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domingo, 5 de enero de 2014

Capítulo X

CARONTE, HERMES Y VARIOS MUERTOS

CARONTE.- Mirad cuál es nuestra situación. Como podéis observar, nuestra barquichuela es muy pequeña, carcomida y llena de agujeros, y, sólo que se incline un poco más, volcaremos; y vosotros, habéis llegado todos a la vez, y además con mucho equipaje. Así que si embarcáis con todo, luego os podéis arrepentir, especialmente los que no saben nadar.
HERMES.- ¿Y qué podemos hacer para llegar a buen puerto?
CARONTE.- Yo os aconsejo que dejéis en la orilla toda esa carga inútil y subáis sin nada, y aún así no será fácil que la embarcación aguante. A ti, Hermes, te ordeno que no permitas la entrada a aquellos que antes no hayan dejado su equipaje en tierra. De pie junto a la escalera, pásales revista y no los aceptes si antes no se han despojado de todo el equipaje.
HERMES.- Tienes mucha razón, así que acataré tus órdenes. Vamos a ver, ¿quién es el primero?
MENIPO.- Soy Menipo. Mira, Hermes ha lanzado al agua mi alforja y mi bastón. Menos mal que el manto lo dejé, y bien que hice.
HERMES.- Entra, Menipo, gran hombre. Puedes escoger tu asiento, junto al piloto, y en la parte más alta, para que puedas ver a todos. Y aquel joven tan hermoso de allí, ¿quién es?
CARMÓLEO.- Ese es Carmóleo de Mégara, el irresistible, cada uno de sus besos valía dos talentos.
HERMES.- Ya puedes ir deshaciéndote de tu belleza, de tus labios besucones, y de tu larga cabellera, también de tus mejillas sonrojadas y del resto de la piel. Está bien así; ya puedes entrar, ahora pesas mucho menos. ¡Tú, el del manto púrpura, la diadema, y el rostro terrible! ¿Quién eres?
LAMPICO.- Me llamo Lampico, y soy tirano de Gela.
HERMES.- ¿Y te presentas aquí con toda esta pompa, Lampico?
LAMPICO.- No sé por qué razón te extraña tanto, ¿es que un tirano tiene la obligación de llegar desnudo, Hermes?
HERMES.- Un tirano, claro que no, pero tú ahora eres un muerto, y éstos sí la tienen. Venga, desnúdate.
LAMPICO.- Mírame, ya no me queda nada.
HERMES.- Ahora debes abandonar también la soberbia y el orgullo, Lampico. Pesan demasiado para entrar contigo en la barca.
LAMPICO.- ¿No podría al menos conservar la diadema y el manto?
HERMES.- De ninguna manera. Debes dejarlo todo.
LAMPICO.- Haré lo que me dices. ¿Qué más? Porque todo lo he soltado ya, como puedes comprobar.
HERMES.- Despójate también de la crueldad, la locura, la insolencia y la cólera.
LAMPICO.- Al fin, desnudo estoy.
HERMES.- Está bien, sube ya. Y tú, grueso y musculoso, ¿cuál es tu nombre?
DAMASIAS.- Damasias, el atleta.
HERMES.- Sí, ya me lo parecía. Te reconozco, pues te veía a menudo en las palestras.
DAMASIAS.- Así es, Hermes. Puedes dejarme entrar ya, pues estoy totalmente desnudo.
HERMES.- A mí no me lo parece, amigo mío, pues son muchas las carnes que te rodean. Así que, deshazte de ellas, o de lo contrario la barca se hundirá al poner en ella un solo pie. Y también tira las coronas y trofeos que vas luciendo.
DAMASIAS.- Heme totalmente desnudo, como puedes ver peso lo mismo que cualquier muerto.
HERMES.- Ahora ya está mejor. Puedes subir. Y tú, Cratón, abandona tus riquezas, placeres y esa buena vida que llevas. No puedes subir tampoco con las pompas fúnebres ni los títulos de tus antepasados. Olvídate del linaje y la gloria, y arroja todos aquellos elogios que recibiste de algunas ciudades, y también esas inscripciones de las estatuas a ti dedicadas. No debes mencionar el gran sepulcro erigido en tu nombre, pues ya sólo el recuerdo de todo ello, pesa mucho.
CRATON.- Aunque me cueste, lo haré. Pues, ¿qué otra cosa puedo hacer si no?
HERMES.- ¡Oye, tú! ¿A dónde vas tan armado? ¿Por qué llevas ese trofeo?