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jueves, 23 de enero de 2014

Viaje a la Luna [La singular aventura de un tal Hans Pffaal]..



Con el corazón lleno de furiosas fantasías
De las que soy el amo,
Con una lanza ardiente y un caballo de aire,
Errando voy por el desierto.
La canción de Tomás el loco.


    Según las últimas noticias de Rotterdam, parece que esta ciudad se halla en un singular estado de efervescencia filosófica. A decir verdad, se han producido fenómenos de un género tan inesperado, tan nuevo y tan absolutamente en contradicción con todas las opiniones admitidas, que sin duda alguna pronto se hallará trastornada toda Europa, y la física en fermentación. La razón y la astronomía se agarraron entonces de los cabellos.
    Parece que el... del mes dé... (no recuerdo a punto fijo la fecha) se había reunido una inmensa multitud, con un objeto que no se especifica, en la gran plaza de la Bolsa, de la agradable ciudad de Rotterdam. El día era muy caluroso para la estación; apenas soplaba la brisa, y a la multitud no le desagradaba que de vez en cuando la regase, durante algunos minutos, un chaparrón benéfico, producido por las masas de blancas nubes diseminadas en la celeste bóveda del firmamento.
Sin embargo, hacia mediodía se manifestó en la multitud una ligera aunque notable agitación, seguida del clamoreo de diez mil lenguas; diez mil cabezas se levantaron para fijar la vista en el cielo; otras tantas pipas se retiraron simultáneamente de las bocas, y un grito prolongado, inmenso, atronador, sólo comparable con el mugido del Niágara, resonó a través de toda la ciudad y de los alrededores de Rotterdam. 
     El origen de aquel tumulto fue muy pronto evidente; se vio desembocar en un espacio de la extensión azulada, saliendo de una de aquellas grandes masas de nubes de contornos vagamente definidos, un ser extraño, heterogéneo, de aspecto sólido, de tan singular configuración y tan fantásticamente organizado, que la multitud de aquellos robustos ciudadanos, que lo miraban desde abajo con la boca abierta, no podían de ningún modo comprender lo que era ni cansarse de mirarlo.
    ¿Qué podría ser aquello? Por todos los diablos de Rotterdam, ¿qué presagiaría semejante aparición? Nadie lo sabía; a nadie le era posible adivinarlo; ni aun el burgomaestre Mynheer Superbus Von Underduk poseía el más ligero dato para aclarar aquel misterio; de modo que los buenos ciudadanos, no teniendo cosa mejor que hacer, volvieron a colocar sus pipas en la boca, y con la vista siempre fija en el fenómeno, lanzaron bocanadas de humo, hicieron una pausa, se contonearon de derecha a izquierda, murmurando significativamente, guardaron silencio otra vez, y después de gruñir de nuevo, siguieron fumando tranquilamente.
    Sin embargo, se veía bajar, acercándose cada vez más a la beata ciudad, el objeto de tan general curiosidad, causa de aquella considerable humareda; de modo que a los pocos minutos el objeto estuvo lo bastante cerca para que se lo pudiera distinguir con claridad. Parecía ser, y lo "era" indudablemente, una especie de globo; pero hasta entonces, Rotterdam no había visto otro semejante, pues ¿quién ha oído hablar nunca de un globo fabricado tan sólo con diarios grasientos? Seguramente nadie en Holanda; y sin embargo, allí, sobre las narices del pueblo, o más bien a cierta distancia, veíase el objeto en cuestión, construido —lo sé de buena fuente— con dicho material, en el que nadie había pensado hasta entonces para semejante objeto. Aquello era un escandaloso insulto al buen sentido de los ciudadanos de Rotterdam.
    En cuanto a la forma del fenómeno, era más reprensible aún: afectaba la figura de un gigantesco gorro de loco, invertido; y esta semejanza no se desvaneció en modo alguno cuando al mirarlo más de cerca la multitud pudo ver una enorme bellota pendiente de la punta, y alrededor del borde superior o de la base del cono una serie de pequeños instrumentos semejantes a las campanillas de las ovejas, que resonaban continuamente.
    Pero había otra cosa más extraordinaria aún: suspendido de unas cintas azules en la extremidad de la fantástica máquina, se balanceaba, a manera de barquilla, un inmenso sombrero de castor gris americano, de alas en extremo anchas, de copa hemisférica, con una cinta negra y una hebilla de plata. Cosa singular: algunos ciudadanos de Rotterdam hubieran jurado que conocían ya aquel sombrero, y a decir verdad, la multitud pareció casi familiarizada con él; mientras que la matrona Grettet Pfaall profirió una exclamación de alegría al verlo, declarando que era positivamente el sombrero de su querido esposo.
    Ahora bien: esta circunstancia parecía tanto más importante cuanto que Pfaall había desaparecido de Rotterdam con tres compañeros hacía unos cinco años, de una manera tan repentina como inexplicable, y hasta el momento en que comienza este relato, todos los esfuerzos para obtener noticia de los ausentes fueron completamente inútiles. Cierto que se habían descubierto últimamente, en un punto retirado de la ciudad, algunas osamentas que se creyeron humanas, mezcladas con restos de extraño aspecto, llegando a suponer algunos que en aquel lugar se había cometido un horrible asesinato, y que Hans Pfaall y sus compañeros habían sido probablemente las víctimas.
    El globo, pues en efecto lo era, hallábase entonces a cien pies del suelo, y la multitud podía ver claramente al personaje que lo ocupaba. Era, por cierto, un ser extraño; sólo medía dos pies de estatura, pero su pequeñez no lo habría librado de perder el equilibrio y caer de su diminuta barquilla, a no haber tenido ésta un reborde circular que llegaba hasta el pecho del singular individuo, estando sujeto por las cuerdas del globo.