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jueves, 12 de septiembre de 2013

Las realidades en el Quijote

Conferencia de recepción del premio Menéndez Pelayo por Ernesto de la Peña



Daré lectura ahora a la plática que tengo el atrevimiento de presentar a su consideración. El título es Las realidades en el Quijote y lo encabeza un epígrafe que dice “There are more things in Heaven and Earth, Horatio, than are dreamt of in your philosophy”. “Hay más cosas entre el cielo y la tierra, Horacio, que las que soñó tu filosofía.” Shakespeare, Hamlet, acto primero, escena quinta.

Desde sus orígenes en la antigua Grecia, el problema filosófico de la naturaleza y conocimiento de la realidad ha sido una continua elusión. Nadie ha encontrado la solución que satisfaga a todos. La ontología y la gnoseología siguen con los brazos abiertos. El arco intelectual que va del optimismo ontológico de Parménides al río que no se detiene de Heráclito, abarca todos los matices del conflicto. En otra vertiente del mismo problema, tendríamos que internarnos en las realidades atómicas y subatómicas para descubrir que una simple rama de hierba es un amacijo de extraordinaria complejidad, formado por órbitas de corpúsculos imperceptibles para el ojo, pero definitorios para la física. La naturaleza íntima de una rosa está formada de constelaciones diminutas que cumplen puntualmente sus rutinas. El mundo natural en su conjunto podría definirse diciendo que está constituido y recorrido por sistemas solares, cometas y nebulosas. Lo real que percibimos es simplemente una dermis que cubre convulsiones mínimas pero que transforman a la sustancias químicas que son base de todo lo creado y les dan el cariz que nos es familiar. Para algunos filósofos sería un caso de natura naturata, para los físicos es la estructura íntima de la materia.

A esto añadamos la convicción dogmática del Génesis: “Y todo aquello que el hombre denominó de los seres creados, ese es su nombre.” Esta convicción, se reflejará indefectiblemente en la cultura cristiana con el resultado del maridaje incongruente que ha caracterizado desde sus orígenes al mundo occidental. Poder dar nombre a una cosa es, en cierta forma, apoderarse de ella, situarla en una especie de procedimiento entitativo original que da paz al pensamiento. Nombrar es poseer. Lo nombrado nos pertenece y podemos ejercer una especie de dominio sobre ello. Recuerden el pasaje del hombre sin atributos de Musil, en donde la mujer que va caminando por la calle tiene un accidente y entonces el que la acompaña le dice se trata de un problema de ruta de frenado y aunque ella no entiende lo que significa bremsweg se siente muy contenta con tener una designación para eso.