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jueves, 22 de mayo de 2014

Madame Zilensky y el Rey de Finlandia..


    Al señor Brook, decano del departamento de música del Ryder College, se debió todo el mérito de incorporar a madame Zilensky al profesorado. La institución se consideró afortunada; la dama tenía una reputación admirable como compositora, así como pedagoga. El señor Brook asumió la responsabilidad de encontrarle a madame Zilensky una casa, un lugar confortable con jardín, cómodo para la vida de la universidad y contiguo al edificio de apartamentos donde él mismo habitaba.

    Nadie en Westbridge conocía a madame Zilensky antes de que viniera. El señor Brook había visto su foto en revistas de música, y alguna vez le había escrito solicitándole una opinión sobre la autenticidad de cierto manuscrito de Buxtehude. También, durante el proceso de su vinculación a la facultad, habían intercambiado unos cuantos cables y cartas relativos a asuntos prácticos. La letra de ella era clara y cuadrada, y lo único inusual en sus cartas era que en ocasiones mencionaba cosas o personas del todo desconocidas para el señor Brook, como “el gato amarillo de Lisboa” o “el pobre Heinrich”. El señor Brook asumió que semejantes descuidos se debían a la confusión que significaba para la dama abandonar Europa con toda su familia.

    El señor Brook era lo que se dice una personalidad tenue; años de minuetos de Mozart, de explicaciones sobre séptimas disminuidas y tríadas menores, habían dejado en él una cautelosa paciencia vocacional. Por lo general se la pasaba solo. Detestaba el bochinche académico y los comités. Años atrás, cuando los miembros del departamento de música se habían ido en grupo a pasar el verano en Salzburgo, el señor Brook se había excusado a último momento para hacer un viaje solitario al Perú. Tenía sus contadas excentricidades personales y era tolerante con las peculiaridades de los demás; de hecho, experimentaba una cierta debilidad por el ridículo. Con frecuencia, cuando se veía confrontado con alguna situación grave e incongruente, solía sentir unas cosquillas interiores, que contraían su larga y afable cara y aguzaban la luminosidad de sus ojos grises.

    El señor Brook salió a recibir a madame Zilensky a la estación del tren de Westbridge una semana antes de que comenzara el semestre de otoño. La reconoció al instante. Era una mujer alta y rígida, de rostro macilento y pálido. Sus ojos delataban profundas ojeras y llevaba el desgreñado pelo negro amarrado hacia atrás. Tenía unas manos grandes y delicadas, que se veían sumamente sucias. Su persona como un todo irradiaba un aura de nobleza y abstracción que hizo que el señor Brook se retrajera un tanto, mientras jugaba con el cierre de sus gemelos. A pesar de su vestido —una larga falda negra y una vieja y dilapidada chaqueta de cuero— daba una impresión de vaga elegancia. Con madame Zilensky venían tres niños, de edades entre los diez y los seis años, todos rubios, de aire perdido y hermosos. También venía otra persona, una vieja que luego se supo era su sirvienta finlandesa.

    Éste fue el grupo que encontró en la estación. El único equipaje que traían eran dos inmensas cajas llenas de manuscritos, pues el resto de las pertenencias las habían olvidado en la estación de Springfield durante el cambio de trenes. Algo que por supuesto le puede pasar a cualquiera. Una vez el señor Brook hubo acomodado a todo el mundo en un taxi, pensó que sus peores dificultades habían quedado atrás, pero madame Zilensky de repente intentó encaramarse por encima de sus piernas y bajarse del auto.

—¡Dios mío! —dijo— dejé mi... ¿cómo se dice?... mi tic-tic-tic...
—¿Su reloj? —preguntó el señor Brook.
—¡No! —dijo ella con vehemencia—. Usted sabe, mi tic-tic-tic —y simuló con el dedo índice un vaivén de un lado para otro, a la manera de un péndulo.
—Tic-tic —dijo el señor Brook llevándose las manos a la cabeza y cerrando los ojos—. ¿Querrá usted tal vez decir su metrónomo?
—¡Sí, sí! Debo haberlo extraviado donde cambiamos de trenes.

          El señor Brook consiguió calmarla. Le dijo incluso, con una cierta galantería aturdida, que al día siguiente le conseguiría uno nuevo. Pero al momento tuvo que admitir para sí que había algo curioso en semejante pánico alrededor de un metrónomo, cuando estaba de por medio la pérdida del resto del equipaje.