El teniente Jimmy Cross llevaba cartas de una joven llamada Martha, estudiante de tercer año en el Mount Sebastian College de Nueva Jersey. No eran cartas de amor, pero el teniente Cross no perdía las esperanzas, así que las guardaba dobladas y envueltas en plástico en el fondo de la mochila. Al caer la tarde, después de un día de marcha, cavaba su pozo de tirador, se lavaba las manos bajo una cantimplora, desenvolvía las cartas, las sostenía con las puntas de los dedos y se pasaba la última hora de luz cortejándola. Imaginaba románticas acampadas en las Montañas Blancas de New Hampshire. A veces saboreaba la solapa engomada de los sobres, porque su lengua había estado allí. Por encima de todo, deseaba que Martha lo amara como él la amaba, pero sus cartas, por lo general animadas, eludían todo lo que tuviera que ver con el amor. La muchacha era virgen, Cross estaba casi seguro. Estudiaba inglés en Mount Sebastian, y escribía de un modo hermoso sobre los profesores y las compañeras de cuarto y los exámenes semestrales, sobre el respeto que sentía por Chaucer y el gran afecto que le inspiraba Virginia Woolf. Citaba versos con frecuencia; nunca mencionaba la guerra, salvo para decir: «Jimmy, cuídate.» Las cartas pesaban 300 gramos. Estaban firmadas «con amor, Martha», pero el teniente Cross comprendía que «amor» era sólo un modo de despedirse y no significaba lo que él a veces quería creer. Cuando empezaba a caer la noche, devolvía las cartas con cuidado a la mochila. Lentamente, un poco distraído, se levantaba y deambulaba entre sus hombres revisando las posiciones; después, en plena oscuridad, regresaba a su pozo y vigilaba la noche mientras se preguntaba si Martha sería virgen.
Las cosas que llevaban eran determinadas, en general, por la necesidad. Entre las indispensables o casi indispensables estaban abrelatas P-38, navajas de bolsillo, pastillas para encender fuego, relojes de pulsera, placas de identificación, repelente contra los mosquitos, chicle, caramelos, cigarrillos, tabletas de sal, paquetes de Kool-Aid, encendedores, fósforos, aguja e hilo de coser, certificados de pago de haberes militares, raciones de campaña y dos o tres cantimploras de agua. En conjunto estos objetos pesaban entre cinco y siete kilos, dependiendo de los hábitos de cada hombre o de su metabolismo. Henry Dobbins, que era corpulento, llevaba raciones suplementarias; le gustaba en especial el melocotón en almíbar espeso mezclado con bizcocho desmenuzado. Dave Jensen, que no descuidaba la higiene ni en campaña, llevaba un cepillo de dientes, hilo dental y varias pastillas pequeñas de jabón que había robado de los hoteles cuando estuvo de permiso en Sydney, Australia. Ted Lavender, que no se quitaba el miedo de encima, llevaba tranquilizantes hasta que le pegaron un tiro en la cabeza en las afueras de la aldea de Than Khe a mediados de abril. Por necesidad, y porque lo mandaban las ordenanzas, todos llevaban cascos de acero que pesaban más de dos kilos incluyendo el forro y la cubierta de camuflaje. Llevaban las guerreras y los pantalones de faena de reglamento. Muy pocos llevaban ropa interior. En los pies llevaban botas para la jungla —casi un kilo—, y Dave Jensen llevaba tres pares de calcetines y una lata de polvos desinfectantes del Dr. Scholl como precaución contra el pie de trinchera. Hasta que le pegaron el tiro, Ted Lavender llevaba doscientos gramos de droga de la mejor calidad, que para él era una necesidad. Mitchell Sanders, el radio, llevaba condones. Norman Bowker, un diario. El Rata Kiley llevaba tebeos. Kiowa, bautista devoto, llevaba un Nuevo Testamento ilustrado que le había regalado su padre, que daba clases en una escuela dominical de