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domingo, 14 de septiembre de 2014

Las cosas que llevaban..


   El teniente Jimmy Cross llevaba cartas de una joven llamada Martha, estudiante de tercer año en el Mount Sebastian College de Nueva Jersey. No eran cartas de amor, pero el teniente Cross no perdía las esperanzas, así que las guardaba dobladas y envueltas en plástico en el fondo de la mochila. Al caer la tarde, después de un día de marcha, cavaba su pozo de tirador, se lavaba las manos bajo una cantimplora, desenvolvía las cartas, las sostenía con las puntas de los dedos y se pasaba la última hora de luz cortejándola. Imaginaba románticas acampadas en las Montañas Blancas de New Hampshire. A veces saboreaba la solapa engomada de los sobres, porque su lengua había estado allí. Por encima de todo, deseaba que Martha lo amara como él la amaba, pero sus cartas, por lo general animadas, eludían todo lo que tuviera que ver con el amor. La muchacha era virgen, Cross estaba casi seguro. Estudiaba inglés en Mount Sebastian, y escribía de un modo hermoso sobre los profesores y las compañeras de cuarto y los exámenes semestrales, sobre el respeto que sentía por Chaucer y el gran afecto que le inspiraba Virginia Woolf. Citaba versos con frecuencia; nunca mencionaba la guerra, salvo para decir: «Jimmy, cuídate.» Las cartas pesaban 300 gramos. Estaban firmadas «con amor, Martha», pero el teniente Cross comprendía que «amor» era sólo un modo de despedirse y no significaba lo que él a veces quería creer. Cuando empezaba a caer la noche, devolvía las cartas con cuidado a la mochila. Lentamente, un poco distraído, se levantaba y deambulaba entre sus hombres revisando las posiciones; después, en plena oscuridad, regresaba a su pozo y vigilaba la noche mientras se preguntaba si Martha sería virgen.


  Las cosas que llevaban eran determinadas, en general, por la necesidad. Entre las indispensables o casi indispensables estaban abrelatas P-38, navajas de bolsillo, pastillas para encender fuego, relojes de pulsera, placas de identificación, repelente contra los mosquitos, chicle, caramelos, cigarrillos, tabletas de sal, paquetes de Kool-Aid, encendedores, fósforos, aguja e hilo de coser, certificados de pago de haberes militares, raciones de campaña y dos o tres cantimploras de agua. En conjunto estos objetos pesaban entre cinco y siete kilos, dependiendo de los hábitos de cada hombre o de su metabolismo. Henry Dobbins, que era corpulento, llevaba raciones suplementarias; le gustaba en especial el melocotón en almíbar espeso mezclado con bizcocho desmenuzado. Dave Jensen, que no descuidaba la higiene ni en campaña, llevaba un cepillo de dientes, hilo dental y varias pastillas pequeñas de jabón que había robado de los hoteles cuando estuvo de permiso en Sydney, Australia. Ted Lavender, que no se quitaba el miedo de encima, llevaba tranquilizantes hasta que le pegaron un tiro en la cabeza en las afueras de la aldea de Than Khe a mediados de abril. Por necesidad, y porque lo mandaban las ordenanzas, todos llevaban cascos de acero que pesaban más de dos kilos incluyendo el forro y la cubierta de camuflaje. Llevaban las guerreras y los pantalones de faena de reglamento. Muy pocos llevaban ropa interior. En los pies llevaban botas para la jungla —casi un kilo—, y Dave Jensen llevaba tres pares de calcetines y una lata de polvos desinfectantes del Dr. Scholl como precaución contra el pie de trinchera. Hasta que le pegaron el tiro, Ted Lavender llevaba doscientos gramos de droga de la mejor calidad, que para él era una necesidad. Mitchell Sanders, el radio, llevaba condones. Norman Bowker, un diario. El Rata Kiley llevaba tebeos. Kiowa, bautista devoto, llevaba un Nuevo Testamento ilustrado que le había regalado su padre, que daba clases en una escuela dominical de Oklahoma City. Como defensa contra tiempos difíciles, sin embargo, Kiowa también llevaba la desconfianza de su abuela hacia el hombre blanco y la vieja hacha de caza de su abuelo. La necesidad imponía que llevaran más cosas. Como el terreno estaba minado y lleno de trampas, era obligatorio que cada hombre llevara chaleco antibalas de flejes de acero forrados de nailon, que pesaba dos kilos y medio, pero que en días calurosos parecía mucho más pesado. Debido a la rapidez con que podía llegarle la muerte, cada hombre llevaba al menos una gran venda-compresa, por lo común en la badana del casco para tenerla bien a mano. Debido a que las noches eran frías, y a que los monzones eran húmedos, cada uno llevaba un poncho de plástico verde que podía usarse como impermeable, como colchoneta o como tienda improvisada. Con el forro acolchado, el poncho pesaba cerca de un kilo, pero valía su peso en oro. En abril, por ejemplo, cuando le pegaron el tiro a Ted Lavender, usaron su poncho para envolverlo en él, después para transportarlo a través de los arrozales y por fin para alzarlo hasta el helicóptero que se lo llevó.


