifestando su descontento por la ruda tarea que les
imponía. Me dijeron que no les era posible comprender lo que podría resultar
de bueno con eso de mojarse sólo para ser cómplices de tan abominable
hechicería.
Ya comenzaba a inquietarme un poco y hacía los mayores esfuerzos para
adelantar el trabajo, pues pensé que aquellos tontos habrían creído que yo
tendría algún pacto con el diablo, y que todas mis operaciones no eran nada
tranquilizadoras. Temiendo que me dejasen plantado, me esforcé por calmarlos,
prometiendo pagarles cuanto se les debía tan pronto como hubiese llevado a
buen fin el trabajo en que me ocupaba. Naturalmente, interpretaron mis palabras
como quisieron, imaginándose sin duda que trataba de obtener una inmensa
cantidad de dinero contante; la cuestión para ellos era que les satisficiese mi
deuda, y con tal que lo hiciese así, dándoles además una gratificación por sus
servicios, estoy seguro de que poco les importaba que mi alma y mi cuerpo se
perdiesen.
Al cabo de cuatro horas y media, el globo me pareció bastante lleno, colgué
la barquilla y puse en ella todo mi equipo, un telescopio, un barómetro, un
electrómetro, el compás, la brújula, el reloj, la campana, una bocina, etcétera,
etcétera, así como un globo de cristal, cerrado herméticamente, después de
hacer el vacío, el condensador, cal viva, una barra de lacre, y abundante
provisión de agua y víveres, tales como el pemmican, que contiene mucha
materia nutritiva en relación con su escaso volumen. También puse en mi
barquilla un par de palomas y una gata.
Iba a rayar el día, y pensé que era la mejor hora para emprender la ascensión.
Dejé caer un cigarro en el suelo como por casualidad, y al bajarme para
recogerlo, prendí fuego disimuladamente a la mecha, cuya extremidad, como ya
he dicho, sobresalía un poco del borde inferior de uno de los pequeños toneles. .
Practiqué esta maniobra sin ser visto por ninguno de mis tres verdugos; salté
a la barquilla, corté en seguida la única cuerda que me retenía en tierra, y
comprobé con la mayor satisfacción que subía con inconcebible rapidez; el globo
llevaba sin dificultad sus noventa kilos de lastre de plomo, y habría podido
soportar doble cantidad. Cuando abandoné la tierra, el barómetro marcaba
treinta pulgadas y el termómetro centígrado diecinueve grados.
Sin embargo, apenas me hallé a la altura de cincuenta varas, llegó a mis
oídos un estruendo espantoso, y vi elevarse tan espesa tromba de fuego, de
grava, de madera y de metal inflamado, con miembros humanos que mi corazón
desfalleció y me arrojé al fondo de mi barquilla, estremecido de horror.
Entonces comprendí que había cargado la mina espantosamente, y que debía
sufrir las principales consecuencias de la sacudida. En efecto, en menos de un
segundo sentí toda mi sangre afluir hacia las sienes, y de improviso se produjo a
través de las tinieblas una agitación que no olvidaré jamás, pues parecía que el
firmamento se desgarraba.

Más tarde, cuando tuve tiempo de reflexionar, no dejé de atribuir la
extremada violencia de la explosión, relativamente a mí, a su verdadera causa, es
decir, a mi posición directamente sobre la mina y en la línea de su acción más
poderosa; pero en aquel momento sólo pensé en salvar mi vida. El globo bajó
primero, después se dilató violentamente, luego comenzó a girar con una
velocidad vertiginosa, y por último, vacilante y rodando como un hombre ebrio,
me hizo saltar de la barquilla, y me dejó enganchado, a espantosa altura, cabeza
abajo, en la extremidad de una cuerda muy delgada, de tres pies de longitud,
que por casualidad se cruzaba cerca del fondo de la barquilla; en esta cuerda se
enredó mi pie izquierdo providencialmente en medio de la caída. Es imposible
formarse una idea exacta de mi horrible situación; abrí convulsivamente la boca
para respirar; un estremecimiento semejante a un acceso de fiebre sacudió todos
los nervios y los músculos de mi ser; me parecía que los ojos saltaban de sus
órbitas; me atacaron unas náuseas horribles; y por último perdí el conocimiento.
No podría decir cuánto tiempo estuve en aquella posición; pero
transcurrieron algunas horas, pues cuando recobré en parte el uso de mis
sentidos observé que amanecía; el globo se hallaba a prodigiosa altura sobre la
inmensidad del océano, y en los límites de aquel vasto horizonte, en todo el
espacio que mi vista alcanzaba, no veía señales de tierra.
