Mostrando entradas con la etiqueta Santos óleos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Santos óleos. Mostrar todas las entradas

domingo, 21 de febrero de 2016

Versos Dicen..



      


LO QUE NO SÉ NO SE SABE, es ignorancia,    
un retirar saber hasta hallar nada    
o casi nada, el brillo de una espada    
pero la espada no, su vigilancia.  

Si algo sabe mi voz será la errancia,  
su andar por ahí nomás soltando el cuento    
de que, sí, la embriaguez es su elemento    
y ahí ausente de sí da con la mancia    

que aunque de nada sirve le asegura    
la buena soledad y que aunque augura    
la muerte en cada ser y toda cosa    

se abre sin embargo como rosa    
cuyo aroma asumido da estatura    
y un dejo de la ciencia más sabrosa.  


: : :


ALEGRE ESTÁ MI DIOS, danzando está    
y su danza deshace toda sombra    
y en la rueda de llamas que lo nombra    
algo de mi tristeza ya se va.  

Este dolor desnudo la belleza    
ha alcanzado y de nada ser se fía    
y en esa nada ser se me perdía    
enredado el lamento que aquí cesa.  

No más que siendo sol bien sonreído    
canta mi corazón con voz que habita    
fuera de todo afán; reconfortado    

soy lenguaje en quietud que lo sagrado    
une a lo natural y eso me quita    
un gran peso de encima: lo vivido.  


: : :


ESTOY CANSADO DE TRATAR CON LOCOS,  
loco yo mismo, claro que lo sé,  
para que me hago el loco siendo que    
lo que quiero es razón. Denme de cocos    

amigos, fuerte: mocos, mocos, mocos,  
a ver si así despierto donde quiero,  
en cierta lucidez que tuve, espero,  
alguna vez.. Se encienden, y no pocos,  

focos rojos doquiera que camino    
o que voy arrastrando mis despojos    
en pro de sensatez. Ay, desatino.  

Sáquenme, pero ya, del manicomio    
éste en que me han rundido mis arrojos,  
cuchipanda de piojos, reconcomio.    

                                                             



r. y.



viernes, 23 de octubre de 2015

ya que andaba por aquí..


                       

Alrededor de mi nombre se ha formado    
una costra tan pesada    
de problemas y hábitos    
que es difícil [ hasta para mí ]    
atraversarla y vislumbrar su rostro.   
Golpeo a su puerta y no me contesta.   

Duerme. Salió para poner en orden sus asuntos,   
quizás todavía no; está otra vez ocupado    
y ya hay gente que lo aguarda    
o le dio una rabieta y decidió no volver.   

No pienso esperar. No. No tengo tiempo    
para desperdiciarlo en él: que descanse en paz    
o que no descanse, si es que de mí depende.   
Si fuera por mí, que se le parta la cabeza.   
Otra visita inútil. Un día más, perdido de antemano.    
Debe existir algún yo diferente en otra parte.   


Aunque, ya que andaba por aquí,   
intentaré con uno o dos conocidos    
o quizás la próxima semana.   


 : :

  n.  z. 



miércoles, 10 de junio de 2015

Requiem



                                         

Yo soy un hombre muerto al que llaman Pertur. 
En la cena de los hombres quién sabe si mi nombre 
algo aún será: ceniza en la mesa 
o alimento para el vino. 
Los bárbaros no miran a los ojos cuando hablan. 
Como una mujer al fondo del recuerdo 
yo soy un hombre muerto al que llaman Pertur. 



l.m.p.      






jueves, 2 de octubre de 2014

Café & cigarrillos..




Salgo del trabajo. Los huesos, el cuerpo entero
  dulcemente dolorido, como -a veces-
  después de un polvo de los buenos.
 La luna, sajada en dos pedazos, me recuerda
  el ojo ese famoso de Buñuel,
  asomada un tanto tenebrosamente
  por encima de los árboles.
 El coche no me arranca. El parabrisas
  es una roca enorme y congelada.
 Así que vuelvo a casa andando,
  velado el claqueteo de mis pasos
  por la luna, la cabeza
  llena de café caliente y cigarrillos.
 Llego al portal y me detengo,
  soplándome en las manos, bajo 
  el arco de luz que proyecta la ventana
  sobre el hielo, la hierba sucia y abrasada.
 Y al otro lado de esa luz te encuentras tú.

Y es que un hombre necesita en esta vida
  otras cosas que no sean
  lunas surrealistas, coches, oscuras
  películas de Luis Buñuel.



r. w.


domingo, 14 de septiembre de 2014

Las cosas que llevaban..


   El teniente Jimmy Cross llevaba cartas de una joven llamada Martha, estudiante de tercer año en el Mount Sebastian College de Nueva Jersey. No eran cartas de amor, pero el teniente Cross no perdía las esperanzas, así que las guardaba dobladas y envueltas en plástico en el fondo de la mochila. Al caer la tarde, después de un día de marcha, cavaba su pozo de tirador, se lavaba las manos bajo una cantimplora, desenvolvía las cartas, las sostenía con las puntas de los dedos y se pasaba la última hora de luz cortejándola. Imaginaba románticas acampadas en las Montañas Blancas de New Hampshire. A veces saboreaba la solapa engomada de los sobres, porque su lengua había estado allí. Por encima de todo, deseaba que Martha lo amara como él la amaba, pero sus cartas, por lo general animadas, eludían todo lo que tuviera que ver con el amor. La muchacha era virgen, Cross estaba casi seguro. Estudiaba inglés en Mount Sebastian, y escribía de un modo hermoso sobre los profesores y las compañeras de cuarto y los exámenes semestrales, sobre el respeto que sentía por Chaucer y el gran afecto que le inspiraba Virginia Woolf. Citaba versos con frecuencia; nunca mencionaba la guerra, salvo para decir: «Jimmy, cuídate.» Las cartas pesaban 300 gramos. Estaban firmadas «con amor, Martha», pero el teniente Cross comprendía que «amor» era sólo un modo de despedirse y no significaba lo que él a veces quería creer. Cuando empezaba a caer la noche, devolvía las cartas con cuidado a la mochila. Lentamente, un poco distraído, se levantaba y deambulaba entre sus hombres revisando las posiciones; después, en plena oscuridad, regresaba a su pozo y vigilaba la noche mientras se preguntaba si Martha sería virgen.


