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martes, 29 de marzo de 2016

Estados de Ánimo..



I  

   Miro el atardecer con la inquietud de un perro ciego que lanza injurioso la mordida sin saber exactamente a quién clavará los dientes. Me sirvo otro ron. Del librero tomo al azar un libro. Es Confabulario de Juan José Arreola. Abro en la página 53. Leo: “Hay un diablo que me castiga poniéndome en ridículo”. Cierro el volumen. Voy a la ventana. Miro la tarde. Hace frío. Le doy un sorbo a la bebida. El ron me parece detestable. Aviento con vesania el vaso a la pared. Se rompe en mil pedazos. Dios estará en la casa del vecino oyendo seguramente música ranchera. Y no va a venir a aliviarme la depresión. No quiere líos. Por ahora.



  II

Salgo a la calle. Camino. Viene hacia mí una mujer.
    –He perdido un dornajo siciliano –dice.
   Alzo los hombros.
    –Yo he perdido cuatro noches –digo.
   La mujer es ahora la que alza los hombros. Se va. Aprisa. Levanto una piedra del suelo. La arrojo contra la primera ventana que encuentro. Del edificio sale alarmado un hombre.
    –He sido yo –digo.
   Se acerca.
    –No veo la razón –indica.
   El hombre huele a cerveza.
    –Se lo explico con una copa en la mano –digo.
   Nos introducimos a su habitación. Hay otros tipos más adentro. Juegan a las cartas. La casa huele a humedad, a pizza, a abandono. El humo de los cigarros es denso. Hay un desorden absoluto. Platos tirados, veintenas de macetas con flores marchitas, polvo visible.
    –Es la persona que rompió el vidrio de la ventana –dice el hombre de la cerveza.
   Los tres tipos voltean a verme.
    –Mucho gusto –dice el de mayor edad.
   Los otros continúan jugando. Me dan una cerveza. Me siento en el sofá. Miro de soslayo un par de piernas recostadas en una cama en la habitación conjunta. Los tipos están divertidísimos jugando. Miro el par de piernas. Pregunto dónde está el baño. Me señalan con el dedo un cuarto. Me pongo de pie. Y la veo de cuerpo entero. La mujer está durmiendo desnuda. Se ve bella. La miro largo rato.
   Ya no entro al baño. Me dirijo a los hombres:
    –¿Cuánto es por el vidrio roto?
   Hacen ademanes gentiles que significan que ese asunto ya está olvidado, que no me preocupe, que me sienta en confianza.
    –Si eso le hace bien, puede usted romper cuanto vidrio encuentre en la casa –dice el más joven.
   Lo reflexiono un momento.
   Y con mi cerveza voy rompiendo ventanas, loza, la pantalla de la televisión, una mesita de centro. Los hombres ríen. La mujer, a la que miro de soslayo, sigue durmiendo.
    –Gracias –digo, al retirarme. Los hombres están concentrados en su juego. 
    –De nada, pues, fue un placer –dice, por fin, el que me invitara a subir.
   Ya afuera, atino a romper un cristal más de su ventana.







III  

Las luces de neón comienzan a encenderse. 
La noche llega trayendo consigo un viento helado. Me siento en un parque. En mi estómago revolotean innumerables mariposillas que se niegan a salir de mi cuerpo. Echo la cabeza hacia atrás y veo entre los árboles a un elefante rosa. Una tórtola vuela hacia mí.
   Dice.
    –No me gusta volar bajo porque a veces mis alas rozan la tierra.
   Y se va la tórtola. El elefante ha dado un brinco hacia otra rama.
   Me gustaría quedarme por el resto de mis días sentado en esa banca.



  IV

Voy a una iglesia que queda arriba de un cerro. No hay nadie en misa. 
Veo a dos enamorados besándose interminablemente al pie del púlpito. 
Luego, los miro salir tomados de la mano rumbo a la barda que rodea el pequeño santuario. Ella se sienta en el breve muro. Abre sus piernas para que él, de pie, abajo, pueda abrazarla por la cintura. Se besan como si fuera el último día de su vida. De vez en cuando se dicen cosas al oído.
   La noche es demasiado negra.
   Un niño se acerca. Dice:
    –Ya vamos a cerrar, señor, por favor...
   Su palidez es admirable.
   Le acaricio su hirsuto cabello.
   Abandono la iglesia.


V  



Regreso a mi departamento.
   Pongo un caset. De Bob Dylan. Le subo el volumen. ´Death is not the end’, canta el compositor. Pero casi, me digo. Me sirvo otro ron. Y vuelvo a romper el vaso contra la pared. Escucho con fuerza inusitada a Dylan. Death is not the end. Las mariposillas revolotean implacablemente en mi estómago. Dylan canta con dureza. Me recuesto en el sillón. Cierro los ojos. Death is not the end. Veo al perro ciego lanzar enjundioso una mordida que va directamente a mi cuerpo, en mi pierna izquierda, luego en la cintura y en los pulmones, en el brazo y en las rodillas, en mis manos, en mi corazón.






v. r.




viernes, 1 de enero de 2016

Acaba de pasar el que vendrá..



       


 Acaba de pasar el que vendrá
  proscrito, a sentarse en mi triple desarrollo;
  acaba de pasar criminalmente.

