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lunes, 1 de septiembre de 2014

El adjetivo & sus arrugas..




   Los adjetivos son las arrugas del estilo. Cuando se inscriben en la poesía, en la prosa, de modo natural, sin acudir al llamado de una costumbre, regresan a su universal depósito sin haber dejado mayores huellas en una página. Pero cuando se les hace volver a menudo, cuando se les confiere una importancia particular, cuando se les otorga dignidades y categorías, se hacen arrugas, arrugas que se ahondan cada vez más, hasta hacerse surcos anunciadores de decrepitud, para el estilo que los carga. Porque las ideas nunca envejecen, cuando son ideas verdaderas. Tampoco los sustantivos. Cuando el Dios del Génesis luego de poner luminarias en la haz del abismo, procede a la división de las aguas, este acto de dividir las aguas se hace imagen grandiosa mediante palabras concretas, que conservan todo su potencial poético desde que fueran pronunciadas por vez primera. Cuando Jeremías dice que ni puede el etíope mudar de piel, ni perder sus manchas el leopardo, acuña una de esas expresiones poético-proverbiales destinadas a viajar a través del tiempo, conservando la elocuencia de una idea concreta, servida por palabras concretas. Así el refrán, frase que expone una esencia de sabiduría popular de experiencia colectiva, elimina casi siempre el adjetivo de sus cláusulas: "Dime con quién andas...", " Tanto va el cántaro a la fuente...", " El muerto al hoyo...", etc. Y es que, por instinto, quienes elaboran una materia verbal destinada a perdurar, desconfían del adjetivo, porque cada época tiene sus adjetivos perecederos, como tiene sus modas, sus faldas largas o cortas, sus chistes o leontinas.

  El romanticismo, cuyos poetas amaban la desesperación -sincera o fingida- tuvo un riquísimo arsenal de adjetivos sugerentes, de cuanto fuera lúgubre, melancólico, sollozante, tormentoso, ululante, desolado, sombrío, medieval, crepuscular y funerario. Los simbolistas reunieron adjetivos evanescentes, grisáceos, aneblados, difusos, remotos, opalescentes, en tanto que los modernistas latinoamericanos los tuvieron helénicos, marmóreos, versallescos, ebúrneos, panidas, faunescos, samaritanos, pausados en sus giros, sollozantes en sus violonchelos, áureos en sus albas: de color absintio cuando de nepentes se trataba, mientras leve y aleve se mostraba el ala del leve abanico. Al principio de este siglo, cuando el ocultismo se puso de moda en París, Sar Paladán llenaba sus novelas de adjetivos que sugirieran lo mágico, lo caldeo, lo estelar y astral. Anatole France, en sus vidas de santos, usaba muy hábilmente la adjetivación de Jacobo de la Vorágine para darse "un tono de época". Los surrealistas fueron geniales en hallar y remozar cuanto adjetivo pudiera prestarse a especulaciones poéticas sobre lo fantasmal, alucinante, misterioso, delirante, fortuito, convulsivo y onírico. En cuanto a los existencialistas de segunda mano, prefieren los purulentos e irritantes.

  Así, los adjetivos se transforman, al cabo de muy poco tiempo, en el academismo de una tendencia literaria, de una generación. Tras de los inventores reales de una expresión, aparecen los que sólo captaron de ella las técnicas de matizar, colorear y sugerir: la tintorería del oficio. Y cuando hoy decimos que el estilo de tal autor de ayer nos resulta insoportable, no nos referimos al fondo, sino a los oropeles, lutos, amaneramientos y orfebrerías, de la adjetivación.

  Y la verdad es que todos los grandes estilos se caracterizan por una suma parquedad en el uso del adjetivo. Y cuando se valen de él, usan los adjetivos más concretos, simples, directos, definidores de calidad, consistencia, estado, materia y ánimo, tan preferidos por quienes redactaron la Biblia, como por quien escribió el Quijote.


a. c.


lunes, 5 de agosto de 2013

Alejo Carpentier y el neobarroco mío..

