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lunes, 10 de agosto de 2015

Libro Tibetano de Los Muertos..


http://raislost.blogspot.mx/

PRIMER BARDO

Oh, amigo
El tiempo camina hacia ti para buscarte nuevos planos de la realidad.
Tu ego y tu nombre están en el juego de acabar.
Estas poniéndote enfrente de la Luz Clara.
Tú estás experimentando en esta realidad.
En el estado de libertad del ego donde todas las cosas son como un cielo vacío sin nubes.
Y el intelecto desnudo y limpio es como un trasplante vacío.
En este momento conoce por ti mismo y habita en este estado.
Lo que es llamado muerte del ego está viniendo hacia ti.

Recuerda:
Esta es la hora de la muerte y renacimiento.
Aprovecha de esta muerte temporal para obtener el perfecto estado.
Ilumínate.
Concentrado en la unidad de todos los seres vivientes.
Mantenido sobre la Luz Clara.
Usalo para alcanzar el entendimiento y el amor.
Si tú no puedes mantener la felicidad de la iluminación y si tú estás deslizándote dentro del contacto del mundo exterior.

Recuerda:
Las alucinaciones que puedes experimentar ahora, las visiones e introspecciones te enseñarán mucho sobre ti mismo y el mundo.
El velo de la rutinaria percepción será cambiado en tus ojos.
Recuerda la unidad de todas las cosas vivientes.
Recuerda la gloria de la luz clara.
Déjate guiar a través de tu nueva vida que viene.
Déjate guiar a través de las visiones de esta experiencia.
Si te sientes confuso, invoca la memoria de tus amigos y de tus maestros.
Trata de alcanzar y conservar la experiencia de la luz clara.

Recuerda:
La luz es la energía vital.
La llama sin fin de la vida.
Un ondulante y siempre cambiante torbellino de color puede apoderarse de tu visión.
Esta es la incesante transformación de la energía.
El proceso vital.
No temas.
Entrégate a él.
Únete.
Forma parte de ti.
Tú eres parte de él.

Recuerda también:
Más allá de la continua y fluyente electricidad de la vida es la última realidad.
El Vacío.
Tu propio saber, formado en la no-posesión de forma o color, es naturalmente vacío..
La realidad final.
El Todo bondad.
El Todo paz.
La Luz.
Resplandeciente.
El movimiento es el fuego de vida desde el cual todo viene.
Únete.
Forma parte de ti.
Más allá de la luz de la vida es el pacífico silencio del Vacío.
La quieta felicidad más allá de todas las transformaciones.
La sonrisa de Buda.
El Vacío no es la nada.
lnobstruido, brillando, conmoviendo, feliz.
El vacío es principio y final él mismo.
Consciencia de diamante.
El Todo Bondad Buda.
Tu propia consciencia, brillando, vacía e inseparable
No-pensamiento, no-visión, no-color, es vacío
El intelecto brillando y lleno de felicidad y silencioso. Este es el estado de perfecta iluminación.
Tu propia consciencia, brillando, vacía el inseparable del gran cuerpo resplandeciente,
no tiene nacimiento, ni muerte.
Es la inmutable luz que los tibetanos llaman Buda Amitabha.
El saber de la no-forma comenzando.
Conocido esto es suficiente.
Reconocer el vacío de tu propia consciencia para ser dominio de Buda
Permanece en este reconocimiento y tú mantendrás el estado de la divina mente de Buda.

miércoles, 13 de mayo de 2015

El mito de Sísifo..



  Los dioses habían condenado a Sísifo a rodar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvería a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.

Si se ha de creer a Homero, Sísifo era el más sabio y prudente de los mortales. No obstante, según otra tradición, se inclinaba al oficio de bandido. No veo en ello contradicción. Difieren las opiniones sobre los motivos que le convirtieron en un trabajador inútil en los infiernos. Se le reprocha, ante todo, alguna ligereza con los dioses. Reveló sus secretos. Egina, hija de Asopo, fue raptada por Júpiter. Al padre le asombró esa desaparición y se quejó a Sísifo. Éste, que conocía el rapto, se ofreció a informar sobre él a Asopo con la condición de que diese agua a la ciudadela de Corinto. Prefirió la bendición del agua a los rayos celestes.

Por ello le castigaron enviándole al infierno. Homero nos cuenta también que Sísifo había encadenado a la Muerte. Plutón no pudo soportar el espectáculo de su imperio desierto y silencioso. Envió al dios de la guerra, quien liberó a la Muerte de manos de su vencedor. Se dice también que Sísifo, cuando estaba a punto de morir, quiso imprudentemente poner a prueba el amor de su esposa. le ordenó que arrojara su cuerpo sin sepultura en medio de la plaza pública. Sísifo se encontró en los infiernos y allí irritado por una obediencia tan contraria al amor humano, obtuvo de Plutón el permiso para volver a la tierra con objeto de castigar a su esposa. Pero cuando volvió a ver este mundo, a gustar del agua y el sol, de las piedras cálidas y el mar, ya no quiso volver a la sombra infernal.

Los llamamientos, las iras y las advertencias no sirvieron para nada. Vivió muchos años más ante la curva del golfo, la mar brillante y las sonrisas de la tierra. Fue necesario un decreto de los dioses. Mercurio bajó a la tierra a coger al audaz por la fuerza, le apartó de sus goces y le llevó por la fuerza a los infiernos, donde estaba ya preparada su roca. Se ha comprendido ya que Sísifo es el héroe absurdo. Lo es en tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron ese suplicio indecible en el que todo el ser dedica a no acabar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones de esta tierra. no se nos dice nada sobre Sísifo en los infiernos. Los mitos están hechos para que la imaginación los anime. Con respecto a éste, lo único que se ve es todo el esfuerzo de un cuerpo tenso para levantar la enorme piedra, hacerla rodar y ayudarla a subir una pendiente cien veces recorrida; se ve el rostro crispado, la mejilla pegada a la piedra, la ayuda de un hombro que recibe la masa cubierta de arcilla, de un pie que la calza, la tensión de los brazos, la seguridad enteramente humana de dos manos llenas de tierra. Al final de ese largo esfuerzo, medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, se alcanza la meta. Sísifo ve entonces como la piedra desciende en algunos instantes hacia ese mundo inferior desde el que habrá de volverla a subir hacia las cimas, y baja de nuevo a la llanura. Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa. Un rostro que sufre tan cerca de las piedras es ya él mismo piedra.

