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sábado, 26 de abril de 2014

Ropas Viejas..

a. b.

I
  Los niños imaginativos, con sus extrañas preguntas sobre la vida y su delicado sistema nervioso, son más a menudo una fuente de gran ansiedad que de delicia para sus padres. Aneen, la hija de mi prima viuda, me impresionó desde el principio por ser un ejemplo extrañamente característico. Me impresionó aún más por la forma en que echó sobre mis hombros (a ojos de su madre) mis primeras responsabilidades como tío, que no tenía ningún derecho a aludir, aunque, en realidad, no sentía ninguna inclinación a evitarlas. De hecho, adoraba a aquel pequeño ser, extraño, travieso y misterioso.
No se trataba simplemente de que sus invenciones fueran extraordinariamente sinceras y obsesionantes, y que ella se pasara todo el tiempo hablando con compañeros de juego invisibles (tocándoles, elevando sus labios para que la besaran, abriéndoles las puertas para permitirles el paso a un lado y otro, y colocando sillas, pequeñas tarimas y hasta flores para ellos), pues, según mi experiencia, muchos niños han hecho lo mismo y también con una gran sinceridad; se trataba más bien del hecho de que ella aceptara lo que ellos le decían, con un grado tal de convicción que sus palabras llegaban a influir en su vida y, consecuentemente, en su salud.
Al parecer, ellos le contaban historias en las que ella misma jugaba un papel central; historias que, por otra parte, no eran ni consoladoras ni prudentes. La niña se sentaba en un rincón de la habitación, como muy bien podíamos observar tanto su madre como yo, frente a algún ocupante imaginario de la silla tan cuidadosamente colocada ante ella; la pequeña tarima también había sido colocada con precisión, y a veces la movía un poco a un lado y a otro; la mesa sobre la que descansaban los codos invisibles se encontraba junto a ella, con un jarrón de flores, que variaba, de acuerdo con cada visitante. Y allí esperaba ella, inmóvil, pasándose quizá una hora, mirando fijamente los rasgos invisibles de la persona que estaba hablando con ella... y que le contaba una historia en la que ella jugaba una parte excesivamente intensa. Su rostro se alteraba con las emociones, sus ojos se hacían más grandes y se humedecían y, a veces, parecían asustados; raramente se echaba a reír y muy pocas veces balbuceaba alguna pregunta; se pasaba la mayor parte del tiempo allí sentada, tensa y ansiosa, totalmente absorbida por el cuento inaudible pronunciado por unos labios invisibles... el cuento de sus propias aventuras.
Pero fue el terror inspirado por estos singulares recitales lo que afectó su delicada salud a una edad tan prematura como los ocho años. Cuando, debido al ridículo bien intencionado pero erróneo de su madre, ella le confió más secretos, el efecto que esto produjo sobre sus nervios y su carácter se hizo tan agudo que tuve que acudir a visitarla a fin de darle un consejo especial, aunque apenas si la apreciaba.
—Y bien George, ¿qué piensas que debo hacer? El doctor Hale insiste en que haga más ejercicio y tenga más compañía, que disfrute del aire del mar y todo eso, pero ninguna de esas cosas parece hacerle ningún bien.
—¿Te has ganado su confianza, o más bien: has conseguido que te tenga confianza? —me atreví a preguntar suavemente.
La pregunta pareció ofenderla un poco.
—Claro —fue su enérgica respuesta—. La niña no tiene ningún secreto para su madre. Me es perfectamente fiel.
—Pero has tratado de reírte de ella por todo eso, ¿verdad?
—Sí, pero con tal éxito que ahora mantiene esas conversaciones en mucha menor medida de lo que...
—¿O acaso más secretamente? —fue mi pregunta, contestada con un encogimiento de hombros que indicaba ignorancia.
Después, tras otra pausa, en la que se combinaron la tensión de mi prima y mi propio y afectuoso interés por la caprichosa imaginación de mi pequeña sobrina dirigida a conmoverme, lo volví a intentar...
—La invención —observé— siempre resulta un tanto extraña para nosotros, las personas mayores, pues aunque nos mostramos tolerantes con ella durante toda nuestra vida, ya no creemos en ella; mientras que niñas como Aileen...
Mi prima se apresuró a interrumpirme.
—Ya sabes por qué me siento ansiosa —dijo, bajando su tono de voz—. Creo que hay motivos para sentirse seriamente alarmados —después, añadió con toda franqueza, mirado mi rostro con una expresión seria de sus ojos—: George, necesito tu ayuda... tu mejor ayuda, por favor. Siempre has sido un verdadero amigo.
Yo le contesté con palabras calculadas:
—No existe ningún vestigio de locura en ninguna parte de la familia —dije enérgicamente serio—, y en mi opinión Aileen es una niña perfectamente equilibrada, a pesar de esta imaginación excesivamente desarrollada. Pero, por encima de cualquier otra consideración, no debes impulsarla hacia la interiorización mediante la burla. Intenta sacarla a la superficie. Edúcala. Guíala mediante una simpatía inteligente. Consigue que te lo comunique todo y haz todo lo que puedas por comunicarte con ella. Creo que Aileen quizá desea una cuidadosa observación... pero nada más.
Ella observó mi rostro, en silencio, durante algunos minutos, con una mirada intensa, mientras los rasgos de su cara se agitaban ligeramente. Por su actitud, me di cuenta inmediatamente de que estaba intentando decirme algo. Se aproximó a la cuestión con dificultad y dando un rodeo, pues se trataba de algo que ella temía, no sintiéndose muy segura sobre si se trataba de algo relacionado con el cielo o con el infierno.
—Eres maravilloso, George —dijo al final—-, y tienes teorías para casi todo...
—Especulaciones —admití.
—Y tu poder hipnótico es de gran ayuda, ya lo sabes. Pero ahora, si... si tú crees que es conveniente y si con ello no vamos a ofender a la providencia...
—Theresa —la detuve firmemente antes de que llegara a un punto en el que pudiera sentirse herida por una negativa—, permíteme decirte ahora mismo que no considero a una niña como un sujeto adecuado para un experimento hipnótico, y que estoy bastante seguro de que una persona inteligente como tú estará de acuerdo conmigo en que una cosa así no es permisible.
—Sólo estaba pensando en una ligera «sugerencia» —murmuró.
—Que hará muchísimo más bien si procede de la madre.
—Si la madre no hubiera perdido ya su poder por haber utilizado el ridículo —confesó dócilmente.
—Sí, nunca debiste haberte reído. Me pregunto por qué lo hiciste.
En sus ojos apareció una expresión que, según sabía, se relacionaba invariablemente en los temperamentos histéricos con un estado de ánimo precursor de las lágrimas. Miró a su alrededor para estar segura de que nadie escuchaba.
—George —murmuró y en la penumbra de aquella tarde de setiembre se interpuso entre nosotros una sombra que dejó tras de sí una atmósfera de un frío repentino e inexplicable—. George, quisiera... quisiera estar completamente segura de que sólo son imaginaciones, quiero decir...
—¿Qué quieres decir? —preguntó con una severidad tras la que traté de ocultar mi propia inquietud.
Pero las lágrimas aparecieron en el mismo instante, con tal fluidez que hacían innecesaria toda explicación inteligente. El terror de la madre por una persona que llevaba su misma sangre, continuó expresándose.
—Estoy asustada... terriblemente asustada —dijo, entre sollozos.
—Iré arriba y veré a la niña yo mismo —dije, finalmente aliviado una vez pasada la tormenta—. Iré a su cuarto. No debes alarmarte. Aileen está bien. Greo que puedo ayudarte bastante en esta cuestión.