          Casi mecánicamente y sin demasiada elaboración, la crítica ha trazado la relación entre el neobarroco poético latinoamericano que emergió diáfano y contundente a principios de la década de 1980, con la obra de José Lezama Lima. Con esta apreciación inexacta y totalitarista quedaron excluidos de la lista de referentes otros escritores tan o más influyentes que el cubano, como Julio Herrera y Reissig y Oliverio Girondo. En el caso de mi escritura, debo decirlo otra vez, la presencia de Lezama Lima en ningún momento ha sido decisiva ni siquiera cercana. Entre los cubanos encuentro más vasos comunicantes con Alejo Carpentier que con el poeta de Paradiso. Todo escritor que uno ha leído amorosamente entra de alguna forma en el pensamiento literario favorito, que uno utiliza y manifiesta cuando escribe creación, ya sea una palabra, una frase o un libro completo.




            De Carpentier, más que los temas de sus historias o el rico vocabulario empleado, me ha interesado eso que en otra parte llamé “cronotopia de la intimidad” y que no es más que su especial manera de estar en el tiempo. Carpe(ntier) diem. El protagonismo de lo “ideal maravilloso”, es decir, del tiempo como posibilidad infinita para prefigurar acontecimientos y realidades, tiene relación directa con mi afán por hacer de la temporalidad una solución de estilo. Veo, concibo y ejercito el poema como cámara atemporalizante, como entidad descontinuada de la secuencialidad y saboteada por el espacio (y viceversa). Esto es, cronos y topos enfrentados, acérrimamente incompatibles. La ilusión cronológica acepta una lógica alternativa, una sistematicidad caracterizada a fondo por interrupciones. Reconfiguración, prefiguración fantasmática: ante el espejo de su experiencia, el tiempo se mira irreconocible. La persistencia de la duración carece de continuidad.

            Por lo tanto, en Carpentier más que un referente (pues recién vine a leerlo después de publicados mis primeros poemas), encontré un cómplice de exploración, un compañero de viaje. En un pasaje fundamental de “Problemática del tiempo y el idioma en la moderna novela latinoamericana”, uno de sus mejores ensayos (me pareció bueno cuando lo leí por primera vez hace dos décadas y me sigue pareciendo muy bueno hoy, 2004, año del centenario), afirma Carpentier: “Puede decirse que en nuestra vida presente conviven las tres realidades temporales agustinianas: el tiempo pasado –tiempo de la memoria-, el tiempo presente –tiempo de la visión o de la intuición-, el tiempo futuro o tiempo de la espera. Y esto, en simultaneidad”. Quizá la dificultad que mi poesía genera en el lector deviene de este afán de simultaneidad temporal librada de narración y estímulos lineales complacientes de la razón y la lógica cartesiana (no las otras). Extrañamente, o no tan extrañamente, cuando concluí la escritura de La caza nupcial, mi nuevo libro que saldrá publicado en 2005, pensé y me dije: “Estoy seguro que le gustaría mucho a Carpentier”. Todavía estoy seguro que si. Sobre Carpentier hablamos bastante en París con Néstor Perlongher en el verano de 1990. Entre baguettes y cabernets coincidimos que la síntesis de aceleramiento y derroche que se da tanto en su poesía como en la mía, tiene una afinidad manifiesta con la obra del cubano, sobre todo también en la capacidad de absorción de percepciones y visualidades que puede redondearse con una frase de “Viaje a la semilla”, la siguiente: “El universo le entraba por todos los poros”. La poesía neobarroca, en caso de que la de Perlongher y la mía lo sean, incrusta su voz justamente en ese punto de inflexión y desdoblamiento, en esa intimidad irrepetible y sin pausas donde el tiempo cambia de velocidad para observar y dejarse observar. Tiempo reversible, pero además ignorable, acelerable, enlentecible y expandible (es decir, musical), corriendo hacia direcciones coexistentes, simultáneas y disimuladas. Tiempo que al liberarse de los objetivos previstos por la inmediatez deja de ser reversible y también invencible. Sucede, pero su duración es indecisa. Allí está el origen de la dificultad neobarroca, pero tambien el placer asociado a sus variados sortilegios y criterios de composición.



Eduardo Espina