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miércoles, 12 de noviembre de 2025

LA CRUZA

 


Tengo un animal curioso, mitad gatito, mitad cordero. Es una herencia de mi padre. En mi poder se ha desarrollado del todo; antes era más cordero que gato. Ahora es mitad y mitad. Del gato tiene la cabeza y las uñas, del cordero el tamaño y la forma; de ambos los ojos, que son huraños y chispeantes, la piel suave y ajustada al cuerpo, los movimientos a la par saltarines y furtivos. Echado al sol, en el hueco de la ventana, se hace un ovillo y ronronea; en el campo corre como loco y nadie lo alcanza. Dispara de los gatos y quiere atacar a los corderos. En las noches de luna su paseo favorito es la canaleta del tejado. No sabe maullar y abomina de los ratones. Horas y horas pasa en acecho ante el gallinero, pero jamás ha cometido un asesinato».

»Lo alimento con leche; es lo que le sienta mejor. A grandes tragos sorbe la leche entre sus dientes de animal de presa. Naturalmente es un gran espectáculo para los niños. La hora de visita es los domingos por la mañana. Me siento con el animal en las rodillas y me rodean todos los niños de la vecindad.

»Se plantean entonces las más extraordinarias preguntas, que no puede contestar ningún ser humano: Por qué hay un solo animal así, por qué soy yo su poseedor y no otro, si antes ha habido un animal semejante y qué sucederá después de su muerte, si no se siente solo, por qué no tiene hijos, cómo se llama, etcétera. No me tomo el trabajo de contestar; me limito a exhibir mi propiedad, sin mayores explicaciones. A veces las criaturas traen gatos; una vez llegaron a traer dos corderos. Contra sus esperanzas no se produjeron escenas de reconocimiento. Los animales se miraron con mansedumbre desde sus ojos animales, y se aceptaron mutuamente como un hecho divino. En mis rodillas el animal ignora el temor y el impulso de perseguir. Acurrucado contra mí, es como se siente mejor. Se apega a la familia que lo ha criado. Esa fidelidad no es extraordinaria; es el recto instinto de un animal, que aunque tiene en la tierra innumerables lazos políticos, no tiene uno solo consanguíneo, y para quien es sagrado el apoyo que ha encontrado en nosotros.

»A veces tengo que reírme cuando resuella a mi alrededor, se me enreda entre las piernas y no quiere apartarse de mí. Como si no le bastara ser gato y cordero quiere también ser perro. Una vez —eso le acontece a cualquiera— yo no veía modo de salir de dificultades económicas, ya estaba por acabar con todo. Con esa idea me hamacaba en el sillón de mi cuarto, con el animal en las rodillas; se me ocurrió bajar los ojos y vi lágrimas que goteaban en sus grandes bigotes. ¿Eran suyas o mías? ¿Tiene este gato de alma de cordero el orgullo de un hombre? No he heredado mucho de mi padre, pero vale la pena cuidar este legado.

»Tiene la inquietud de los dos, la del gato y la del cordero, aunque son muy distintas. Por eso le queda chico el pellejo. A veces salta al sillón, apoya las patas delanteras contra mi hombro y me acerca el hocico al oído. Es como si me hablara, y de hecho vuelve la cabeza y me mira deferente para observar el efecto de su comunicación. Para complacerlo hago como si lo hubiera entendido y muevo la cabeza. Salta entonces al suelo y brinca alrededor.

»Tal vez la cuchilla del carnicero fuera la redención para este animal, pero él es una herencia y debo negársela. Por eso deberá esperar hasta que se le acabe el aliento, aunque a veces me mira con razonables ojos humanos, que me instigan al acto razonable».


Franz Kafka.

martes, 17 de junio de 2025

LA PARTIDA


Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fuí al establo yo mismo, le puse silla a mi caballo, y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una trompeta, y le pregunté al sirviente qué significaba. El no sabía nada, y escuchó nada. En el portal me detuvo y preguntó: "¿A dónde va el patrón?" "No lo sé", le dije, "simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta". "¿Así que usted conoce su meta?", preguntó. "Sí", repliqué, "te lo acabo de decir. Fuera de aquí, esa es mi meta".



viernes, 29 de mayo de 2020

En el Cafè - (Cuento) Kjell Askildsen..



  

Una de las últimas veces que estuve en un café fue un domingo  de verano, lo recuerdo bien, porque  casi todo  el mundo iba en mangas de camisa y sin corbata, y pensé: tal vez no sea domingo, como yo creía, y el hecho de que pensara exactamente eso hace que me acuerde. Me senté a una mesa en medio del local, a mi alrededor había mucha gente tomando canapés y bollos, pero casi todas las mesas estaban ocupadas por una sola persona. Daba una gran impresión de soledad, y como llevaba mucho tiempo sin hablar con nadie, no me habría importado intercambiar unas cuantas palabras  con alguien. Estuve meditando un buen rato sobre cómo hacerlo, pero cuanto más estudiaba las caras a mi alrededor, más difícil me parecía, era como si nadie tuviera mirada, desde luego el mundo se ha vuelto muy deprimente. Pero ya había tenido la idea de que sería agradable que alguien me dirigiera un par de palabras, de modo que seguí pensando, pues es lo único que sirve. Al cabo de un rato supe lo que haría. Dejé caer mi cartera al suelo fingiendo que no me daba cuenta. Quedó tirada junto a mi silla, completamente visible a la gente que estaba sentada cerca, y vi que muchos la miraban de reojo. Yo había pensado que tal vez una o dos personas se levantarían a recogerla y me la darían, pues soy un anciano, o al menos me gritarían, por ejemplo: «Se le ha caído la cartera». Si uno dejara de albergar esperanzas, se ahorraría  un  montón  de decepciones. Estuve unos cuantos minutos mirando de reojo y esperando, y al final hice como si de repente me hubiera dado cuenta de que se me había caído. No me atreví a esperar más, pues me entró miedo de que alguno de aquellos mirones se abalanzara de pronto sobre la cartera y desapareciera con ella. Nadie podía estar completamente seguro de que no contuviera un montón de dinero, pues a veces los viejos no son pobres, incluso puede que sean ricos, así es el mundo, el que roba en la juventud o en los mejores años de su vida tendrá su recompensa en su vejez.