 Los llamaban quintos o reclutas.
 Llevar algo era cargarlo sobre sí, como cuando el teniente Jimmy Cross cargaba su amor por Martha colinas arriba y a través de los pantanos. En forma intransitiva, cargar significa tomar sobre sí o sostener, pero las obligaciones y las responsabilidades que llevaba implícitas iban mucho más allá de la intransitividad.
 Casi todos cargaban con fotografías. En la cartera, el teniente Cross llevaba dos fotografías de Martha. La primera era una instantánea en color dedicada «con amor», aunque él no se hacía ilusiones. Martha estaba de pie contra una pared de ladrillo. Sus ojos, que miraban directamente a la cámara, eran grises y apagados, y tenía los labios levemente abiertos. Por la noche, a veces, el teniente Cross se preguntaba quién habría tomado la foto, porque sabía que Martha había salido con chicos, porque la amaba tanto, y porque podía ver la sombra del fotógrafo deformada contra la pared de ladrillo. La segunda fotografía había sido recortada del anuario de 1968 de Mount Sebastian. Era una toma en movimiento —voleibol femenino— y Martha estaba inclinada horizontalmente respecto al suelo, estirándose, con las palmas de las manos en primer término, la lengua fuera, la expresión franca y llena de espíritu de competición. No parecía sudar. Llevaba shorts blancos de gimnasia. Aquellas piernas, pensaba Cross, eran casi con seguridad las piernas de una virgen, secas y sin vello; la rodilla izquierda estaba rígida y soportaba todo el peso de Martha, que era poco más de cuarenta kilos. El teniente Cross recordaba haber tocado aquella rodilla izquierda. Fue en un cine a oscuras, recordó, y la película era Bonnie and Clyde, y Martha llevaba una falda de tweed, y durante la escena final, cuando le tocó la rodilla, se volvió y le dirigió una mirada compungida y solemne que le hizo retirar la mano, pero siempre recordaría el tacto de la falda de tweed y de la rodilla debajo de ella, y el sonido de los disparos que mataban a Bonnie y Clyde, qué embarazoso fue aquello, qué lento y opresivo. Recordaba haberse despedido de ella con un beso en la puerta del dormitorio estudiantil. En aquel preciso momento, pensaba, debería haber hecho algo valeroso. Debería haberla llevado en brazos hasta su cuarto y debería haberla atado a la cama y debería haberle tocado la rodilla izquierda toda la noche. Debería haberse arriesgado. Cada vez que miraba las fotografías, se le ocurrían nuevas cosas que debería haber hecho.