Oklahoma City. Como defensa contra tiempos difíciles, sin embargo, Kiowa también llevaba la desconfianza de su abuela hacia el hombre blanco y la vieja hacha de caza de su abuelo. La necesidad imponía que llevaran más cosas. Como el terreno estaba minado y lleno de trampas, era obligatorio que cada hombre llevara chaleco antibalas de flejes de acero forrados de nailon, que pesaba dos kilos y medio, pero que en días calurosos parecía mucho más pesado. Debido a la rapidez con que podía llegarle la muerte, cada hombre llevaba al menos una gran venda-compresa, por lo común en la badana del casco para tenerla bien a mano. Debido a que las noches eran frías, y a que los monzones eran húmedos, cada uno llevaba un poncho de plástico verde que podía usarse como impermeable, como colchoneta o como tienda improvisada. Con el forro acolchado, el poncho pesaba cerca de un kilo, pero valía su peso en oro. En abril, por ejemplo, cuando le pegaron el tiro a Ted Lavender, usaron su poncho para envolverlo en él, después para transportarlo a través de los arrozales y por fin para alzarlo hasta el helicóptero que se lo llevó.
Los llamaban quintos o reclutas.
Llevar algo era cargarlo sobre sí, como cuando el teniente Jimmy Cross cargaba su amor por Martha colinas arriba y a través de los pantanos. En forma intransitiva, cargar significa tomar sobre sí o sostener, pero las obligaciones y las responsabilidades que llevaba implícitas iban mucho más allá de la intransitividad.
Casi todos cargaban con fotografías. En la cartera, el teniente Cross llevaba dos fotografías de Martha. La primera era una instantánea en color dedicada «con amor», aunque él no se hacía ilusiones. Martha estaba de pie contra una pared de ladrillo. Sus ojos, que miraban directamente a la cámara, eran grises y apagados, y tenía los labios levemente abiertos. Por la noche, a veces, el teniente Cross se preguntaba quién habría tomado la foto, porque sabía que Martha había salido con chicos, porque la amaba tanto, y porque podía ver la sombra del fotógrafo deformada contra la pared de ladrillo. La segunda fotografía había sido recortada del anuario de 1968 de Mount Sebastian. Era una toma en movimiento —voleibol femenino— y Martha estaba inclinada horizontalmente respecto al suelo, estirándose, con las palmas de las manos en primer término, la lengua fuera, la expresión franca y llena de espíritu de competición. No parecía sudar. Llevaba shorts blancos de gimnasia. Aquellas piernas, pensaba Cross, eran casi con seguridad las piernas de una virgen, secas y sin vello; la rodilla izquierda estaba rígida y soportaba todo el peso de Martha, que era poco más de cuarenta kilos. El teniente Cross recordaba haber tocado aquella rodilla izquierda. Fue en un cine a oscuras, recordó, y la película era Bonnie and Clyde, y Martha llevaba una falda de tweed, y durante la escena final, cuando le tocó la rodilla, se volvió y le dirigió una mirada compungida y solemne que le hizo retirar la mano, pero siempre recordaría el tacto de la falda de tweed y de la rodilla debajo de ella, y el sonido de los disparos que mataban a Bonnie y Clyde, qué embarazoso fue aquello, qué lento y opresivo. Recordaba haberse despedido de ella con un beso en la puerta del dormitorio estudiantil. En aquel preciso momento, pensaba, debería haber hecho algo valeroso. Debería haberla llevado en brazos hasta su cuarto y debería haberla atado a la cama y debería haberle tocado la rodilla izquierda toda la noche. Debería haberse arriesgado. Cada vez que miraba las fotografías, se le ocurrían nuevas cosas que debería haber hecho.
Lo que llevaban dependía en parte de su graduación y en parte de su especialidad en el campo de batalla.