   Así se ha vuelto la gente en los cafés, eso sí que lo aprendí, se aprende mientras se vive, aunque no sé de qué sirve, así, justo antes de morir.





cuento: kjell askildsen
ilustraciones: ernst haeckel
songs: dominique guiot - l'univers de la mer

domingo, 7 de agosto de 2016

Tres Cuentos - Leonora Carrington


El Cuento Feo de la Manzanilla          



Angelito estaba enfermo. Tenía gripa.
Su mamá lo encerró en su cuarto.
—Angelito, no te vayas a levantar de tu camita —dijo.
—No mamá —contestó Angelito.
Apenas se fue, Angelito se levantó y abrió la ventana.
Abajo pasaba una señora.
Angelito le hizo pipí encima.
La señora dijo: "Está lloviendo", y corrió.
A Angelito le gustó esto.
Tomó más té de manzanilla, para tener más pipí.
Pasó un señor y Angelito volvió a hacer pipí.
El sombrero del señor estaba todo mojado de pipí
—¡Te pego! —le gritó muy enojado.
Angelito se escondió.
El señor se fue gritando. —¡Gente cochina!
Angelito se quedó en su cama hasta que vio venir al elefante
y el caballo.
Les hizo pipí.
El elefante subió al cuarto y se comió la camita de Angelito.
El caballo se subió sobre el armario y chupó la pintura de la pared.
Después hizo caca en el té de manzanilla.
—¿ Ya ves ? —dijo el elefante.




El Monstruo de Chihuahua          


En su tiempo de luna pequeña, camina el monstruo por esta
calle.
Se llama Chavela Ortiz.
No tiene domicilio.
Ni esposo.
Ni madre.
Ni padre.
Ni hijos.
Pero sí tiene seis patas
y una joya de oro y perlas, donde guarda
el retrato de Don Ángel Vidrio González
—Jefe del Departamento Sanitario—.
El monstruo dice:
Cincos y cuatros.
Cincos y cuatros.
Cincos y cuatros...
Después hace el total.




Cuento Negro de la Mujer Blanca          

La mujer blanca se vistió de negro.
Todito negro y negro.
Hasta sus mismas pijamas y su jabón.
Negro y negro todas sus cosas.
Como la noche, como el carbón.
Pero
Cuando lloraba aquella mujer
sus lágrimas eran azules
y verdes como los periquitos.
Lloraba mucho aquella mujer
y tocaba la flauta.
La
Mujer
Blanca
Vestida
De
Negro
Llorando
Y
Tocando
Su
Flauta.



l.c.




domingo, 16 de agosto de 2015

Un Sueño..


J. K. soñó:


  Era un día hermoso, y K. quiso salir a pasear Pero apenas dio dos pasos, llegó al cementerio. Vio numerosos e intrincados senderos, muy numerosos y nada prácticos; K. flotaba sobre uno de esos senderos como sobre un torrente, en un inconmovible deslizamiento, su mirada advirtió desde lejos el montículo de una tumba recién cubierta, y quiso detenerse a su lado. Ese montículo ejercía sobre él casi una fascinación, y le parecía que nunca podría acercarse demasiado rápidamente. De pronto, sin embargo, la tumba casi desaparecía de la vista, oculta por estandartes que flameaban y se entrechocaban con fuerza; no se veía a los portadores de los estandartes, pero era como si allí reinara un gran júbilo.

   Todavía buscaba a la distancia, cuando vio de pronto la misma sepultura a su lado, cerca del camino; pronto la dejaría atrás. Salto rápidamente al césped. Pero como en el momento del salto el sendero se movía velozmente bajo sus pies, se tambaleó y cayó de rodillas justamente frente a la tumba. Detrás de ésta había dos hombres que sostenían una lápida en la tierra, donde quedó sólidamente asegurada. Entonces surgió de un matorral un tercer hombre, en quién K. inmediatamente reconoció a un artista. Sólo vestía pantalones y una camisa mal abotonada; en la cabeza tenía una gorra de terciopelo; en la mano un lápiz común, con el que dibujaba figuras en el aire mientras se acercaba.