II
Aileen, como siempre, estaba sola en su habitación. La encontré sentada junto a la ventana abierta, con una silla vacía frente a ella. La estaba mirando fijamente... penetrándola; pero no resulta fácil describir el grado de certidumbre que emanaba de su persona, en el sentido de creer que había alguien sentado en aquella silla, hablando con ella. Era su propia actitud la que daba esa impresión. Se levantó rápidamente, asustada, en cuanto entré, e hizo un gesto ambiguo en dirección a la silla vacía, como si estrechara la mano a alguien; después, corrigió rápidamente su actitud con un pequeño gesto amistoso de su cabeza, que podía ser entendido como una despedida... Luego se volvió hacia mí. Por muy increíble que pueda parecer, aquella silla pareció tener inmediatamente otro carácter. Estaba vacía.
—Aileen, ¿quieres decirme lo que estabas haciendo?
—Ya lo sabes, tío —me contestó, sin la menor duda.

martes, 25 de febrero de 2014

Accessory Before the Fact..



Al llegar a aquella encrucijada del páramo Martin se detuvo, y permaneció un rato observando perplejo los cuatro letreros del poste indicador. Aquellos no eran los nombres que esperaba encontrar y, además, no figuraban las distancias; su mapa -tuvo que admitir con fastidio- debía estar completamente anticuado. Lo extendió contra el poste y se inclinó para estudiarlo más de cerca. El viento levantaba las esquinas y las batía contra su cara. Apenas conseguía descifrar la letra pequeña a la tenue luz del atardecer. Sin embargo –por lo que alcanzó a distinguir- parecía ser que dos millas más atrás había tomado un desvío equivocado.

Recordaba aquel desvío. El sendero tenía un aspecto muy tentador, y tras vacilar un momento, se había decidido a seguirlo, atraído -como tantos otros caminantes- por el señuelo de que «quizá resultara ser un atajo». La trampa del atajo es tan vieja como la naturaleza humana. Durante algunos minutos estudió alternativamente el poste y el mapa. Caía la noche y la mochila comenzaba a pesarle. Aquellas dos guías no concordaban en nada y la incertidumbre iba haciendo presa en su ánimo. Se sentía desconcertado, frustrado. Cada vez le costaba más trabajo pensar con claridad. Tomar una decisión le parecía la cosa más difícil del mundo.

«Estoy hecho un lío -pensó-, debo estar cansado», y finalmente optó por seguir la indicación que le pareció más prometedora. «Tarde o temprano me conducirá a una posada, aunque no sea a la que yo pretendía llegar.»