  Las cosas que llevaban eran determinadas, en general, por la necesidad. Entre las indispensables o casi indispensables estaban abrelatas P-38, navajas de bolsillo, pastillas para encender fuego, relojes de pulsera, placas de identificación, repelente contra los mosquitos, chicle, caramelos, cigarrillos, tabletas de sal, paquetes de Kool-Aid, encendedores, fósforos, aguja e hilo de coser, certificados de pago de haberes militares, raciones de campaña y dos o tres cantimploras de agua. En conjunto estos objetos pesaban entre cinco y siete kilos, dependiendo de los hábitos de cada hombre o de su metabolismo. Henry Dobbins, que era corpulento, llevaba raciones suplementarias; le gustaba en especial el melocotón en almíbar espeso mezclado con bizcocho desmenuzado. Dave Jensen, que no descuidaba la higiene ni en campaña, llevaba un cepillo de dientes, hilo dental y varias pastillas pequeñas de jabón que había robado de los hoteles cuando estuvo de permiso en Sydney, Australia. Ted Lavender, que no se quitaba el miedo de encima, llevaba tranquilizantes hasta que le pegaron un tiro en la cabeza en las afueras de la aldea de Than Khe a mediados de abril. Por necesidad, y porque lo mandaban las ordenanzas, todos llevaban cascos de acero que pesaban más de dos kilos incluyendo el forro y la cubierta de camuflaje. Llevaban las guerreras y los pantalones de faena de reglamento. Muy pocos llevaban ropa interior. En los pies llevaban botas para la jungla —casi un kilo—, y Dave Jensen llevaba tres pares de calcetines y una lata de polvos desinfectantes del Dr. Scholl como precaución contra el pie de trinchera. Hasta que le pegaron el tiro, Ted Lavender llevaba doscientos gramos de droga de la mejor calidad, que para él era una necesidad. Mitchell Sanders, el radio, llevaba condones. Norman Bowker, un diario. El Rata Kiley llevaba tebeos. Kiowa, bautista devoto, llevaba un Nuevo Testamento ilustrado que le había regalado su padre, que daba clases en una escuela dominical de Oklahoma City. Como defensa contra tiempos difíciles, sin embargo, Kiowa también llevaba la desconfianza de su abuela hacia el hombre blanco y la vieja hacha de caza de su abuelo. La necesidad imponía que llevaran más cosas. Como el terreno estaba minado y lleno de trampas, era obligatorio que cada hombre llevara chaleco antibalas de flejes de acero forrados de nailon, que pesaba dos kilos y medio, pero que en días calurosos parecía mucho más pesado. Debido a la rapidez con que podía llegarle la muerte, cada hombre llevaba al menos una gran venda-compresa, por lo común en la badana del casco para tenerla bien a mano. Debido a que las noches eran frías, y a que los monzones eran húmedos, cada uno llevaba un poncho de plástico verde que podía usarse como impermeable, como colchoneta o como tienda improvisada. Con el forro acolchado, el poncho pesaba cerca de un kilo, pero valía su peso en oro. En abril, por ejemplo, cuando le pegaron el tiro a Ted Lavender, usaron su poncho para envolverlo en él, después para transportarlo a través de los arrozales y por fin para alzarlo hasta el helicóptero que se lo llevó.


 Los llamaban quintos o reclutas.
 Llevar algo era cargarlo sobre sí, como cuando el teniente Jimmy Cross cargaba su amor por Martha colinas arriba y a través de los pantanos. En forma intransitiva, cargar significa tomar sobre sí o sostener, pero las obligaciones y las responsabilidades que llevaba implícitas iban mucho más allá de la intransitividad.
 Casi todos cargaban con fotografías. En la cartera, el teniente Cross llevaba dos fotografías de Martha. La primera era una instantánea en color dedicada «con amor», aunque él no se hacía ilusiones. Martha estaba de pie contra una pared de ladrillo. Sus ojos, que miraban directamente a la cámara, eran grises y apagados, y tenía los labios levemente abiertos. Por la noche, a veces, el teniente Cross se preguntaba quién habría tomado la foto, porque sabía que Martha había salido con chicos, porque la amaba tanto, y porque podía ver la sombra del fotógrafo deformada contra la pared de ladrillo. La segunda fotografía había sido recortada del anuario de 1968 de Mount Sebastian. Era una toma en movimiento —voleibol femenino— y Martha estaba inclinada horizontalmente respecto al suelo, estirándose, con las palmas de las manos en primer término, la lengua fuera, la expresión franca y llena de espíritu de competición. No parecía sudar. Llevaba shorts blancos de gimnasia. Aquellas piernas, pensaba Cross, eran casi con seguridad las piernas de una virgen, secas y sin vello; la rodilla izquierda estaba rígida y soportaba todo el peso de Martha, que era poco más de cuarenta kilos. El teniente Cross recordaba haber tocado aquella rodilla izquierda. Fue en un cine a oscuras, recordó, y la película era Bonnie and Clyde, y Martha llevaba una falda de tweed, y durante la escena final, cuando le tocó la rodilla, se volvió y le dirigió una mirada compungida y solemne que le hizo retirar la mano, pero siempre recordaría el tacto de la falda de tweed y de la rodilla debajo de ella, y el sonido de los disparos que mataban a Bonnie y Clyde, qué embarazoso fue aquello, qué lento y opresivo. Recordaba haberse despedido de ella con un beso en la puerta del dormitorio estudiantil. En aquel preciso momento, pensaba, debería haber hecho algo valeroso. Debería haberla llevado en brazos hasta su cuarto y debería haberla atado a la cama y debería haberle tocado la rodilla izquierda toda la noche. Debería haberse arriesgado. Cada vez que miraba las fotografías, se le ocurrían nuevas cosas que debería haber hecho.