  Apoyó ese lápiz en la parte superior de la lápida; la lápida era muy alta; el hombre no necesitaba agacharse, pero sí inclinarse hacia adelante, porque el montículo de tierra [que evidentemente no quería pisar] lo separaba de la piedra. Estaba en puntas de pie y se apoyaba con la mano izquierda en la superficie de la lápida. mediante un prodigio de destreza logró dibujar con un lápiz común letras doradas y escribió: "Aquí yace". Cada una de las letras era clara y hermosa, profundamente inscripta y de oro purísimo Cuando hubo escrito las dos palabras, se volvió hacia K. que sentía gran ansiedad por saber cómo seguiría la inscripción, apenas se preocupaba por el individuo y sólo miraba la lápida. El hombre se dispuso nuevamente a escribir, pero no pudo, algo se lo impedía; dejó caer el lápiz y nuevamente se volvió hacia K. Esta vez K. lo miró y advirtió que estaba profundamente perplejo, pero sin poder explicarse el motivo de su perplejidad. Toda su vivacidad anterior había desaparecido. Esto hizo que también K. comenzara a sentirse perplejo; cambiaban miradas desoladas; había entre ellos algún odioso malentendido, que ninguno de los dos podía solucionar. Fuera de lugar, comenzó a repicar la pequeña campana de la capilla fúnebre, pero el artista hizo una señal con la mano y la campana cesó. Poco después comenzó nuevamente a repicar; esta vez con mucha suavidad y sin insistencia; inmediatamente cesó; era como si solamente quisiera probar su sonido. K. estaba preocupado por la situación del artista, comenzó a llorar y sollozó largo rato en el hueco de sus manos. El artista esperó que K. se calmara y luego decidió , ya que no encontraba otra salida, proseguir su inscripción . El primer breve trazo que dibujó fue un alivio para K. pero el artista tuvo que vencer evidentemente una extraordinaria repugnancia antes de terminarlo; además, la inscripción no era ahora tan hermosa, sobre todo parecía haber mucho menos dorado, los trazos se demoraban, pálidos e inseguros; pero la letra resultó bastante grande. Era una J.; estaba casi terminada ya, cuando el artista, furioso, dió un puntapié contra la tumba y la tierra voló por los aires. Por fin comprendió K.; era muy tarde para pedir disculpas; con sus diez dedos escarbó en la tierra, que no le ofrecía ninguna resistencia; todo parecía preparado de antemano; sólo para disimular, habían colocado esa fina capa de tierra; inmediatamente se abrió debajo de él un gran hoyo, de empinadas paredes, en el cual K. impulsado por una suave corriente que lo colocó de espaldas, se hundió. Pero cuando ya lo recibía la impenetrable profundidad esforzándose todavía por erguir la cabeza, pudo ver su nombre que atravesaba rápidamente la lápida, con espléndidos adornos.

  Encantado con esta visión, se despertó. 




f.k.  



lunes, 4 de agosto de 2014

36. Encogimiento de Hombros..





 Damos comúnmente a nuestras ideas de lo desconocido el color de nuestras nociones de lo conocido: si llamamos a la muerte una nueva vida, es porque parece una cosa diferente de la vida. Con pequeños malentendidos de la realidad construimos las creencias y las esperanzas, y vivimos de las cortezas a las que llamamos panes, como los niños pobres que juegan a ser felices.

Pero así es toda la vida; así, por lo menos, es ese sistema de vida particular al que, en general, se llama civilización. La civilización consiste en dar a algo un nombre que no le compete, y después soñar sobre el resultado. Y, realmente, el nombre falso y el sueño verdadero crean una nueva realidad. El objeto se vuelve realmente otro. Manufacturamos ideales. La materia prima sigue siendo la misma, pero la forma, que el arte le ha dado, la aleja de continuar siendo efectivamente la misma. Una mesa de pino es pino pero también es mesa. Nos sentamos a la mesa y no al pino. Un amor es un instinto sexual, pero no amamos con el instinto sexual, sino con la presuposición de otro sentimiento. Y esa presuposición es ya, en efecto, otro sentimiento.
No sé que efecto sutil de luz, o ruido vago, o memoria de perfume o música, tañida por no sé qué influencia externa, me ha traído de repente, en pleno ir por la calle, estas divagaciones que anoto sin prisa, al sentarme, en el café, distraídamente. No sé adónde iba a conducir los pensamientos, o dónde preferiría conducirlos. El día es de una leve niebla húmeda y caliente, triste sin amenazas, monótono sin razón. Me duele un sentimiento que desconozco; me falta un argumento no sé sobre qué; no tengo deseo en los nervios. Estoy triste por debajo de la conciencia. Y escribo estas líneas, realmente mal-anotadas, no para decir esto, ni para decir nada, sino para dar un trabajo a mi distracción. Voy llenando lentamente, a trazos flojos de lápiz –que no tengo sentimentalismo para afilar– el papel blanco de envolver los bocadillos que me han dado en el café, porque no necesitaba uno mejor y cualquiera servía, siempre que fuese blanco. Y me doy por satisfecho. Me reclino. La tarde cae monótona y sin lluvia, con un tono de luz desalentado e inseguro... Y dejo de escribir porque dejo de escribir. 


f. p.


martes, 1 de julio de 2014

Menage a Trois..




  Por mucho que lo intenté no pude ver el rostro del chófer, algo así como un cosaco que conducía nuestro auto. Junto a mí viajaba una mujer enlutada de una distinción de diosa, de una palidez de alba. No la conocía. Pero sentía despertarse mi piel empapada de lujuria. Atravesábamos un paisaje sin cielo, sin cielo hasta perderse de vista. La tierra se hallaba cubierta de lores negras que exhalaban un penetrante aroma a alcoba de mujer. 

 Mi desconocida mandó detener al chófer junto a un gran lago repleto, un lagrimal repleto de angustia. “Este es –me dijo- el lagrimal repleto lago de angustia”. No le hice caso, ocupado como me hallaba ahora en besarle el pecho entre los senos que ella ocultaba con las manos, llorando sin consuelo, sin fuerzas casi para defenderse de mi lascivia. 