  Lo que llevaban dependía en parte de su graduación y en parte de su especialidad en el campo de batalla.
 Como teniente y jefe de un pelotón, Jimmy Cross llevaba una brújula, mapas, códigos para descifrar claves, prismáticos y una pistola del calibre 45 que pesaba más de un kilo cargada. Llevaba una lámpara estroboscópica y cargaba sobre sí la responsabilidad de la vida de sus hombres.
 Como radio, Mitchell Sanders llevaba la emisora PRC-25, que pesaba como un muerto: casi diez kilos con la batería.
 Como sanitario, el Rata Kiley llevaba un talego de lona lleno de morfina y plasma y tabletas contra la malaria y esparadrapo y tebeos y todas las cosas que un sanitario debe llevar, incluyendo remedios contra heridas especialmente graves, con un peso total de casi nueve kilos.
 Como hombre corpulento, y por lo tanto encargado de la ametralladora, Henry Dobbins llevaba la M-60, que pesaba doce kilos descargada, pero que casi siempre iba cargada. Además, Dobbins llevaba entre cuatro y seis kilos de munición en cintas arrolladas alrededor del pecho y los hombros.
 Como la mayoría de ellos eran soldados rasos, llevaban el fusil de asalto M-16 accionado por toma de gases. El arma pesaba poco más de tres kilos descargada y cerca de tres kilos y medio con el cargador de veinte proyectiles. Dependiendo de factores múltiples, como la topografía y la psicología, los soldados llevaban entre doce y veinte cargadores, por lo común en cartucheras de lona, lo que representaba de tres kilos y medio a cinco kilos más. Si disponían de él, también llevaban el equipo de mantenimiento del M-16 —baquetas y cepillos de púas de acero, trapos y tubos de aceite LSA—, todo lo cual pesaba cerca de medio kilo. Algunos soldados llevaban el lanzagranadas M-79: dos kilos y medio descargado, un arma razonablemente liviana, salvo por la munición, que era pesada. Cada proyectil pesaba más de trescientos gramos. Pero Ted Lavender, que estaba asustado, llevaba treinta y cuatro proyectiles cuando le pegaron un tiro y lo mataron en las afueras de Than Khe, y se desplomó bajo un peso excepcional: más de nueve kilos de munición, más el chaleco antibalas y el casco y las raciones de agua y el papel higiénico y los tranquilizantes y todo lo demás; y además el miedo, imposible de pesar. Se vino abajo. No hubo crispaciones ni sacudidas. Kiowa, que vio cómo pasaba, dijo que fue igual que el desplome de una roca o una gran bolsa de arena, o algo por el estilo: sólo ¡pum!, después, abajo —no como en las películas, en las que el moribundo se contorsiona y hace posturitas e incluso alguna pirueta; nada de eso, dijo Kiowa, el pobre hombre sólo cayó como un plomo—. ¡Pum! Abajo. Nada más. Era una mañana radiante de mediados de abril. El teniente Cross sintió dolor y se culpó de lo ocurrido. Despojaron a Lavender de la cantimplora y la munición, y el Rata Kiley dijo lo que todos sabían: «¡Está muerto!», y Mitchell Sanders usó la radio para informar de que un soldado americano había muerto en combate y pedir un helicóptero. Después envolvieron a Lavender en su poncho. Lo llevaron a un arrozal seco, pusieron centinelas y se sentaron a fumar la droga del muerto hasta que llegó el helicóptero. El teniente Cross permaneció apartado. Imaginó el rostro joven y terso de Martha, y pensó que la amaba más que a nada, más que a sus hombres, y ahora Ted Lavender había muerto porque la amaba tanto que no podía dejar de pensar en ella. Cuando llegó el helicóptero, subieron a Lavender a bordo. Después incendiaron Than Khe. Marcharon hasta el atardecer, y entonces cavaron sus pozos, y aquella noche Kiowa no paró de explicar que había que verlo para creerlo, con qué rapidez ocurrió todo, cómo el pobre hombre se desplomó igual que un saco. «¡Pum!, abajo», decía. Igual que un saco.


miércoles, 4 de junio de 2014

El Circo..


  Se azuló la noche. En medio del solar oscuro, el circo era como una luna desinflada. Parecía la chiche de la noche, onde mama luz el cielo. Un chilguete manchaba de norte a sur el espacio y las gotitas zarpiaban el horizonte hasta la oriya del mundo.

  Mito y Lencho, los dos hermanitos, miraban asombrados, por un juraco, cómo aquel siñor que le decían Irineyo Molina, se bía hecho payaso en un dos por tres. Taba sentado en un cajón, jumándose un puro, y con cara enojosa de hombre. Por el hoyito se véiya bien que le daba la luz de un carburo en la cara chelosa de harina. Abajo, junto a la goliya plisada, asomaba el cuello prieto de su propio cuero. Más allá, el negro Jackson sembraba una estaca, con una almágana. A cada golpe de juelgo, la estaca se hundía un jeme. Recostado en unos lazos templados como cuerdas de violín, estaba un volatín.

                                              

—Apartáte, baboso.
—Peráte, quiero ver.
—Te vuá zampar una ganchada, Chajazo.
—¡Achís!, sólo vos querés mirar...
—A yo no mián dejado...
—¡Baboso, baboso, ayí entró una piernuda vestidedorado. Sestá componiendo la atadera.

  La cipotada ondeó, como un tumbo de carne; reventó en empujones y se vació sobre la carpa, derrumbando al lado diadentro un rimero de sillas. Se oyeron voces de hombre, furibundas, y pasos amenazadores. La cipotada se dispersó a la carrera, haciendo sonar con sus talones la panza de tambor del descampado. Se confundió entre el guevazo e gente silbando y riendo. Un sapurruco en camiseta, con unos grandes gatos que parecían de madera, salió encachimbado por debajo de la lona, con un acial en la mano. Llegó hasta el andén, mirando de riojo; escupió un salivazo con tabaco, y se metió otragüelta por debajo. Dos o tres chiflidos le condecoraron el fundiyo. El humo de los candiles y de los puestos de pupuseras ponía llanto en los ojos de aquella alegría. La manteca, ricién echada en las sartenas de las pasteleras, se oiba escandalosa, como cuando meya el tren. Las garrafas, en los mostradores de los chinamos, parecían jícamas de vidrio, que se bieran convertido en cocos. El guaro clarito temblaba  adentro y dejaba descurrir su tujito embolón.

