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martes, 26 de enero de 2016

Dispersión..



       


Forma de sabueso         
  tiene el origen de las dispersiones.        
 Quise borrar su huella         
  & me siguió         
  en la brecha         
  en la huida.        
 Permaneció en el iris de mis ojos         
  y recorrió mis vetas más exhaustas.        





e. m.



domingo, 22 de noviembre de 2015

Felicidad Clandestina



 Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
      No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.

 Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como “fecha natalicio” y “recuerdos”.
 Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
 Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.
 Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
 Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
 Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
 Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diábolico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del “día siguiente” iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
 Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
 Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió a fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
 Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: Vas a prestar ahora mismo ese libro. Y a mí: Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras.
 ¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: “el tiempo que quieras” es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
 ¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
 Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire… había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.

 A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo.


c. l.


domingo, 1 de noviembre de 2015

Txoria txori..






Hegoak ebaki banizkio

nerea izango zen..

Ez zuen aldegingo..  


Bainan; honela..


Ez zen gehiago txoria izango.. 

Eta nik 

txoria nuen maite..


  Eta nik.. 

txoria nuen maite.. 






j. a.




jueves, 3 de septiembre de 2015

Los poseídos entre lilas..




I

- Se abrió la flor de la distancia. Quiero que mires por la ventana y me digas lo que veas, gestos inconclusos, objetos ilusorios, formas fracasadas... Como si te hubieses preparado desde la infancia, acércate a la ventana.

- Un café lleno de sillas vacías, iluminado hasta la exasperación, la noche en forma de ausencia, el cielo como de una materia deteriorada, gotas de agua en una ventana, pasa alguien que no vi nunca, que no veré jamás.

- ¿Qué hice del don de la mirada?

- Una lámpara demasiado intensa, una puerta abierta, alguien fuma en la sombra, el tronco y el follaje de un árbol, un perro se arrastra, una pareja de enamorados se pasea despacio bajo la lluvia, un diario en una zanja, un niño silbando...

- Proseguí.

- (En tono vengativo). Una equilibrista enana se echa al hombro una bolsa de huesos y avanza por el alambre con los ojos cerrados.

- ¡No!

- Está desnuda pero lleva sombrero, tiene pelos por todas partes y es de color gris de modo que con sus cabellos rojos parece la chimenea de la escenografía teatral de un teatro para locos. Un gnomo desdentado la persigue mascando las lentejuelas...

- Basta, por favor.

- (En tono fatigado). Una mujer grita, un niño llora. Siluetas espían desde sus madrigueras. Ha pasado un transeúnte. Se ha cerrado una puerta.
 

II

Si viera un perro muerto me moriría de orfandad pensando en las caricias que recibió. Los perros son como la muerte: quieren huesos. Los perros comen huesos. En cuanto a la muerte, sin duda se entretiene tallándolos en forma de lapiceras, cucharitas, de cortapapeles, de tenedores, de ceniceros. Sí, la muerte talla huesos en tanto el silencio es de oro y la palabra de plata. Sí, lo malo de la vida es que no es lo que creemos pero tampoco lo contrario.

Restos. Para nosotros quedan los huesos de los animales y de los hombres. Donde una vez un muchacho y una chica hacían el amor, hay cenizas y manchas de sangre y pedacitos de uña y rizos púbicos y una vela doblegada que usaron con fines oscuros y manchas de esperma sobre el lodo y cabezas de gallo y una casa derruida dibujada en la arena y trozos de papeles perfumados que fueron cartas de amor y la rota bola de vidrio de una vidente y lilas marchitas y cabezas cortadas sobre almohadas como almas impotentes entre los asfódelos y tablas resquebrajadas y zapatos viejos y vestido en el fango y gatos enfermos y ojos incrustados en una mano que se desliza hacia el silencio y manos con sortija y espuma negra que salpica a un espejo que nada refleja y niña que durmiendo asfixia a su paloma preferida y pepitas de oro negro resonantes como gitanos de duelo tocando sus violines a orillas del mar Muerto y un corazón que late para engañar y una rosa que se abre para traicionar y un niño llorando frente a un cuervo que grazna, y la inspiradora se enmascara para ejecutar una melodía que nadie entiende bajo una lluvia que calma mi mal. Nadie nos oye, por eso emitimos ruegos, pero ¡mira! el gitano más joven está decapitando con sus ojos de serrucho a la niña de la paloma.


