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viernes, 2 de mayo de 2014

A Gnome there was..


Tim Crockett nunca debió escabullirse dentro de la mina de la montaña Dornsef. Lo que se planea en California puede acarrear consecuencias desastrosas en las minas de carbón de Pensilvania, Especialmente cuando los gnomos están involucrados. Claro que Tim Crockett no sabía nada de los gnomos. El simplemente estaba estudiando las condiciones de vida de las clases bajas, por usar sus propias e impertinentes palabras. Pertenecía a un grupo de californianos del sur que habían resuelto que los trabajadores les necesitaban. No era precisamente así. Eran ellos quienes necesitaban trabajar, ocho horas al día, por lo menos. Crockett, como sus colegas, consideraba al trabajador una combinación de gorila y Hombre de la Azada que tal vez incluía a algún Kallikak entre sus ancestros. Hablaba enérgicamente de las minorías explotadas, escribía artículos virulentos para Tierra, el órgano del grupo, y se las compuso hábilmente para no ingresar como actuario en el bufete del padre. Tenía, según sus palabras, una misión. Lamentablemente, ni obreros ni opresores simpatizaban mucho con él. Cualquier psicólogo habría analizado fácilmente a Crockett. Era un jovenzuelo alto, delgado, vivaz, con ojillos acuosos y buen gusto para las corbatas. Todo lo que necesitaba era una buena patada en el trasero.

¡Pero ciertamente que no, propinada por un gnomo! Viajaba cómodamente por el país con el dinero de su padre, investigando las condiciones de trabajo, para gran fastidio de los trabajadores que encontraba. Fue con ese propósito que entró subrepticiamente en la mina de carbón Ayax —o al menos en una de sus fosas— después de disfrazarse de minero y tiznarse la cara con polvo negro. Al bajar en —el montacargas, lucía especialmente desaliñado en medio de un grupo de caras impecables. Los mineros eran sucios sólo después de un día de trabajo. La montaña Dornsef es una especie de colmena, pero no por los túneles de la Compañía Ayax. Los gnomos conocen modos de bloquear los túneles cuando los humanos cavan demasiado cerca. El lugar desorientó completamente a Crockett. Se limitó a seguir a los otros, hasta que se pusieron a trabajar. Una vagoneta llena pasó traqueteando por los rieles. Crockett titubeó, y luego abordó a un espécimen huraño que parecía llevar las señales de una gran aflicción estampadas en la cara.
—Oye —le dijo—. Quiero hablar contigo.
—¿Inglís? —preguntó el otro—. Viski. Yinebra. Vinu. Demonios.

Tras demostrar así su imperfecto dominio del idioma, soltó una risotada ronca y regresó al trabajo ignorando al desconcertado Crockett, que se lanzó a la búsqueda de otra víctima. Pero este sector de la mina parecía desierto. Otra vagoneta cargada le pasó al lado, y Crockett decidió averiguar de dónde venía. Lo consiguió después de golpearse dolorosamente la cabeza y caer de bruces por lo menos cinco veces. Venía de un agujero en la pared. Crockett entró, y simultáneamente oyó un grito ronco a sus espaldas. El desconocido ordenó a Crockett que regresara.

—¡Vuelve o te quiebro ese pescuezo cuadrado! —prometió, añadiendo un rosario de maldiciones siseantes—, ¡Fuera de allí!

Crockett miró hacia atrás, vio un amenazante perfil de gorila, y de inmediato comprendió que su estratagema había sido descubierta. Los propietarios de la mina Ayax tenían un matón para asesinarlo, o al menos para reducirle a una pulpa insensible. El terror prestó alas a los pies de Crockett. Frenético, echó a correr en busca de un túnel lateral donde perderse. Los bramidos del otro retumbaban contra las paredes. Y de pronto, Crockett oyó claramente una frase significativa:

—¡...antes que estalle esa dinamita!
En ese preciso instante la dinamita estalló. Crockett, sin embargo, no se enteró. Descubrió, muy fugazmente, que estaba volando. De golpe, el techo le detuvo dolorosamente. Después perdió el conocimiento, y cuando se recobró, vio una cabeza que le observaba fijamente. No era una cabeza alentadora, y por cierto no inspiraba un sentimiento instintivo de camaradería. En realidad era bastante extraña, cuando no repulsiva. Como Crockett ya tenía demasiado con mirarla, no advirtió que estaba viendo en la oscuridad. ¿Cuánto tiempo había permanecido inconsciente? Tenía el vago presentimiento de que había sido bastante. La explosión... ¿Qué? ¿Lo había sepultado detrás de un techo de roca desmoronado? Crockett no se habría sentido mucho mejor de haber sabido que estaba en un túnel agotado, ya sin valor, abandonado hacía mucho tiempo. Los mineros sabían que al dinamitar para abrir un nuevo conducto el viejo se derrumbaría, pero eso no importaba.