 Acaba de sentarse más acá,
  a un cuerpo de distancia de mi alma,
  el que vino en un asno a enflaquecerme;
  acaba de sentarse de pie, lívido.

 Acaba de darme lo que está acabado,
  el calor del fuego y el pronombre inmenso
  que el animal crió bajo su cola.

 Acaba
  de expresarme su duda sobre hipótesis lejanas
  que él aleja, aún más, con la mirada.

 Acaba de hacer al bien los honores que le tocan
  en virtud del infame paquidermo,
  por lo soñado en mi y en él matado.

 Acaba de ponerme [no hay primera]
  su segunda aflixión en plenos lomos
  y su tercer sudor en plena lágrima.

 Acaba de pasar sin haber venido.


c.v.


domingo, 27 de septiembre de 2015

La rebelión de los tártaros..


 Se diría que los calmucos estaban predestinados a probar todas las variedades de la desgracia y que sus sufrimientos no se completaron hasta que vino a redondearlos y coronarlos lo que el calor terrible del verano puede añadir al invierno y al hielo. Volveré de inmediato a la historia, tras referir un romántico episodio que ahora ocurrió entre Oubacha y su primo, el infame Zebek Dorchi.

     Al iniciar los calmucos su huida en las márgenes del Volga, vivía en la corte del Khan un caballero ruso de cierto rango a quien, por razones de política, creyeron necesario llevarse prisionero. Durante varias semanas su cautiverio fue muy estricto y, en uno o dos casos, cruel. Pero como la distancia cada vez mayor le iba quitando posibilidades de escapar y, de otra parte, como es muy posible que los guardias que lo cuidaban ya no tuviesen fuerzas sino para atender a sus propios males, la vigilancia se fue haciendo más suelta hasta que, tras presentar el señor Weseloff una petición, se le devolvió oficialmente su libertad, en la inteligencia de que podría emplearla como mejor le pareciese, y aún para volver a Rusia si tal era su deseo. Había empezado a preparar activamente el viaje a San Petersburgo cuando Zebek Dorchi pensó, no sin razón, que en una de las batallas con Traubenberg que se preveían, bien podía caer prisionero algún noble calmuco y en tal caso Weseloff sería una buena presa para negociar el canje. Con este pretexto se detuvo al pobre ruso hasta que el Khan expresara nuevamente su voluntad. Lo cierto es que el nombre del Khan se usó mucho en todo este asunto, pero con tan escaso conocimiento suyo que al quejarse humildemente Weseloff, en una audiencia privada, de la injusticia de que era víctima y de la crueldad que entrañaba jugar con sus sentimientos, poniéndolo en libertad y, por así decirlo, tentándolo con sueños del hogar y la felicidad recobrada sólo para dejarlo burlado, el buen príncipe negó toda participación en el caso y en prenda de su sinceridad le concedió permiso para que se escapara; luego, hablando de la mejor manera de hacerlo sin despertar sospechas, el Khan añadió que acababa de recibir un mensaje del Hetman de los Bashkirs solicitándole una entrevista privada en un lugar ya señalado de la ribera del Turgai. La entrevista se había concertado para la noche siguiente y, aunque los séquitos de las partes sólo constarían de tres personas, el señor Weseloff podía sumarse al suyo. Weseloff, hombre prudente y con experiencia del mundo, advirtió en el acto una traición en el simple esbozo que trazara el Khan, una traición contra el propio Khan. Tras pensarlo un poco le comunicó algunas de sus sospechas y lo puso en guardia, rogándole que le permitiera rechazar el honor de acompañarlo. Ya para entonces tres calmucos habían adivinado el propósito de Weseloff y, como tenían buenas razones para retornar a sus compatriotas en la ribera occidental del Volga, se ofrecieron a acompañarlo en su fuga. Probablemente el Khan habría accedido a la partida de estos hombres, mas para Weseloff fue cuestión de honor ocultar sus propósitos y emprender desde el campamento la evasión (que sería peligrosa en sus primeras etapas) sin correr el riesgo de que lo supiera el Khan.
 En el distrito donde ahora acampaban, ancha región de centenares de millas, abundaba una raza dócil y hermosa de caballos salvajes. Cada uno de los cuatro participantes en la fuga había atrapado durante los últimos días de siete a diez de estos nobles animales, lo cual no despertó las sospechas de nadie, pues también los demás calmucos se aprovisionaban de tal manera previendo los trabajos que los esperaban camino de China. Al caer la tarde escondieron los caballos, tras echarles cabestros, en unos breñales a orillas del río. Serían las diez de la noche cuando volvieron a encontrarse en el mismo lugar; les tomó tres cuartos de hora dar un rodeo para que no los interpelasen las patrullas o centinelas apostadas en dirección del campo bashkir. Había salido la luna. Desataron los caballos y se disponían a partir cuando, de pronto, una violenta algazara y el ruido de armas rompió el silencio profundo de los bosques. Weseloff creyó oír al Khan que gritaba pidiendo auxilio. Recordó lo que el príncipe dijera esa mañana y, ordenando a sus compañeros que lo ayudasen, se lanzó a la carrera hacia las voces. Poco más allá encontró en un claro del bosque a cuatro hombres que luchaban contra una partida de por lo menos nueve o diez. Dos de los cuatro acababan de ser desmontados al llegar Weseloff: en uno de ellos creyó reconocer casi con seguridad al Khan, que hacía frente a dos asaltantes a caballo sin dar un paso atrás a pesar de su gran desventaja. Viendo que no había tiempo que perder Weseloff hizo fuego y derribó a uno de los dos jinetes, al tiempo que sus compañeros disparaban sus carabinas y entraban a galope tendido al pequeño claro. El ruido atronador de unos treinta caballos que se precipitaban a un espacio reducido dio la impresión de todo un regimiento de caballería que acudía al rescate y, sin esperar más, los atacantes volvieron grupas y huyeron. Weseloff se acercó al caballero desmontado quien, como había creído, resultó ser el Khan. El hombre contra quien había tirado estaba muerto y al inclinarse a ver sus facciones ambos reconocieron con indignación, aunque Weseloff no sintió la menor sorpresa, a un hombre de confianza de Zebek Dorchi. Ninguno de los dos dijo una palabra; el Khan regresó escoltado por Weseloff y sus compañeros en medio de un silencio mortal. La situación de Weseloff era delicada y crítica; dejar al Khan en este momento significaba, probablemente, borrar los servicios prestados ya que la partida de asesinos podía muy bien acechar en un recodo del camino para atacarlo otra vez. En cambio, si volvía con él hasta el campamento, ponía en peligro sus propias posibilidades de escapar. También el Khan parecía pensar en esto, pues al fin rompió el silencio para decirle: «Comprendo su situación; en otras circunstancias tal vez creería mi deber retener a sus compañeros. Ahora no estaría bien hacerlo, después del gran servicio que acaban de prestarme. Vayamos un poco hacia la izquierda. Allá, donde se divisa el fuego, hay un puesto de guardia. Vengan conmigo hasta ese lugar y estaré a salvo. Luego podrán volver atrás y hacer lo que pensaban: basta que hayan escoltado para que nadie sospeche de ustedes. Siento no disponer de otros medios para demostrarles mi gratitud. Pero hay algo que quiero saber antes de separarnos: ¿Fue por simple azar que acudieron ustedes a librarme? ¿O sabían algo de la conjura urdida para atraerme a esa trampa?»