Se confió a la suerte del caminante y reanudó la marcha con energía. En el letrero podía leerse «por la colina Litacy», escrito en unos caracteres muy finos y pequeños que parecían oscilar y cambiar de lugar cada vez que los miraba; aquel nombre no figuraba en el mapa, pero al igual que el atajo, resultaba tentador. Un impulso similar al que había sentido antes volvía a determinar su elección. Sólo que esta vez parecía ser más apremiante, casi urgente.

Fue en aquel momento cuando se dio cuenta de la inmensa soledad del paisaje que le rodeaba. El camino continuaba en línea recta unas cien yardas para después curvarse, como un río plateado, y perderse en el infinito; el intenso tono verdeazulado de las matas de brezo que cubrían los márgenes se fundía con los colores del crepúsculo; y espaciados a uno y otro lado del camino, se alzaban solitarios unos pinos pequeños muy enigmáticos. Desde que se le había ocurrido ese curioso adjetivo no conseguía quitárselo de la cabeza. Eran tantas las cosas que aquella tarde le parecían igualmente enigmáticas... el atajo, el mapa velado, los nombres del poste, sus propios impulsos erráticos o aquel misterioso estado de confusión que le iba embargando. El paisaje entero requería una explicación, aunque quizá «interpretación» fuera la palabra más exacta. Aquellos árboles solitarios se lo habían hecho ver claro ¿Por qué se había extraviado con tanta facilidad? ¿Por qué consentía que aquellas vagas impresiones le indicaran el camino a seguir? ¿Por qué se encontraba aquí, precisamente aquí? ¿Y por qué marchaba ahora «por la colina Litacy»?

Entonces, junto a un prado verde que resplandecía como un rayo de luz en medio de la oscuridad del páramo, distinguió una figura tumbada en la hierba. Era como una mancha en el paisaje, un simple amasijo de harapos sucios a los que su propia fealdad confería cierto aire pintoresco; y su mente -aunque sus conocimientos de alemán eran muy básicos- eligió de inmediato los términos alemanes en vez de los ingleses. Las palabras lump y lumpen acudieron misteriosamente a su memoria. En aquel instante le parecieron las más correctas, las más expresivas, casi como onomatopeyas visuales, si tal cosa fuera posible. Ni «harapos» ni «rufián» habrían hecho justicia a lo que acaba de ver. Sólo en alemán se podía describir aquello con alguna precisión.

Aquel era un mensaje que le enviaba su lado irracional. Pero, aparentemente, le pasó desapercibido. Un momento después, el vagabundo se incorporó y le preguntó la hora. Lo hizo en alemán. Y Martin, sin dudarlo un instante, le respondió también en alemán:

-Halb sieben -las seis y media.

No le falló su intuición. Un vistazo al reloj, cuando lo miró un poco más tarde, se lo confirmó. Oyó que el hombre le decía, con esa solapada insolencia tan característica de los vagabundos:
-Grrasias, muy agrradesido -Martin no había enseñado el reloj; otra intuición de su subconsciente que había obedecido.

Con el ánimo agitado por una extraña mezcla de ideas y sentimientos, avivó el paso y prosiguió su marcha por la soledad del camino. De alguna manera, sabía que le harían esa pregunta y que se la harían en alemán. Aquello hacía que se sintiera nervioso y abatido. Pero había otra cosa que también había contribuido a ese estado de nerviosismo y abatimiento; por alguna extraña razón también se la esperaba... y no se había equivocado. Cuando aquel bulto marrón cubierto de harapos se incorporó para hacerle la pregunta, una parte de él había permanecido tendida en la hierba: había otro bulto marrón y sucio. Eran dos los vagabundos. Pudo verles perfectamente la cara. Tras sus barbas desaliñadas, y medio ocultos por unos viejos sombreros, descubrió unos rostros desagradables y sagaces que le observaban con atención mientras pasaba delante de ellos. Le seguían con la mirada.

Durante un segundo los había mirado fijamente para poder identificarlos mejor. Y había comprendido con horror que sus rostros eran demasiado delicados, demasiado finos y astutos para ser los de unos simples vagabundos. Aquellos hombres no eran ni mucho menos unos vagabundos. Estaban disfrazados.

«¡Qué manera más furtiva de mirarme!», pensó, mientras se alejaba de prisa por aquel camino ensombrecido, plenamente consciente ahora de la abrumadora soledad y desolación del páramo que le rodeaba. Lleno de inquietud y de angustia, aceleró aún más la marcha. De pronto, mientras pensaba en el inoportuno ruido que hacían sus botas de clavos al golpear en la dura superficie del camino, irrumpieron en su mente todo el conjunto de cosas que le habían obsesionado por parecerle «enigmáticas». Le comunicaban un único y categórico mensaje: que todo aquello no tenía nada que ver con él -de ahí su confusión y su perplejidad- que se había entrometido en un escenario que no le correspondía y estaba invadiendo el territorio vital de otra persona. Al tomar algún desvío interno erróneo, se había situado en medio de un conjunto de fuerzas desconocidas que operaban en el pequeño mundo de otro individuo.