Salvo para Tim Crockett. Parpadeó, y cuando volvió a abrir los ojos la cabeza había desaparecido, Era un alivio. Crockett se convenció de que esa cosa desagradable había sido un espejismo. De hecho, costaba recordar el aspecto. Sólo le quedaba la vaga impresión de un perfil de nabo, grande, con ojos centelleantes, y una fisura increíblemente ancha en el lugar de la boca. Crockett se levantó, gruñendo. ¿De dónde venía ese resplandor plateado? Era como la luz del día en una tarde brumosa, que no procede de un foco específico ni arroja sombras. 'Radio', pensó Crockett, que sabía un poco de mineralogía. Estaba en un túnel que se iba angostando en la penumbra hasta un recodo abrupto a quince metros de distancia.

Detrás de él... Detrás de él, el techo se había derrumbado. Instantáneamente Crockett tuvo dificultades para respirar. Se lanzó de inmediato sobre el montículo ripioso, arrojando rocas aquí y allá, jadeando y emitiendo ruidos roncos e inarticulados. De pronto reparó en sus manos. Cejó poco a poco en sus esfuerzos hasta quedarse absolutamente inmóvil, acuclillado, mirándose los objetos grandes, nudosos y sorprendentes que le crecían de las muñecas. ¿Era posible que durante su período de inconsciencia se haya puesto mitones? En el mismo momento en que le asaltó esa idea Crockett comprendió que jamás se tejieron mitones ni remotamente parecidos a lo que él, muy lógicamente, suponía eran sus manos. Se le estremecieron ligeramente.

Quizás estaban embadurnadas de barro. No. No era barro. Las manos se le habían...alterado. Eran objetos enormes, rugosos, pardos, como nudosas raíces de roble. Una pelambre negra y rala les crecía en el dorso. Las uñas necesitaban manicura, por cierto. Preferiblemente con cincel. Crockett se miró a sí mismo. Emitió unos chillidos frágiles —testimonios de su incredulidad—. Tenía piernas rechonchas y arqueadas, gruesas y fuertes, de no más de medio metro de largo. Menos, en todo caso. Temblando de incertidumbre, Crockett exploraba su cuerpo. Había cambiado, y no ciertamente para mejor. Tenía poco más de un metro veinte de estatura, y un metro de ancho, con un torso redondeado, pies enormes y chatos, piernas gruesas y cortas, y le faltaba el cuello. Llevaba sandalias rojas, pantalones cortos y azules, y una túnica roja que dejaba descubiertos los brazos flacos y musculosos. La cabeza... Tenía forma de nabo. La boca... ¡Ay! Sin darse cuenta Crockett se había metido el puño dentro. Retiró de inmediato la mano ofensora, miró perplejo alrededor y se desplomó en el suelo. No podía ser cierto. Era totalmente imposible. Alucinaciones. Estaba muriendo de asfixia y en su agonía tenía visiones. Crockett cerró los ojos, de nuevo convencido de que sus pulmones buscaban aire.

—Me muero —dijo—. No p-puedo respirar.
—¡No creerás que estás respirando aire... —dijo una voz desdeñosa.
—Yo n-no...
Crockett no terminó la frase. Abrió de nuevo los ojos. Oía cosas. Las oyó de nuevo.
—Eres un gnomo bastante inservible —dijo la voz—. Pero bajo la ley de Nid no podemos elegir a gusto. No obstante, no servirás para extraer metales duros, por lo que veo. Tu velocidad será adecuada para la antracita. ¿Qué estás mirando? Eres mucho más feo que yo.

Crockett trató de relamerse los labios resecos y se horrorizó al descubrir que la punta de la lengua húmeda se le arrastraba con indolencia sobre los ojos. La retrajo con un fuerte chasquido y logró ponerse de pie. Después se quedó absolutamente quieto, mirando. La cabeza había desaparecido. Esta vez tenía un cuerpo debajo.