Veo a ese hombre volver a bajar con paso lento pero igual hacia el tormento cuyo fin no conocerá. Esta hora que es como una respiración y que vuelve tan seguramente como su desdicha, es la hora de la conciencia. En cada uno de los instantes en que abandona las cimas y se hunde poco a poco en las guaridas de los dioses, es superior a su destino. Es más fuerte que su roca. Si este mito es trágico lo es porque su protagonista tiene conciencia.

¿ En qué consistiría, en efecto, su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito?. El obrero actual trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo.

Pero no es trágico sino en los raros momentos en se hace consciente. Sísifo, proletario de los dioses, impotente y rebelde conoce toda la magnitud de su condición miserable: en ella piensa durante su descenso. La clarividencia que debía constituir su tormento consuma al mismo tiempo su victoria. No hay destino que no venza con el desprecio.

Por lo tanto, si el descenso se hace algunos días con dolor, puede hacerse también con alegría. Esta palabra no está de más. Sigo imaginándome a Sísifo volviendo hacia su roca, y el dolor estaba al comienzo. Cuando las imágenes de la tierra se aferran demasiado fuertemente al recuerdo, cuando el llamamiento de la dicha se hace demasiado apremiante, sucede que la tristeza surge en el corazón del hombre: es la victoria de la roca, la roca misma. La inmensa angustia es demasiado pesada para poderla sobrellevar. Son nuestras noches de Getsemaní.

Pero las verdades aplastantes perecen al ser reconocidas. Así, Edipo obedece primeramente al destino sin saberlo, pero su tragedia comienza en el momento en que sabe.

Pero en el mismo instante, ciego y desesperado, reconoce que el único vínculo que le une al mundo es la mano fresca de una muchacha. Entonces resuena una frase desesperada: “A pesar de tantas pruebas, mi edad avanzada y la grandeza de mi alma me hacen juzgar que todo está bien”. El Edipo de Sófocles, como el Kirilov de Dostoievski, da así la fórmula de la victoria absurda. La sabiduría antigua coincide con el heroísmo moderno. No se descubre lo absurdo sin sentirse tentado a escribir algún manual de la dicha. ” Eh, cómo!. ¿ Por caminos tan estrechos…?”. Pero no hay más que un mundo. La dicha y lo absurdo son dos hijos de la misma tierra. Son inseparables. Sería un error decir que la dicha nace forzosamente del descubrimiento absurdo. Sucede también que la sensación de lo absurdo nace de la dicha. “Juzgo que todo está bien”, dice Edipo, y esta palabra es sagrada. Resuena en el universo y limitado del hombre. Enseña que todo no es ni ha sido agotado.

Expulsa de este mundo a un dios que había entrado en él con la insatisfacción y afición a los dolores inútiles.

Hace del destino un asunto humano, que debe ser arreglado entre los hombres. Toda la alegría silenciosa de Sísifo consiste en eso. Su destino le pertenece. Su roca es su cosa. Del mismo modo el hombre absurdo, cuando contempla su tormento, hace callar a todos los ídolos.


En el universo vuelto de pronto a su silencio se alzan las mil vocecitas maravillosas de la tierra. Llamamientos inconscientes y secretos, invitaciones de todos los rostros constituyen el reverso necesario y el premio de la victoria. No hay sol sin sombra y es necesario conocer la noche. El hombre absurdo dice que sí y su esfuerzo no terminará nunca. Si hay un destino personal, no hay un destino superior, o, por lo menos no hay más que uno al que juzga fatal y despreciable. Por lo demás, sabe que es dueño de sus días. En ese instante sutil en que el hombre vuelve sobre su vida, como Sísifo vuelve hacia su roca, en ese ligero giro, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierten en su destino, creado por el, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado por su muerte. Así, persuadido del origen enteramente humano de todo lo que es humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando. Dejo a Sísifo al pie de la montaña. Se vuelve a encontrar siempre su carga. Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. El también juzga que todo está bien. Este universo en adelante sin amo no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada trozo mineral de esta montaña llena de oscuridad forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso.



a. c.        



domingo, 4 de mayo de 2014

El vicio del alcohol..



Anoche, desde mi cama, oí el grito ronco de una mujer que gozaba.
Anoche oí detenerse el reloj dos minutos esperando a la luna que a su vez se había detenido para ver, en su propia sombra de la calle, dos perros que se batían.

Anoche canté, solo, de espaldas:

    Voy pa mis montañas
     a pedirle a Dios
     pa estas penas mías
     nieve, viento y sol..


Oí mi canto. Lo cual es altamente absurdo.

Consideré también altamente absurdo cómo están organizadas sobre esta Tierra las cuestiones del sexo. Pues todas las muchachas hermosas deberían estar desnudas, de espaldas, atadas con gruesas cadenas, y con los muslos abiertos, totalmente abiertos. Entonces se las podría azotar sin piedad.

Pero no hay organización alguna. Al menos mientras las estrellas no nos expliquen todas sus distancias reducidas a entre ambas manos, y al menos mientras los obispos no vistan del verde de los musgos de los pantanos sosegados.

Nada de lo anotado es arbitrario. Entre esos tres elementos –muchachas atadas, estrellas y posibles obispos vestidos de verde– he visto siempre una filiación absoluta. Prueba de ello es que no he puesto otros elementos sino los anotados. Ahora bien, que yo, hoy día y hasta hoy desde 42 años, no pueda desmontar y luego explicar con claridad de cerebro bien organizado tal filiación, no es prueba alguna de su no existencia. Debe pensarse que tampoco puedo dilucidar cada uno de los elementos que la forman. Sin embargo, nadie duda de su realidad. Desafío a quien sea a que me desmonte y explique una muchacha aunque él mismo la haya atado. Desafío a una explicación convincente sobre las estrellas aun si se dispone de todos los telescopios del mundo, pues los telescopios mismos necesitarían una explicación ya que solo existen por la explicación abstracta que antes el cerebro fabricó. Desafío a cualquier humano a que tome a un obispo, le quite sus vestimentas habituales y las reemplace por las de un tono exacto al verde de los pantanos sosegados. Luego que se siente frente a frente del obispo –que fume o no fume, absorba o no rapé, me es igual– y con voz nítida me explique lo que realmente acaba de suceder. ¡Desafío! Y, por otro lado, que se presente quien dude de la existencia de muchachas, estrellas y obispos. Por mi parte, espero alguna vez explicar todo esto debidamente. Sigamos, pues, con las cuestiones del sexo.