Sin embargo, mis sensaciones al recobrar el sentido no eran tan dolorosas
como podía esperarlo; pero a decir verdad, había mucho de locura en la
contemplación plácida con que examiné al principio mi situación. Apliqué las
manos a los ojos una después de otra, y me pregunté con asombro qué accidente
podría haber dilatado mis venas, ennegreciendo tan horriblemente mis uñas;
después me palpé la cabeza, la moví varias veces y al fin me aseguré de que no
era, como lo pensé un instante con espanto, más voluminosa que mi globo.
Después, al tocar los bolsillos de mi pantalón, noté que había perdido el libro de
memorias y el mondadientes, lo cual me produjo honda pena. Entonces sentí un
vivo dolor en el tobillo del pie izquierdo, y comencé a darme cuenta de mi
situación.
Pero, ¡cosa extraña!, no experimenté asombro ni horror, sino una especie de
satisfacción al pensar en la destreza que debería desplegar para librarme de
aquella extraña alternativa, y no dudé un momento de mi salvación. Por espacio
de algunos minutos me entregué a profundas reflexiones, y recuerdo muy bien
que a menudo oprimí los labios, apliqué mi índice a un lado de la nariz, e hice los
ademanes propios de las personas que, cómodamente sentadas en un sillón,
meditan sobre asuntos intrincados o importantes.
Cuando hube coordinado lo bastante mis ideas, acerqué con precaución mis
manos a la espalda y desprendí la hebilla de hierro de la pretina del pantalón;
tenía tres púas un poco enmohecidas y giraban difícilmente; pero con mucha
paciencia las coloqué en ángulo recto con el cuerpo de la hebilla y vi con la
mayor satisfacción que se mantenían firmes. Sujetando entre los dientes esta
especie de instrumento, comencé a desatar el nudo de mi corbata; pero antes de
llevar a cabo esta maniobra, tuve que reposar algunas veces. En una de las puntas
de la corbata sujeté la hebilla, y para mayor seguridad até la otra alrededor de mi
muñeca. Después, elevando el cuerpo, por un prodigioso esfuerzo muscular,
conseguí lanzar la hebilla sobre la barquilla y engancharla en el reborde circular.
Mi cuerpo formaba entonces con la pared de aquélla un ángulo de cuarenta y
cinco grados; pero no se ha de entender que yo estuviese a cuarenta y cinco
grados bajo la perpendicular; muy lejos de ello, me hallaba siempre en un plano
casi paralelo al nivel del horizonte y mi posición era por lo tanto de las más
peligrosas.
Si se supone que al principio, cuando fui lanzado de la barquilla, hubiese
caído de cara al globo, en vez de dar la vuelta por el lado opuesto, o en segundo
lugar, que la cuerda en la que me enganché hubiera estado pendiente por
casualidad del reborde superior, en vez de pasar por una abertura del fondo, se
comprenderá muy bien que en estas dos hipótesis me hubiera sido imposible
efectuar semejante milagro, perdiéndose así para la posteridad mis presentes
relaciones.
Tenía, pues, muchos motivos para bendecir mi suerte; pero hallándome tan
aturdido, que no podía hacer nada, permanecí colgado durante un cuarto de
hora, sin atreverme a intentar ningún esfuerzo y en un estado semejante al
idiotismo. Sin embargo, esta disposición de mi ser fue sustituida muy pronto por
un sentimiento de horror, de espanto y de desesperación. La sangre, tan largo
tiempo acumulada en los vasos de la cabeza y del cuello, y que hasta entonces
había producido un saludable delirio, comenzaba ahora a refluir y recobrar su
nivel; y entonces comprendí el peligro, lo cual no me sirvió más que para perder
la sangre fría y el valor necesarios.
Afortunadamente para mí, esta debilidad no duró largo tiempo; la energía de
la desesperación me infundió ánimos; profiriendo gritos y haciendo frenéticos
esfuerzos, me lancé convulsivamente por una sacudida general, y al fin,
tomándome del borde tan deseado, con grandes esfuerzos, contraje mi cuerpo y
fui a caer de cabeza en el fondo de la barquilla casi sin aliento.