 Hasta nosotros llegó el chófer con la gorra en la mano no sé a qué. Creí reconocer su rostro y ya no me cupo duda sobre su personalidad cuando con una sonrisa exclamó: “Lago, amigo mío”. Loco de contento repuse: “Eres tú, mío lago amigo viejo lagrimal”. Con que alborozo nos acogimos, abrazándonos con una alegría de resurrección de los muertos. 

 Junto a nosotros acababa de detenerse un entierro. Amortajada en el ataúd yacía la dama desconocida de momentos antes. ¡Pálida lor de carne sin saber cantar! Aún resbalaba por su mejilla la última lágrima detenida milagrosamente en el pómulo como un pájaro en la rama. 

 Mi amigo se precipitó a ella y la besó frenéticamente en los labios, en los labios que de lívidos fueron insensiblemente transformándose en verdes, luego en rojos, luego en fuego, luego en inierno. 

 Comencé a sentir un odio mortal por el chófer que ya no era mi amigo. Comencé a sentir una repugnancia sin límites por aquel gusto de limón en llamas que debían dejar en sus labios los labios insepultos de la desconocida.


 l. b.


viernes, 16 de mayo de 2014

Nueve..


 ¿Nos olvidamos, a veces, de nuestra sombra o es que nuestra sombra nos abandona de vez en cuando?
 
  Hemos abierto las ventanas de siempre. Hemos encendido las mismas lámparas. Hemos subido las escaleras de cada noche, y sin embargo han pasado las horas, las semanas enteras, sin que notemos su presencia.
 
  Una tarde, al atravesar una plaza, nos sentamos en algún banco. Sobre las piedritas del camino describimos, con el regatón de nuestro paraguas, la mitad de unacircunferencia. ¿Pensamos en alguien que está ausente? ¿Buscamos, en nuestra memoria, un recuerdo perdido? En todo caso, nuestra atención se encuentra en todas partes y en ninguna, hasta que,de repente advertimos un estremecimiento a nuestros pies, y al averiguar de qué proviene, nos encontramos con nuestra sombra.
 
  ¿Será posible que hayamos vivido junto a ella sin habernos dado cuenta de su existencia? ¿La habremos extraviado al doblar una esquina, al atravesar una multitud?
 
  ¿O fue ella quien nos abandonó, para olfatear todas las otras sombras de la calle?
 
  La ternura que nos infunde su presencia es demasiado grande para que nos preocupe la contestación a esas preguntas.
 
  Quisiéramos acariciarla como a un perro, quisiéramos cargarla para que durmiera en nuestros brazos, y es tal la satisfacción de que nos acompañe al regresar a nuestra casa, que todas las preocupaciones que tomamos con ella nos parecen insuficientes.
 
  Antes de atravesar las bocacalles esperamos que no circule ninguna clase de vehículo. En vez de subir las escaleras, tomamos el ascensor, para impedir que los escalones le fracturen el espinazo. Al circular de un cuarto a otro, evitamos que se lastime en las aristas de los muebles, y cuando llega la hora de acostarnos, la cubrimos como si fuese una mujer, para sentirla bien cerca de nosotros, para que duerma toda la noche a nuestro lado.


 o. g.


domingo, 27 de abril de 2014

Losaforitmos..

Old woman

23
El despertar les da a los sueños una reputación que no merecen.



48
No conocemos nuestros propios sueños sino en la traducción que nos da el despertar.



59
Todo es magia en las relaciones entre el hombre y la mujer.



67
Su reducción al absurdo nos cambia en bestias exactas.



90
Qué extraño el apegarse así a la parte perecedera de las cosas, que es exactamente su cualidad de ser nuevas.








p. v.



viernes, 18 de abril de 2014



En Lend dejaron cesante a un cartero, que durante años no repartió todas las cartas de las que sospechaba noticias tristes ni, como es natural, todas las esquelas que recibía, sino que las quemaba en su casa. Finalmente, el Correo hizo que lo internaran en el manicomio de Scherrnberg, donde, con uniforme de cartero, va de un lado a otro repartiendo continuamente cartas, que echa en un buzón colocado expresamente para ello por la administración del manicomio en uno de los muros del manicomio, y que están dirigidas a los demás pacientes. Inmediatamente después de ser internado en el manicomio de Scherrnberg, el cartero pidió su uniforme de cartero, según se dice, para no tener que volverse loco.

 t. b.


viernes, 14 de marzo de 2014

The Berserker..



El capitán, el médico, el vociferante tambor mayor, todos ellos se ponen de manifiesto a sí mismos en virtud de sus propias palabras. Nadie les ha prestado su voz, ellos se dicen a sí mismos y se lanzan todos a golpear a otro, que es siempre el mismo, Wozzeck, y afirman su existencia propinándole golpes. Wozzeck está al servicio de todos ellos, es su centro. Sin Wozzeck no existirían, pero éste no lo sabe, como tampoco lo saben ellos. Se podría decir que Wozzek contagia su propia inocencia a sus torturadores. Ellos no pueden ser distintos de como son, la esencia de la autodenigración consiste en transmitir esa impresión. La fuerza de esos personajes, de todos los personajes, es su inocencia. ¿Odiaremos al capitán, odiaremos al médico porque podrían ser distintos sólo con quererlo? ¿Abrigaremos la esperanza de que se conviertan? ¿Deberá ser el drama una escuela misional a la que deben asistir tales personajes hasta que sea posible escribirlos de manera distinta? Que sean distintos es lo que el autor satírico espera de los seres humanos; los azota como si fueran escolares y los prepara hasta convertirlos en instancias morales, ante las que alguna vez ellos mismos habrán de comparecer. El autor satírico sabe incluso la manera de mejorarlos. ¿De dónde saca él esa seguridad inamovible? Si no la tuviera, ni siquiera podría comenzar a escribir. Lo primero que vemos es que el autor satírico, como Dios, no se arredra ante nada. Aunque no lo dice claramente, es el representante de Dios y se siente a gusto en ese papel. No se para a pensar ni un minuto que quizá no sea Dios. Pues dado que esa instancia, la instancia suprema, existe, de ella se deriva un poder de representación, y lo único que hay que hacer es apoderarse de ese poder.