III

Voces, rumores, sombras, cantos de ahogados: no sé si son signos o una tortura. Alguien demora en el jardín el paso del tiempo. Y las criaturas del otoño abandonadas al silencio.

Yo estaba predestinada a nombrar las cosas con nombres esenciales. Yo ya no existo y lo sé; lo que no sé es qué vive en lugar mío. Pierdo la razón si hablo, pierdo los años si callo. Un viento violento arrasó con todo. Y no haber podido hablar por todos aquellos que olvidaron el canto.

IV

Alguna vez, tal vez, encontraremos refugio en la realidad verdadera. Entretanto ¿puedo decir hasta qué punto estoy en contra? Te hablo de la soledad mortal. Hay cólera en el destino porque se acerca, entre las arenas y las piedras, el lobo gris. ¿Y entonces? Porque romperá todas las puertas, porque sacará afuera a los muertos para que devoren a los vivos, para que sólo haya muertos y los vivos desaparezcan. No tengas miedo del lobo gris. Yo lo nombré para comprobar que existe y porque hay una voluptuosidad inadjetivable en el hecho de comprobar.

Las palabras hubieran podido salvarme, pero estoy demasiado viviente. No, no quiero cantar muerte. Mi muerte... el lobo gris... la matadora que viene de la lejanía...¿No hay un alma viva en esta ciudad? Porque ustedes están muertos. ¿Y qué espera puede convertirse en esperanza si está todos muertos? ¿Y cuándo vendrá lo que esperamos? ¿Cuándo dejaremos de huir? ¿Cuándo ocurrirá todo esto? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Cuánto? ¿Por qué? ¿Para quién?



a.p.   
laciega    




lunes, 10 de agosto de 2015

Libro Tibetano de Los Muertos..


http://raislost.blogspot.mx/

PRIMER BARDO

Oh, amigo
El tiempo camina hacia ti para buscarte nuevos planos de la realidad.
Tu ego y tu nombre están en el juego de acabar.
Estas poniéndote enfrente de la Luz Clara.
Tú estás experimentando en esta realidad.
En el estado de libertad del ego donde todas las cosas son como un cielo vacío sin nubes.
Y el intelecto desnudo y limpio es como un trasplante vacío.
En este momento conoce por ti mismo y habita en este estado.
Lo que es llamado muerte del ego está viniendo hacia ti.

Recuerda:
Esta es la hora de la muerte y renacimiento.
Aprovecha de esta muerte temporal para obtener el perfecto estado.
Ilumínate.
Concentrado en la unidad de todos los seres vivientes.
Mantenido sobre la Luz Clara.
Usalo para alcanzar el entendimiento y el amor.
Si tú no puedes mantener la felicidad de la iluminación y si tú estás deslizándote dentro del contacto del mundo exterior.

Recuerda:
Las alucinaciones que puedes experimentar ahora, las visiones e introspecciones te enseñarán mucho sobre ti mismo y el mundo.
El velo de la rutinaria percepción será cambiado en tus ojos.
Recuerda la unidad de todas las cosas vivientes.
Recuerda la gloria de la luz clara.
Déjate guiar a través de tu nueva vida que viene.
Déjate guiar a través de las visiones de esta experiencia.
Si te sientes confuso, invoca la memoria de tus amigos y de tus maestros.
Trata de alcanzar y conservar la experiencia de la luz clara.

Recuerda:
La luz es la energía vital.
La llama sin fin de la vida.
Un ondulante y siempre cambiante torbellino de color puede apoderarse de tu visión.
Esta es la incesante transformación de la energía.
El proceso vital.
No temas.
Entrégate a él.
Únete.
Forma parte de ti.
Tú eres parte de él.