domingo, 16 de agosto de 2015

Un Sueño..


J. K. soñó:


  Era un día hermoso, y K. quiso salir a pasear Pero apenas dio dos pasos, llegó al cementerio. Vio numerosos e intrincados senderos, muy numerosos y nada prácticos; K. flotaba sobre uno de esos senderos como sobre un torrente, en un inconmovible deslizamiento, su mirada advirtió desde lejos el montículo de una tumba recién cubierta, y quiso detenerse a su lado. Ese montículo ejercía sobre él casi una fascinación, y le parecía que nunca podría acercarse demasiado rápidamente. De pronto, sin embargo, la tumba casi desaparecía de la vista, oculta por estandartes que flameaban y se entrechocaban con fuerza; no se veía a los portadores de los estandartes, pero era como si allí reinara un gran júbilo.

   Todavía buscaba a la distancia, cuando vio de pronto la misma sepultura a su lado, cerca del camino; pronto la dejaría atrás. Salto rápidamente al césped. Pero como en el momento del salto el sendero se movía velozmente bajo sus pies, se tambaleó y cayó de rodillas justamente frente a la tumba. Detrás de ésta había dos hombres que sostenían una lápida en la tierra, donde quedó sólidamente asegurada. Entonces surgió de un matorral un tercer hombre, en quién K. inmediatamente reconoció a un artista. Sólo vestía pantalones y una camisa mal abotonada; en la cabeza tenía una gorra de terciopelo; en la mano un lápiz común, con el que dibujaba figuras en el aire mientras se acercaba.

  Apoyó ese lápiz en la parte superior de la lápida; la lápida era muy alta; el hombre no necesitaba agacharse, pero sí inclinarse hacia adelante, porque el montículo de tierra [que evidentemente no quería pisar] lo separaba de la piedra. Estaba en puntas de pie y se apoyaba con la mano izquierda en la superficie de la lápida. mediante un prodigio de destreza logró dibujar con un lápiz común letras doradas y escribió: "Aquí yace". Cada una de las letras era clara y hermosa, profundamente inscripta y de oro purísimo Cuando hubo escrito las dos palabras, se volvió hacia K. que sentía gran ansiedad por saber cómo seguiría la inscripción, apenas se preocupaba por el individuo y sólo miraba la lápida. El hombre se dispuso nuevamente a escribir, pero no pudo, algo se lo impedía; dejó caer el lápiz y nuevamente se volvió hacia K. Esta vez K. lo miró y advirtió que estaba profundamente perplejo, pero sin poder explicarse el motivo de su perplejidad. Toda su vivacidad anterior había desaparecido. Esto hizo que también K. comenzara a sentirse perplejo; cambiaban miradas desoladas; había entre ellos algún odioso malentendido, que ninguno de los dos podía solucionar. Fuera de lugar, comenzó a repicar la pequeña campana de la capilla fúnebre, pero el artista hizo una señal con la mano y la campana cesó. Poco después comenzó nuevamente a repicar; esta vez con mucha suavidad y sin insistencia; inmediatamente cesó; era como si solamente quisiera probar su sonido. K. estaba preocupado por la situación del artista, comenzó a llorar y sollozó largo rato en el hueco de sus manos. El artista esperó que K. se calmara y luego decidió , ya que no encontraba otra salida, proseguir su inscripción . El primer breve trazo que dibujó fue un alivio para K. pero el artista tuvo que vencer evidentemente una extraordinaria repugnancia antes de terminarlo; además, la inscripción no era ahora tan hermosa, sobre todo parecía haber mucho menos dorado, los trazos se demoraban, pálidos e inseguros; pero la letra resultó bastante grande. Era una J.; estaba casi terminada ya, cuando el artista, furioso, dió un puntapié contra la tumba y la tierra voló por los aires. Por fin comprendió K.; era muy tarde para pedir disculpas; con sus diez dedos escarbó en la tierra, que no le ofrecía ninguna resistencia; todo parecía preparado de antemano; sólo para disimular, habían colocado esa fina capa de tierra; inmediatamente se abrió debajo de él un gran hoyo, de empinadas paredes, en el cual K. impulsado por una suave corriente que lo colocó de espaldas, se hundió. Pero cuando ya lo recibía la impenetrable profundidad esforzándose todavía por erguir la cabeza, pudo ver su nombre que atravesaba rápidamente la lápida, con espléndidos adornos.