Hay, sin embargo, una postura enteramente distinta, la que está fascinada por las criaturas y no por Dios, la que asume la defensa de aquellas contra éste, la que llega acaso tan lejos que prescinde enteramente de Dios y trata sólo de las criaturas. Esta actitud ve que las criaturas son inmodificables, aunque a ella le gustaría que fueran distintas. Ni con odio ni con castigos es posible ayudar a los seres humanos. Estos se acusan a sí mismos al presentarse tal y como son, pero esa acusación es la suya propia, no la del otro. La justicia del escritor no puede consentir en condenar a los hombres. Puede inventar a alguien que sea víctima de éstos y mostrar las marcas que, cual huellas dactilares, han dejado en él. El mundo está repleto de tales víctimas; sin embargo, parece dificilísimo forjar con una de ellas un personaje y hacerle hablar de tal modo que las marcas sean reconocibles y no se borren al convertirse en acusaciones. Wozzeck es ese personaje, lo que a él le hacen lo vivimos mientras está ocurriendo, y no es preciso añadir ninguna palabra de acusación. Las marcas de las autodenigraciones son reconocibles en él. Allí están quienes lo han golpeado, y cuando Wozzeck llega a su final, ellos siguen con vida. El fragmento no muestra cómo Wozzeck llega a su final, muestra lo que él hace, su autodenigración después de la de los demás.



e. c.


jueves, 27 de febrero de 2014

Las preocupaciones de un padre de familia..







Algunos dicen que la palabra «odradek» precede del esloveno, y sobre esta base tratan de establecer su etimología. Otros, en cambio, creen que es de origen alemán, con alguna influencia del esloveno. Pero la incertidumbre de ambos supuestos despierta la sospecha de que ninguno de los dos sea correcto, sobre todo porque no ayudan a determinar el sentido de esa palabra.
Como es lógico, nadie se preocuparía por semejante investigación si no fuera porque existe realmente un ser llamado Odradek. A primera vista tiene el aspecto de un carrete de hilo en forma de estrella plana. Parece cubierto de hilo, pero más bien se trata de pedazos de hilo, de los tipos y colores más diversos, anudados o apelmazados entre sí. Pero no es únicamente un carrete de hilo, pues de su centro emerge un pequeño palito, al que está fijado otro, en ángulo recto. Con ayuda de este último, por un lado, y con una especie de prolongación que tiene uno de los radios, por el otro, el conjunto puede sostenerse como sobre dos patas.

Uno siente la tentación de creer que esta criatura tuvo, tiempo atrás, una figura más razonable y que ahora está rota. Pero éste no parece ser el caso; al menos, no encuentro ningún indicio de ello; en ninguna parte se ven huellas de añadidos o de puntas de rotura que pudieran darnos una pista en ese sentido; aunque el conjunto es absurdo, parece completo en sí. Y no es posible dar más detalles, porque Odradek es muy movedizo y no se deja atrapar.

Habita alternativamente bajo la techumbre, en escalera, en los pasillos y en el zaguán. A veces no se deja ver durante varios meses, como si se hubiese ido a otras casas, pero siempre vuelve a la nuestra. A veces, cuando uno sale por la puerta y lo descubre arrimado a la baranda, al pie de la escalera, entran ganas de hablar con él. No se le hacen preguntas difíciles, desde luego, porque, como es tan pequeño, uno lo trata como si fuera un niño.

-¿Cómo te llamas? -le pregunto.

-Odradek -me contesta.

-¿Y dónde vives?

-Domicilio indeterminado -dice y se ríe.

Es una risa como la que se podría producir si no se tuvieran pulmones. Suena como el crujido de hojas secas, y con ella suele concluir la conversación. A veces ni siquiera contesta y permanece tan callado como la madera de la que parece hecho.

En vano me pregunto qué será de él. ¿Acaso puede morir? Todo lo que muere debe haber tenido alguna razón be ser, alguna clase de actividad que lo ha desgastado. Y éste no es el caso de Odradek. ¿Acaso rodará algún día por la escalera, arrastrando unos hilos ante los pies de mis hijos y de los hijos de mis hijos? No parece que haga mal a nadie; pero casi me resulta dolorosa la idea de que me pueda sobrevivir.


f. k. 



miércoles, 19 de febrero de 2014

Hacia el Planetario..