Podrían tener solución más rápida. Sería ella si pudiésemos encontrar placer en hacer el amor con largas tiras de terciopelo. Esto tampoco es arbitrario. Puedo rehacer aquí una argumentación semejante a la anterior. Pero esto me quitaría mucho tiempo y es necesario, es urgente, que pronto, antes de que termine el grito de esa mujer que goza, es indispensable que todos los hombres bien nacidos, todos cuantos nos emocionamos ante las voces de Patria y Virtud, es impostergable que luchemos tenazmente en contra del vicio del alcohol.

Mas para esto hace falta un muchacho esbelto, moreno, de ojos claros, que vestiríamos con una malla muy ceñida de color corteza de almendra y que tocaríamos con un gran sombrero, un sombrero planetario, el sombrero en sí mismo y en su total grandeza. ¡Oh qué magnífica, oh qué soberbia cosa es un sombrero!

Yo, aquí en casa, tengo diecisiete. Juro solemnemente que hace ya nueve años que jamás me he acostado sin antes haber orinado varias gotas sobre cada uno. Luego cojo un pequeño fusil de salón y hago fuego sobre los diecisiete, uno tras otro. Volvamos al muchacho.

¡El sombrero inimaginable!

El muchacho debe esperar algunos minutos.


domingo, 23 de marzo de 2014

Elvis David..




elvis son of tupelo.
elvis mama's boy.
elvis the twin brother of Jesse who died at birth and was buried in a shoe box.
elvis drove a truck.
elvis was managed by colonel tom parker, an ex-carnie barker whose last act was a singing canary.
elvis was the most famous singer in the world since king david.
elvis lived on his own street.
elvis liked to play speed cop.
elvis had a monkey named scatter before anyone.
elvis wore a cape at the white house when he was presenting nixon with two silver pistols.
elvis was a member of the drug squad.
elvis wore eye make up, just hangin' out.
elvis wore a gold nudie suit and trained his lip to curl.
elvis was macho, but could sing like a girl.
elvis was not a big talker.
elvis was articulate in every other way.
elvis dyed his hair black to look like valentino.
elvis held a microphone the way valentino held nitanaldi in blood and sand.
elvis dressed black long before he dressed in black.
elvis sang black except in lower registers where he was a student of dean martin.
elvis admired mario lanza.
elvis delivered the world from crooning.
elvis was a great crooner.
elvis had a voice that could explain the sexuality of america.
elvis was influenced by jim morrison in his choice of black leather for the '68 comeback special.
elvis invented the beatles.
elvis achieved world domination from a small town.
elvis was conscious of myth.
elvis had pharoah-like potential.
elvis was made by america, so america could remake itself.
elvis had good manners.
elvis was a bass, a baritone, and a tenor.
elvis sang his heart out at the end.
elvis the opera singer.
elvis the soap opera.
elvis loved america, God, the bible, firearms, the movies, the office of presidency, junk food, drugs, cars, family,television, jewellery, straight talkin', dirty talkin' gameshows,  uniforms, and self-help books.
elvis like america, wanted to improve himself.
elvis like america, started out loving but later turned on himself.
elvis body could not stop moving.
elvis is alive, we're dead.
elvis the charismatic.
elvis the ecstatic.
elvis the plastic, elvis the elastic with a spastic dance that might explain the energy of america.
elvis fusion and confusion.
elvis earth rod in a southern dorm.
elvis shaking up an electrical storm.
elvis in hollywood his voice gone to ground.
elvis in las vegas with a big brassy sound.
elvis the first rock'n'roll star with scotty moore, bill black, and d.j. fontana.
elvis with james burton and ronny tutt.
elvis the movie star made three good films : viva las vegas,flaming star, and jailhouse rock.
elvis the hillbilly brought rhythm to the white race,blues to pop, and rock'n'roll to where ever rock'n'roll is.
elvis the pelvis, swung from africa to europe, which is the idea of america.
elvis liberation.
elvis the kung fu would come later.
elvis hibernation.
elvis built a theme park he later called Graceland.
elvis woke up to whispers.
elvis thought of himself as a backslider.
elvis knew guilt like a twin brother.
elvis called God every morning then left the phone off the hook.
elvis turned las vegas into a church when he sang "love me tender".
elvis turned america into a church when he sang "the trilogy".
elvis was harangued by choice;flesh vs. spirit, God vs. rock'n'roll mother vs. lover, father 
vs. the colonel.
elvis grew sideburns as a protest against tom jones' hairy chest.
elvis would have a president named after him.
elvis was one of the boys.
elvis was not one of the boys.
elvis had an acute intelligence disguised as talent.
elvis broke pirscilla's heart.
elvis broke lisa marie's heart.
elvis woke up my heart.
elvis white trash.
elvis the memphis flash.
elvis didn't smoke hash and woulda been a sissy without johnny cash.
elvis didn't dodge the draft.
elvis had his own aircraft.
elvis having a laugh on the lisa marie in a colour photograph.
elvis under the hood.
elvis cadillac blood.
elvis darling bud flowered and returned to the mississippi mud.
elvis ain't gonna rot.
elvis in a memphis plot.
elvis didn't hear the shot but the king died just across the lot from.
elvis vanilla ice cream.
elvis girls of 14.
elvis memphis spleen shooting at the tv reading corinthians 13.
elvis with God on his knees.
elvis on three tvs.
elvis here come the killer bees head full of honey, potato chips and cheese.
elvis the bumper stickers.
elvis the white knickers.
elvis the white nigger ate at burger king and just kept getting bigger.
elvis sang to win.
elvis the battle to be slim.
elvis ate america before america ate him.
elvis stamps, elvis necromance.
elvis fans, elvis psychophants.
elvis the public enemy.
elvis don't mean shit to chucked.
elvis changed the centre of gravity.
elvis made it slippy.
elvis hitler,elvis nixon,elvis christ, elvis mishima.
elvis marcus, elvis jackson, elvis the pelvis.
elvis the psalmist,elvis the genius, elvis the generous.
elvis forgive us.
elvis pray for us
elvis aaron presley
           (1935-1977[?])


b.



jueves, 6 de marzo de 2014

Jikininki..