  Las gentes iban entrando, guasonas, al circo. Daban su tiquete y levantaban la cortinenca de  añididos, onde había unas letras que naide entendía, porque naide leyiya en el pueblo. 

  Una bandita descosida empezó a sonarse,allí dentro, debajo diaquel gran pañuelo. La buyanga sizo  mayor, y las gentes empezaron a codearse por entrar a coger puesto.

  

  Por tercera vez sonó la campanilla; aquella campanilla que daba güeltegatos de plata en la aljombra  de la ansiedad. Un silencio profundo se agachaba, cargado de corazones, como una rama de mango. De  una patada se abrió el telón de los secretos; una pelota de colores vino rodando hasta el centro del  picadero, y, con un grito de sollozo burlón, el payaso se irguió amelcochado, bonete en mano, con algo de  piñata y algo de barrilete. De golpe se descolgó, en el redondel, la cortina de tablitas del aplauso.

  Vestidos a medias y de medias, los volatines y volatinas, en escuadrón, avanzaron marciales, con  los brazos cruzados sobre el pecho y sonriendo con sonrisa postiza. Detrás, en dos caballencos ahumados  como los del carrusel, que llevaban colas de gallo en la frente, venían las masonas, vestidas de  espumesapo y sentadas, con una nalga, en el mero chunchucuyo de los caballos. Cerrando chorizo, iba un chele vestido dentierro, con un chiliyo bien largo; y un viejo bigotudo, jalándole las narices a un pobre oso medio bolo. Más detrás iban los guachis, con cotones de colores llenos de chacaleles. La música
sonaba, toda ella, chueca y destemplada, como mocuechumpe.

jueves, 22 de mayo de 2014

Madame Zilensky y el Rey de Finlandia..


    Al señor Brook, decano del departamento de música del Ryder College, se debió todo el mérito de incorporar a madame Zilensky al profesorado. La institución se consideró afortunada; la dama tenía una reputación admirable como compositora, así como pedagoga. El señor Brook asumió la responsabilidad de encontrarle a madame Zilensky una casa, un lugar confortable con jardín, cómodo para la vida de la universidad y contiguo al edificio de apartamentos donde él mismo habitaba.

    Nadie en Westbridge conocía a madame Zilensky antes de que viniera. El señor Brook había visto su foto en revistas de música, y alguna vez le había escrito solicitándole una opinión sobre la autenticidad de cierto manuscrito de Buxtehude. También, durante el proceso de su vinculación a la facultad, habían intercambiado unos cuantos cables y cartas relativos a asuntos prácticos. La letra de ella era clara y cuadrada, y lo único inusual en sus cartas era que en ocasiones mencionaba cosas o personas del todo desconocidas para el señor Brook, como “el gato amarillo de Lisboa” o “el pobre Heinrich”. El señor Brook asumió que semejantes descuidos se debían a la confusión que significaba para la dama abandonar Europa con toda su familia.

    El señor Brook era lo que se dice una personalidad tenue; años de minuetos de Mozart, de explicaciones sobre séptimas disminuidas y tríadas menores, habían dejado en él una cautelosa paciencia vocacional. Por lo general se la pasaba solo. Detestaba el bochinche académico y los comités. Años atrás, cuando los miembros del departamento de música se habían ido en grupo a pasar el verano en Salzburgo, el señor Brook se había excusado a último momento para hacer un viaje solitario al Perú. Tenía sus contadas excentricidades personales y era tolerante con las peculiaridades de los demás; de hecho, experimentaba una cierta debilidad por el ridículo. Con frecuencia, cuando se veía confrontado con alguna situación grave e incongruente, solía sentir unas cosquillas interiores, que contraían su larga y afable cara y aguzaban la luminosidad de sus ojos grises.

    El señor Brook salió a recibir a madame Zilensky a la estación del tren de Westbridge una semana antes de que comenzara el semestre de otoño. La reconoció al instante. Era una mujer alta y rígida, de rostro macilento y pálido. Sus ojos delataban profundas ojeras y llevaba el desgreñado pelo negro amarrado hacia atrás. Tenía unas manos grandes y delicadas, que se veían sumamente sucias. Su persona como un todo irradiaba un aura de nobleza y abstracción que hizo que el señor Brook se retrajera un tanto, mientras jugaba con el cierre de sus gemelos. A pesar de su vestido —una larga falda negra y una vieja y dilapidada chaqueta de cuero— daba una impresión de vaga elegancia. Con madame Zilensky venían tres niños, de edades entre los diez y los seis años, todos rubios, de aire perdido y hermosos. También venía otra persona, una vieja que luego se supo era su sirvienta finlandesa.

