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domingo, 2 de marzo de 2014

La Flor de Coleridge..


  Hacia 1938, Paul Valéry escribió: “La Historia de la literatura no debería ser la historia de los autores y de los accidentes de su carrera o de la carrera de sus obras sino la Historia del Espíritu como productor o consumidor de literatura. Esa historia podría llevarse a término sin mencionar un solo escritor.” No era la primera vez que el Espíritu formulaba esa observación; en 1844, en el pueblo de Concord, otro de sus amanuenses había anotado: “Diríase que una sola persona ha redactado cuantos libros hay en el mundo; tal unidad central hay en ellos que es innegable que son obra de un solo caballero omnisciente” (Emerson:Essays, 2, VIII). Veinte años antes, Shelley dictaminó que todos los poemas del pasado, del presente y del porvenir, son episodios o fragmentos de un solo poema infinito, erigido por todos los poetas del orbe (A Defence of Poetry, 1821).

  Esas consideraciones (implícitas, desde luego, en el panteísmo) permitirían un inacabable debate; yo, ahora, las invoco para ejecutar un modesto propósito: la historia de la evolución de una idea, a través de los textos heterogéneos de tres autores. El primer texto es una nota de Coleridge; ignoro si éste la escribió a fines del siglo XVIII, o a principios del XIX. Dice, literalmente:

  “Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado
allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces, qué?”.

  No sé que opinará mi lector de esa imaginación; yo la juzgo perfecta. Usarla como base de otras invenciones felices, parece previamente imposible; tiene la integridad y la unidad de un terminus ad quem, de una meta. Claro está que lo es; en el orden de la literatura, como en los otros, no hay acto que no sea coronación de una infinita serie de causas y manantial de una infinita serie de efectos. Detrás de la invención de Coleridge está la general y antigua invención de las generaciones de amantes que pidieron como prenda una flor.

  El segundo texto que alegaré es una novela que Wells bosquejó en 1887 y reescribió siete años después, en el verano de 1894. La primera versión se tituló The Chronic Argonauts (en este título abolido, chronic tiene el valor etimológico detemporal); la definitiva, The Time Machine. Wells, en esa novela, continúa y reforma una antiquísima tradición literaria: la previsión de hechos futuros. Isaías ve la desolación de Babilonia y la restauración de Israel; Eneas, el destino militar de su posteridad, los romanos; la profetisa de la Edda Saemundi, la vuelta de los dioses que, después de la cíclica batalla en que nuestra tierra perecerá, descubrirán, tiradas en el pasto de una nueva pradera, las piezas de ajedrez con que antes jugaron… El protagonista de Wells, a diferencia de tales espectadores proféticos, viaja físicamente al porvenir. Vuelve rendido, polvoriento y maltrecho; vuelve de una remota humanidad que se ha bifurcado en especies que se odian (los ociososeloi, que habitan en palacios dilapidados y en ruinosos jardines; los subterráneos y nictálopesmorlocks, que se alimentan de los primeros); vuelve con las sienes encanecidas y trae del porvenir una flor marchita. Tal es la segunda versión de la imagen de Coleridge. Más increíble que una flor celestial o que la flor de un sueño es la flor futura, la contradictoria flor cuyos átomos ahora ocupan otros lugares y no se combinaron aún.

  La tercera versión que comentaré, la más trabajada, es invención de un escritor harto más complejo que Wells, si bien menos dotado de esas agradables virtudes que es usual llamar clásicas. Me refiero al autor de La humillación de los Northmore, el triste y laberíntico Henry James. Este, al morir, dejó inconclusa una novela de carácter fantástico, The Sense of the Past, que es una variación o elaboración de The Time Machine. El protagonista de Wells viaja al porvenir en un inconcebible vehículo que progresa o retrocede en el tiempo como los otros vehículos en el espacio; el de James regresa al pasado, al siglo XVIII, a fuerza de compenetrarse con esa época. (Los dos procedimientos son imposibles, pero es menos arbitrario el de James.) En The Sense of the Past, el nexo entre lo real y lo imaginativo (entre la actualidad y el pasado) no es una flor, como en las anteriores ficciones; es un retrato que data del siglo XVIII y que misteriosamente representa al protagonista. Este, fascinado por esa tela, consigue trasladarse a la fecha en que la ejecutaron. Entre las personas que encuentra, figura, necesariamente, el pintor; éste lo pinta con temor y con aversión, pues intuye algo desacostumbrado y anómalo en esas facciones futuras… James, crea, así, un incomparable regressus in infinitum, ya que su héroe, Ralph Pendrel, se traslada al siglo XVIII. La causa es posterior al efecto, el motivo del viaje es una de las consecuencias del viaje.