  Lo que llevaban dependía en parte de su graduación y en parte de su especialidad en el campo de batalla.
 Como teniente y jefe de un pelotón, Jimmy Cross llevaba una brújula, mapas, códigos para descifrar claves, prismáticos y una pistola del calibre 45 que pesaba más de un kilo cargada. Llevaba una lámpara estroboscópica y cargaba sobre sí la responsabilidad de la vida de sus hombres.
 Como radio, Mitchell Sanders llevaba la emisora PRC-25, que pesaba como un muerto: casi diez kilos con la batería.
 Como sanitario, el Rata Kiley llevaba un talego de lona lleno de morfina y plasma y tabletas contra la malaria y esparadrapo y tebeos y todas las cosas que un sanitario debe llevar, incluyendo remedios contra heridas especialmente graves, con un peso total de casi nueve kilos.
 Como hombre corpulento, y por lo tanto encargado de la ametralladora, Henry Dobbins llevaba la M-60, que pesaba doce kilos descargada, pero que casi siempre iba cargada. Además, Dobbins llevaba entre cuatro y seis kilos de munición en cintas arrolladas alrededor del pecho y los hombros.
 Como la mayoría de ellos eran soldados rasos, llevaban el fusil de asalto M-16 accionado por toma de gases. El arma pesaba poco más de tres kilos descargada y cerca de tres kilos y medio con el cargador de veinte proyectiles. Dependiendo de factores múltiples, como la topografía y la psicología, los soldados llevaban entre doce y veinte cargadores, por lo común en cartucheras de lona, lo que representaba de tres kilos y medio a cinco kilos más. Si disponían de él, también llevaban el equipo de mantenimiento del M-16 —baquetas y cepillos de púas de acero, trapos y tubos de aceite LSA—, todo lo cual pesaba cerca de medio kilo. Algunos soldados llevaban el lanzagranadas M-79: dos kilos y medio descargado, un arma razonablemente liviana, salvo por la munición, que era pesada. Cada proyectil pesaba más de trescientos gramos. Pero Ted Lavender, que estaba asustado, llevaba treinta y cuatro proyectiles cuando le pegaron un tiro y lo mataron en las afueras de Than Khe, y se desplomó bajo un peso excepcional: más de nueve kilos de munición, más el chaleco antibalas y el casco y las raciones de agua y el papel higiénico y los tranquilizantes y todo lo demás; y además el miedo, imposible de pesar. Se vino abajo. No hubo crispaciones ni sacudidas. Kiowa, que vio cómo pasaba, dijo que fue igual que el desplome de una roca o una gran bolsa de arena, o algo por el estilo: sólo ¡pum!, después, abajo —no como en las películas, en las que el moribundo se contorsiona y hace posturitas e incluso alguna pirueta; nada de eso, dijo Kiowa, el pobre hombre sólo cayó como un plomo—. ¡Pum! Abajo. Nada más. Era una mañana radiante de mediados de abril. El teniente Cross sintió dolor y se culpó de lo ocurrido. Despojaron a Lavender de la cantimplora y la munición, y el Rata Kiley dijo lo que todos sabían: «¡Está muerto!», y Mitchell Sanders usó la radio para informar de que un soldado americano había muerto en combate y pedir un helicóptero. Después envolvieron a Lavender en su poncho. Lo llevaron a un arrozal seco, pusieron centinelas y se sentaron a fumar la droga del muerto hasta que llegó el helicóptero. El teniente Cross permaneció apartado. Imaginó el rostro joven y terso de Martha, y pensó que la amaba más que a nada, más que a sus hombres, y ahora Ted Lavender había muerto porque la amaba tanto que no podía dejar de pensar en ella. Cuando llegó el helicóptero, subieron a Lavender a bordo. Después incendiaron Than Khe. Marcharon hasta el atardecer, y entonces cavaron sus pozos, y aquella noche Kiowa no paró de explicar que había que verlo para creerlo, con qué rapidez ocurrió todo, cómo el pobre hombre se desplomó igual que un saco. «¡Pum!, abajo», decía. Igual que un saco.


martes, 1 de julio de 2014

Menage a Trois..




  Por mucho que lo intenté no pude ver el rostro del chófer, algo así como un cosaco que conducía nuestro auto. Junto a mí viajaba una mujer enlutada de una distinción de diosa, de una palidez de alba. No la conocía. Pero sentía despertarse mi piel empapada de lujuria. Atravesábamos un paisaje sin cielo, sin cielo hasta perderse de vista. La tierra se hallaba cubierta de lores negras que exhalaban un penetrante aroma a alcoba de mujer. 

 Mi desconocida mandó detener al chófer junto a un gran lago repleto, un lagrimal repleto de angustia. “Este es –me dijo- el lagrimal repleto lago de angustia”. No le hice caso, ocupado como me hallaba ahora en besarle el pecho entre los senos que ella ocultaba con las manos, llorando sin consuelo, sin fuerzas casi para defenderse de mi lascivia. 

 Hasta nosotros llegó el chófer con la gorra en la mano no sé a qué. Creí reconocer su rostro y ya no me cupo duda sobre su personalidad cuando con una sonrisa exclamó: “Lago, amigo mío”. Loco de contento repuse: “Eres tú, mío lago amigo viejo lagrimal”. Con que alborozo nos acogimos, abrazándonos con una alegría de resurrección de los muertos. 

 Junto a nosotros acababa de detenerse un entierro. Amortajada en el ataúd yacía la dama desconocida de momentos antes. ¡Pálida lor de carne sin saber cantar! Aún resbalaba por su mejilla la última lágrima detenida milagrosamente en el pómulo como un pájaro en la rama. 

 Mi amigo se precipitó a ella y la besó frenéticamente en los labios, en los labios que de lívidos fueron insensiblemente transformándose en verdes, luego en rojos, luego en fuego, luego en inierno. 

 Comencé a sentir un odio mortal por el chófer que ya no era mi amigo. Comencé a sentir una repugnancia sin límites por aquel gusto de limón en llamas que debían dejar en sus labios los labios insepultos de la desconocida.


 l. b.


miércoles, 11 de junio de 2014

La muerte de Odjigh..


A J. H. Rosny    

  En aquellos tiempos la raza humana parecía estar a punto de morir. El orbe solar tenía la frialdad de la luna. Un eterno invierno agrietaba el suelo. Las montañas, que habían surgido vomitando hacia el cielo las llameantes entrañas de la tierra, estaban grises de lava helada. Ranuras paralelas o estrelladas recorrían las comarcas; grietas prodigiosas, abiertas de repente, se tragaban las cosas de encima en un brusco descenso, y podía verse cómo se deslizaban lentamente hacia ellas largas filas de bloques erráticos. El aire obscuro estaba salpicado de agujillas transparentes; una blancura siniestra cubría los campos; la universal irradiación de plata parecía esterilizar el mundo.

  Ya no había vegetación, sino algunas manchas de liquen pálido sobre las rocas. La osamenta del globo se había despojado de su carne, que está hecha de tierra, y las llanuras se extendían como esqueletos. La muerte invernal atacó la vida inferior; los peces y animales del mar habían perecido aprisionados en los hielos; luego murieron los insectos que hormigueaban en las plantas trepadoras, los animales que transportaban sus crías en las bolsas del vientre y los seres casi voladores que frecuentaban las grandes selvas; hasta tan lejos como llegaba la vista no había árboles ni verdura y j sólo permanecía vivo lo que moraba en cavernas, grutas o cuevas.

  También se habían extinguido ya dos razas entre los hijos de los hombres; los que habían habitado en nidos de lianas sobre la copa de los grandes árboles y los que se habían guarecido sobre casas flotantes en el centro de los lagos; selvas, bosques, bosquecillos y macizos estaban caídos en el resplandeciente suelo y la superficie de las aguas era dura y reluciente como la piedra pulimentada.

  Los cazadores de fieras que conocían el fuego, los trogloditas que sabían horadar la tierra hasta su calor interior, y los comedores de peces que habían aprovisionado aceite marino en sus agujeros de hielo, aún resistían el invierno. Pero los animales eran cada vez más escasos porque el hielo los dominaba en cuanto sacaban el hocico a ras del suelo, la madera para hacer fuego se estaba agotando y el aceite ya era sólido como una roca amarilla coronada de blanco.