Recuerda también:
Más allá de la continua y fluyente electricidad de la vida es la última realidad.
El Vacío.
Tu propio saber, formado en la no-posesión de forma o color, es naturalmente vacío..
La realidad final.
El Todo bondad.
El Todo paz.
La Luz.
Resplandeciente.
El movimiento es el fuego de vida desde el cual todo viene.
Únete.
Forma parte de ti.
Más allá de la luz de la vida es el pacífico silencio del Vacío.
La quieta felicidad más allá de todas las transformaciones.
La sonrisa de Buda.
El Vacío no es la nada.
lnobstruido, brillando, conmoviendo, feliz.
El vacío es principio y final él mismo.
Consciencia de diamante.
El Todo Bondad Buda.
Tu propia consciencia, brillando, vacía e inseparable
No-pensamiento, no-visión, no-color, es vacío
El intelecto brillando y lleno de felicidad y silencioso. Este es el estado de perfecta iluminación.
Tu propia consciencia, brillando, vacía el inseparable del gran cuerpo resplandeciente,
no tiene nacimiento, ni muerte.
Es la inmutable luz que los tibetanos llaman Buda Amitabha.
El saber de la no-forma comenzando.
Conocido esto es suficiente.
Reconocer el vacío de tu propia consciencia para ser dominio de Buda
Permanece en este reconocimiento y tú mantendrás el estado de la divina mente de Buda.

miércoles, 13 de mayo de 2015

El mito de Sísifo..



  Los dioses habían condenado a Sísifo a rodar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvería a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.

Si se ha de creer a Homero, Sísifo era el más sabio y prudente de los mortales. No obstante, según otra tradición, se inclinaba al oficio de bandido. No veo en ello contradicción. Difieren las opiniones sobre los motivos que le convirtieron en un trabajador inútil en los infiernos. Se le reprocha, ante todo, alguna ligereza con los dioses. Reveló sus secretos. Egina, hija de Asopo, fue raptada por Júpiter. Al padre le asombró esa desaparición y se quejó a Sísifo. Éste, que conocía el rapto, se ofreció a informar sobre él a Asopo con la condición de que diese agua a la ciudadela de Corinto. Prefirió la bendición del agua a los rayos celestes.

Por ello le castigaron enviándole al infierno. Homero nos cuenta también que Sísifo había encadenado a la Muerte. Plutón no pudo soportar el espectáculo de su imperio desierto y silencioso. Envió al dios de la guerra, quien liberó a la Muerte de manos de su vencedor. Se dice también que Sísifo, cuando estaba a punto de morir, quiso imprudentemente poner a prueba el amor de su esposa. le ordenó que arrojara su cuerpo sin sepultura en medio de la plaza pública. Sísifo se encontró en los infiernos y allí irritado por una obediencia tan contraria al amor humano, obtuvo de Plutón el permiso para volver a la tierra con objeto de castigar a su esposa. Pero cuando volvió a ver este mundo, a gustar del agua y el sol, de las piedras cálidas y el mar, ya no quiso volver a la sombra infernal.

Los llamamientos, las iras y las advertencias no sirvieron para nada. Vivió muchos años más ante la curva del golfo, la mar brillante y las sonrisas de la tierra. Fue necesario un decreto de los dioses. Mercurio bajó a la tierra a coger al audaz por la fuerza, le apartó de sus goces y le llevó por la fuerza a los infiernos, donde estaba ya preparada su roca. Se ha comprendido ya que Sísifo es el héroe absurdo. Lo es en tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron ese suplicio indecible en el que todo el ser dedica a no acabar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones de esta tierra. no se nos dice nada sobre Sísifo en los infiernos. Los mitos están hechos para que la imaginación los anime. Con respecto a éste, lo único que se ve es todo el esfuerzo de un cuerpo tenso para levantar la enorme piedra, hacerla rodar y ayudarla a subir una pendiente cien veces recorrida; se ve el rostro crispado, la mejilla pegada a la piedra, la ayuda de un hombro que recibe la masa cubierta de arcilla, de un pie que la calza, la tensión de los brazos, la seguridad enteramente humana de dos manos llenas de tierra. Al final de ese largo esfuerzo, medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, se alcanza la meta. Sísifo ve entonces como la piedra desciende en algunos instantes hacia ese mundo inferior desde el que habrá de volverla a subir hacia las cimas, y baja de nuevo a la llanura. Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa. Un rostro que sufre tan cerca de las piedras es ya él mismo piedra.