Si hubiera que enunciar, como lo hizo Hiliel* con la doctrina judía, la doctrina de la Antigüedad en pocas palabras concentrándola toda en una sola frase, ésta debería rezar: «Sólo poseerán la Tierra quienes vivan de las fuerzas del cosmos». Nada distingue tanto al hombre antiguo del moderno como su entrega a una experiencia cósmica que este último apenas conoce. El ocaso de esa entrega se anuncia ya en el florecimiento de la astronomía, a principios de la Edad Moderna. Kepler, Copérnico y Tycho Brahe no actuaron, sin duda, movidos únicamente por impulsos científicos. Sin embargo, en la importancia exclusiva otorgada a una vinculación óptica con el universo —resultado al que muy pronto condujo la astronomía— aparece un signo precursor de lo que habría de venir. La relación del mundo antiguo con el cosmos se desarrollaba en otro plano: el de la embriaguez. Y, de hecho, la embriaguez es la única experiencia en la que nos aseguramos de lo más próximo y de lo más remoto, y nunca de lo uno sin lo otro. Pero esto significa que, desde la embriaguez, el hombre sólo puede comunicar con el cosmos en comunidad. La temible aberración de los modernos consiste en considerar irrelevante y conjurable esta experiencia, y dejarla en manos del individuo para que delire y se extasíe al contemplar hermosas noches consteladas. Pero lo cierto es que se impone cada vez de nuevo, y los pueblos y razas apenas logran escapar a ella, tal como lo ha demostrado, y del modo más terrible, la última guerra, que fue un intento por celebrar nuevos e inauditos desposorios con las potencias cósmicas. Masas humanas, gases, fuerzas eléctricas fueron arrojadas a campo raso, corrientes de alta frecuencia atravesaron el paisaje, nuevos astros se elevaron al cielo, el espacio aéreo y las profundidades marinas resonaron con el estruendo de las hélices y en todas partes se excavaron fosas de sacrificio en la madre tierra. Este gran galanteo con el cosmos se realizó por primera vez a escala planetaria, es decir, en el espíritu de la técnica. Pero como el afán de lucro de la clase dominante pensaba satisfacer su deseo en ella, la técnica traicionó a la humanidad y convirtió el lecho nupcial en un mar de sangre. Dominar la naturaleza, enseñan los imperialistas, es el sentido de toda técnica. Pero ¿quién confiaría en un maestro que, recurriendo al palmetazo, viera el sentido de la educación en el dominio de los niños por los adultos? ¿No es la educación, ante todo, la organización indispensable de la relación entre las generaciones y, por tanto, si se quiere hablar de dominio, el dominio de la relación entre las generaciones y no de los niños? Lo mismo ocurre con la técnica: no es dominio de la naturaleza, sino dominio de la relación entre naturaleza y humanidad. Si bien los hombres, como especie, llegaron hace decenas de miles de años al término de su evolución, la humanidad como especie está aún al principio de la suya. La técnica le está organizando una physis en la que su contacto con el cosmos adoptará una forma nueva y diferente de la que se daba en los pueblos y familias. Baste con recordar la experiencia de velocidades gracias a las cuales la humanidad se está equipando para realizar vertiginosos viajes hacia el interior del tiempo y toparse allí con ritmos que permitirán a los enfermos recuperarse como antes lo hacían en la alta montaña o los mares meridionales. Los parques de atracciones prefiguran los futuros sanatorios. El estremecimiento que acompaña una verdadera experiencia cósmica no está ligado a ese minúsculo fragmento de la naturaleza que solemos llamar «naturaleza». En las noches de exterminio de la última guerra, una sensación similar a la felicidad de los epilépticos sacudía los miembros de la humanidad. Y las rebeliones que siguieron luego constituyeron la primera tentativa por hacerse con el control del nuevo cuerpo. El poder del proletariado es la escala que mide su convalecencia. Si la disciplina de éste no logra penetrarlo hasta la médula, no lo salvará ningún razonamiento pacifista. Sólo en el delirio de la procreación supera el ser vivo el vértigo del aniquilamiento.

*Hillel el Viejo (70 a. de C.-10 d. de C.), uno de los grandes doctores de la Ley judaica, fue autor de las siete reglas, método de interpretación de los libros sagrados que sentó las bases de la hermenéutica hebrea. (N. de los T.)


En Dirección única
Traducción de J. J. del Solar y M. Allendesalazar





miércoles, 5 de febrero de 2014

Yonqui..

En la práctica, traficar con hierba sólo trae quebraderos de cabeza. Para empezar, ocupa mucho sitio. Se necesita una maleta llena para conseguir algo de dinero. Si la pasma llama a la Puerta, es lo mismo que tener una bala de alfalfa.

Allison Schulnik
Los fumetas no son como los yonquis. Un yonqui suelta el dinero, coge la droga y se las pira. Pero los fumetas no. Esperan que el camello los invite a unos canutos y a sentarse para charlar un rato. Y tienes que aguantar todo eso para vender dos dólares. Si vas directarnente al grano, dicen que los deprimes porque haces que se sientan miserables. De hecho, un tipo que trapichea con hierba nunca debe reconocer que lo hace por negocio. No, él sólo facilita un poco de hierba a algunos amigos y amigas, una travesura. Todo el mundo sabe que es un camello, pero está mal decirlo. Dios sabe por qué. A mi juicio, los fumetas son inescrutables.

Hay muchos secretos comerciales en el negocio de la hierba, y los fumetas guardan esos supuestos secretos con una tozudez estúpida. Por ejemplo, la hierba tiene que estar curada, porque, si está verde, raspa la garganta. Pero pregúntale a un fumeta cómo hay que curarla, y te dará una respuesta ambigua poniendo cara de tonto. Quizá el uso continuado de la hierba afecte al cerebro, o tal vez los fumetas sean estúpidos por naturaleza.

La hierba que tenía estaba verde, así que la puse en una de esas marmitas dobles para cocer al vapor y la tuve en el horno hasta que cogió ese color pardusco que se supone que debe tener. Éste es el secreto de curar la hierba, o, al menos, uno de los modos de hacerlo.

Los fumetas son gregarios, sensibles y paranoicos. Si consideran que haces que se sientan miserables, no lograrás hacer negocios con ellos. Pronto me di cuenta de que no podía tratar con gente así y me alegré de encontrar a un tipo que me compró toda la hierba que me quedaba a precio de coste. A partir de entonces decidí no traficar nunca más con ella.