  Pero un matador de lobos llamado Odjigh, que vivía en una profunda cueva y poseía una enorme hacha de jade verde, pesada y temible, se compadeció de las cosas animadas. Cuando estaba a la orilla del gran mar interior, cuya punta se alarga por el este de Minnesota, dirigió sus miradas hacia las regiones septentrionales, allá donde el frío parecía amontonarse. En lo más profundo de su gruta helada tomó el calumet sagrado, esculpido en piedra blanca, lo llenó de hierbas aromáticas de las que se elevó el humo en forma de coronas y sopló el incienso divino por el aire. Las coronas subieron hacia el cielo y la espiral gris se inclinó al norte.
Odjigh, el matador de lobos, se puso en marcha hacia el norte. Se cubrió la cara con una espesa piel de ratón agujereada, cuya cola se balanceaba como un penacho por encima de su cabeza, con una tira de cuero se ató alrededor de la cintura una bolsa llena de carne seca picada y mezclada con grasa y, balanceando el hacha de jade verde, se dirigió hacia las: espesas nubes amontonadas en el horizonte. A medida que él pasaba la vida se iba apagando a su alrededor. Los ríos habían callado desde hacía tiempo. El aire opaco sólo traía consigo sones apagados. Las masas heladas, azules, blancas y verdes, radiantes de escarcha, parecían pilares de una ruta monumental. 

  El corazón de Odjigh echaba de menos el bullir de los peces nacarados entre las mallas de las redes de fibra, el estremecimiento serpenteante de las anguilas marinas, la pesada marcha de las tortugas, la oblicua carrera de los gigantescos cangrejos de ojos bizcos y los vivos bostezos de las bestias terrestres, bestias equipadas de pico plano y garras, bestias vestidas de escamas, bestias moteadas en formas variadas y agradables a los ojos, bestias amantes de sus crías que daban saltos ágiles o hacían extraños remolinos o vuelos peligrosos. Por encima de todos los animales, echaba de menos a los feroces lobos, sus pieles grises y sus aullidos familiares, porque estaba acostumbrado a cazarlos con la maza y el hacha de piedra, durante las noches brumosas y a la roja luz de la luna.

  Entonces, por su izquierda, surgió un animal de cubil que vive profundamente hundido en el suelo y se deja sacar a duras penas de su agujero, un tejón flaco de pelo erizado. Odjigh lo vio y se alegró, sin pensar en matarlo. El tejón se acercó a él manteniendo las distancias.

  Después, por la derecha de Odjigh, salió súbitamente, de un corredor helado, un pobre lince de ojos insondables. Miraba a Odjigh de través, con miedo, y se deslizaba con inquietud. Pero el matador de lobos se alegró también y marchó entre el tejón y el lince.

  Mientras avanzaba con la bolsa de carne golpeando contra su flanco, oyó tras él un débil aullido de hambre. Volviéndose como al son de una voz conocida, vio un lobo huesudo que lo seguía tristemente. Odjigh se apiadó de todos aquellos a los que había partido el cráneo. El lobo sacaba la humeante lengua y tenía los ojos enrojecidos.

martes, 10 de junio de 2014

Esta noche no hubo luna..


                                    
Ahora camino de noche
  porque las noches son claras..
 Y esta noche no hubo luna,
  no hubo luna amiga y blanca..
  y había pocas estrellas,
  pocas estrellas y pálidas..

 Y era todo triste sin la luna amiga..
  y era todo negro sin la luna blanca..

 No se veía la cinta
  de la carretera larga..
  los olivos del recuesto
  apenas se dibujaban..
  un murciélago pasó
  rozándome la cabeza con el ala..
  y me ladraron los perros
  en los bancales con saña.
 Sin luna todo era negro y triste..
  vi una luz allá lejana..
  y, a tientas, fui hasta la luz
  y en la luz pedí posada..

 Esta noche no hubo luna...
  no hubo luna amiga y blanca..
 Y recordé aquella noche
  en que no vino mi amada..

  y en que yo loco de amor,
  lleno de fiebre y de ansias..
  hice también alto
  en la primera posada..



 l. f.            

martes, 3 de junio de 2014

Last Blues, to be read some day..















   Era un sólo galanteo,    
seguramente lo sabías-    
alguien fue herido    
hace mucho tiempo.    

Todo está igual,    
el tiempo ha pasado-    
un día llegaste,    
un día morirás.    

Alguien murió    
hace mucho tiempo-    
alguien que intentó,    
pero no supo.
            




                 c. p.


                                          3\6

sábado, 31 de mayo de 2014

La Oración Fúnebre..


 E
n la  estación,  los parientes  avanzaban junto al  tren humeante. A cada paso agitaban el brazo levantado y hacían señas.

Un joven estaba de pie tras la ventanilla  del  tren. El  cristal  le llegaba  hasta debajo de los  brazos. Sostenía  un ramillete  ajado de flores blancas a la altura del pecho. Tenía la cara rígida.

Una mujer joven  salía de la estación  con un niño de aspecto inexpresivo. La mujer tenía una joroba.

El tren iba a la guerra. Apagué el televisor.

Papá  yacía  en  su  ataúd  en  medio  de  la  habitación.  De  las paredes colgaban tantas fotos que ya ni se veía la pared.

En una de ellas  papá era la  mitad  de grande que la  silla a  la cual se aferraba.

Llevaba  un  vestido  y   sus piernas  torcidas  estaban llenas  de pliegues adiposos. Su cabeza, sin pelo, tenía forma de pera.

En otra foto aparecía  en traje de novio.  Sólo se le  veía  la  mitad del pecho. La otra mitad era un ramillete ajado de flores blancas que mamá tenía  en la  mano. Sus cabezas estaban tan cerca una de la otra que los lóbulos de sus orejas se tocaban.

En otra foto se veía  a papá ante una valla,  recto como un huso. Bajo sus zapatos altos había nieve. La nieve era tan blanca que papá quedaba en el  vacío. Estaba  saludando con la  mano levantada  sobre la cabeza. En el cuello de su chaqueta había unas runas.

En la  foto de al  lado  papá llevaba  una azada al  hombro. Detrás de él,  una planta  de maíz  se erguía  hacia  el  cielo.  Papá tenía  un sombrero puesto. El sombrero daba una sombra ancha y  ocultaba  la cara de papá.

En la  siguiente  foto, papá iba  sentado al  volante  de un camión. El camión estaba  cargado de reses.  Cada semana papá transportaba reses  al  matadero  de  la  ciudad. Papá  tenía una  cara  afilada, de rasgos duros.

