Era la forma en que estaban respirando, pensó ella con desesperación y disgusto, lo que hacía que su mente funcionara así. La respiración era abierta en la oscuridad, conscientemente silenciosa, aunque su intensidad se encontraba fuera de su control. Era silenciosa debido a los delgados muros de ese horrible lugar, silenciosa para ocultar lo que debió ser abierto y gozoso. E igual que surgió la compulsión ciega de ser manifiesta y gozosa, aumentó la necesidad de más control, más silencio. Y entonces fue imposible dejar a su mente descansar y flotar, introducir esa rara explosión extática de sol. Las paredes se hacían con seguridad más y más delgadas..., y afuera se apiñaba la gente, escuchando. Más y más gente, le dijo su mente locamente. Personas con más y más oídos, hasta que ella y Karl estaban intentando permanecer silenciosos y callados en el centro de una esfera hueca de grandes orejas atentas, un mosaico de lóbulos, pabellones y orificios oscuros, todos unidos como escamas de peces...
Después, la contención del aliento de él, la sensación de bienvenida, de gratitud..., una gratitud y un alivio sin razón, pues se basaban nada más en el hecho que ya todo había concluido pero, ¡oh!, silencio.
Luego la pesadez, la inmovilidad..., silencio. Auténtico silencio y no pretensión. Ella aguardó.
La cólera aleteó en ella. Bastante es suficiente. Este peso, esta inmovilidad...
Demasiado peso. Demasiada inmovilidad...
—Karl —ella se movió—. ¡Karl!
Luchó, pero en silencio.
Entonces supo por qué estaba tan silencioso y tan inmóvil. Miró aturdida ese simple hecho y por un largo momento no respiró más que él y eso fue no respirar en absoluto, pues él había muerto. Y luego el horror. Y después la humillación.
Su impulso de gritar murió tan abruptamente como él, pero el puro espasmo muscular de eso la apartó de él, hacia la habitación. Permaneció encogida contra el frío; el resplandor rítmico de un letrero luminoso en alguna parte, afuera, y otra vez abrió su garganta para que su anhelante respiración fuera silenciosa.

Tenía que escapar y toda célula viviente en ella gritó por una fuga, chillando. Pero no; de algún modo tenía que vestirse. Tenía que salir de alguna manera, viajar por corredores donde la más leve sospecha de su presencia causaría una alarma. Había luces y una gran extensión de vestíbulo que cruzar...
Y en alguna forma hizo todas estas cosas y escapó a las benditas, ruidosas, indiferentes calles de la ciudad.
Killilea estaba en otra cantina más, con otra ginebra con agua más en la mano, preguntándose si ésta iba a ser otra de esas noches.
Probablemente. Cuando uno está buscando a alguien y no recurre a la policía y uno sabe que es inútil publicar un anuncio en los periódicos, porque ella nunca los lee y no se conoce a nadie que pueda saber dónde está, pero uno sabe que si ella está bastante trastornada, es bastante infeliz, bebe en bares..., ¡oh!, entonces uno visita bares. Uno va a cantinas buenas y a bares sucios, a tabernas vacías y brillantes y a otras polvorientas y oscuras, noche tras noche, sin saber si ella está destrozándose en la cantina adonde uno fue la noche anterior, o si estará en ese bar mañana, cuando uno esté en otra parte.
Alguien estornudó explosivamente y Killilea, cuyos nervios siempre habían sido buenos y quien, además, estaba tan aislado de sus alrededores inmediatos como puede estarlo un hombre, se asombró al saltar del banquillo del mostrador. Su bebida saltó y disparó hacia arriba una lengua de ginebra, para lamer el lado de su cuello fríamente. Maldijo, se limpió con el dorso de su mano y se dio vuelta para ver la fuente de esa monstruosa explosión humana.
Vio a un joven alto, con grandes orejas de color rojo brillante, y lo que sin duda había sido un pañuelo de exhibición, con el que estaba frotando la manga de pelo de camello de una muchacha, en el gabinete de enfrente. Las aletas de la nariz de Killilea se distendieron en leve desagrado, mientras sus labios se extendían con una sonrisa no menos ligera. Una cosa así podría ocurrirle a cualquiera, pensó, pero, Dios mío, ese tipo debía sentirse como un patán. Y miren al que está en el gabinete con la muchacha. No sabe qué decir. ¿Y qué diría uno? ¿No escupa a mi novia? Demasiado tarde. ¿Voy a golpearlo en la boca? Eso no arreglaría nada. Pero si no se hace algo, no es de esperar que su amiga esté dichosa.
Killilea ordenó otra bebida y volvió a mirar hacia el gabinete. El joven alto retrocedía en una verdadera nube de disculpas; la muchacha estaba limpiando su manga con una servilleta de papel y su amigo todavía continuaba sin hablar. Sacó su pañuelo y después volvió a guardarlo. Se inclinó hacia adelante para hablar, no dijo nada y volvió a erguirse, con expresión desdichada.
—Resultaste ser un magnífico sir Galahad —comentó ella.
—No creo que Galahad se haya encarado jamás a esta situación —respondió su acompañante razonablemente—. Lo siento.
—Lo sientes —remedó la muchacha—. Eso ayuda mucho, ¿verdad?
—Lo siento —repitió el hombre. Después agregó, un poco enfadado—: ¿Qué quieres que haga? ¿Que estornude contra él?
Ella frunció los labios.
—Eso sería mejor que no hacer nada. Nada, eso eres tú..., nada.
—Mira —protestó él, levantándose a medias.
—¿Vas a algún lado? —preguntó la muchacha agriamente—. Hazlo. Puedo arreglármelas sola. Ándate.
—Te llevaré a casa —sugirió él.
—No lo harás.
—Muy bien —dijo el hombre. Salió del gabinete, humedeciéndose los labios, desdichado—. Entonces está bien —repitió.
Dejó caer un billete de a dólar sobre la mesa y caminó hacia la puerta. Ella lo siguió con la mirada, con el labio inferior saliente, húmedo y malhumorado.
—Gracias por la película en el cine del barrio —le gritó con voz que llenó la cantina.
Él se encogió de hombros con embarazo. Tomó sus solapas y dio a su chaqueta un pequeño tirón hacia abajo, patético, furioso, y salió sin volver la mirada.
Killilea se volvió otra vez hacia la barra y halló que podía ver el gabinete reflejado en el espejo.
—Gran cosa —observó la muchacha, hablando al estuche de su colorete como si fuera un teléfono.
El joven alto que había estornudado se aproximó con cautela.
—Señorita.
Ella lo miró calculadoramente.
—Señorita, no pude evitar oír y en realidad fue culpa mía.
—No lo fue —replicó la muchacha—. ¡Olvídelo! De cualquier modo, él no significaba nada para mí.
—De cualquier manera, usted es muy comprensiva al respecto —insistió el joven—. Quisiera poder nacer algo.
Ella miró su cara, su ropa.
—Siéntese —dijo.
—¡Mozo! —llamó él, y se sentó.