Una vez, Musõ Kokushi, sacerdote de la secta zen que viajaba solo por la provincia de Mino, se perdió en una comarca montañosa donde no había nadie que lo guiara. Erró sin rumbo durante largo tiempo; y ya desesperaba de hallar refugio durante la noche, cuando vislumbró, en lo alto de una colina iluminada por los últimos rayos del sol, una de esas pequeñas ermitas llamadas anjitsu, que suelen construir los monjes solitarios. Aunque parecía estar derruida, Musõ se apresuró a acercarse a ella; descubrió que la habitaba un anciano monje, a quien rogó que le concediera alojamiento por esa noche. El anciano rehusó con hosquedad, pero le indicó a Musõ la situación de una aldea, en un valle próximo, donde hallaría alojamiento y comida.

Musõ se encaminó hacia la aldea, compuesta por menos de una docena de granjas; el jefe del villorrio lo recibió en su casa con suma afabilidad. A la llegada de Musõ había cuarenta o cincuenta personas reunidas en el aposento principal; a él lo guiaron hasta un cuarto pequeño y apartado, donde pronto le ofrecieron cama y alimento. Vencido por la fatiga, Musõ se acostó muy temprano; pero poco antes de medianoche su sueño se vio interrumpido por un llanto que provenía del aposento contiguo. Deslizáronse entonces las puertas correderas; y un joven, que llevaba una lámpara encendida, entró al cuarto, lo saludó con una reverencia y le dijo:

—Venerable señor, es mi penoso deber informaros que ahora soy el responsable de esta casa. Ayer no era sino el hijo mayor. Pero cuando vos llegasteis aquí, vencido por la fatiga, no queríamos incomodaros de ningún modo: no os anunciamos, pues, que mi padre había muerto hacía apenas unas horas. Aquellos a quienes visteis reunidos en el aposento contiguo son los habitantes de esta aldea; se han congregado aquí para rendirle al muerto un póstumo homenaje; y pronto se marcharán a otra aldea que dista tres millas de aquí, pues nuestra costumbre nos prohíbe permanecer en la aldea la noche que sucede a la muerte de alguien. Hacemos nuestras ofrendas, elevamos nuestras plegarias, y luego nos retiramos, dejando solo al cadáver. En la casa donde queda el cadáver suelen suceder cosas extrañas: pensamos, pues, que sería mejor que nos acompañarais. En la otra aldea hallaréis buen alojamiento. Aunque, quizá, siendo un sacerdote, no temáis a los demonios y a los espíritus malignos; y, si no os inquieta quedaros solo con el muerto, sois bienvenido a nuestro humilde hogar. No obstante, debo advertiros que nadie, salvo un sacerdote, se atrevería a pernoctar aquí.

Musõ respondió:

—Vuestras cordiales intenciones, así como vuestra generosa hospitalidad, merecen mi más profunda gratitud. Pero lamento que no me hayáis anunciado la muerte de vuestro padre en cuanto llegué, pues, aunque estaba algo fatigado, por cierto que no lo estaba al punto de hallar dificultades en cumplir con mis deberes sacerdotales. Si me lo hubierais dicho, habría administrado el servicio antes de que todos partieran. Así las cosas, lo administraré una vez que os retiréis, y permaneceré con el cuerpo hasta la mañana. Ignoro a qué os referís al mencionar el peligro que entraña quedarse aquí a solas; pero no temo a demonios ni espectros: os ruego, por tanto, que no abriguéis temor alguno por mi persona.

Estas declaraciones parecieron regocijar al joven, quien manifestó su gratitud con las palabras pertinentes. Después, los otros miembros de la familia así como los aldeanos reunidos en el aposento contiguo, enterados de las promesas del sacerdote, acudieron a darle las gracias, y luego dijo el dueño de la casa:

—Ahora, venerable señor, aunque mucho deploremos dejaros a solas, debemos despedirnos. Las normas de nuestra aldea nos impiden quedarnos aquí después de medianoche. Os imploramos, amable señor, que en todo punto cuidéis de vuestro honorable cuerpo mientras no estemos aquí para serviros. Y si acaso oyerais o escucharais algo extraño durante nuestra ausencia, no olvidéis referírnoslo cuando regresemos por la mañana.

domingo, 23 de febrero de 2014

XXIV




Fatiga tanto andar sobre la arena
descorazonadora de un desierto,
tanto vivir en la ciudad de un puerto
si el corazón de barcos no se llena.

Angustia tanto el son de la sirena
tanto la campanada por el muerto
que en el otoño y en la sangre suena,

que un dulce tiburón, que una manada
de inofensivos cuernos recentales,
habitándome días, meses y años,

ilustran mi garganta y mi mirada
de sollozos de todos los metales
y de fieras de todos los tamaños.


m. h.


domingo, 16 de febrero de 2014

Los riesgos de la sinergia.