    Éste fue el grupo que encontró en la estación. El único equipaje que traían eran dos inmensas cajas llenas de manuscritos, pues el resto de las pertenencias las habían olvidado en la estación de Springfield durante el cambio de trenes. Algo que por supuesto le puede pasar a cualquiera. Una vez el señor Brook hubo acomodado a todo el mundo en un taxi, pensó que sus peores dificultades habían quedado atrás, pero madame Zilensky de repente intentó encaramarse por encima de sus piernas y bajarse del auto.

—¡Dios mío! —dijo— dejé mi... ¿cómo se dice?... mi tic-tic-tic...
—¿Su reloj? —preguntó el señor Brook.
—¡No! —dijo ella con vehemencia—. Usted sabe, mi tic-tic-tic —y simuló con el dedo índice un vaivén de un lado para otro, a la manera de un péndulo.
—Tic-tic —dijo el señor Brook llevándose las manos a la cabeza y cerrando los ojos—. ¿Querrá usted tal vez decir su metrónomo?
—¡Sí, sí! Debo haberlo extraviado donde cambiamos de trenes.

          El señor Brook consiguió calmarla. Le dijo incluso, con una cierta galantería aturdida, que al día siguiente le conseguiría uno nuevo. Pero al momento tuvo que admitir para sí que había algo curioso en semejante pánico alrededor de un metrónomo, cuando estaba de por medio la pérdida del resto del equipaje.

domingo, 4 de mayo de 2014

El vicio del alcohol..



Anoche, desde mi cama, oí el grito ronco de una mujer que gozaba.
Anoche oí detenerse el reloj dos minutos esperando a la luna que a su vez se había detenido para ver, en su propia sombra de la calle, dos perros que se batían.

Anoche canté, solo, de espaldas:

    Voy pa mis montañas
     a pedirle a Dios
     pa estas penas mías
     nieve, viento y sol..


Oí mi canto. Lo cual es altamente absurdo.

Consideré también altamente absurdo cómo están organizadas sobre esta Tierra las cuestiones del sexo. Pues todas las muchachas hermosas deberían estar desnudas, de espaldas, atadas con gruesas cadenas, y con los muslos abiertos, totalmente abiertos. Entonces se las podría azotar sin piedad.

Pero no hay organización alguna. Al menos mientras las estrellas no nos expliquen todas sus distancias reducidas a entre ambas manos, y al menos mientras los obispos no vistan del verde de los musgos de los pantanos sosegados.

Nada de lo anotado es arbitrario. Entre esos tres elementos –muchachas atadas, estrellas y posibles obispos vestidos de verde– he visto siempre una filiación absoluta. Prueba de ello es que no he puesto otros elementos sino los anotados. Ahora bien, que yo, hoy día y hasta hoy desde 42 años, no pueda desmontar y luego explicar con claridad de cerebro bien organizado tal filiación, no es prueba alguna de su no existencia. Debe pensarse que tampoco puedo dilucidar cada uno de los elementos que la forman. Sin embargo, nadie duda de su realidad. Desafío a quien sea a que me desmonte y explique una muchacha aunque él mismo la haya atado. Desafío a una explicación convincente sobre las estrellas aun si se dispone de todos los telescopios del mundo, pues los telescopios mismos necesitarían una explicación ya que solo existen por la explicación abstracta que antes el cerebro fabricó. Desafío a cualquier humano a que tome a un obispo, le quite sus vestimentas habituales y las reemplace por las de un tono exacto al verde de los pantanos sosegados. Luego que se siente frente a frente del obispo –que fume o no fume, absorba o no rapé, me es igual– y con voz nítida me explique lo que realmente acaba de suceder. ¡Desafío! Y, por otro lado, que se presente quien dude de la existencia de muchachas, estrellas y obispos. Por mi parte, espero alguna vez explicar todo esto debidamente. Sigamos, pues, con las cuestiones del sexo.

Podrían tener solución más rápida. Sería ella si pudiésemos encontrar placer en hacer el amor con largas tiras de terciopelo. Esto tampoco es arbitrario. Puedo rehacer aquí una argumentación semejante a la anterior. Pero esto me quitaría mucho tiempo y es necesario, es urgente, que pronto, antes de que termine el grito de esa mujer que goza, es indispensable que todos los hombres bien nacidos, todos cuantos nos emocionamos ante las voces de Patria y Virtud, es impostergable que luchemos tenazmente en contra del vicio del alcohol.