En todas las  fotos quedaba congelado  en medio  de un gesto. En todas las  fotos parecía  no saber nada más. Pero papá siempre  sabía más. Por eso todas las  fotos eran falsas. Y todas esas  fotos falsas, con todas  esas  caras  falsas,  habían  enfriado  la  habitación. Quise levantarme  de la  silla,  pero el  vestido  se me había  congelado  en la madera. Mi  vestido era  transparente  y   negro. Crujía cuando me movía. Me levanté y  le toqué la cara a papá. Estaba más fría que los demás objetos de la habitación. Fuera era  verano. Las  moscas, al volar, dejaban caer sus larvas. El  pueblo  se extendía  bordeando el ancho camino de arena, un camino  caliente,  ocre, que le  calcinaba  a uno los ojos con su brillo.

El  cementerio era de rocalla. Sobre las  tumbas había enormes piedras.

Cuando miré el suelo, noté que las suelas de mis zapatos se habían vuelto hacia arriba. Me había  estado pisando todo el tiempo los cordones, que, largos y gruesos, se enroscaban en los extremos, detrás de mí.

Dos hombrecillos tambaleantes sacaron el ataúd del coche fúnebre y lo bajaron a la tumba con dos cuerdas raídas. El ataúd se columpiaba. Los brazos y las cuerdas se alargaban cada vez más. Pese a la sequedad, la fosa estaba llena de agua.

Tu padre tiene muchos muertos en la conciencia, dijo uno de los hombrecillos borrachos.

Yo le dije: estuvo en la guerra. Por cada veinticinco muertos le daban una condecoración. Trajo a casa varias medallas.

Violó a una  mujer en  un campo  de nabos, dijo el hombrecillo. Junto con cuatro soldados más.  Tu padre  le puso un nabo entre las piernas. Cuando nos fuimos, la mujer sangraba. Era una rusa. Después de aquello, y durante semanas, nos dio por llamar nabo a cualquier arma.

Fue a finales de otoño, dijo el hombrecillo. Las hojas de los nabos estaban negras y pegadas por la helada. El hombrecillo colocó luego una piedra gruesa sobre el ataúd. El otro hombrecillo borracho siguió hablando:

Ese Año Nuevo fuimos a la ópera en una pequeña ciudad alemana. Los agudos de la cantante eran tan estridentes como los gritos de la rusa. Abandonamos la sala uno tras otro. Tu padre se quedó hasta el final. Después, y durante semanas, llamó nabos a todas las canciones y a todas las mujeres.

El hombrecillo bebía aguardiente. Las tripas le sonaban. Tengo tanto aguardiente en la barriga como agua subterránea hay en las fosas, dijo.

6..

                               

                                   Y nada acaba
                                                                 en el alfabeto de la angustia
                                                                           tan cabezacaninamente pesado
                                                                              y a la vez lagartijamente delicado
                                               como el presente..




                                     h. m.



jueves, 22 de mayo de 2014

Madame Zilensky y el Rey de Finlandia..


    Al señor Brook, decano del departamento de música del Ryder College, se debió todo el mérito de incorporar a madame Zilensky al profesorado. La institución se consideró afortunada; la dama tenía una reputación admirable como compositora, así como pedagoga. El señor Brook asumió la responsabilidad de encontrarle a madame Zilensky una casa, un lugar confortable con jardín, cómodo para la vida de la universidad y contiguo al edificio de apartamentos donde él mismo habitaba.

    Nadie en Westbridge conocía a madame Zilensky antes de que viniera. El señor Brook había visto su foto en revistas de música, y alguna vez le había escrito solicitándole una opinión sobre la autenticidad de cierto manuscrito de Buxtehude. También, durante el proceso de su vinculación a la facultad, habían intercambiado unos cuantos cables y cartas relativos a asuntos prácticos. La letra de ella era clara y cuadrada, y lo único inusual en sus cartas era que en ocasiones mencionaba cosas o personas del todo desconocidas para el señor Brook, como “el gato amarillo de Lisboa” o “el pobre Heinrich”. El señor Brook asumió que semejantes descuidos se debían a la confusión que significaba para la dama abandonar Europa con toda su familia.

    El señor Brook era lo que se dice una personalidad tenue; años de minuetos de Mozart, de explicaciones sobre séptimas disminuidas y tríadas menores, habían dejado en él una cautelosa paciencia vocacional. Por lo general se la pasaba solo. Detestaba el bochinche académico y los comités. Años atrás, cuando los miembros del departamento de música se habían ido en grupo a pasar el verano en Salzburgo, el señor Brook se había excusado a último momento para hacer un viaje solitario al Perú. Tenía sus contadas excentricidades personales y era tolerante con las peculiaridades de los demás; de hecho, experimentaba una cierta debilidad por el ridículo. Con frecuencia, cuando se veía confrontado con alguna situación grave e incongruente, solía sentir unas cosquillas interiores, que contraían su larga y afable cara y aguzaban la luminosidad de sus ojos grises.

    El señor Brook salió a recibir a madame Zilensky a la estación del tren de Westbridge una semana antes de que comenzara el semestre de otoño. La reconoció al instante. Era una mujer alta y rígida, de rostro macilento y pálido. Sus ojos delataban profundas ojeras y llevaba el desgreñado pelo negro amarrado hacia atrás. Tenía unas manos grandes y delicadas, que se veían sumamente sucias. Su persona como un todo irradiaba un aura de nobleza y abstracción que hizo que el señor Brook se retrajera un tanto, mientras jugaba con el cierre de sus gemelos. A pesar de su vestido —una larga falda negra y una vieja y dilapidada chaqueta de cuero— daba una impresión de vaga elegancia. Con madame Zilensky venían tres niños, de edades entre los diez y los seis años, todos rubios, de aire perdido y hermosos. También venía otra persona, una vieja que luego se supo era su sirvienta finlandesa.

    Éste fue el grupo que encontró en la estación. El único equipaje que traían eran dos inmensas cajas llenas de manuscritos, pues el resto de las pertenencias las habían olvidado en la estación de Springfield durante el cambio de trenes. Algo que por supuesto le puede pasar a cualquiera. Una vez el señor Brook hubo acomodado a todo el mundo en un taxi, pensó que sus peores dificultades habían quedado atrás, pero madame Zilensky de repente intentó encaramarse por encima de sus piernas y bajarse del auto.

—¡Dios mío! —dijo— dejé mi... ¿cómo se dice?... mi tic-tic-tic...
—¿Su reloj? —preguntó el señor Brook.
—¡No! —dijo ella con vehemencia—. Usted sabe, mi tic-tic-tic —y simuló con el dedo índice un vaivén de un lado para otro, a la manera de un péndulo.
—Tic-tic —dijo el señor Brook llevándose las manos a la cabeza y cerrando los ojos—. ¿Querrá usted tal vez decir su metrónomo?
—¡Sí, sí! Debo haberlo extraviado donde cambiamos de trenes.

