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miércoles, 1 de enero de 2025

...Entonces vino..

 



Entonces vino un hombre con un diente    
de oro me preguntó qué es un    
paralelogramo entonces dije yo pues no    
lo sé entonces dijo no importa madame    
conozco a dos que lo llevan como baratija    
consigo pero también como plantilla del calzado en    
días especialmente fríos entonces dije yo si    
así lo dice conozco también a uno    
personalmente    
al otro    
de oídas    
eso me alcanza ya    
bien ordenadamente    
para este malestar    



Herta Muller

sábado, 31 de mayo de 2014

La Oración Fúnebre..


 E
n la  estación,  los parientes  avanzaban junto al  tren humeante. A cada paso agitaban el brazo levantado y hacían señas.

Un joven estaba de pie tras la ventanilla  del  tren. El  cristal  le llegaba  hasta debajo de los  brazos. Sostenía  un ramillete  ajado de flores blancas a la altura del pecho. Tenía la cara rígida.

Una mujer joven  salía de la estación  con un niño de aspecto inexpresivo. La mujer tenía una joroba.

El tren iba a la guerra. Apagué el televisor.

Papá  yacía  en  su  ataúd  en  medio  de  la  habitación.  De  las paredes colgaban tantas fotos que ya ni se veía la pared.

En una de ellas  papá era la  mitad  de grande que la  silla a  la cual se aferraba.

Llevaba  un  vestido  y   sus piernas  torcidas  estaban llenas  de pliegues adiposos. Su cabeza, sin pelo, tenía forma de pera.

En otra foto aparecía  en traje de novio.  Sólo se le  veía  la  mitad del pecho. La otra mitad era un ramillete ajado de flores blancas que mamá tenía  en la  mano. Sus cabezas estaban tan cerca una de la otra que los lóbulos de sus orejas se tocaban.

En otra foto se veía  a papá ante una valla,  recto como un huso. Bajo sus zapatos altos había nieve. La nieve era tan blanca que papá quedaba en el  vacío. Estaba  saludando con la  mano levantada  sobre la cabeza. En el cuello de su chaqueta había unas runas.

En la  foto de al  lado  papá llevaba  una azada al  hombro. Detrás de él,  una planta  de maíz  se erguía  hacia  el  cielo.  Papá tenía  un sombrero puesto. El sombrero daba una sombra ancha y  ocultaba  la cara de papá.

En la  siguiente  foto, papá iba  sentado al  volante  de un camión. El camión estaba  cargado de reses.  Cada semana papá transportaba reses  al  matadero  de  la  ciudad. Papá  tenía una  cara  afilada, de rasgos duros.

En todas las  fotos quedaba congelado  en medio  de un gesto. En todas las  fotos parecía  no saber nada más. Pero papá siempre  sabía más. Por eso todas las  fotos eran falsas. Y todas esas  fotos falsas, con todas  esas  caras  falsas,  habían  enfriado  la  habitación. Quise levantarme  de la  silla,  pero el  vestido  se me había  congelado  en la madera. Mi  vestido era  transparente  y   negro. Crujía cuando me movía. Me levanté y  le toqué la cara a papá. Estaba más fría que los demás objetos de la habitación. Fuera era  verano. Las  moscas, al volar, dejaban caer sus larvas. El  pueblo  se extendía  bordeando el ancho camino de arena, un camino  caliente,  ocre, que le  calcinaba  a uno los ojos con su brillo.

El  cementerio era de rocalla. Sobre las  tumbas había enormes piedras.

Cuando miré el suelo, noté que las suelas de mis zapatos se habían vuelto hacia arriba. Me había  estado pisando todo el tiempo los cordones, que, largos y gruesos, se enroscaban en los extremos, detrás de mí.

Dos hombrecillos tambaleantes sacaron el ataúd del coche fúnebre y lo bajaron a la tumba con dos cuerdas raídas. El ataúd se columpiaba. Los brazos y las cuerdas se alargaban cada vez más. Pese a la sequedad, la fosa estaba llena de agua.

Tu padre tiene muchos muertos en la conciencia, dijo uno de los hombrecillos borrachos.

Yo le dije: estuvo en la guerra. Por cada veinticinco muertos le daban una condecoración. Trajo a casa varias medallas.

Violó a una  mujer en  un campo  de nabos, dijo el hombrecillo. Junto con cuatro soldados más.  Tu padre  le puso un nabo entre las piernas. Cuando nos fuimos, la mujer sangraba. Era una rusa. Después de aquello, y durante semanas, nos dio por llamar nabo a cualquier arma.

Fue a finales de otoño, dijo el hombrecillo. Las hojas de los nabos estaban negras y pegadas por la helada. El hombrecillo colocó luego una piedra gruesa sobre el ataúd. El otro hombrecillo borracho siguió hablando:

Ese Año Nuevo fuimos a la ópera en una pequeña ciudad alemana. Los agudos de la cantante eran tan estridentes como los gritos de la rusa. Abandonamos la sala uno tras otro. Tu padre se quedó hasta el final. Después, y durante semanas, llamó nabos a todas las canciones y a todas las mujeres.

El hombrecillo bebía aguardiente. Las tripas le sonaban. Tengo tanto aguardiente en la barriga como agua subterránea hay en las fosas, dijo.

6..

                               

                                   Y nada acaba
                                                                 en el alfabeto de la angustia
                                                                           tan cabezacaninamente pesado
                                                                              y a la vez lagartijamente delicado
                                               como el presente..




                                     h. m.



domingo, 16 de marzo de 2014

La ciudad está impregnada de vacío..



Un coche me atropella los ojos con sus faros.
El conductor maldice porque no me ve bien en la oscuridad.

Los barrenderos están de servicio.

Barren las bombillas, barren las calles fuera de las ciudades,
barren el vivir de las viviendas,
me barren las ideas de la cabeza,
me barren de una pierna a otra, me barren los pasos al andar.

Los barrenderos me envían luego sus escobas, sus magras
escobas saltarinas. Los zapatos se me alejan taconeando.

Y camino detrás de mí, caigo fuera de mí, por sobre el borde
de mis pensamientos.

A mi lado ladra el parque. Las lechuzas se comen los besos
que han quedado en los bancos.

Las lechuzas ni me miran.

En la maleza se acurrucan los sueños cansados, hartos de trajinar.

Las escobas me barren la espalda porque me apoyo
demasiado contra la noche.

Los barrenderos hacen un montón con las estrellas, las barren
en sus palas y las vacían en el canal.

Un barrendero le dice a otro barrendero, que se lo dice a otro
y este luego a otro.
De pronto los barrenderos de todas las calles hablan a la vez.
Yo paso por entre sus gritos, por entre la espuma de sus voces,
me quiebro, me precipito al abismo de los significados.

Camino a grandes zancadas. Me quedo sin piernas al caminar.
El camino ha sido barrido.
Las escobas me caen encima.
Todo da un vuelco.
La ciudad va por el campo a la deriva, hacia algún punto.



h. m.