  Encantado con esta visión, se despertó. 




f.k.  



lunes, 8 de junio de 2015

Gestos..







Una mirada, un gesto, 
cambiarán nuestra raza. Cuando actúa mi mano, 
tan sin entendimiento y sin gobierno, 
pero con errabunda resonancia, 
calor y compañía en este espacio 
en donde tantas otras 
han vibrado, ¿qué quiere 
decir? Cuántos y cuántos gestos como 
un sueño mañanero, 
pasaron. Como esa 
casera mueca de las figurillas 
de la baraja: aunque 
dejando herida o beso, sólo azar entrañable. 


Más luminoso aún que la palabra, 
nuestro ademán, como ella 
roído por el tiempo, viejo como la orilla 
del río, ¿qué 
significa? 
¿Por qué desplaza el mismo aire el gesto 
de la entrega o del robo, 
el que cierra una puerta o el que la abre, 
el que da luz o apaga? 
¿Por qué es el mismo el giro del brazo cuando siembra 
que cuando siega, 
el de amor que el de asesinato? 


Nosotros, tan gesteros pero tan poco alegres, 
raza que sólo supo 
tejer banderas, raza de desfiles, 
de fantasías y de dinastías, 
hagamos otras señas. 
No he de leer en cada palma, en cada 
movimiento, como antes. No puedo ahora frenar 
la rotación inmensa del abrazo 
para medir su órbita 
y recorrer su emocionada curva.


No, no son tiempos 
de mirar con nostalgia 
esa estela infinita del paso de los hombres. 
Hay mucho que olvidar 
y más aún que esperar. Tan silencioso 
como el vuelo del búho, un gesto claro, 
de sencillo bautizo, 
dirá, en un aire nuevo, 
su nueva significación, su nuevo 
uso. Yo solo, si es posible, 
pido, cuando me llegue la hora mala, 
la hora de echar de menos tantos gestos queridos, 
tener fuerza, encontrarlos 
como quien halla un fósil 
[ acaso una quijada aún con el beso trémulo ] 
de una raza extinguida.



c.r.




domingo, 24 de agosto de 2014

Veo, veo, ¿Qué ves?