  Wells, verosímilmente, desconocía el texto de Coleridge; Henry James conocía y admiraba el texto de Wells. Claro está que si es válida la doctrina de que todos los autores son un autor, tales hechos son insignificantes. En rigor, no es indispensable ir tan lejos; el panteísta que declara que la pluralidad de los autores es ilusoria, encuentra inesperado apoyo en el clasicista, según el cual esa pluralidad importa muy poco. Para las mentes clásicas, la literatura es lo esencial, no los individuos. George Moore y James Joyce han incorporado en sus obras, páginas y sentencias ajenas; Oscar Wilde solía regalar argumentos para que otros los ejecutaran; ambas conductas, aunque superficialmente contrarias, pueden evidenciar un mismo sentido del arte. Un sentido ecuménico, impersonal… Otro testigo de la unidad profunda del Verbo, otro negador de los límites del sujeto, fue el insigne Ben Jonson, que empeñado en la tarea de formular su testamento literario y los dictámenes propicios o adversos que sus contemporáneos le merecían, se redujo a ensamblar fragmentos de Séneca, de Quintiliano, de Justo Lipsio, de Vives, de Erasmo, de Maquiavelo, de Bacon y de los dos Escalígeros.

  Una observación última. Quienes minuciosamente copian a un escritor, lo hacen impersonalmente, lo hacen porque confunden a ese escritor con la literatura, lo hacen porque sospechan que apartarse de él en un punto es apartarse de la razón y de la ortodoxia. Durante muchos años, yo creí que la casi infinita literatura estaba en un hombre. Ese hombre fue Carlyle, fue Johannes Becher, fue Whitman, fue Rafael Cansinos-Asséns, fue De Quincey. 



j. l. b. 



sábado, 12 de mayo de 2012

El peregrino amarillo


Lo he visto en sueños. Aunque nunca es el mismo, conserva siempre su naturaleza errante y, por supuesto, el color.

A veces es un chino que, montado en una cabra, recorre planicies y montañas en busca de algo, infatigablemente. Apenas logro divisarlo se confunde con la neblina, más bien japonesa, que lo invade todo. ¿Vendedor de semillas? ¿Ilusionista? Quizá sea un monje: lo digo por la cabeza rapada y la túnica blanca. Se detiene a husmear en los mercados de ciudades costeras, donde una muchedumbre plebeya se embarra las sandalias con bosta de grifo. Como entonces su presencia se manifiesta sólo por un manchón amarillo ligeramente más espeso que el de las colinas, pasa por ilusión óptica. Lo juzgo inofensivo, pero me gustaría ver su reacción cuando encuentre lo que tanto busca.

Otras veces, el peregrino es un jinete árabe que acecha en los confines del desierto de Gobi; acaso uno de los más pérfidos sectarios de Hassan-Ih-Sabbah, el apodado “Viejo de la Montaña”. Suele acuchillar a los beduinos mientras la caravana duerme. Los hace beber aguas envenenadas en oasis ilusorios. Los pierde, valiéndose de luces y otros subterfugios, en bosques tenebrosos. Los aprisiona en selvas de cristal. Los empuja en precipicios bostezantes. Los sepulta en dunas movedizas. Tiene por guarida una caverna ubicua, suspendida en el espacio. Su emblema es una equis agrietada cuyo resplandor provoca la ceguera.

Mencionaré por último al norteamericano rubio que anda y anda por carreteras de asfalto ardiente, con el paso mecánico de quien cumple una orden. ¿Quién y cuándo la dictó? Lo ignoro. Sólo sé que Malamita (pues así se llama) es un pobre fugitivo que pretende llegar a Arkansas. Reiterados letreros anuncian la proximidad de esta especie de utopía inalcanzable que se perfila, en sus divagaciones, como un valle redondo con un lago en medio, a orillas del cual varios búfalos beben. Malamita cruza pueblos fantasmas apedreando ventanas, introduce monedas en sinfonolas descompuestas, marca estúpidamente cualquier número telefónico en cabinas oxidadas (donde entabla conversaciones con interlocutores imaginarios) y si la noche lo sorprende en la desolación de un cementerio de automóviles hace una fogata para calentar salchichas. Cuando llega a elegir, en vez de una autopista, vías ferroviarias, éstas lo conducen a una estación desierta en que lee los horarios de trenes que van a Arkansas. Mata el tiempo eligiendo entre el de las seis y el de las doce, pero no se decide. Oye, de pronto, un rumor a lo lejos. ¿El tren de las seis? Corre al andén. Vertiginosamente, pasa una locomotora. Mas no se detiene. Ni acaba de pasar: es un tren infinito, lleno de viajeros que se asoman por las ventanillas. Y esos rostros… son él, Malamita, repetido cien veces en cada vagón. Huye, con pasos que resuenan hasta que mi sueño se disipa.

Quiero hacer notar aquí dos cosas: (1) que todos los demás peregrinos son variaciones de estos tres y (2) que mis sueños empezaron después de haber leído los siguientesversos de Coleridge:

Like one, that on a lonesome road
Doth walk in fear and dread,
And having once turned round walks on,
And turns no more his head;
Because, he knows, a frightful fiend
Doth close behind him tread.

Mientras mi vanidad cree soñarlo, perseguirlo, espiar sus movimientos, el peregrino amarillo me pisa los talones, como el demonio al caminante en el poema de Coleridge. Tal vez mi sombra, mi propia sombra es la enemiga.



Texto: Emiliano González.
Imagen: Walter Kuhlman.