Mas para esto hace falta un muchacho esbelto, moreno, de ojos claros, que vestiríamos con una malla muy ceñida de color corteza de almendra y que tocaríamos con un gran sombrero, un sombrero planetario, el sombrero en sí mismo y en su total grandeza. ¡Oh qué magnífica, oh qué soberbia cosa es un sombrero!

Yo, aquí en casa, tengo diecisiete. Juro solemnemente que hace ya nueve años que jamás me he acostado sin antes haber orinado varias gotas sobre cada uno. Luego cojo un pequeño fusil de salón y hago fuego sobre los diecisiete, uno tras otro. Volvamos al muchacho.

¡El sombrero inimaginable!

El muchacho debe esperar algunos minutos.


viernes, 2 de mayo de 2014

A Gnome there was..


Tim Crockett nunca debió escabullirse dentro de la mina de la montaña Dornsef. Lo que se planea en California puede acarrear consecuencias desastrosas en las minas de carbón de Pensilvania, Especialmente cuando los gnomos están involucrados. Claro que Tim Crockett no sabía nada de los gnomos. El simplemente estaba estudiando las condiciones de vida de las clases bajas, por usar sus propias e impertinentes palabras. Pertenecía a un grupo de californianos del sur que habían resuelto que los trabajadores les necesitaban. No era precisamente así. Eran ellos quienes necesitaban trabajar, ocho horas al día, por lo menos. Crockett, como sus colegas, consideraba al trabajador una combinación de gorila y Hombre de la Azada que tal vez incluía a algún Kallikak entre sus ancestros. Hablaba enérgicamente de las minorías explotadas, escribía artículos virulentos para Tierra, el órgano del grupo, y se las compuso hábilmente para no ingresar como actuario en el bufete del padre. Tenía, según sus palabras, una misión. Lamentablemente, ni obreros ni opresores simpatizaban mucho con él. Cualquier psicólogo habría analizado fácilmente a Crockett. Era un jovenzuelo alto, delgado, vivaz, con ojillos acuosos y buen gusto para las corbatas. Todo lo que necesitaba era una buena patada en el trasero.

¡Pero ciertamente que no, propinada por un gnomo! Viajaba cómodamente por el país con el dinero de su padre, investigando las condiciones de trabajo, para gran fastidio de los trabajadores que encontraba. Fue con ese propósito que entró subrepticiamente en la mina de carbón Ayax —o al menos en una de sus fosas— después de disfrazarse de minero y tiznarse la cara con polvo negro. Al bajar en —el montacargas, lucía especialmente desaliñado en medio de un grupo de caras impecables. Los mineros eran sucios sólo después de un día de trabajo. La montaña Dornsef es una especie de colmena, pero no por los túneles de la Compañía Ayax. Los gnomos conocen modos de bloquear los túneles cuando los humanos cavan demasiado cerca. El lugar desorientó completamente a Crockett. Se limitó a seguir a los otros, hasta que se pusieron a trabajar. Una vagoneta llena pasó traqueteando por los rieles. Crockett titubeó, y luego abordó a un espécimen huraño que parecía llevar las señales de una gran aflicción estampadas en la cara.
—Oye —le dijo—. Quiero hablar contigo.
—¿Inglís? —preguntó el otro—. Viski. Yinebra. Vinu. Demonios.

Tras demostrar así su imperfecto dominio del idioma, soltó una risotada ronca y regresó al trabajo ignorando al desconcertado Crockett, que se lanzó a la búsqueda de otra víctima. Pero este sector de la mina parecía desierto. Otra vagoneta cargada le pasó al lado, y Crockett decidió averiguar de dónde venía. Lo consiguió después de golpearse dolorosamente la cabeza y caer de bruces por lo menos cinco veces. Venía de un agujero en la pared. Crockett entró, y simultáneamente oyó un grito ronco a sus espaldas. El desconocido ordenó a Crockett que regresara.

—¡Vuelve o te quiebro ese pescuezo cuadrado! —prometió, añadiendo un rosario de maldiciones siseantes—, ¡Fuera de allí!