Como teniente y jefe de un pelotón, Jimmy Cross llevaba una brújula, mapas, códigos para descifrar claves, prismáticos y una pistola del calibre 45 que pesaba más de un kilo cargada. Llevaba una lámpara estroboscópica y cargaba sobre sí la responsabilidad de la vida de sus hombres.
Como radio, Mitchell Sanders llevaba la emisora PRC-25, que pesaba como un muerto: casi diez kilos con la batería.
Como sanitario, el Rata Kiley llevaba un talego de lona lleno de morfina y plasma y tabletas contra la malaria y esparadrapo y tebeos y todas las cosas que un sanitario debe llevar, incluyendo remedios contra heridas especialmente graves, con un peso total de casi nueve kilos.
Como hombre corpulento, y por lo tanto encargado de la ametralladora, Henry Dobbins llevaba la M-60, que pesaba doce kilos descargada, pero que casi siempre iba cargada. Además, Dobbins llevaba entre cuatro y seis kilos de munición en cintas arrolladas alrededor del pecho y los hombros.
Como la mayoría de ellos eran soldados rasos, llevaban el fusil de asalto M-16 accionado por toma de gases. El arma pesaba poco más de tres kilos descargada y cerca de tres kilos y medio con el cargador de veinte proyectiles. Dependiendo de factores múltiples, como la topografía y la psicología, los soldados llevaban entre doce y veinte cargadores, por lo común en cartucheras de lona, lo que representaba de tres kilos y medio a cinco kilos más. Si disponían de él, también llevaban el equipo de mantenimiento del M-16 —baquetas y cepillos de púas de acero, trapos y tubos de aceite LSA—, todo lo cual pesaba cerca de medio kilo. Algunos soldados llevaban el lanzagranadas M-79: dos kilos y medio descargado, un arma razonablemente liviana, salvo por la munición, que era pesada. Cada proyectil pesaba más de trescientos gramos. Pero Ted Lavender, que estaba asustado, llevaba treinta y cuatro proyectiles cuando le pegaron un tiro y lo mataron en las afueras de Than Khe, y se desplomó bajo un peso excepcional: más de nueve kilos de munición, más el chaleco antibalas y el casco y las raciones de agua y el papel higiénico y los tranquilizantes y todo lo demás; y además el miedo, imposible de pesar. Se vino abajo. No hubo crispaciones ni sacudidas. Kiowa, que vio cómo pasaba, dijo que fue igual que el desplome de una roca o una gran bolsa de arena, o algo por el estilo: sólo ¡pum!, después, abajo —no como en las películas, en las que el moribundo se contorsiona y hace posturitas e incluso alguna pirueta; nada de eso, dijo Kiowa, el pobre hombre sólo cayó como un plomo—. ¡Pum! Abajo. Nada más. Era una mañana radiante de mediados de abril. El teniente Cross sintió dolor y se culpó de lo ocurrido. Despojaron a Lavender de la cantimplora y la munición, y el Rata Kiley dijo lo que todos sabían: «¡Está muerto!», y Mitchell Sanders usó la radio para informar de que un soldado americano había muerto en combate y pedir un helicóptero. Después envolvieron a Lavender en su poncho. Lo llevaron a un arrozal seco, pusieron centinelas y se sentaron a fumar la droga del muerto hasta que llegó el helicóptero. El teniente Cross permaneció apartado. Imaginó el rostro joven y terso de Martha, y pensó que la amaba más que a nada, más que a sus hombres, y ahora Ted Lavender había muerto porque la amaba tanto que no podía dejar de pensar en ella. Cuando llegó el helicóptero, subieron a Lavender a bordo. Después incendiaron Than Khe. Marcharon hasta el atardecer, y entonces cavaron sus pozos, y aquella noche Kiowa no paró de explicar que había que verlo para creerlo, con qué rapidez ocurrió todo, cómo el pobre hombre se desplomó igual que un saco. «¡Pum!, abajo», decía. Igual que un saco.