Transcurrió un buen rato antes de que me serenase lo suficiente para
ocuparme de mi globo; y al examinarlo con atención tuve el gusto de verificar
que no había sufrido percance alguno. Todos mis instrumentos estaban intactos, y
por fortuna no había perdido tampoco ni lastres ni provisiones. Miré mi reloj, que
marcaba las seis; seguí subiendo rápidamente, y el barómetro marcó entonces la
altura de tres millas y tres cuartos.
Debajo de mí se veía en el océano un pequeño objeto negro, de forma
ligeramente prolongada, poco más o menos de la dimensión de una ficha de
dominó, y que no parecía otra cosa. Apunté mi telescopio y vi claramente que era
un buque inglés de noventa y cuatro cañones, que avanzaba pesadamente,
siguiendo la dirección del oeste sudoeste: fuera de ese buque, sólo se divisaba
agua y cielo.
Ya es hora de explicar a Vuestras Excelencias el objeto de mi viaje.
Recordaréis que mi deplorable situación en Rotterdam me había impulsado a
proyectar el suicidio, no porque estuviese cansado de la vida, sino porque era
intolerable la miseria en que me hallaba. En esa disposición de ánimo, deseando
vivir aún, aunque la existencia me aburría, el folleto que leí en el negocio del
librero y la oportuna revelación de mi primo de Nantes, despertaron en mí el
deseo de apelar a un nuevo recurso y tomé un partido decisivo. Resolví
marcharme, pero vivir; abandonar el mundo sin renunciar a la existencia; y en
una palabra, suprimiendo los enigmas, determiné abrirme paso "hasta la Luna",
sin cuidarme de todo lo demás.
Y ahora, para que no se me crea más loco de lo que soy, voy a exponer
detalladamente, lo mejor que me sea posible, las consideraciones que me
indujeron a creer que una empresa de este género, aunque difícil y llena de
peligros, no estaba del todo fuera de los límites de lo posible para un espíritu
audaz.
Lo primero que se debía tener en cuenta era la distancia positiva de la Luna a
la Tierra. Esta distancia media o aproximativa, entre los centros de ambos
planetas, es cincuenta y nueve veces, más una fracción, el radio ecuatorial de la
Tierra, o sea unas 237.000 millas. Digo la distancia media o aproximativa porque
es fácil comprender que la forma de la órbita lunar, siendo una elipse de una
excentricidad que no baja de 0,05484 de su semieje mayor, y ocupando el centro
de la Tierra el foco de esa elipse, si consiguiera de un modo u otro encontrar la
Luna en su perigeo, la distancia indicada disminuiría sensiblemente.
No obstante, dejando a un lado estas hipótesis era positivo que en todo caso
debía deducir de las 237.000 millas el radio de la Tierra, o sea 4.000, y el de la
Luna que son 1.080, o un total de 5.080; de modo que sólo debería franquear una
distancia aproximativa de 231.920 millas. Pensé que este espacio no era
verdaderamente extraordinario, pues repetidas veces se han hecho en tierra
viajes de una celeridad de 60 millas por hora, y verdaderamente hay motivos
para creer que se alcanzará mayor rapidez; pero aun contentándome con la de
que hablo, no se necesitarían más de ciento sesenta y un días para llegar a la
superficie de la Luna.
Sin embargo, numerosas circunstancias me inducían a creer que la velocidad
aproximativa de mi viaje excedería en mucho a la de sesenta millas por hora; y
como estas consideraciones produjeron en mí una impresión profunda, las
explicaré ampliamente por lo que sigue.
El segundo punto que se debía examinar tenía distinta importancia. Según las
indicaciones del barómetro, sabido es que cuando nos elevamos sobre la
superficie de la Tierra a una altura de 1.000 pies, se deja debajo una trigésima
parte, poco más o menos, de la masa atmosférica; que a 10.600 pies llegamos a
una tercera parte, con corta diferencia; y que a 18.000, que es casi la elevación
del Cotopaxi, se pasa de la mitad de la masa fluida, o en todo caso, la mitad de la
parte ponderable del aire que rodea nuestro globo.
Se ha calculado también que a una altura que no excede de la centésima
parte del diámetro terrestre, es decir, 80 millas, la rarefacción aumenta de tal
modo, que la vida animal no es posible, y además, que los medios que tenemos a
nuestro alcance para reconocer la presencia de la atmósfera, llegan a ser del todo
insuficientes.
