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jueves, 3 de septiembre de 2015

Los poseídos entre lilas..




I

- Se abrió la flor de la distancia. Quiero que mires por la ventana y me digas lo que veas, gestos inconclusos, objetos ilusorios, formas fracasadas... Como si te hubieses preparado desde la infancia, acércate a la ventana.

- Un café lleno de sillas vacías, iluminado hasta la exasperación, la noche en forma de ausencia, el cielo como de una materia deteriorada, gotas de agua en una ventana, pasa alguien que no vi nunca, que no veré jamás.

- ¿Qué hice del don de la mirada?

- Una lámpara demasiado intensa, una puerta abierta, alguien fuma en la sombra, el tronco y el follaje de un árbol, un perro se arrastra, una pareja de enamorados se pasea despacio bajo la lluvia, un diario en una zanja, un niño silbando...

- Proseguí.

- (En tono vengativo). Una equilibrista enana se echa al hombro una bolsa de huesos y avanza por el alambre con los ojos cerrados.

- ¡No!

- Está desnuda pero lleva sombrero, tiene pelos por todas partes y es de color gris de modo que con sus cabellos rojos parece la chimenea de la escenografía teatral de un teatro para locos. Un gnomo desdentado la persigue mascando las lentejuelas...

- Basta, por favor.

- (En tono fatigado). Una mujer grita, un niño llora. Siluetas espían desde sus madrigueras. Ha pasado un transeúnte. Se ha cerrado una puerta.
 

II

Si viera un perro muerto me moriría de orfandad pensando en las caricias que recibió. Los perros son como la muerte: quieren huesos. Los perros comen huesos. En cuanto a la muerte, sin duda se entretiene tallándolos en forma de lapiceras, cucharitas, de cortapapeles, de tenedores, de ceniceros. Sí, la muerte talla huesos en tanto el silencio es de oro y la palabra de plata. Sí, lo malo de la vida es que no es lo que creemos pero tampoco lo contrario.

Restos. Para nosotros quedan los huesos de los animales y de los hombres. Donde una vez un muchacho y una chica hacían el amor, hay cenizas y manchas de sangre y pedacitos de uña y rizos púbicos y una vela doblegada que usaron con fines oscuros y manchas de esperma sobre el lodo y cabezas de gallo y una casa derruida dibujada en la arena y trozos de papeles perfumados que fueron cartas de amor y la rota bola de vidrio de una vidente y lilas marchitas y cabezas cortadas sobre almohadas como almas impotentes entre los asfódelos y tablas resquebrajadas y zapatos viejos y vestido en el fango y gatos enfermos y ojos incrustados en una mano que se desliza hacia el silencio y manos con sortija y espuma negra que salpica a un espejo que nada refleja y niña que durmiendo asfixia a su paloma preferida y pepitas de oro negro resonantes como gitanos de duelo tocando sus violines a orillas del mar Muerto y un corazón que late para engañar y una rosa que se abre para traicionar y un niño llorando frente a un cuervo que grazna, y la inspiradora se enmascara para ejecutar una melodía que nadie entiende bajo una lluvia que calma mi mal. Nadie nos oye, por eso emitimos ruegos, pero ¡mira! el gitano más joven está decapitando con sus ojos de serrucho a la niña de la paloma.


III

Voces, rumores, sombras, cantos de ahogados: no sé si son signos o una tortura. Alguien demora en el jardín el paso del tiempo. Y las criaturas del otoño abandonadas al silencio.

Yo estaba predestinada a nombrar las cosas con nombres esenciales. Yo ya no existo y lo sé; lo que no sé es qué vive en lugar mío. Pierdo la razón si hablo, pierdo los años si callo. Un viento violento arrasó con todo. Y no haber podido hablar por todos aquellos que olvidaron el canto.

IV

Alguna vez, tal vez, encontraremos refugio en la realidad verdadera. Entretanto ¿puedo decir hasta qué punto estoy en contra? Te hablo de la soledad mortal. Hay cólera en el destino porque se acerca, entre las arenas y las piedras, el lobo gris. ¿Y entonces? Porque romperá todas las puertas, porque sacará afuera a los muertos para que devoren a los vivos, para que sólo haya muertos y los vivos desaparezcan. No tengas miedo del lobo gris. Yo lo nombré para comprobar que existe y porque hay una voluptuosidad inadjetivable en el hecho de comprobar.