          El señor Brook consiguió calmarla. Le dijo incluso, con una cierta galantería aturdida, que al día siguiente le conseguiría uno nuevo. Pero al momento tuvo que admitir para sí que había algo curioso en semejante pánico alrededor de un metrónomo, cuando estaba de por medio la pérdida del resto del equipaje.

viernes, 16 de mayo de 2014

Nueve..


 ¿Nos olvidamos, a veces, de nuestra sombra o es que nuestra sombra nos abandona de vez en cuando?
 
  Hemos abierto las ventanas de siempre. Hemos encendido las mismas lámparas. Hemos subido las escaleras de cada noche, y sin embargo han pasado las horas, las semanas enteras, sin que notemos su presencia.
 
  Una tarde, al atravesar una plaza, nos sentamos en algún banco. Sobre las piedritas del camino describimos, con el regatón de nuestro paraguas, la mitad de unacircunferencia. ¿Pensamos en alguien que está ausente? ¿Buscamos, en nuestra memoria, un recuerdo perdido? En todo caso, nuestra atención se encuentra en todas partes y en ninguna, hasta que,de repente advertimos un estremecimiento a nuestros pies, y al averiguar de qué proviene, nos encontramos con nuestra sombra.
 
  ¿Será posible que hayamos vivido junto a ella sin habernos dado cuenta de su existencia? ¿La habremos extraviado al doblar una esquina, al atravesar una multitud?
 
  ¿O fue ella quien nos abandonó, para olfatear todas las otras sombras de la calle?
 
  La ternura que nos infunde su presencia es demasiado grande para que nos preocupe la contestación a esas preguntas.
 
  Quisiéramos acariciarla como a un perro, quisiéramos cargarla para que durmiera en nuestros brazos, y es tal la satisfacción de que nos acompañe al regresar a nuestra casa, que todas las preocupaciones que tomamos con ella nos parecen insuficientes.
 
  Antes de atravesar las bocacalles esperamos que no circule ninguna clase de vehículo. En vez de subir las escaleras, tomamos el ascensor, para impedir que los escalones le fracturen el espinazo. Al circular de un cuarto a otro, evitamos que se lastime en las aristas de los muebles, y cuando llega la hora de acostarnos, la cubrimos como si fuese una mujer, para sentirla bien cerca de nosotros, para que duerma toda la noche a nuestro lado.


 o. g.


lunes, 12 de mayo de 2014

El montón..


   Rodó la canica por tierra, cruzó el círculo trazado con una vara, pasó de largo sin caer en el hoyo. Al hincarme me rompí el pantalón de las rodillas. ¡Pelas! Ya me debes tres canicas. Me preguntó qué quería ser cuando fuera grande. Encarcelado, le dije. Me corrigió: carcelero. No, encarcelado, reafirmé; pienso matar al cabrón de mi padre. 

   Se me quitaron las ganas de seguir jugando. No tenía caso decir mis cosas. Me arrepentí de haberle contado al Grillo que yo quería matar a mi padre. Por fortuna tiene tan mala memoria que mañana ya lo habrá olvidado. 

   Allá en la refresquería junté muchas corcholatas, me las eché a los bolsillos y me puse a correr para oír su ruido, de esa manera ya no escuchaba las voces que traía siempre en la cabeza. Sentí cómo se hacía de noche porque el hambre me crecía oscura; ese dolorcito de siempre que revierte en mi boca un sabor agrio. Me fui para la casa. A la entrada de la vecindad la Márgara mataba ratas con un palo. La vieja como no puede dormir se pasa las noches matando ratas, por eso el cabrón le puso de apodo La Gata, y como tiene la piel grisácea y los ojos amarillos, y como sólo come pan remojado con leche, pues la verdad el apodo le queda muy bien. 

   Entré al cuarto y vi las mismas cosas de siempre. Para cualquiera todo eso estaba en desorden, y no, cada cosa estaba en su lugar: los trastos en la estufa y en la mesa. En el rincón, izquierda al fondo, la bacinica. Medicinas, veladoras y papelitos en la repisa. Los quintos encajados en la rendija de la ventana. Las toallas deshilachadas colgadas en los clavos de la pared derecha, ahí junto, la chamarra roja del viejo: hace mucho que ya no se la pone, desde que consiguió la de cuero. En la alacena los kilos de frijoles, la manteca, la sal, el café y el piloncillo. Ahí la estampita de San Judas Tadeo y un vaso con hierbas espanta espíritus, epazote y albahaca. En los rincones los montones de ropa, el costal de carbón, la lata de petróleo...

   Ya era de noche, todos mis hermanos dormían menos la Jacinta, ella le sobaba la espalda a mi mamá. Me serví un plato de frijoles y me los comí muy despacio haciéndome a la idea de que estoy educado (mi bonito juego fantasioso) muy por encima del dolor que produce el hambre. Contuve el gesto animal y lo hice así, despacio como si comer no fuera nutrirse sino desmayarse. Comí de espaldas para no verlos. Luego me viré y los vi: ahí estaban en el suelo, amontonados como cadáveres envueltos en trapos, una mancha color mugre, los miembros confundidos, entrelazados o desparramados, una pierna encima de aquel brazo, unas espaldas, una mano como sola en aquella esquina, tres montones de cabellos, y una cabeza muy visible, la de Juanito, con la boca abierta. Así son mis hermanos todas las noches: algo sucio y sofocado, seres en fragmentos sumergidos en una pesadilla, algo hediondo, espeso y ronco. 

   Lupita estaba acostada en la cama, la única cama. Bien envuelta medía apenas medio metro. Tenía los cabellos mojados de sudor, embarrados sobre el rostro. Cualquiera diría que un gran miedo la había empapado. 

   Tenía calentura y esa enfermedad que ya le había durado varios días y a la que no sabíamos qué nombre ponerle; ni siquiera la habíamos llevado al doctor para que alnos dijera el nombre de lo que tenía y cómo curarla. Ahí estaba; balbuceaba y se enflaquecía. Yo podía oír ese ruidito; cuando las carnes se enjutan, es muy parecido al ruido de cuando las cosas inútiles, allá en el basurero, pierden su color. A eso sonaba Lupita. 

   Jacinta, con su masaje, apretaba la carne cansada de mamá, y cabeceaba de sueño. Mi mamá le dijo que se fuera a dormir. Se echó ahí entre los otros. La estructura de los cuerpos se hizo inmensa, tan quietos todos en la desgracia de ser pobres. Sin embargo algo se movía, yo podía saberlo y sentirlo: el hervidero de chinches y piojos, esa crueldad de puntitos miles que sustraen la sangre; vivir y dormir con la plaga como única posesión. 