Sin embargo, no dejé de observar que estos últimos cálculos se basaban
únicamente en nuestro conocimiento experimental de las propiedades del aire y
de las leyes mecánicas que rigen su dilatación y compresión en lo que se puede
llamar, comparativamente hablando, la proximidad de la Tierra. Al mismo
tiempo, se considera como cosa positiva que a cualquier distancia dada de su
superficie, pero inaccesible, la vida animal no sufre ni debe sufrir modificación
alguna. Ahora bien: todo razonamiento de este género y según semejantes datos,
ha de ser por necesidad puramente analógico. La mayor altura a que el hombre
ha llegado es de 25.000 pies, y al decir esto me refiero a la expedición
aeronáutica de Gay-Lussac y Biot: es una elevación bastante regular aunque se
compare con las 80 millas en cuestión, y yo no podía menos de pensar que el
asunto daba lugar a la duda y mucha latitud a las conjeturas.
En fin, suponiendo una ascensión efectuada a cualquier altura, la cantidad de
aire ponderable atravesada en todo período ulterior del viaje, no está de manera
alguna en proporción con la altura adicional adquirida, y es evidente que,
elevándonos todo lo posible, no podemos, en rigor, llegar a un límite más allá del
cual la atmósfera deja de existir en absoluto. Deduje, en conclusión, que "debe
existir", aunque "puede ser" en un estado de rarefacción infinita.
Por otra parte, yo sabía que no faltaban argumentos para demostrar que hay
un límite verdadero y determinado de la atmósfera; pero se ha omitido una
circunstancia por los que sostienen la existencia de ese límite, que parecía
expuesta, pero que viene a ser un punto digno de la más seria investigación.
Comparemos los intervalos entre las vueltas sucesivas del corneta de Encke
en su perihelio, teniendo en cuenta todas las perturbaciones debidas a la
atracción planetaria, y veremos que los períodos disminuyen gradualmente, es
decir, que el eje de la elipse del corneta se acorta siempre, en proporción lenta,
pero muy singular.
Ahora bien: esto es precisamente lo que debe suceder, si suponemos que el
cometa halla una resistencia por haber penetrado en las regiones de su órbita "un
medio etéreo excesivamente raro", porque es evidente que este medio,
retardando la velocidad de aquél, debe aumentar su fuerza centrípeta y debilitar
la centrífuga. En otros términos, la atracción del Sol llegaría a ser cada vez más
poderosa, y el cometa se aproximaría más en cada revolución. Verdaderamente
no hay otro medio para explicarse el cambio de que se trata.
Hay otro hecho: se observa que el diámetro verdadero de la parte nebulosa
de ese mismo corneta se contrae rápidamente a medida que se
acerca al Sol, dilatándose muy pronto cuando continúa su marcha hacia su
afelio. ¿No tenía yo alguna razón para suponer, con el señor Valz, que esa
aparente condensación de volumen tenía su origen en la compresión del medio
citado, y cuya densidad está en proporción de la proximidad del Sol?
El fenómeno que afecta la forma lenticular, y que llaman luz zodiacal,
era también un punto digno de atención: esta luz, tan visible en los trópicos, y que
no es posible tomar por una luz meteórica cualquiera, se eleva
oblicuamente desde el horizonte y sigue por lo regular la línea ecuatorial
del Sol: a mí me pareció dimanada evidentemente de una atmósfera especial que
se extendía desde el astro hasta más allá de la órbita de Venus, y
en mi opinión a mucho mayor distancia. No podía suponer que aquel
medio estuviese limitado por la línea del trayecto del corneta, o se hallara
confinado en la inmediación próxima al Sol; era sencillo imaginar, por el
contrario, que invadía todas las regiones de nuestro sistema planetario,
condensado alrededor de los planetas en lo que llamamos atmósfera, y
modificado tal vez en algunas por circunstancias puramente geológicas, es decir,
modificado o variado en sus proporciones o en su naturaleza esencial por las
materias volatilizadas que emanan de sus globos respectivos.
Tomada la cuestión desde este punto de vista, ya no podía vacilar apenas:
suponiendo que a mi paso hallara una atmósfera "esencialmente" análoga a la que
rodea la superficie de la Tierra, pensé que por medio del muy ingenioso aparato
de M. Gromm podría condensarla fácilmente en suficiente cantidad para las
necesidades de la respiración. Esto era lo que oponía el principal obstáculo a un
viaje a la Luna; yo había empleado algún dinero y mucho trabajo para adaptar el
aparato al objeto que me proponía, y confiaba del todo en su aplicación, con tal
que pudiese llevar a cabo el viaje en muy corto tiempo. Esto me conduce a la
cuestión de la velocidad posible.