Era la forma en que estaban respirando, pensó ella con desesperación y disgusto, lo que hacía que su mente funcionara así. La respiración era abierta en la oscuridad, conscientemente silenciosa, aunque su intensidad se encontraba fuera de su control. Era silenciosa debido a los delgados muros de ese horrible lugar, silenciosa para ocultar lo que debió ser abierto y gozoso. E igual que surgió la compulsión ciega de ser manifiesta y gozosa, aumentó la necesidad de más control, más silencio. Y entonces fue imposible dejar a su mente descansar y flotar, introducir esa rara explosión extática de sol. Las paredes se hacían con seguridad más y más delgadas..., y afuera se apiñaba la gente, escuchando. Más y más gente, le dijo su mente locamente. Personas con más y más oídos, hasta que ella y Karl estaban intentando permanecer silenciosos y callados en el centro de una esfera hueca de grandes orejas atentas, un mosaico de lóbulos, pabellones y orificios oscuros, todos unidos como escamas de peces...
Después, la contención del aliento de él, la sensación de bienvenida, de gratitud..., una gratitud y un alivio sin razón, pues se basaban nada más en el hecho que ya todo había concluido pero, ¡oh!, silencio.
Luego la pesadez, la inmovilidad..., silencio. Auténtico silencio y no pretensión. Ella aguardó.
La cólera aleteó en ella. Bastante es suficiente. Este peso, esta inmovilidad...
Demasiado peso. Demasiada inmovilidad...
—Karl —ella se movió—. ¡Karl!
Luchó, pero en silencio.
Entonces supo por qué estaba tan silencioso y tan inmóvil. Miró aturdida ese simple hecho y por un largo momento no respiró más que él y eso fue no respirar en absoluto, pues él había muerto. Y luego el horror. Y después la humillación.
Su impulso de gritar murió tan abruptamente como él, pero el puro espasmo muscular de eso la apartó de él, hacia la habitación. Permaneció encogida contra el frío; el resplandor rítmico de un letrero luminoso en alguna parte, afuera, y otra vez abrió su garganta para que su anhelante respiración fuera silenciosa.
Tenía que escapar y toda célula viviente en ella gritó por una fuga, chillando. Pero no; de algún modo tenía que vestirse. Tenía que salir de alguna manera, viajar por corredores donde la más leve sospecha de su presencia causaría una alarma. Había luces y una gran extensión de vestíbulo que cruzar...
Y en alguna forma hizo todas estas cosas y escapó a las benditas, ruidosas, indiferentes calles de la ciudad.
  
 
Killilea estaba en otra cantina más, con otra ginebra con agua más en la mano, preguntándose si ésta iba a ser otra de esas noches.
Probablemente. Cuando uno está buscando a alguien y no recurre a la policía y uno sabe que es inútil publicar un anuncio en los periódicos, porque ella nunca los lee y no se conoce a nadie que pueda saber dónde está, pero uno sabe que si ella está bastante trastornada, es bastante infeliz, bebe en bares..., ¡oh!, entonces uno visita bares. Uno va a cantinas buenas y a bares sucios, a tabernas vacías y brillantes y a otras polvorientas y oscuras, noche tras noche, sin saber si ella está destrozándose en la cantina adonde uno fue la noche anterior, o si estará en ese bar mañana, cuando uno esté en otra parte.
Alguien estornudó explosivamente y Killilea, cuyos nervios siempre habían sido buenos y quien, además, estaba tan aislado de sus alrededores inmediatos como puede estarlo un hombre, se asombró al saltar del banquillo del mostrador. Su bebida saltó y disparó hacia arriba una lengua de ginebra, para lamer el lado de su cuello fríamente. Maldijo, se limpió con el dorso de su mano y se dio vuelta para ver la fuente de esa monstruosa explosión humana.
Vio a un joven alto, con grandes orejas de color rojo brillante, y lo que sin duda había sido un pañuelo de exhibición, con el que estaba frotando la manga de pelo de camello de una muchacha, en el gabinete de enfrente. Las aletas de la nariz de Killilea se distendieron en leve desagrado, mientras sus labios se extendían con una sonrisa no menos ligera. Una cosa así podría ocurrirle a cualquiera, pensó, pero, Dios mío, ese tipo debía sentirse como un patán. Y miren al que está en el gabinete con la muchacha. No sabe qué decir. ¿Y qué diría uno? ¿No escupa a mi novia? Demasiado tarde. ¿Voy a golpearlo en la boca? Eso no arreglaría nada. Pero si no se hace algo, no es de esperar que su amiga esté dichosa.
Killilea ordenó otra bebida y volvió a mirar hacia el gabinete. El joven alto retrocedía en una verdadera nube de disculpas; la muchacha estaba limpiando su manga con una servilleta de papel y su amigo todavía continuaba sin hablar. Sacó su pañuelo y después volvió a guardarlo. Se inclinó hacia adelante para hablar, no dijo nada y volvió a erguirse, con expresión desdichada.
—Resultaste ser un magnífico sir Galahad —comentó ella.
—No creo que Galahad se haya encarado jamás a esta situación —respondió su acompañante razonablemente—. Lo siento.
—Lo sientes —remedó la muchacha—. Eso ayuda mucho, ¿verdad?
—Lo siento —repitió el hombre. Después agregó, un poco enfadado—: ¿Qué quieres que haga? ¿Que estornude contra él?
Ella frunció los labios.
—Eso sería mejor que no hacer nada. Nada, eso eres tú..., nada.
—Mira —protestó él, levantándose a medias.
—¿Vas a algún lado? —preguntó la muchacha agriamente—. Hazlo. Puedo arreglármelas sola. Ándate.
—Te llevaré a casa —sugirió él.
—No lo harás.
—Muy bien —dijo el hombre. Salió del gabinete, humedeciéndose los labios, desdichado—. Entonces está bien —repitió.
Dejó caer un billete de a dólar sobre la mesa y caminó hacia la puerta. Ella lo siguió con la mirada, con el labio inferior saliente, húmedo y malhumorado.
—Gracias por la película en el cine del barrio —le gritó con voz que llenó la cantina.
Él se encogió de hombros con embarazo. Tomó sus solapas y dio a su chaqueta un pequeño tirón hacia abajo, patético, furioso, y salió sin volver la mirada.
Killilea se volvió otra vez hacia la barra y halló que podía ver el gabinete reflejado en el espejo.
—Gran cosa —observó la muchacha, hablando al estuche de su colorete como si fuera un teléfono.
El joven alto que había estornudado se aproximó con cautela.
—Señorita.
Ella lo miró calculadoramente.
—Señorita, no pude evitar oír y en realidad fue culpa mía.
—No lo fue —replicó la muchacha—. ¡Olvídelo! De cualquier modo, él no significaba nada para mí.
—De cualquier manera, usted es muy comprensiva al respecto —insistió el joven—. Quisiera poder nacer algo.
Ella miró su cara, su ropa.
—Siéntese —dijo.
—¡Mozo! —llamó él, y se sentó.
 

jueves, 23 de enero de 2014

Viaje a la Luna [La singular aventura de un tal Hans Pffaal]..