(Veo vulvas)           
Veo vulvas, de las que andan por ahí sin saber lo que dicen.
Vulvas de las que nadie ha visto, porque había una persona 
en medio, porque ese día estaba lloviendo, porque la madre 
estaba dormida mientras la duración tenia repercusiones, mi 
mano entre tanto, con su piraña en las uñas añadía algo débil 
como un goteo espeso con el cual alguno hizo dulce de leche. 
Veo vulvas afeitadas, de las que no tienen pelos en mi lengua, 
afeitadas para no sentirse solas hasta la saciedad del sinónimo 
por no saber bien qué significa estar atareadas como pie plano. 
Hay vulvas a las que nunca les dan una mano y son mancas en 
el placer, hacen lo que les da la gana, todo a regañadientes, las 
mismas que dejan caer en saco roto los pelos de algún orgullo. 
Veo vulvas de julias, de sarahs y susis, hasta de una tartamuda 
en otro idioma. Veo la vulva de Adriana. Una vez vi una gran 
vulva detrás de una ventana abierta: miraba como si lo supiera. 
No sé porqué, pero veo vulvas de silvias y son muchas silvias, 
una de ellas, con una vulva que volvió una noche, y yo estaba. 
Vulvas valientes y cobardes, vulvas incapaces de hacerle mal 
a nadie, ninguna nacida en Pennsylvania (una lástima), vulvas 
con óvulos y overol, algunas con olor violento, una con aroma 
a emanación mortal tal como la mamá la había traído a la vida. 
Otra vez vi la vulva de una madre que no era la mía, la vi y vi 
vulvas de susis y sallys, de alicias y soledades, de anicetas sin 
haber sabido quién les puso ese nombre, vulvas algo lóbregas, 
veo vulvas hasta cuando duermo, rezo y respiro, cuando como, 
cuando (también ahí veo) me pica la nariz o hablo por teléfono 
a un número equivocado, las veo cuando tengo ganas y cuando 
no porque no solo de vulvas vive el hombre, pero igual las veo 
cuando llueve, cuando recién paró, cuando una mujer parió un 
niño que no es mío, y si es una niña también veo la vulva suya, 
cuando alguien me pide una dirección para llegar a su casa y no 
sé dónde quedará esa calle, veo vulvas hasta cuando nos las veo. 
De cármenes, de maites, de luisas, de elisas (veo la de Elisa vida 
mía y me dan ganas de llorar de la nostalgia), de irenes y a la de 
sully la imagino ajena dando ahora vueltas por algún dormitorio. 
Vulvas, vulvas, vulvas, vulvas, vulvas, vulv… las veo ¡ahí van! 
y con ellas, aquella que una vez tuvo frío, vulvas que no saben 
hablar en voz baja y por eso nunca las invitan a ningún velorio. 
He visto vulvas en coma esperando el punto final de su clítoris, 
he visto otras que venían a ser parte de la tradición, pero ahora, 
veo vulvas pobres y ricas, nómadas y anónimas, largas y cortas, 
negras y blancas, y a tantas vulvas obesas cuyo tamaño varía lo 
mismo en invierno como en verano, aunque habrá que verlas en 
primavera, rodeadas de geranios y golondrinas, vulvas aladas y 
perfumadas, volarían así a una definición diferente apenas una 
fe las acompañe al año donde nacieron con una forma de alma 
imitada por la cual la belleza hubiera pagado hasta una fortuna. 
Vulvas con su traca traca, cargando un semen apuñalado por la 
espalda, castigo les deberían dar por andar cargando lo que no 
es suyo, un gajo de chiquetazos, cómo ha de ser posible, ni que 
fueran traileras transportando oro en su cóncavo semirremolque. 
Con vulvas así, no se puede, porque ponen en duda el camino a 
Sodoma amagando con amar al primer postor de su desparramo. 
Vulvas que al llegar a los veinte les cantaron las cuarenta, pues, 
pasado el tiempo, todas las vulvas terminan siendo la misma, ni 
una se salva, todas hacen camino al andar tan llenas de moscas, 
de no me acuerdo bien qué pasó en el pecado la noche anterior. 
Sudando en contra de la infelicidad salen al soleado universo a 
vivir con esa estética hasta que pueden y dicen colorín colorado 
esta historia ha terminado, arrepentidas de no saber lo que pasó. 
Vulvas de las que nadie nunca ha visto, invisibles hasta que las 
manos las hacen nacer al instinto en cada instante tan saludable. 
Vulvas con gusto a ceviche, alegres pero con un olor agrio (tal 
vez en su vida pasada pasaron días en algún yogurt), de las que 
fueron atrapadas in fraganti haciendo estragos en la entrada del 
tren fantasma, en su Parque Rodó uruguayo ¡tan lleno de ellas! 
mientras llegan como bueyes cargadas de ayes huidos del ayer. 
Hay quienes dicen que las vulvas son buenas, hay alguien que 
su vulva cambiaría por una nueva aunque viniera de muy lejos. 
En alguna parte habría que hacerle a la vulva una estatua, a esa 
usada en nombre de todas las otras, vivas y muertas aquí y allá. 
Sudor, ozono pino, pipas, altramuces, garbanzos salados, zotal, 
aura de la fotogenia y hasta estertores cumpliendo el papel del 
mal tilingo al quitarse de encima cuchiflates y guarrindonguis 
alaban la pelambre que la bordea para cumplir el papel de los 
días acuartelados vistos desde muy cerca, olfateando culta la 
circularidad de una verdad que si no fuera tan mal vista, bien 
podría servir como ablación en la corazonada de tenerla todo 
el tiempo cerca hasta que algo agobiada viniera a los minutos. 
La vulva esa escribe en su libreta de apuntes algo que todavía 
nadie sabe: “Las dificultades de mis tartamudeos tuvieron que 
ver con la tendencia que tenían los personajes antes de venir a 
mí”, pudiendo ser el personaje cualquiera que quisiera estar de 
acuerdo con la visita al tarambana cuando salió al raje, porque 
según una leyenda, el pabellón de baños del cuartel entraba en 
actividad al mismo tiempo que de aquí en más la blanda vulva 
se ponía facilonga, haciéndose la que no sabía nada pero sabía. 
La vulva que le había hecho un chantaje al Viejo Vizcacha, la
misma que por pura casualidad descubrimos donde no las hay 
hacía su aparición bajo las fibras del biguá y de la arboladura, 
había cumplido con un plan abotonado, nadaba en la leche del 
mar cuando valía la pena hacerlo por eso que todas las vulvas 
hacen, salir a las superficies para respirar, o para que las vean. 
Salgo al mundo y veo vulvas. Han venido a darme unas ideas. 

   e. e.


jueves, 14 de agosto de 2014

mi–día..



Mi día es desordenado y absurdo:
al poderoso le pido pan,
al rico le ofrezco una limosna..

Enhebro en una aguja ––un rayo,
al ladrón confío ––la llave,
con cascarilla doy color a mi pálido rostro..

El pordiosero no me da pan,
el rico no acepta mi dinero,
el rayo no entra por la aguja..

El ladrón entra sin llave,
y yo, tonta, me deshago ––en lágrimas
por un día vano e inútil.. 



                                                                                   m. i. t.


sábado, 31 de mayo de 2014

IX..

