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domingo, 22 de noviembre de 2015

Felicidad Clandestina



 Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
      No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.

 Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como “fecha natalicio” y “recuerdos”.
 Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
 Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.
 Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
 Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
 Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
 Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diábolico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del “día siguiente” iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
 Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
 Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió a fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
 Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: Vas a prestar ahora mismo ese libro. Y a mí: Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras.
 ¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: “el tiempo que quieras” es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
 ¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
 Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire… había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.

 A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo.


c. l.


jueves, 3 de octubre de 2013

La relación de la cosa


Esta cosa es más difícil de lo que cualquiera puede entender. Insista. No se desanime. Parecerá obvio. Pero es extremadamente difícil saber algo de ella. Pues envuelve el tiempo. Nosotros dividimos el tiempo, cuando en realidad no es divisible. Siempre es inmutable. Pero nosotros necesitamos dividirlo. Y por eso surgió una cosa monstruosa: el reloj.

R. B.
No voy a hablar de relojes. Sino sobre un determinado reloj. Mi juego es claro: digo lo que tengo que decir sin literatura. Esta relación es la antiliteratura de la cosa. El reloj del que hablo es electrónico y tiene despertador. La marca es Sveglia, que quiere decir ‘despierta’. Despierta para qué, Dios mío. Para el tiempo. Para la hora. Para el instante. Ese reloj no es mío. Pero me apoderé de su infernal alma tranquila.

No es de muñeca, está suelto, por tanto. Tiene dos centímetros y está de pie en la superficie de la mesa. Yo quería que se llamara Sveglia, tal cual. Pero la dueña del reloj quiere que se llame Horacio. Poco importa. Pues lo principal es que él es el tiempo. Su mecanismo es muy simple. No tiene la complejidad de una persona, pero es más persona que muchas personas. ¿Es un superhombre? No, viene directamente del planeta Marte, a lo que parece. Si es de allí de donde viene, entonces un día volverá a allí. Es tonto decir que no necesita cuerda, eso ya ocurre con otros relojes, como el mío de muñeca, es antichoque, puede mojarse a placer. Ésos son más que personas. Por lo menos, son de la Tierra. El Sveglia es de Dios. Fueron usados cerebros humanos divinos para captar lo que debía ser este reloj. Estoy escribiendo sobre él pero todavía no lo vi. Va a ser el Encuentro. Sveglia: despierta, mujer, despierta para ver lo que debe ser visto. Es importante estar despierta para ver. Pero también es importante dormir para soñar con la falta de tiempo.

Sveglia es el Objeto, es la Cosa, con letra mayúscula. ¿Será que el Sveglia me ve? Ve, sí, como si yo fuese otro objeto. Él reconoce que a veces hay personas que también vienen de Marte.

Están ocurriéndome cosas, desde que sé la existencia del Sveglia, que parecen un sueño. Despiértame, Sveglia, quiero ver la realidad. Pero es que la realidad parece un sueño. Estoy melancólica porque estoy feliz. No es paradójico. Después del acto del amor, ¿no viene una cierta melancolía? De la plenitud. Estoy con deseos de llorar. Sveglia no llora. Además, él no tiene circunstancias. ¿Será que su energía tiene peso? Duerme, Sveglia, duerme un poco, yo no soporto la vigilia. Tú no paras de ser. Tú no sueñas. No se puede decir que tú «funcionas»: tú no eres funcionamiento, tú sólo eres. Tú eres muy delgado. Y nada te acontece. Eres tú quien hace acontecer las cosas.

viernes, 23 de agosto de 2013

Ruido de Pasos

Tenía ochenta y un años de edad. Se llamaba doña Cándida Raposa.
Esa señora tenía el deseo irreprimible de vivir. El deseo se sustentaba cuando iba a pasar los días a una hacienda: la altitud, lo verde de los árboles, la lluvia, todo eso la acicateaba. Cuando oía a Lisz se estremecía toda. Había sido bella en su juventud. Y le llegaba el deseo cuando olía profundamente una rosa.
         Pues ocurrió con doña Cándida Raposa que el deseo de placer no había pasado.
         Tuvo, en fin, el gran valor de ir al ginecólogo. Y le preguntó, avergonzada, con la cabeza baja:
         -¿Cuándo se pasa esto?
         -¿Pasa qué, señora?
         -Esta cosa.
         -¿Qué cosa?
         -La cosa, repitió. El deseo de placer –dijo finalmente.
         -Señora, lamento decirle que no pasa nunca.
         Lo miró sorprendida.
         -¡Pero ya tengo ochenta y un años de edad!
         -No importa, señora. Eso es hasta morir.
         -Pero ¡esto es el infierno!
         -Es la vida, señora Raposo.
         Entonces, ¿la vida era eso? ¿Esa falta de vergüenza?
         -¿Y qué hago ahora? Ya nadie me quiere…
         El médico la miró con piedad.
         -No hay remedio, señora.
         -¿Y si yo pagara?
         -No serviría de nada. Usted tiene que acordarse de que tiene ochenta y un años de edad
         -¿Y… si yo me las arreglo solita? ¿Entiende lo que le quiero decir?
         -Sí –dijo el médico-. Puede ser el remedio.
         Salió del consultorio. La hija le esperaba abajo, en el coche. Cándida Raposo había perdido un hijo en la guerra. Era un soldado de la fuerza expedicionaria brasileña en la Segunda Guerra Mundial. Tenía ese intolerable dolor en el corazón: el de sobrevivir a un ser adorado.
         Esa misma noche se dio una ayuda y solitaria se satisfizo. Mudos fuegos de artificio. Después lloró. Tenía vergüenza. De ahí en adelante utilizaría el mismo proceso. Siempre triste. Así es la vida, señora Raposo, así es la vida. Hasta la bendición de la muerte.
         La muerte.
         Le pareció oír ruido de pasos. Los pasos de su marido Antenor Raposo.


C. L.