Con el corazón lleno de furiosas fantasías
De las que soy el amo,
Con una lanza ardiente y un caballo de aire,
Errando voy por el desierto.
La canción de Tomás el loco.


    Según las últimas noticias de Rotterdam, parece que esta ciudad se halla en un singular estado de efervescencia filosófica. A decir verdad, se han producido fenómenos de un género tan inesperado, tan nuevo y tan absolutamente en contradicción con todas las opiniones admitidas, que sin duda alguna pronto se hallará trastornada toda Europa, y la física en fermentación. La razón y la astronomía se agarraron entonces de los cabellos.
    Parece que el... del mes dé... (no recuerdo a punto fijo la fecha) se había reunido una inmensa multitud, con un objeto que no se especifica, en la gran plaza de la Bolsa, de la agradable ciudad de Rotterdam. El día era muy caluroso para la estación; apenas soplaba la brisa, y a la multitud no le desagradaba que de vez en cuando la regase, durante algunos minutos, un chaparrón benéfico, producido por las masas de blancas nubes diseminadas en la celeste bóveda del firmamento.
Sin embargo, hacia mediodía se manifestó en la multitud una ligera aunque notable agitación, seguida del clamoreo de diez mil lenguas; diez mil cabezas se levantaron para fijar la vista en el cielo; otras tantas pipas se retiraron simultáneamente de las bocas, y un grito prolongado, inmenso, atronador, sólo comparable con el mugido del Niágara, resonó a través de toda la ciudad y de los alrededores de Rotterdam. 
     El origen de aquel tumulto fue muy pronto evidente; se vio desembocar en un espacio de la extensión azulada, saliendo de una de aquellas grandes masas de nubes de contornos vagamente definidos, un ser extraño, heterogéneo, de aspecto sólido, de tan singular configuración y tan fantásticamente organizado, que la multitud de aquellos robustos ciudadanos, que lo miraban desde abajo con la boca abierta, no podían de ningún modo comprender lo que era ni cansarse de mirarlo.
    ¿Qué podría ser aquello? Por todos los diablos de Rotterdam, ¿qué presagiaría semejante aparición? Nadie lo sabía; a nadie le era posible adivinarlo; ni aun el burgomaestre Mynheer Superbus Von Underduk poseía el más ligero dato para aclarar aquel misterio; de modo que los buenos ciudadanos, no teniendo cosa mejor que hacer, volvieron a colocar sus pipas en la boca, y con la vista siempre fija en el fenómeno, lanzaron bocanadas de humo, hicieron una pausa, se contonearon de derecha a izquierda, murmurando significativamente, guardaron silencio otra vez, y después de gruñir de nuevo, siguieron fumando tranquilamente.
    Sin embargo, se veía bajar, acercándose cada vez más a la beata ciudad, el objeto de tan general curiosidad, causa de aquella considerable humareda; de modo que a los pocos minutos el objeto estuvo lo bastante cerca para que se lo pudiera distinguir con claridad. Parecía ser, y lo "era" indudablemente, una especie de globo; pero hasta entonces, Rotterdam no había visto otro semejante, pues ¿quién ha oído hablar nunca de un globo fabricado tan sólo con diarios grasientos? Seguramente nadie en Holanda; y sin embargo, allí, sobre las narices del pueblo, o más bien a cierta distancia, veíase el objeto en cuestión, construido —lo sé de buena fuente— con dicho material, en el que nadie había pensado hasta entonces para semejante objeto. Aquello era un escandaloso insulto al buen sentido de los ciudadanos de Rotterdam.
    En cuanto a la forma del fenómeno, era más reprensible aún: afectaba la figura de un gigantesco gorro de loco, invertido; y esta semejanza no se desvaneció en modo alguno cuando al mirarlo más de cerca la multitud pudo ver una enorme bellota pendiente de la punta, y alrededor del borde superior o de la base del cono una serie de pequeños instrumentos semejantes a las campanillas de las ovejas, que resonaban continuamente.
    Pero había otra cosa más extraordinaria aún: suspendido de unas cintas azules en la extremidad de la fantástica máquina, se balanceaba, a manera de barquilla, un inmenso sombrero de castor gris americano, de alas en extremo anchas, de copa hemisférica, con una cinta negra y una hebilla de plata. Cosa singular: algunos ciudadanos de Rotterdam hubieran jurado que conocían ya aquel sombrero, y a decir verdad, la multitud pareció casi familiarizada con él; mientras que la matrona Grettet Pfaall profirió una exclamación de alegría al verlo, declarando que era positivamente el sombrero de su querido esposo.
    Ahora bien: esta circunstancia parecía tanto más importante cuanto que Pfaall había desaparecido de Rotterdam con tres compañeros hacía unos cinco años, de una manera tan repentina como inexplicable, y hasta el momento en que comienza este relato, todos los esfuerzos para obtener noticia de los ausentes fueron completamente inútiles. Cierto que se habían descubierto últimamente, en un punto retirado de la ciudad, algunas osamentas que se creyeron humanas, mezcladas con restos de extraño aspecto, llegando a suponer algunos que en aquel lugar se había cometido un horrible asesinato, y que Hans Pfaall y sus compañeros habían sido probablemente las víctimas.
    El globo, pues en efecto lo era, hallábase entonces a cien pies del suelo, y la multitud podía ver claramente al personaje que lo ocupaba. Era, por cierto, un ser extraño; sólo medía dos pies de estatura, pero su pequeñez no lo habría librado de perder el equilibrio y caer de su diminuta barquilla, a no haber tenido ésta un reborde circular que llegaba hasta el pecho del singular individuo, estando sujeto por las cuerdas del globo.

miércoles, 15 de enero de 2014

Epitafio..


Un pájaro vivía en mí.
Una flor viajaba en mi sangre.
Mi corazón era un violín.

Quise o no quise. Pero a veces
me quisieron. También a mí
me alegraban: la primavera,
las manos juntas, lo feliz.