   Mamá y yo nos pusimos a platicar de cosas que nos parecían bonitas, que si el rosal de Doña Amada se había logrado, que a Josefina la tuerta le habían traído un niño Dios para que lo vistiera y que las telas eran muy finas, que la niña de Remedios siempre no se llegó a morir y ahora hasta sonreía, que la abuelita de la Petra pintó su silla de blanco. Todo esto lo decíamos mientras ella alisaba la ropa con plancha de carbón. 

   De vez en vez se apretaba el vientre y disfrazaba una mueca. Ya duérmete, me decía. Yo no dejaba de hablar. No terminó de planchar el montón de ropa, le comenzaron los dolores de parto. Fijé los ojos ahí, en ese globo de angustia que se inflaba y desinflaba, adentro un nuevo hermanito entre agua y sangre, en giro e impulso, separando huesos, abriendo camino. 

   Así como estaba agarró un montón de ropa de niño y se dispuso a salir. Voy con usted, mamá. Deja, esto es cosa de mujeres, duérmete. El sueño se me había ido muy lejos, sentía ese mismo miedo de todas las veces, esa mano adentro que me apretaba las tripas, unos ojos en el estómago mirando circularmente, tratando de comprender el misterio del nacimiento y de la muerte, y luego ese odio inmenso, explosivo hacia el cabrón de mi padre. 

   Como se fue sin dejarme acompañarla, desperté a la Jacinta y la hice ir tras ella. Me quedé ahí, con la mirada vaga. Lupita lloró con unos gritos zumbantes, los ojos en blanco, la boca grotesca abierta en fundamental desesperación. Temí que se fuera a morir, sus carnes crujían, su llanto cada vez más atormentado, exacto al de las arañas, pero con volumen. Las arañas lloran en forma horripilante, tan quedito que los hombres no las oyen, sólo algunos como yo y Bernardo el pajarero. Es insoportable y lastimoso, sobre todo cuando lloran de amor y desesperadas se comen su propia tela de araña dejando boquetes para asomarse por ellos en soledad. 

   Lupita lloraba como araña, traté de calmarla, me acosté con ella y la abracé muy fuerte; me humedeció. 

miércoles, 7 de mayo de 2014

[8 de mayo..]



La mañana de mayo.
El hombre que tropieza, con el niño de la mano.  
La dulce melodía de los pájaros a diario.  
Y llego a mi casa en mi silla sentado.

Y un café café café,
bien cargado y ya veremos después.

La mano descuidada, del impaciente muchacho.

Las agujas que marcan el tiempo, en la hora que han señalado.

El eterno vagabundo, que pierde un sueño en el bolsillo remendado.

La escoba que barre las hojas del mes pasado.

La voz del gitano, que llama con la garganta a la hermana.

Y después del sueño, yo sigo escribiendo.

Que la noche ha sido larga y mañana volveré a pasar,
por la calle del poema, de la mañana de mayo. 

j. l.

domingo, 4 de mayo de 2014

I wish I were..

A Late Winter’s Thaw

“I wish I were a Warhol silk screen hanging on the wall. Or little Joe or maybe Lou. I’d love to be them all. All New York’s broken hearts and secrets would be mine. I’d put you on a movie reel, and that would be just fine.”





          i. c.



viernes, 2 de mayo de 2014

A Gnome there was..


Tim Crockett nunca debió escabullirse dentro de la mina de la montaña Dornsef. Lo que se planea en California puede acarrear consecuencias desastrosas en las minas de carbón de Pensilvania, Especialmente cuando los gnomos están involucrados. Claro que Tim Crockett no sabía nada de los gnomos. El simplemente estaba estudiando las condiciones de vida de las clases bajas, por usar sus propias e impertinentes palabras. Pertenecía a un grupo de californianos del sur que habían resuelto que los trabajadores les necesitaban. No era precisamente así. Eran ellos quienes necesitaban trabajar, ocho horas al día, por lo menos. Crockett, como sus colegas, consideraba al trabajador una combinación de gorila y Hombre de la Azada que tal vez incluía a algún Kallikak entre sus ancestros. Hablaba enérgicamente de las minorías explotadas, escribía artículos virulentos para Tierra, el órgano del grupo, y se las compuso hábilmente para no ingresar como actuario en el bufete del padre. Tenía, según sus palabras, una misión. Lamentablemente, ni obreros ni opresores simpatizaban mucho con él. Cualquier psicólogo habría analizado fácilmente a Crockett. Era un jovenzuelo alto, delgado, vivaz, con ojillos acuosos y buen gusto para las corbatas. Todo lo que necesitaba era una buena patada en el trasero.

¡Pero ciertamente que no, propinada por un gnomo! Viajaba cómodamente por el país con el dinero de su padre, investigando las condiciones de trabajo, para gran fastidio de los trabajadores que encontraba. Fue con ese propósito que entró subrepticiamente en la mina de carbón Ayax —o al menos en una de sus fosas— después de disfrazarse de minero y tiznarse la cara con polvo negro. Al bajar en —el montacargas, lucía especialmente desaliñado en medio de un grupo de caras impecables. Los mineros eran sucios sólo después de un día de trabajo. La montaña Dornsef es una especie de colmena, pero no por los túneles de la Compañía Ayax. Los gnomos conocen modos de bloquear los túneles cuando los humanos cavan demasiado cerca. El lugar desorientó completamente a Crockett. Se limitó a seguir a los otros, hasta que se pusieron a trabajar. Una vagoneta llena pasó traqueteando por los rieles. Crockett titubeó, y luego abordó a un espécimen huraño que parecía llevar las señales de una gran aflicción estampadas en la cara.
—Oye —le dijo—. Quiero hablar contigo.
—¿Inglís? —preguntó el otro—. Viski. Yinebra. Vinu. Demonios.

Tras demostrar así su imperfecto dominio del idioma, soltó una risotada ronca y regresó al trabajo ignorando al desconcertado Crockett, que se lanzó a la búsqueda de otra víctima. Pero este sector de la mina parecía desierto. Otra vagoneta cargada le pasó al lado, y Crockett decidió averiguar de dónde venía. Lo consiguió después de golpearse dolorosamente la cabeza y caer de bruces por lo menos cinco veces. Venía de un agujero en la pared. Crockett entró, y simultáneamente oyó un grito ronco a sus espaldas. El desconocido ordenó a Crockett que regresara.

—¡Vuelve o te quiebro ese pescuezo cuadrado! —prometió, añadiendo un rosario de maldiciones siseantes—, ¡Fuera de allí!