Las palabras hubieran podido salvarme, pero estoy demasiado viviente. No, no quiero cantar muerte. Mi muerte... el lobo gris... la matadora que viene de la lejanía...¿No hay un alma viva en esta ciudad? Porque ustedes están muertos. ¿Y qué espera puede convertirse en esperanza si está todos muertos? ¿Y cuándo vendrá lo que esperamos? ¿Cuándo dejaremos de huir? ¿Cuándo ocurrirá todo esto? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Cuánto? ¿Por qué? ¿Para quién?



a.p.   
laciega    




domingo, 18 de mayo de 2014

Que creen que ven..



«Todo el mundo en esta sala cree, sin saberlo, o sin habérselo planteado, –al menos se comporta como si lo creyera–, que los niños de hasta siete u ocho años pertenecen a una especie diferente de la nuestra. Vemos a los niños como criaturas a punto de ser corrompidas  por lo mismo que nos corrompió a nosotros. Les hablamos y los tratamos como si estuviese en nuestras manos conseguir que sucedan cosas inimaginables. Hablamos de ellos como seres que llevan en sí la semilla de una raza superior a la nuestra. Y todos compartimos este sentimiento. Por eso en el terreno de la educación abundan los desencuentros y las disputas enconadas, y por eso no hay una sola persona en ningún país que esté satisfecho con lo que se ofrece a los niños [excepto, claro está, en las dictaduras, donde se les educa según las necesidades del estado]. Nos hemos acostumbrado a este hecho y no nos percatamos de lo extraordinario que es. En el caso de otras especies basta con enseñarle a las crías a sobrevivir, a adquirir la destreza de su mayores y los conocimientos prácticos suficientes. Mas sucede que cada generación profiere un gemido de angustia en algún punto determinado, como si la hubieran traicionado, vendido, estafado. Todas las generaciones sueñan con algo mejor para sus hijos, y todas se toman la llegada a la edad adulta de sus jóvenes con una desilusión profunda y secreta, aunque se trate de jóvenes que la misma sociedad ensalza como modelos. Todo esto se debe a la creencia arraigada, pero inconsciente, de que es posible algo mejor que uno mismo. Es como si los jóvenes evolucionasen hacia la adultez en una especie de carrera de obstáculos en que arrostran toda clase de peligros, mientras sus mayores se esfuerzan valerosa, pero inútilmente, por brindarles un futuro mejor. Una vez que alcanzan la madurez, hacen causa común con sus padres, vuelven la vista atrás hacia su infancia y siguen el crecimiento de su hijos con la misma angustia estéril. ¿Lograremos impedir que estos niños se echen a perder como nosotros? ¿Cómo evitarlo? ¡Quién no ha leído al menos una vez, en los ojos de un niño la crítica, la hostilidad, la sombría conciencia del prisionero? Esta actitud sólo se aprecia en ellos cuando todavía son muy jóvenes; es decir, mucho antes de que se alineen con los padres, antes incluso de que su individualidad se vea eclipsada por lo que sus padres dicen que es, por su ‘esto está bien y esto mal’.» El encuentro de aquella noche de padres preocupados por ofrecer a sus hijos algo mejor, una educación mejor, no fue ni más ni menos que un reflejo del fenómeno que se repite en cada generación. Todos los que le escuchaban, sentados en aquellas sillas duras, estaban atormentados por la sensación de que no habían desarrollado todo su potencial. Algo había ido mal. Un doloroso y equivocado proceso se había completado, y ellos, después de haber cursado unos estudios caros –la mayoría de los presentes pertenecía a la clase media–, habían quedado convertidos en seres deficientes, incompletos y en muchos casos claramente desviados. Así pues, no hacíamos sino seguir los pasos de las generaciones anteriores; y ahora mirábamos a nuestros niños como si poseyesen las cualidades necesarias para llegar a ser –siempre y cuando les proporcionáramos la educación apropiada– seres completamente diferentes de nosotros, mejores, más valientes, y alegres. Eso y mucho más: nos parecían cachorros de otra especie, libres, sin miedo, con todo un mar de posibilidades ante ellos, rebosantes de esta cualidad que todo el mundo reconoce, aunque nadie ha sabido definir, cualidad que todos los adultos pierden y saben que pierden.



d. l.