Crockett miró hacia atrás, vio un amenazante perfil de gorila, y de inmediato comprendió que su estratagema había sido descubierta. Los propietarios de la mina Ayax tenían un matón para asesinarlo, o al menos para reducirle a una pulpa insensible. El terror prestó alas a los pies de Crockett. Frenético, echó a correr en busca de un túnel lateral donde perderse. Los bramidos del otro retumbaban contra las paredes. Y de pronto, Crockett oyó claramente una frase significativa:

—¡...antes que estalle esa dinamita!
En ese preciso instante la dinamita estalló. Crockett, sin embargo, no se enteró. Descubrió, muy fugazmente, que estaba volando. De golpe, el techo le detuvo dolorosamente. Después perdió el conocimiento, y cuando se recobró, vio una cabeza que le observaba fijamente. No era una cabeza alentadora, y por cierto no inspiraba un sentimiento instintivo de camaradería. En realidad era bastante extraña, cuando no repulsiva. Como Crockett ya tenía demasiado con mirarla, no advirtió que estaba viendo en la oscuridad. ¿Cuánto tiempo había permanecido inconsciente? Tenía el vago presentimiento de que había sido bastante. La explosión... ¿Qué? ¿Lo había sepultado detrás de un techo de roca desmoronado? Crockett no se habría sentido mucho mejor de haber sabido que estaba en un túnel agotado, ya sin valor, abandonado hacía mucho tiempo. Los mineros sabían que al dinamitar para abrir un nuevo conducto el viejo se derrumbaría, pero eso no importaba.

Salvo para Tim Crockett. Parpadeó, y cuando volvió a abrir los ojos la cabeza había desaparecido, Era un alivio. Crockett se convenció de que esa cosa desagradable había sido un espejismo. De hecho, costaba recordar el aspecto. Sólo le quedaba la vaga impresión de un perfil de nabo, grande, con ojos centelleantes, y una fisura increíblemente ancha en el lugar de la boca. Crockett se levantó, gruñendo. ¿De dónde venía ese resplandor plateado? Era como la luz del día en una tarde brumosa, que no procede de un foco específico ni arroja sombras. 'Radio', pensó Crockett, que sabía un poco de mineralogía. Estaba en un túnel que se iba angostando en la penumbra hasta un recodo abrupto a quince metros de distancia.

Detrás de él... Detrás de él, el techo se había derrumbado. Instantáneamente Crockett tuvo dificultades para respirar. Se lanzó de inmediato sobre el montículo ripioso, arrojando rocas aquí y allá, jadeando y emitiendo ruidos roncos e inarticulados. De pronto reparó en sus manos. Cejó poco a poco en sus esfuerzos hasta quedarse absolutamente inmóvil, acuclillado, mirándose los objetos grandes, nudosos y sorprendentes que le crecían de las muñecas. ¿Era posible que durante su período de inconsciencia se haya puesto mitones? En el mismo momento en que le asaltó esa idea Crockett comprendió que jamás se tejieron mitones ni remotamente parecidos a lo que él, muy lógicamente, suponía eran sus manos. Se le estremecieron ligeramente.

Quizás estaban embadurnadas de barro. No. No era barro. Las manos se le habían...alterado. Eran objetos enormes, rugosos, pardos, como nudosas raíces de roble. Una pelambre negra y rala les crecía en el dorso. Las uñas necesitaban manicura, por cierto. Preferiblemente con cincel. Crockett se miró a sí mismo. Emitió unos chillidos frágiles —testimonios de su incredulidad—. Tenía piernas rechonchas y arqueadas, gruesas y fuertes, de no más de medio metro de largo. Menos, en todo caso. Temblando de incertidumbre, Crockett exploraba su cuerpo. Había cambiado, y no ciertamente para mejor. Tenía poco más de un metro veinte de estatura, y un metro de ancho, con un torso redondeado, pies enormes y chatos, piernas gruesas y cortas, y le faltaba el cuello. Llevaba sandalias rojas, pantalones cortos y azules, y una túnica roja que dejaba descubiertos los brazos flacos y musculosos. La cabeza... Tenía forma de nabo. La boca... ¡Ay! Sin darse cuenta Crockett se había metido el puño dentro. Retiró de inmediato la mano ofensora, miró perplejo alrededor y se desplomó en el suelo. No podía ser cierto. Era totalmente imposible. Alucinaciones. Estaba muriendo de asfixia y en su agonía tenía visiones. Crockett cerró los ojos, de nuevo convencido de que sus pulmones buscaban aire.

—Me muero —dijo—. No p-puedo respirar.
—¡No creerás que estás respirando aire... —dijo una voz desdeñosa.
—Yo n-no...
Crockett no terminó la frase. Abrió de nuevo los ojos. Oía cosas. Las oyó de nuevo.
—Eres un gnomo bastante inservible —dijo la voz—. Pero bajo la ley de Nid no podemos elegir a gusto. No obstante, no servirás para extraer metales duros, por lo que veo. Tu velocidad será adecuada para la antracita. ¿Qué estás mirando? Eres mucho más feo que yo.