Crockett miró hacia atrás, vio un amenazante perfil de gorila, y de inmediato comprendió que su estratagema había sido descubierta. Los propietarios de la mina Ayax tenían un matón para asesinarlo, o al menos para reducirle a una pulpa insensible. El terror prestó alas a los pies de Crockett. Frenético, echó a correr en busca de un túnel lateral donde perderse. Los bramidos del otro retumbaban contra las paredes. Y de pronto, Crockett oyó claramente una frase significativa:

—¡...antes que estalle esa dinamita!
En ese preciso instante la dinamita estalló. Crockett, sin embargo, no se enteró. Descubrió, muy fugazmente, que estaba volando. De golpe, el techo le detuvo dolorosamente. Después perdió el conocimiento, y cuando se recobró, vio una cabeza que le observaba fijamente. No era una cabeza alentadora, y por cierto no inspiraba un sentimiento instintivo de camaradería. En realidad era bastante extraña, cuando no repulsiva. Como Crockett ya tenía demasiado con mirarla, no advirtió que estaba viendo en la oscuridad. ¿Cuánto tiempo había permanecido inconsciente? Tenía el vago presentimiento de que había sido bastante. La explosión... ¿Qué? ¿Lo había sepultado detrás de un techo de roca desmoronado? Crockett no se habría sentido mucho mejor de haber sabido que estaba en un túnel agotado, ya sin valor, abandonado hacía mucho tiempo. Los mineros sabían que al dinamitar para abrir un nuevo conducto el viejo se derrumbaría, pero eso no importaba.

Salvo para Tim Crockett. Parpadeó, y cuando volvió a abrir los ojos la cabeza había desaparecido, Era un alivio. Crockett se convenció de que esa cosa desagradable había sido un espejismo. De hecho, costaba recordar el aspecto. Sólo le quedaba la vaga impresión de un perfil de nabo, grande, con ojos centelleantes, y una fisura increíblemente ancha en el lugar de la boca. Crockett se levantó, gruñendo. ¿De dónde venía ese resplandor plateado? Era como la luz del día en una tarde brumosa, que no procede de un foco específico ni arroja sombras. 'Radio', pensó Crockett, que sabía un poco de mineralogía. Estaba en un túnel que se iba angostando en la penumbra hasta un recodo abrupto a quince metros de distancia.

Detrás de él... Detrás de él, el techo se había derrumbado. Instantáneamente Crockett tuvo dificultades para respirar. Se lanzó de inmediato sobre el montículo ripioso, arrojando rocas aquí y allá, jadeando y emitiendo ruidos roncos e inarticulados. De pronto reparó en sus manos. Cejó poco a poco en sus esfuerzos hasta quedarse absolutamente inmóvil, acuclillado, mirándose los objetos grandes, nudosos y sorprendentes que le crecían de las muñecas. ¿Era posible que durante su período de inconsciencia se haya puesto mitones? En el mismo momento en que le asaltó esa idea Crockett comprendió que jamás se tejieron mitones ni remotamente parecidos a lo que él, muy lógicamente, suponía eran sus manos. Se le estremecieron ligeramente.

Quizás estaban embadurnadas de barro. No. No era barro. Las manos se le habían...alterado. Eran objetos enormes, rugosos, pardos, como nudosas raíces de roble. Una pelambre negra y rala les crecía en el dorso. Las uñas necesitaban manicura, por cierto. Preferiblemente con cincel. Crockett se miró a sí mismo. Emitió unos chillidos frágiles —testimonios de su incredulidad—. Tenía piernas rechonchas y arqueadas, gruesas y fuertes, de no más de medio metro de largo. Menos, en todo caso. Temblando de incertidumbre, Crockett exploraba su cuerpo. Había cambiado, y no ciertamente para mejor. Tenía poco más de un metro veinte de estatura, y un metro de ancho, con un torso redondeado, pies enormes y chatos, piernas gruesas y cortas, y le faltaba el cuello. Llevaba sandalias rojas, pantalones cortos y azules, y una túnica roja que dejaba descubiertos los brazos flacos y musculosos. La cabeza... Tenía forma de nabo. La boca... ¡Ay! Sin darse cuenta Crockett se había metido el puño dentro. Retiró de inmediato la mano ofensora, miró perplejo alrededor y se desplomó en el suelo. No podía ser cierto. Era totalmente imposible. Alucinaciones. Estaba muriendo de asfixia y en su agonía tenía visiones. Crockett cerró los ojos, de nuevo convencido de que sus pulmones buscaban aire.

—Me muero —dijo—. No p-puedo respirar.
—¡No creerás que estás respirando aire... —dijo una voz desdeñosa.
—Yo n-no...
Crockett no terminó la frase. Abrió de nuevo los ojos. Oía cosas. Las oyó de nuevo.
—Eres un gnomo bastante inservible —dijo la voz—. Pero bajo la ley de Nid no podemos elegir a gusto. No obstante, no servirás para extraer metales duros, por lo que veo. Tu velocidad será adecuada para la antracita. ¿Qué estás mirando? Eres mucho más feo que yo.

Crockett trató de relamerse los labios resecos y se horrorizó al descubrir que la punta de la lengua húmeda se le arrastraba con indolencia sobre los ojos. La retrajo con un fuerte chasquido y logró ponerse de pie. Después se quedó absolutamente quieto, mirando. La cabeza había desaparecido. Esta vez tenía un cuerpo debajo.

domingo, 27 de abril de 2014

Losaforitmos..

Old woman

23
El despertar les da a los sueños una reputación que no merecen.



48
No conocemos nuestros propios sueños sino en la traducción que nos da el despertar.



59
Todo es magia en las relaciones entre el hombre y la mujer.



67
Su reducción al absurdo nos cambia en bestias exactas.



90
Qué extraño el apegarse así a la parte perecedera de las cosas, que es exactamente su cualidad de ser nuevas.








p. v.



domingo, 13 de abril de 2014

Descartes..







       Soy el único hombre en la tierra y acaso no haya tierra ni hombre.

    Acaso un dios me engaña.

    Acaso un dios me ha condenado al tiempo, esa larga ilusión.

    Sueño la luna y sueño mis ojos que perciben la luna.

    He soñado la tarde y la mañana del primer día.

    He soñado a Cartago y a las legiones que desolaron a Cartago.

    He soñado a Virgilio.

    He soñado la colina del Gólgota y las cruces de Roma.

    He soñado la geometría.

    He soñado el punto, la línea, el plano y el volumen.

    He soñado el amarillo, el azul y el rojo.

    He soñado mi enfermiza niñez.

    He soñado los mapas y los reinos y aquel duelo en el alba.

    He soñado el inconcebible dolor.

    He soñado mi espada.

    He soñado a Elisabeth de Bohemia.

    He soñado la duda y la certidumbre.

    He soñado el día de ayer.

    Quizá no tuve ayer, quizá no he nacido.

    Acaso sueño haber soñado.

    Siento un poco de frío, un poco de miedo.

    Sobre el Danubio está la noche.

    Seguiré soñando a Descartes y a la fe de sus padres.





j. l. b.