¡Digo que el hombre debe serlo!

Aquí yace un pájaro.
Una flor.
Un violín.



J.G.

martes, 10 de diciembre de 2013

Fata Morgana


Un fantasma de ojos azules se ríe    
en la distancia, saltando hacia el poniente:    
por un camino que persigo eternamente,    
Tomo aliento y hacia allí voy.    

La luz del sol se quiebra gota a gota:    
va cantando y saltando alto    
entre las flores con un sonido de ensueño,    
en una canción de sueños.    

Me río, es tan rápido y alegre;    
tan distante que llora mi fantasía:    
Espero que pueda yacer algún día,    
yacer por siempre y soñar.   



Christina Rossetti 

miércoles, 13 de noviembre de 2013

El ladrón de Shady Hill


Me llamo Johnny Hake. Tengo treinta y seis años. Mido 1,78 en calcetines, peso 64 kilos desvestido, y estoy, por así decirlo, desnudo en este momento y hablando en la oscuridad. Fui concebido en el hotel St. Regis, nací en el hospital presbiteriano, me educaron en Sutton Place, fui bautizado y confirmado en la iglesia de San Bartolomé, y me entrené con los Knickerbocker Greys, jugué al rugby y al béisbol en Central Park, hacía gimnasia en el armazón de los toldos de los bloques de apartamentos del East Side, y conocí a mi mujer (Christina Lewis) en una de esas grandes fiestas en el Waldorf. Serví cuatro años en la marina, ahora tengo cuatro hijos y vivo en un suburbio llamado Shady Hill. Tenemos una hermosa casa con jardín y barbacoa al aire libre, y las noches de verano, sentado allí con los niños y mirando lo que el escote de Christina deja ver cuando se inclina para dar la vuelta a los filetes y echarles sal, o simplemente contemplando las luces del cielo, me estremezco como me estremecen ocupaciones más audaces y peligrosas, y me imagino que eso es lo que significa el dolor y la dulzura de la vida.

Inmediatamente después de la guerra, fui a trabajar con un fabricante industrial, y creí que aquel empleo acabaría convirtiéndose en mi vida. La empresa era patriarcal, es decir, el anciano te ponía a hacer una cosa y luego te cambiaba a otra, llevaba las riendas de cada caballo —el molino de Jersey y la planta de transformación de Nashville— y se comportaba como si hubiese soñado toda su industria en el curso de una siesta. Yo me quitaba del camino del viejo tan ágilmente como podía, y me comportaba en su presencia como si fuese un pedazo de arcilla que él hubiese moldeado con sus propias manos y al que hubiera infundido el fuego de la vida. Era el tipo de déspota que necesitaba una fachada, y en eso consistía el trabajo de Gil Bucknam. Era la mano derecha, la fachada y el pacificador del anciano, y podía negociar cualquier asunto con la humanidad de la que el viejo carecía, pero empezó a faltar a la oficina; al principio un día o dos, luego dos semanas, y posteriormente durante más tiempo. Al volver, alegaba problemas estomacales o vista cansada, aunque se veía de lejos que estaba trastornado. No era tan extraño, puesto que beber como un cosaco era uno de los cometidos que debía cumplir para la empresa. El viejo lo aguantó durante un año, y después vino a mi despacho una mañana y me dijo que me presentara en el apartamento de Bucknam y le comunicara que estaba despedido.

Era una maniobra tan sucia y tortuosa como enviar al botones a poner de patitas en la calle al presidente del consejo de administración. Bucknam no sólo era mi superior, sino que me llevaba muchos años y era un hombre que condescendía a pagarme una copa en cualquier momento, pero así solía proceder el viejo, y yo sabía lo que tenía que hacer. Telefoneé a casa de Bucknam y su mujer me dijo que podría ver a Gil esa tarde. Comí solo y anduve vagando por la oficina hasta eso de las tres; a esa hora salí, y me dirigí andando desde nuestra sede, en el centro de la ciudad, hasta el apartamento de Bucknam, en una de las calles setenta del East Side. Era a principios del otoño —se estaba celebrando el campeonato mundial de béisbol— y una tormenta se cernía sobre la ciudad. Alcancé a oír el estruendo de artillería en las nubes y a olisquear la lluvia cuando llegué al domicilio de Bucknam. Su mujer me hizo pasar, y todas las penalidades del pasado año parecían pintadas en su cara, apresuradamente escondidas por una densa capa de maquillaje. No he visto nunca unos ojos tan apagados; llevaba uno de esos vestidos anticuados con grandes flores estampadas que se usaban en las fiestas al aire libre. (Tenían tres hijos en la universidad, un yate con un marinero a sueldo y muchos otros gastos.) Gil estaba en la cama y la señora Bucknam me llevó al dormitorio. La tormenta estaba ahora a punto de estallar, y todo estaba bañado por una grata semioscuridad tan semejante al alba que más que transmitirnos uno a otro malas noticias parecía que estábamos durmiendo y soñando.

Gil estuvo divertido, adorable, condescendiente, y me dijo que se alegraba muchísimo de verme; había comprado un montón de regalos para mis hijos en su último crucero a las Bermudas, y se había olvidado de enviármelos.

—¿Podrías traer esas cosas, cariño? —preguntó—. ¿Te acuerdas de dónde las pusimos?

Ella volvió a entrar en la habitación con cinco o seis paquetes grandes de aspecto caro y los depositó sobre mis rodillas.