En 1937 la hierba fue prohibida, junto con otros narcóticos, por la Ley Harrison. Las autoridades sanitarias afirman que es una droga adictiva, que su uso es perjudicial para mente y cuerpo, y que induce a cometer delitos a quien la usa. Éstos son los hechos: la hierba no es adictiva, en absoluto. Uno puede fumar hierba durante años y no experimentará ninguna molestia si de pronto deja de hacerlo. He conocido a fumetas en la cárcel y ninguno de ellos mostraba síntomas de síndrome de abstinencia. Yo he fumado hierba de modo intermitente durante quince años y nunca sentí molestias cuando dejaba de hacerlo una temporada. La hierba es menos adíctiva que el tabaco. La hierba no daña la salud. De hecho, muchos de los que la fuman aseguran que aumenta el apetito y tonifica el organismo. No conozco ningún otro producto similar que incremente el apetito. Después de fumarme un canuto disfruto bebiéndome una copa de jerez de California y engullendo una copiosa comida casera.

En cierta ocasión dejé la droga y me pasé a la hierba. Al segundo día de dejar de pincharme comí con buen apetito. Por lo general, después de dejar de pincharme no tengo ganas de comer durante unos ocho días.

La hierba no empuja a nadie a cometer delitos. Jamás he visto que nadie se pusiera agresivo bajo la influencia de la hierba. Los fumetas son muy sociables.

Demasiado, para mi gusto. No Puedo entender Por qué la gente que asegura que la hierba induce al delito no exige que se prohíba también el alcohol. Todos los días se cometen delitos por borrachos que jamás habrían obrado así estando sobrios.

Se ha hablado mucho de los efectos afrodisíacos de la hierba. No sé por qué, los científicos se resisten a admitir que sea afrodisíaca, Y muchos farmacólogos dicen que «no hay pruebas en favor de la creencia popular de que la hierba posee propiedades afrodisíacas». Yo Puedo asegurar que la hierba es un afrodisíaco y que el placer sexual es mucho más intenso bajo su influencia. Cualquiera que haya fumado buena hierba verificará esta afirmación.

Se oye decir que la gente se vuelve loca por fumar hierba. Hay, es cierto, una forma de locura causada por su uso excesivo. Este estado se caracteriza por hipersusceptibilidad y manía persecutoria. La hierba que se puede obtener en los Estados Unidos no es lo bastante fuerte para enloquecer a nadie, y las psicosis inducidas por hierba son muy raras en este país. En Oriente Medio, según dicen, es algo común. La psicosis inducida por hierba se corresponde, más o menos, con el delírium tremens, y desaparece en cuanto se deja de usar. Quien fume unos cuantos canutos al día no tiene más posibilidades de volverse loco que quien tome unos cuantos cócteles antes de las comidas de contraer la tuberculosis.

Algo más acerca de la hierba: bajo su influencia nadie está capacitado para conducir. Altera el sentido del tiempo y, en consecuencia, el sentido de las relaciones espaciales. Una vez, en Nueva Orleans, tuve que aparcar en la cuneta y esperar hasta que se disiparon sus efectos. Era incapaz de determinar a qué distancia estaban los objetos o cuándo debía girar o frenar en un cruce



w. burroughs100  

sábado, 2 de noviembre de 2013

Self it..


"mis escritos han quedado siempre inacabados, siempre se han entrometido nuevos pensamientos, extraordinarios, inevitables asociaciones de ideas que solo acaban en el infinito…a propósito de cualquier cosa simple, surgen diez mil pensamientos y diez mil interrelaciones entre estos diez mil pensamientos y no tengo fuerza de voluntad para detenerlos o eliminarlos. Ocurren en mí, no son pensamientos míos, sino pensamientos que pasan a través de mí.."


Pessoa dixit..

sábado, 21 de septiembre de 2013

El parlamento de los grajos


...  A lo mejor ellos pueden dirigirse a nosotros,
y nosotros a ellos no.
Es algo como volar en avión en contra del reloj.
Todo se desordena...



M & J

viernes, 20 de septiembre de 2013

I am become Death..



«Comprendimos que el mundo no volvería a ser el mismo
Unos pocos rieron, otros pocos lloraron
 La mayoría permaneció en silencio.

Me acordé de un tramo de una escritura hindú, el Bhagavad Gita.

Vishnu intenta convencer al príncipe de que cumpla su deber y, para impresionarlo, 
toma una de sus formas de múltiples brazos mientras le dice:

‘Ahora yo soy la Muerte. Destructora de los mundos’.»




Op.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Gods

Il Saltimbanco

"Que frente a los ojos haya una pantalla o una página, que por ella discurran números, fórmulas o palabras, no modifica sustancialmente el hecho: se trata en todos los casos de lectura. El teatro de la mente parece haberse dilatado, para acoger prolíficas hileras de signos en espera, incorporados en esa prótesis que es el ordenador. Sin embargo, con supersticiosa seguridad, todos los sortilegios y todos los poderes a aquello que aparece sobre la pantalla, no a la mente que lo elabora y que, ante todo, lo lee. Pero, ¿podría existir algo más avanzado tecnológicamente que una transformación que se produce de modo completamente invisible, como en el interior de la mente?". Para Calasso la literatura es el último lugar en el que se refugian los dioses pero es una literatura que sólo llega al teatro de la mente. No hay destinatario porque una vez conjurados los dioses, primero como inmenso compendio y después como reflejo de conciencias enfermas, la mente como mecanismo que ordena invisiblemente asiste al teatro de sí misma. En estas frases Calasso, aunque con la ambigüedad que lo caracteriza, renuncia a un sujeto lector, la literatura es una especie de sortilegio que ofrece fórmulas y variaciones sobre materias inertes. Ya no son aquellas "fábulas mentirosas" de las que se hablaba en el Quijote cuyo destino era llegar al "entendimiento de los lectores".