                                             

Y ¿qué más? Cuando al cielo levantados
 se ignoran a sí mismos los sentidos,
 a la tierra apegados
 por el deber y la palabra unidos,
 yo vi muchos amantes muy queridos
 de corazón y de hechos separados,
 hallándose en la luna confundidos
 con sombras de otros seres adorados:
 amantes que, aunque buenos y dichosos,
 persiguiendo ardorosos
 cansados de lo real, sueños livianos,
 se quieren en la tierra como hermanos,
 y tienen en la luna otros esposos. 

                                                          r. d  c. 


viernes, 23 de mayo de 2014

Una mariposa en el autobús..



  Dentro del autobús

   vuela
   una mariposa.

  Habrá entrado por la ventanilla
   cuando la tuvimos abierta en alguna parada.
  El autobús tiene ya las ventanas sin abrir
   y corre a toda velocidad
   a 120 kilómetros por hora.

  La mariposa cree que está volando en algún huerto,
   pero la verdad es que está viajando a Pusan
   en el expreso.

  Y yo ¿desde cuándo
   estoy viajando hacia el final
   en un expreso llamado
   el tiempo?

  Sé que la mariposa
   si se abre la ventanilla, encontrará flores.
  Y yo, ¿qué encontraré en el final?

  Estoy viajando con la mariposa. 











h. k. c

lunes, 19 de mayo de 2014

II..


  Los primeros siglos vivieron en los desiertos del Sinaí. Entonces, una mañana se cayó un clavo de una pared en Constantinopla y con él cayeron todos los clavos de las paredes a lo largo y ancho del imperio bizantino. El clavo que movió todos los demás movió también a los monjes del Sinaí y los desterró a otro lugar. La migración se efectuó de la siguiente manera: Cuando el príncipe romano Pedro se quitó para siempre su yelmo, lo llenó de vino y bebió de él, decidió llevar una vida de asceta. Se puso a buscar un lugar donde nadie le encontrara, donde nadie supiera su nombre. No hay en todo el imperio un lugar así, le decían. Entonces se le apareció en sueños una mujer calzada con su propio cabello, con guantes tejidos con ese mismo pelo (pero no cortado) y le dijo: —Te salvará uno de tus dedos si cambias de nombre.

   El general sólo tenía tres dedos y durante largo rato se rompió la cabeza tratando de interpretar el sueño. Finalmente dedujo que tenía que cambiar su nombre, Pedro (que significa piedra), por otro que significara algo totalmente opuesto a la piedra. De modo que optó por el agua y subió a bordo de un barco dejando que su nuevo nombre —agua— le llevara a donde quisiera. El barco pasó cerca de la isla de Tassos, chocó contra unos arrecifes submarinos y él fue arrojado por el agua sobre una playa desierta. Sin saber dónde estaba, empezó a vivir en esa soledad absoluta que hace que las uñas se pelen y las cejas encanezcan. Dividió los sonidos de su boca en masculinos y femeninos, y en las festividades de la Virgen pronunciaba sólo las vocales de sus oraciones y en las otras festividades sólo las consonantes. Probablemente nunca supo que vivía y que moriría en uno de los tres dedos de la península Cálcidica: en el cabo vuelto hacia alta mar que en la antigüedad se llamaba Akte. En Grecia se oyó hablar de su vida de asceta. Dicen que le delataron los pájaros a los que había enseñado a hablar. Iban llegando uno a uno a Constantinopla, se posaban en los mástiles de los barcos, llevando las hembras en sus trinos las vocales y los machos las consonantes de las oraciones. Cada domingo se podía oír cómo los pájaros, posados en los mástiles de la flota del puerto, deletreaban el padrenuestro y el avemaria.

   Sorprendidos y asustados, los marineros siguieron a los pájaros hasta la península de Akte, donde Pedro vivía como ermitaño, y la llamaron Monte Athos. Pero otros monjes no habrían seguido su ejemplo si no hubiera ocurrido una gran desgracia, una de esas que hacen olvidar el pan en la boca y provocan que un pelo se vuelva blanco cada vez que se pestañea.

   Una mañana, en las iglesias de la capital los iconos amanecieron una lanza más altos que la noche anterior. Se rumoreaba que lo había ordenado el basileus para que la muchedumbre de fieles no pudiera profanar las santas mejillas. Pero la desgracia también avanza a pasos, un pie tras otro, de modo que después del izquierdo avanzó el derecho. En el muelle de Constantinopla atracó un barco cargado de monjes desterrados del Sinaí. Todos eran pintores de iconos y todos pertenecían a la orden de los solitarios. Cumpliendo el mandato del emperador, al barco que transportaba a los pintores sólo se le dio pintura para beber y madera de iconos para comer, le quitaron las velas y fue abandonado a merced de las olas. Los funcionarios imperiales los despidieron burlándose de ellos: —El que vea el más verde de todos los colores verdes será capaz de llevar el barco a puerto y salvar a los pasajeros...

   Pero ningún pintor encontró el verde más verde, aunque sea el color que da la buena suerte, igual que pocos han muerto por haber hallado el más amarillo de todos los colores amarillos del mundo, color que provoca la muerte. De manera que el barco se hizo a la mar y llevado por las corrientes submarinas naufragó en los arrecifes del Monte Athos, donde una parte de los pintores se ahogó y la otra, con la barba entre los dientes, llegó a nado a la costa. 

miércoles, 14 de mayo de 2014

Dos viejas cornejas..