Todo el mundo sabe que los globos se elevan en el primer período de su
ascensión con una rapidez comparativamente moderada. Ahora bien: la fuerza de
extensión consiste tan sólo en la gravedad del aire ambiente con respecto al gas
del globo; y a primera vista no parece nada probable ni verosímil que a medida
que éste vaya llegando sucesivamente a las capas atmosféricas de menor
densidad, pueda aumentar su rapidez y velocidad primeras. Por otra parte, no
recordaba que en ningún informe sobre un experimento anterior se hubiese
demostrado jamás una disminución aparente en la celeridad absoluta de la
ascensión, aunque tal pudo suceder a causa del escape de gas por un globo mal
confeccionado, muchas veces falto de barniz, o defectuoso por cualquier otro
motivo. Me parecía, pues, que sólo el efecto de esta pérdida podría equilibrar la
rapidez adquirida por el globo a medida que se alejase del centro de gravitación.
Consideré también que, si en mi travesía hallara el "medio" que yo había
imaginado, y era de la misma esencia de lo que llamamos aire atmosférico,
importaba relativamente poco que lo encontrase en tal o cual grado de rarefacción,
es decir, respecto de mi fuerza ascensional, pues no sólo el gas del
globo estaría sometido a la misma rarefacción (en cuyo caso me bastaría soltar
una cantidad proporcional de gas suficiente para evitar una explosión), sino que
Comment:
La luz zodiacal es
probablemente lo que los
antiguos llamaban Trabes,
Emicant Trabes quos docos
vocant, Plinio, lib. 2, pág. 26.
por la naturaleza de sus partes integrantes, debía en todo caso ser siempre
específicamente más ligero que un compuesto cualquiera de ázoe puro y de
oxígeno. Había, pues, una probabilidad, y hasta muy grande, "para que en
ningún período de mi ascensión pudiese llegar a un punto donde las diversas
gravedades reunidas de mi inmenso globo, del gas inconcebiblemente raro que
encerraba, de la barquilla y de su contenido, igualasen a la gravedad de la masa
de atmósfera ambiente desalojada"; y se concibe sin dificultad que ésta era la
única condición que pudiera detener mi fuga ascensional.
Si llegara alguna vez a ese punto imaginario, me quedaría el recurso de
servirme de mi lastre y de otros pesos, que representaban un total de 300 libras,
poco más o menos. Al mismo tiempo, la fuerza centrípeta debía de crecer
siempre en razón del cuadrado de las distancias, y por lo tanto, llevando una
ascensión prodigiosamente acelerada, llegaría sin duda al fin a esas lejanas
regiones donde la fuerza de tracción de la Luna se sustituía por la de la Tierra.
Había otra dificultad que no dejaba de inquietarme. Se ha observado que en
las ascensiones a considerable altura, además de la dificultad para respirar, se
experimenta en la cabeza y en todo el cuerpo un malestar indecible, acompañado
a menudo de hemorragia nasal y otros síntomas alarmantes, malestar que se hace
cada vez más insoportable a medida que el globo se eleva.
Ésta era una consideración bastante temible. ¿No podía suceder muy bien
que esos síntomas aumentasen hasta terminar por la muerte misma? Después de
madura reflexión, deduje que no.
Era preciso buscar el origen en la desaparición progresiva de la presión
atmosférica a que está acostumbrada la superficie de nuestro cuerpo, y en la
distensión inevitable de los vasos sanguíneos superficiales, no en una
desorganización positiva del sistema animal, como en el caso de la dificultad de
respirar, por ser la densidad atmosférica químicamente insuficiente para la
renovación regular de la sangre en un ventrículo del corazón. Excepto en el caso
de faltar esta renovación, no veía motivo para que la vida no se conservase, aun
en el vacío, pues la expansión y compresión del pecho, que se llama comúnmente
respiración, es un acto puramente muscular; es la causa y no el efecto de aquélla.
En una palabra, yo concebía que si el cuerpo se acostumbrara a la falta de
presión atmosférica, estas sensaciones dolorosas deberían disminuir
gradualmente; y para soportarlas mientras durasen, tenía gran confianza en mi
constitución de hierro.
He expuesto algunas de las consideraciones, no todas seguramente, que me
indujeron a formar el proyecto de un viaje a la Luna. Ahora, con permis fo de
Vuestras Excelencias, voy a manifestar el resultado de una tentativa cuya
concepción parece tan audaz, y que en todo caso no tiene igual en los anales de
la humanidad.