Crockett trató de relamerse los labios resecos y se horrorizó al descubrir que la punta de la lengua húmeda se le arrastraba con indolencia sobre los ojos. La retrajo con un fuerte chasquido y logró ponerse de pie. Después se quedó absolutamente quieto, mirando. La cabeza había desaparecido. Esta vez tenía un cuerpo debajo.

sábado, 18 de enero de 2014

Galaxy.

29

En un mundo pequeño y oscuro, situado en medio de ninguna parte, es decir en ningún sitio que pueda encontrarse, ya que está protegido por un vasto campo de improbabilidad del que sólo seis hombres de esta galaxia tienen la llave, estaba lloviendo.
Caía a cántaros, desde hacía horas. La lluvia batía la superficie del mar hasta convertirla en niebla, golpeaba los árboles, agitaba y revolvía un terreno bajo cerca del mar convirtiéndolo en una charca embarrada.
Se precipitaba y danzaba sobre el techo de metal ondulado de la pequeña cabaña que se elevaba en medio del barrizal. Borraba el pequeño y tosco sendero que llevaba de la cabaña a la playa y aplastaba los pulcros montones de interesantes conchas allí colocadas.
Eliott Erwitt
En el interior de la cabaña, el golpeteo de la lluvia era ensordecedor, pero a su ocupante le pasaba inadvertido, pues tenía puesta la atención en otra cosa.
Era un hombre alto de movimientos lentos y ásperos cabellos rubios, húmedos por el agua que se filtraba del techo. Llevaba ropas harapientas, tenía la espalda encorvada y sus ojos, aunque abiertos, parecían cerrados.
En la cabaña había un sillón viejo y estropeado, una mesa decrépita y llena de arañazos, un colchón viejo, unos cojines y una estufa pequeña pero caliente.
También había un gato viejo y un tanto curtido por la intemperie, y en aquellos momentos constituía el centro de atención del hombre, que inclinó sobre él su cuerpo encorvado.
- Gatito, gatito, gatito - dijo -, cuchicuchicuchicu... ¿Quiere su pescado el gatito? ¿Quiere el gatito... un buen trozo de pescado?
El gato parecía indeciso sobre el tema. Con bastante condescendencia, rozó con la garra el trozo de pescado que le ofrecía el hombre, y luego se distrajo con una mota de polvo que vio en el suelo.
- Si el gatito no se come el pescado, creo que el gatito adelgazará y se pondrá malo - dijo el hombre. En su voz había duda -. Supongo que eso es lo que ocurrirá - prosiguió, - pero ¿cómo puedo saberlo?
Volvió a ofrecerle el pescado.
- El gatito está pensando - dijo - si va a comer el pescado o no se lo va a comer. Creo que será mejor no entrometerme.
Suspiró.
- Yo creo que el pescado está bueno, pero también pienso que la lluvia es húmeda, así que, ¿quién soy yo para juzgar?
Dejó el pescado en el suelo, cerca del gato y se retiró al sillón.
- Ah, me parece ver que te lo estás comiendo - dijo al fin, mientras el gato agotaba las posibilidades de diversión de la mota de polvo y caía sobre el pescado.
- Me gusta verte comer el pescado - dijo el hombre -, porque según mi opinión
perderás peso si no lo haces.
De la mesa cogió un trozo de papel y los restos de un lápiz. Tomó lo uno con una mano y lo otro con la otra, experimentando con las distintas formas de ponerlos en contacto. Trató de sujetar el lápiz por debajo, luego encima y después al lado del papel. Intentó envolver el lápiz con el papel, intentó frotar la parte roma del lápiz contra el papel. Hizo una marca y el descubrimiento le encantó, como todos los días. Cogió otro trozo de papel de la mesa. Tenía un crucigrama. Lo estudió brevemente y rellenó un par de palabras antes de perder interés.
Trató de sentarse sobre una mano y le intrigó la sensación de los huesos contra la cadera.
- El pescado viene de muy lejos - dijo -, o eso me han dicho. O eso me figuro que me han dicho. Cuando vienen los hombres, o cuando los hombres acuden a mi imaginación en sus seis naves negras y relucientes, ¿también aparecen en tu mente? ¿Qué ves tú, gatito?
Miró al gato, más preocupado por tragarse el pescado lo antes posible que por aquellas especulaciones.
- Y cuando oigo sus preguntas, ¿también las oyes tú? ¿Qué te sugieren sus voces? Tal vez pienses que cantan canciones para ti.
Reflexionó y vio el defecto de tal hipótesis.
- Tal vez canten canciones para ti - Prosiguió - y yo crea que me están haciendo preguntas.
Hizo otra pausa. A veces hacía pausa durante días, sólo para ver cómo era.