  

Dos viejas cornejas se sentaron en un cerco..
 Dos viejas cornejas se sentaron en un cerco..
 Pensando en causa y efecto,
  y hierbas y flores,
  y leyes naturales..
 Una de ellas balbuceó, una de ellas tartamudeó,
  una de ellas tartamudeó, una de ellas balbuceó..
 Cada una de las dos pensó mucho más de lo que habló..
 Una corneja puso a la otra corneja un acertijo..
 Una corneja puso a la otra corneja un acertijo:
  la corneja que balbuceaba
  preguntó a la corneja que tartamudeaba:
            “¿Por qué la abeja tiene un dardo en su violín?”
            “Porr-que”, dijo la otra corneja,
            “Porr-que,
                            porrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr-que..”.
 Entonces una abeja voló junto al cerco:—
            “Zummmmmmmmm   mmmmm   mmmmmmmmm..
                                MMMMMMMMMMMMMMM..”
 Y estas dos negras cornejas
  palidecieron,
  y lejos, muy lejos se fueron..
 ¿Por qué?
 Porrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr-que..
 Porrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr-que..
            “Zummmmmmmmmm   mmmmmm   mmmmmmmmm..
                                    MMMMMMMMMMMMMM”.



v. l.


domingo, 27 de abril de 2014

El viaje de los magos..



“Qué helada travesía,
Justo la peor época del año
Para un viaje, y un viaje tan largo:
Los caminos hondos y el aire ríspido,
Lo más recio del invierno”.
' Y los camellos llagados, sus patas adoloridas, refractarios,
Tendidos en la nieve que se derretía.
A veces añorábamos
Los palacios de verano en las cuestas, las terrazas,
Y las niñas sedosas que nos servían sorbetes.
Iban los camelleros blasfemando, mascullando,
Huyendo, y pidiendo licor y mujeres,
Y las fogatas se extinguían y no había refugios,
Y las ciudades hostiles y los pueblos agresivos
Y las aldeas sucias y caras:
Cuánto tuvimos que aguantar.
Al final preferimos viajar de noche,
Dormir a ratos,
Con las voces cantando en nuestros oídos, diciendo
Que todo esto era locura.

Entonces llegamos al amanecer a un valle templado,
Húmedo, lejos de las nieves perpetuas, y olía a vegetación;
Con un arroyo y un molino de agua que golpeaba la oscuridad,
Y en el horizonte tres árboles,
Y un viejo caballo blanco se fue galopando hacia la pradera.
Luego llegamos a una taberna con hojas de parra en el dintel,
Seis manos junto a una puerta abierta
Jugaban a los dados por un poco de plata,
Y alguien pateaba los odres vacíos de vino,
Pero no había información, y seguimos
Y llegamos al anochecer, y justo a tiempo
Encontramos el lugar; era (podríamos decir) satisfactorio.

Todo esto fue hace mucho tiempo, recuerdo,
Y yo lo volvería a hacer, pero que quede
Esto claro que quede
Esto: ¿nos llevaron tan lejos
Por un Nacimiento o por una Muerte? Hubo un Nacimiento,
Teníamos pruebas y ninguna duda. Yo había visto nacer y morir,
Pero pensaba que eran distintos: este Nacimiento
Nos sometió a una dura y amarga agonía,
Como la Muerte, nuestra muerte.
Regresamos a nuestros lugares, estos Reinos,
Pero ya no estamos en paz aquí, bajo la antigua ley.
Con un pueblo extraño aferrado a sus dioses.
Cuánto gusto me daría otra muerte
.


t. s. e. 


domingo, 16 de febrero de 2014

Los riesgos de la sinergia.

Era la forma en que estaban respirando, pensó ella con desesperación y disgusto, lo que hacía que su mente funcionara así. La respiración era abierta en la oscuridad, conscientemente silenciosa, aunque su intensidad se encontraba fuera de su control. Era silenciosa debido a los delgados muros de ese horrible lugar, silenciosa para ocultar lo que debió ser abierto y gozoso. E igual que surgió la compulsión ciega de ser manifiesta y gozosa, aumentó la necesidad de más control, más silencio. Y entonces fue imposible dejar a su mente descansar y flotar, introducir esa rara explosión extática de sol. Las paredes se hacían con seguridad más y más delgadas..., y afuera se apiñaba la gente, escuchando. Más y más gente, le dijo su mente locamente. Personas con más y más oídos, hasta que ella y Karl estaban intentando permanecer silenciosos y callados en el centro de una esfera hueca de grandes orejas atentas, un mosaico de lóbulos, pabellones y orificios oscuros, todos unidos como escamas de peces...
Después, la contención del aliento de él, la sensación de bienvenida, de gratitud..., una gratitud y un alivio sin razón, pues se basaban nada más en el hecho que ya todo había concluido pero, ¡oh!, silencio.
Luego la pesadez, la inmovilidad..., silencio. Auténtico silencio y no pretensión. Ella aguardó.
La cólera aleteó en ella. Bastante es suficiente. Este peso, esta inmovilidad...
Demasiado peso. Demasiada inmovilidad...
—Karl —ella se movió—. ¡Karl!
Luchó, pero en silencio.
Entonces supo por qué estaba tan silencioso y tan inmóvil. Miró aturdida ese simple hecho y por un largo momento no respiró más que él y eso fue no respirar en absoluto, pues él había muerto. Y luego el horror. Y después la humillación.
Su impulso de gritar murió tan abruptamente como él, pero el puro espasmo muscular de eso la apartó de él, hacia la habitación. Permaneció encogida contra el frío; el resplandor rítmico de un letrero luminoso en alguna parte, afuera, y otra vez abrió su garganta para que su anhelante respiración fuera silenciosa.
Tenía que escapar y toda célula viviente en ella gritó por una fuga, chillando. Pero no; de algún modo tenía que vestirse. Tenía que salir de alguna manera, viajar por corredores donde la más leve sospecha de su presencia causaría una alarma. Había luces y una gran extensión de vestíbulo que cruzar...
Y en alguna forma hizo todas estas cosas y escapó a las benditas, ruidosas, indiferentes calles de la ciudad.
  