Pienso en mis hijos como un padre afectuoso, y me encanta hacerles regalos. Por eso me entusiasmé. Era una artimaña, desde luego —sospecho que de ella—, una de las muchas que seguramente habría concebido a lo largo del año anterior para que el mundo no se les cayera encima. (Pude advertir que el papel de envolver no era reciente, y al llegar a casa y encontrar dentro unos viejos suéters de cachemira que las hijas de Gil no habían llevado a la universidad y una gorra escocesa con la badana sucia, aumentó mi compasión por los Bucknam en apuros). Con el regazo lleno de obsequios para mis niños y la piedad rezumando por todos mis poros, no me atreví a darle la puntilla. Hablamos del campeonato de béisbol y de ciertos asuntos insignificantes de la oficina, y cuando empezó a llover y se levantó viento ayudé a la señora Bucknam a cerrar las ventanas del apartamento. Después me marché, cogí uno de los primeros trenes y me volví a casa en medio de la tormenta. Cinco días después, Gil Bucknam tomó la decisión de dejar la bebida definitivamente y se presentó en la oficina para sentarse de nuevo a la derecha del anciano patrón; la mía fue una de las primeras cabezas que pidió. Di en pensar que si mi destino hubiera sido ser bailarín de ballet ruso o fabricar piezas de orfebrería, pintar bailarinas Schuhplattler en cajones de escritorio y paisajes sobre conchas de almeja o vivir en algún lugar de marea muy baja como Provincetown, no habría conocido un puñado de gente más extraña que la que conocía en aquella empresa. Y entonces me decidí a volar con mis propias alas.

sábado, 5 de octubre de 2013

Ciencia de la Lógica

G. W. F. Hegel


Creí que había pensado, en el balcón, mirando al cielo,
que no hay nada inmediato;
que la pura presencia no se da como tal;
que siempre está envuelta en una malla inacabable de mediaciones;
que lo primero es la mediación y que ésta nunca puede ser detenida y aislada.
 
Pero no. 
No es posible que haya sido yo,
aunque desearía que no fuera un triste sueño.


J. Jorge Sánchez


viernes, 4 de octubre de 2013

Śmierć


Está aquí al lado
anda por aquí
no para de dar vueltas
siempre en movimiento
con su propia lista de direcciones

tiene un corazón fuerte
no se queja del cansancio
no se deprime
no tiene tiempo para la hipocondría

un dechado de salud

tiene una vista perfecta
no se puede contar con que no se dé cuenta
tiene una memoria formidable
no hay que esperar que puede que se olvide

es aplicada
se concentra
es muy precisa

la perfección desde todos los puntos de vista


R.K

martes, 17 de septiembre de 2013

De Balística

Ne saxa ex catapultis latericium discuterent. 
-César, De bello civili lib. 2.

Catapultae turribus impositae et quoe
 spicula mitterent, et quoe saxa.
-Appianus, Ibericoe

Esas que allí se ven, vagas cicatrices entre los campos de labor, son las ruinas del campamento de Nobílior. Más allá se alzan los emplazamientos militares de Castillejo, de Renieblas y de Peña Redonda. De la remota ciudad sólo ha quedado una colina cargada de silencio...

-¡Por favor! No olvide usted que yo he venido desde Minnesota. Déjese ya de frases y dígame qué, cómo y a cuál distancia disparaban las balistas.

-Pide usted un imposible.

-Pero usted es reconocido como una autoridad universal en antiguas máquinas de guerra. Mi profesor Burns, de Minnesota, no vaciló en darme su nombre y su dirección como un norte seguro.

-Dé usted al profesor, a quien estimo mucho por carta, las gracias de mi parte y un sincero pésame por su optimismo. A propósito, ¿qué ha pasado con sus experimentos en materia de balística romana?

-Un completo fracaso. Ante un público numeroso, el profesor Burns prometió volarse la barda del estadio de Minnesota y le falló el jonrón. Es la quinta vez que le hacen quedar mal sus catapultas, y se halla bastante decaído. Espera que yo le lleve algunos datos que lo pongan en el buen camino, pero usted...

-Dígale que no se desanime. El malogrado Ottokar von Soden consumió los mejores años de su vida frente al rompecabezas de una ctesibia machina que funcionaba a base de aire comprimido. Y Gatteloni, que sabía más que el profesor Burns, y probablemente que yo, fracasó en 1915 con una máquina estupenda, basada en las descripciones de Ammiano Marcelino. Unos cuatro siglos antes, otro mecánico florentino, llamado Leonardo de Vinci, perdió el tiempo construyendo unas ballestas enormes, según las extraviadas indicaciones del célebre amateur Marco Vitruvio Polión.

-Me extraña y ofende, en cuanto devoto de la mecánica, el lenguaje que usted emplea para referirse a Vitruvio, uno de los genios primordiales de nuestra ciencia.

-Ignoro la opinión que usted y su profesor Burns tengan de este hombre nocivo. Para mí, Vitruvio es un simple aficionado. Lea usted por favor sus libri decem con algún detenimiento: a cada paso se dará cuenta de que Vitruvio está hablando de cosas que no entiende. Lo que hace es transmitirnos valiosísimos textos griegos que van de Eneas el Táctico a Herén de Alejandría, sin orden ni concierto.

-Es la primera vez que oigo tal desacato. ¿En quién puede uno entonces depositar sus esperanzas? ¿Acaso en Sexto Julio Frontino?

-Lea usted su Stratagematon con la mayor cautela. A primera vista se tiene la impresión de haber dado en el clavo. Pero el desencanto no tarda en abrirse paso a través de sus intransitables descripciones y errores. Frontino sabía mucho de acueductos, atarjeas y cloacas, pero en materia de balística es incapaz de calcular una parábola sencilla.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Do que quero

De lo que quiero reniego, si el quererlo 
Me pesa en las ganas. Nada que haya 
Vale que le concedamos 
Una atención que duela. 

Mi balde expongo a la lluvia, para tener agua. 
Mis ganas, así, al mundo expongo, 
Recibo lo que me es dado, 
Y lo que falta no quiero. 

Lo que me es dado quiero 
Después de dado, grato. 

No quiero más que lo dado 
O por lo que tengo deseo.




Ricardo Reis

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Madrigal



Yo me haré millonario una noche
gracias a un truco que me permitirá fijar las imágenes 
en un espejo cóncavo. O convexo.

Me parece que el éxito será completo
cuando logre inventar un ataúd de doble fondo 
que permita al cadáver asomarse a otro mundo.

Ya me he quemado bastante las pestañas
en esta absurda carrera de caballos
en que los jinetes son arrojados de sus cabalgaduras 
y van a caer entre los espectadores.

Justo es, entonces, que trate de crear algo
que me permita vivir holgadamente
O que por lo menos me permita morir.

Estoy seguro de que mis piernas tiemblan,
sueño que se me caen los dientes
& que llego tarde a unos funerales.

n. p.