La tragedia de este politeísmo telemático y juguetón es que pretende no sólo conjurar a los dioses sino algo mucho más terrible conjurar la realidad, comienza amalgamando los dioses en una masa informe, prosigue negando la capacidad lectora y termina por negar la realidad, leche nutricia de la palabra literaria: "La parodia se ha vuelto una sutil película que lo cubre todo (...) Hoy en día, cualquier cosa que se manifieste aparece antes que nada como parodia. La naturaleza misma se ha vuelto parodia". Lógicamente en esta dinámica es imposible llegar a conocer lo real, el conocimiento es pura ilusión. Así lo expondrá en el último capítulo del libro cuando comenta algunas de las frases de Nietzsche: el conocimiento no es ya el impulso que empuja al descubrimiento de las cosas sino que actúa como algo inventado. "Por eso si el conocimiento no se descubre sino que se inventa, implica que actúa en él un poderoso elemento de simulación (...) Conocimiento y simulación dejan así de ser antagonistas para convertirse en cómplices". Este comentario traducido a "román paladino" se refiere a la voluntad de renunciar al conocimiento y apostar por la vicariedad. Para ello es necesario cercenar el impulso humano natural inquisitivo, que se interroga. Así lo decía Robert Musil: "Hoy las cosas son de otro modo. Se han acallado algunas preguntas del corazón de los hombres. Para los pensamientos sublimes han creado una especie de policultura, que se llaman literatura, filosofía y teología. En ella los pensamientos se reproducen a su manera sin control y esto funciona porque con tal proliferación, nadie se culpará de no haberse ocupado de estas cuestiones personalmente" 


viernes, 23 de agosto de 2013

Ruido de Pasos

Tenía ochenta y un años de edad. Se llamaba doña Cándida Raposa.
Esa señora tenía el deseo irreprimible de vivir. El deseo se sustentaba cuando iba a pasar los días a una hacienda: la altitud, lo verde de los árboles, la lluvia, todo eso la acicateaba. Cuando oía a Lisz se estremecía toda. Había sido bella en su juventud. Y le llegaba el deseo cuando olía profundamente una rosa.
         Pues ocurrió con doña Cándida Raposa que el deseo de placer no había pasado.
         Tuvo, en fin, el gran valor de ir al ginecólogo. Y le preguntó, avergonzada, con la cabeza baja:
         -¿Cuándo se pasa esto?
         -¿Pasa qué, señora?
         -Esta cosa.
         -¿Qué cosa?
         -La cosa, repitió. El deseo de placer –dijo finalmente.
         -Señora, lamento decirle que no pasa nunca.
         Lo miró sorprendida.
         -¡Pero ya tengo ochenta y un años de edad!
         -No importa, señora. Eso es hasta morir.
         -Pero ¡esto es el infierno!
         -Es la vida, señora Raposo.
         Entonces, ¿la vida era eso? ¿Esa falta de vergüenza?
         -¿Y qué hago ahora? Ya nadie me quiere…
         El médico la miró con piedad.
         -No hay remedio, señora.
         -¿Y si yo pagara?
         -No serviría de nada. Usted tiene que acordarse de que tiene ochenta y un años de edad
         -¿Y… si yo me las arreglo solita? ¿Entiende lo que le quiero decir?
         -Sí –dijo el médico-. Puede ser el remedio.
         Salió del consultorio. La hija le esperaba abajo, en el coche. Cándida Raposo había perdido un hijo en la guerra. Era un soldado de la fuerza expedicionaria brasileña en la Segunda Guerra Mundial. Tenía ese intolerable dolor en el corazón: el de sobrevivir a un ser adorado.
         Esa misma noche se dio una ayuda y solitaria se satisfizo. Mudos fuegos de artificio. Después lloró. Tenía vergüenza. De ahí en adelante utilizaría el mismo proceso. Siempre triste. Así es la vida, señora Raposo, así es la vida. Hasta la bendición de la muerte.
         La muerte.
         Le pareció oír ruido de pasos. Los pasos de su marido Antenor Raposo.


C. L.

viernes, 16 de agosto de 2013

L



         La mayor dificultad que se presenta, aun para el cazador más avezado, es poder distinguir a primera vista la diferencia entre un conejo y una gallina. Como las gallinas abundan más que los conejos, y en una proporción realmente alarmante, con demasiada frecuencia terminamos comiendo los detestables caldos de gallina seguidos de gallina a la portuguesa y arroz con menudos de gallina, en lugar de los sabrosos conejos a la brasa que son nuestro deleite y nuestra razón de vivir.


El cazador se engaña casi siempre por la semejanza de los pelitos de las patas de unos y otras, de las orejitas sedosas y romas, y sobre todo por el colorido de las alas y ese tono apagado de los enormes colmillos de marfil. En cambio es muy fácil distinguirlos en el laboratorio: la reacción al papel tornasol muestra que la saliva de la gallina tiene un pH mucho más elevado que la saliva del conejo. Pero aunque muchos opinen lo contrario, un bosque no es lo mismo que un laboratorio, y seguimos comiendo gallina y acumulando rencor contra la vida.



Levrero & Millen