 
Killilea estaba en otra cantina más, con otra ginebra con agua más en la mano, preguntándose si ésta iba a ser otra de esas noches.
Probablemente. Cuando uno está buscando a alguien y no recurre a la policía y uno sabe que es inútil publicar un anuncio en los periódicos, porque ella nunca los lee y no se conoce a nadie que pueda saber dónde está, pero uno sabe que si ella está bastante trastornada, es bastante infeliz, bebe en bares..., ¡oh!, entonces uno visita bares. Uno va a cantinas buenas y a bares sucios, a tabernas vacías y brillantes y a otras polvorientas y oscuras, noche tras noche, sin saber si ella está destrozándose en la cantina adonde uno fue la noche anterior, o si estará en ese bar mañana, cuando uno esté en otra parte.
Alguien estornudó explosivamente y Killilea, cuyos nervios siempre habían sido buenos y quien, además, estaba tan aislado de sus alrededores inmediatos como puede estarlo un hombre, se asombró al saltar del banquillo del mostrador. Su bebida saltó y disparó hacia arriba una lengua de ginebra, para lamer el lado de su cuello fríamente. Maldijo, se limpió con el dorso de su mano y se dio vuelta para ver la fuente de esa monstruosa explosión humana.
Vio a un joven alto, con grandes orejas de color rojo brillante, y lo que sin duda había sido un pañuelo de exhibición, con el que estaba frotando la manga de pelo de camello de una muchacha, en el gabinete de enfrente. Las aletas de la nariz de Killilea se distendieron en leve desagrado, mientras sus labios se extendían con una sonrisa no menos ligera. Una cosa así podría ocurrirle a cualquiera, pensó, pero, Dios mío, ese tipo debía sentirse como un patán. Y miren al que está en el gabinete con la muchacha. No sabe qué decir. ¿Y qué diría uno? ¿No escupa a mi novia? Demasiado tarde. ¿Voy a golpearlo en la boca? Eso no arreglaría nada. Pero si no se hace algo, no es de esperar que su amiga esté dichosa.
Killilea ordenó otra bebida y volvió a mirar hacia el gabinete. El joven alto retrocedía en una verdadera nube de disculpas; la muchacha estaba limpiando su manga con una servilleta de papel y su amigo todavía continuaba sin hablar. Sacó su pañuelo y después volvió a guardarlo. Se inclinó hacia adelante para hablar, no dijo nada y volvió a erguirse, con expresión desdichada.
—Resultaste ser un magnífico sir Galahad —comentó ella.
—No creo que Galahad se haya encarado jamás a esta situación —respondió su acompañante razonablemente—. Lo siento.
—Lo sientes —remedó la muchacha—. Eso ayuda mucho, ¿verdad?
—Lo siento —repitió el hombre. Después agregó, un poco enfadado—: ¿Qué quieres que haga? ¿Que estornude contra él?
Ella frunció los labios.
—Eso sería mejor que no hacer nada. Nada, eso eres tú..., nada.
—Mira —protestó él, levantándose a medias.
—¿Vas a algún lado? —preguntó la muchacha agriamente—. Hazlo. Puedo arreglármelas sola. Ándate.
—Te llevaré a casa —sugirió él.
—No lo harás.
—Muy bien —dijo el hombre. Salió del gabinete, humedeciéndose los labios, desdichado—. Entonces está bien —repitió.
Dejó caer un billete de a dólar sobre la mesa y caminó hacia la puerta. Ella lo siguió con la mirada, con el labio inferior saliente, húmedo y malhumorado.
—Gracias por la película en el cine del barrio —le gritó con voz que llenó la cantina.
Él se encogió de hombros con embarazo. Tomó sus solapas y dio a su chaqueta un pequeño tirón hacia abajo, patético, furioso, y salió sin volver la mirada.
Killilea se volvió otra vez hacia la barra y halló que podía ver el gabinete reflejado en el espejo.
—Gran cosa —observó la muchacha, hablando al estuche de su colorete como si fuera un teléfono.
El joven alto que había estornudado se aproximó con cautela.
—Señorita.
Ella lo miró calculadoramente.
—Señorita, no pude evitar oír y en realidad fue culpa mía.
—No lo fue —replicó la muchacha—. ¡Olvídelo! De cualquier modo, él no significaba nada para mí.
—De cualquier manera, usted es muy comprensiva al respecto —insistió el joven—. Quisiera poder nacer algo.
Ella miró su cara, su ropa.
—Siéntese —dijo.
—¡Mozo! —llamó él, y se sentó.