Habiendo llegado a la altura que ya he dicho, es decir, a tres millas tres
cuartos, arrojé algunas plumas al aire y reconocí que subía siempre con
suficiente rapidez; de modo que no era preciso gastar lastre, de lo cual me
alegré mucho, pues deseaba guardar tanto como fuera posible, por la sencilla
razón de que no tenía ningún dato positivo sobre la fuerza de atracción y la
densidad atmosférica de la Luna.
Hasta entonces no me aquejaba ningún malestar físico, respiraba libremente
y no tenía dolor de cabeza. La gata estaba echada muy tranquila sobre mi
Comment :
Desde que Hans Pfaall publicó
su primer trabajo, he sabido
que M. Green, el célebre aeronauta
del globo Nassau, y otros
experimentadores combaten
los asertos de M. de Humboldt,
hablando, por el contrario, de
un malestar siempre
decreciente, lo cual concuerda
con la teoría presentada aquí.
chaqueta, de la que me había despojado, y miraba las palomas con aire
indiferente; yo había atado las patas de estas últimas para impedirles volar, y en
aquel momento picaban afanosas algunos granos de arroz diseminados en el
fondo de la barquilla.
A las seis y veinte minutos el barómetro marcó una elevación de 26.400 pies,
o sea cinco millas, con diferencia de una fracción. La perspectiva parecía no
tener límites; pero nada es más fácil que calcular, con el auxilio de la
trigonometría esférica, la extensión de superficie terrestre que abarcaba con la
vista en aquel instante.
La superficie convexa de un segmento de esfera es a toda la superficie de
esta esfera como el grueso del segmento al diámetro de ésta. En mi caso, el
espesor debajo de mí era poco más o menos igual a mi elevación, o a la altura
del punto de vista sobre la superficie.
La proporción de 5 a 8 millas expresaría, pues, la extensión de la superficie
que yo abrazaba, es decir, que veía la decimasexta parte de la superficie total
del globo.
El mar aparecía liso como un espejo, aunque con ayuda del telescopio pude
observar que se hallaba en un estado de violenta agitación; el buque no era
visible, sin duda, por haber derivado hacia al este. Desde aquel momento
comencé a sentir a intervalos un fuerte dolor de cabeza, aunque seguía
respirando con libertad; la gata y las palomas no experimentaban al parecer
molestia alguna.
A las siete menos veinte, el globo penetró en la región de una grande y
espesa nube que me entorpeció mucho; mi aparato condensador se deterioró, y
quedé calado hasta los huesos. Semejante encuentro no dejaba de ser muy
singular, pues yo no podía suponer que una nube de tal naturaleza fuera capaz de
sostenerse a tan considerable altura. Pensé remediar el mal arrojando dos
pedazos de lastre de cinco libras cada uno, quedándome aún ciento sesenta y
cinco libras; y gracias a esta operación atravesé muy pronto el obstáculo,
observando en seguida que mi rapidez había aumentado prodigiosamente.
A los pocos segundos de haber salido de la nube, un relámpago deslumbrador
la cruzó de una extremidad a otra, incendiándola completamente, de
tal modo que le comunicó el aspecto de una masa de carbón en ignición:
recuérdese que esto sucedió en pleno día.
No se podría expresar con palabras la sublimidad de semejante fenómeno
cuando se produce en las tinieblas de la noche. Eso es solamente comparable con
el infierno. Y tal como lo vi, aquel espectáculo me erizó los cabellos. Sin
embargo, paseaba a lo lejos mis miradas en la inmensidad, explorando
mentalmente las singulares y vastas bóvedas, los abismos rojizos y siniestros de
un fuego espantoso e insondable.
De buena había escapado; si el globo hubiese permanecido un minuto más
en la nube, es decir, si la molestia que me aquejó no me hubiese aconsejado
arrojar lastre, el resultado habría sido muy probablemente mi muerte.
Semejantes peligros, por más que se fije poco la atención en ellos, son los
mayores que se pueden presentar cuando se va en globo. Entre tanto, había
alcanzado una altura bastante considerable para no tener ya la menor inquietud
por este concepto.
Desde aquel momento me elevé muy rápidamente, y a las siete, el barómetro
marcaba una altura de nueve millas y media por lo menos. Entonces comencé a
experimentar mucha dificultad para respirar; la cabeza me dolía mucho; y como
sentía hacía tiempo cierta humedad en las mejillas, reconocí al fin que era sangre
que brotaba continuamente de mis oídos...

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Cuento Completo Aquí


Edgar Allan Poe.

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