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viernes, 20 de diciembre de 2013
Un mensaje a Marte
—Tal vez no lo sepan —declaró Rowston—, pero el siglo pasado, una mujer dejó en su testamento una importante suma para comunicarse con el planeta Marte.
La conversación se había vuelto muy científica en el club, y Rowston, considerado por todos como el más científico de cuantos estaban reunidos, tenía vía libre para él solo.
—Era una mujer —siguió diciendo—, y los sabios a quienes dejó el dinero decidieron marcar por todo el norte de Francia el diagrama de aquel maravilloso teorema del primer libro de Euclides, en el que se demuestra que el cuadrado construido sobre la hipotenusa de cualquier triángulo rectángulo es igual a la suma de los cuadrados construidos sobre sus catetos. Es en verdad un teorema maravilloso y resulta difícil creerlo cuando se mira con atención. Parece tan disparatado pensar que, cualquiera que sea la forma del triángulo, con tal de que uno de sus ángulos sea recto, esos dos cuadrados sumados sean siempre exactamente iguales al tercero, es decir, que el mayor de los tres sea un poco más grande que el mediano y la diferencia sea el tercero… Muchas veces me pregunto cómo pudo ocurrírsele semejante cosa a Euclides.
—¿Y qué resultó de todo eso? —preguntó uno de los miembros, tan interesado en la ciencia como en el golf.
—Ya ven ustedes —contestó Rowston—. Aquellos franceses pensaron que los marcianos debían ser más inteligentes que nosotros, pues iniciaron antes su civilización en vista de que su planeta es más chico y se enfrió antes que el nuestro, y debían saber ya todas las cosas que nosotros conocemos, así como debían haber superado muchos de nuestros errores. En fin, para resumir sus argumentos en pocas palabras, afirmaban que ningún pueblo inteligente podía ignorar la vieja verdad sobre los cuadrados; y cuando vieran el diagrama sabrían que nosotros somos también inteligentes. Y entonces no tendrían más remedio que enviar una respuesta, un mensaje.
—¿Y qué ocurrió? —preguntó uno de nosotros.
—Ocurrió que el gobierno francés decidió que la mujer no estaba en sus cabales y que su legado era una frivolidad, e impidió que el dinero fuera a donde había sido destinado. Pasó a manos de sus sobrinos. Pero yo imagino que si ella estaba loca, no fue prudente que el dinero pasara a manos de sus familiares, que tal vez estaban locos también. Y cuanto más dinero tuvieran, mayores posibilidades había de que les saliera la locura a la superficie.
—La mujer no estaba loca —afirmó Jorkens.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Rowston ásperamente, a quien no le gustaban las interrupciones cuando hablaba de temas científicos.
—Estaba perfectamente cuerda —añadió Jorkens—. Y la señal pudo hacerse, y Marte contestó al fin.
—¿Marte contestó? —dijimos todos. Rowston permaneció en silencio.
—Sí —dijo Jorkens—, y creo que aquellos científicos no aceptaron la decisión de su gobierno. Nunca les satisfizo. Se dedicaron a recoger fondos, calladamente, y eso les llevó mucho tiempo, y muchos de ellos murieron antes de redondear una suma importante. En realidad, todos murieron ya hace muchos años. Pero la idea siguió adelante; y modestamente, sin que nadie se enterara de su propósito, pues los hubieran tomado por locos, juntaron lo suficiente pocos años antes de que se declarara la I Guerra Mundial.
—¿Y cómo lo sabes? —preguntó Rowston.
—Porque tuve la fortuna de conocer al único hombre capaz de conseguir ese mensaje marciano —contestó Jorkens.
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