Veo a ese hombre volver a bajar con paso lento pero igual hacia el tormento cuyo fin no conocerá. Esta hora que es como una respiración y que vuelve tan seguramente como su desdicha, es la hora de la conciencia. En cada uno de los instantes en que abandona las cimas y se hunde poco a poco en las guaridas de los dioses, es superior a su destino. Es más fuerte que su roca. Si este mito es trágico lo es porque su protagonista tiene conciencia.

¿ En qué consistiría, en efecto, su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito?. El obrero actual trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo.

Pero no es trágico sino en los raros momentos en se hace consciente. Sísifo, proletario de los dioses, impotente y rebelde conoce toda la magnitud de su condición miserable: en ella piensa durante su descenso. La clarividencia que debía constituir su tormento consuma al mismo tiempo su victoria. No hay destino que no venza con el desprecio.

Por lo tanto, si el descenso se hace algunos días con dolor, puede hacerse también con alegría. Esta palabra no está de más. Sigo imaginándome a Sísifo volviendo hacia su roca, y el dolor estaba al comienzo. Cuando las imágenes de la tierra se aferran demasiado fuertemente al recuerdo, cuando el llamamiento de la dicha se hace demasiado apremiante, sucede que la tristeza surge en el corazón del hombre: es la victoria de la roca, la roca misma. La inmensa angustia es demasiado pesada para poderla sobrellevar. Son nuestras noches de Getsemaní.

Pero las verdades aplastantes perecen al ser reconocidas. Así, Edipo obedece primeramente al destino sin saberlo, pero su tragedia comienza en el momento en que sabe.

Pero en el mismo instante, ciego y desesperado, reconoce que el único vínculo que le une al mundo es la mano fresca de una muchacha. Entonces resuena una frase desesperada: “A pesar de tantas pruebas, mi edad avanzada y la grandeza de mi alma me hacen juzgar que todo está bien”. El Edipo de Sófocles, como el Kirilov de Dostoievski, da así la fórmula de la victoria absurda. La sabiduría antigua coincide con el heroísmo moderno. No se descubre lo absurdo sin sentirse tentado a escribir algún manual de la dicha. ” Eh, cómo!. ¿ Por caminos tan estrechos…?”. Pero no hay más que un mundo. La dicha y lo absurdo son dos hijos de la misma tierra. Son inseparables. Sería un error decir que la dicha nace forzosamente del descubrimiento absurdo. Sucede también que la sensación de lo absurdo nace de la dicha. “Juzgo que todo está bien”, dice Edipo, y esta palabra es sagrada. Resuena en el universo y limitado del hombre. Enseña que todo no es ni ha sido agotado.

Expulsa de este mundo a un dios que había entrado en él con la insatisfacción y afición a los dolores inútiles.

Hace del destino un asunto humano, que debe ser arreglado entre los hombres. Toda la alegría silenciosa de Sísifo consiste en eso. Su destino le pertenece. Su roca es su cosa. Del mismo modo el hombre absurdo, cuando contempla su tormento, hace callar a todos los ídolos.


En el universo vuelto de pronto a su silencio se alzan las mil vocecitas maravillosas de la tierra. Llamamientos inconscientes y secretos, invitaciones de todos los rostros constituyen el reverso necesario y el premio de la victoria. No hay sol sin sombra y es necesario conocer la noche. El hombre absurdo dice que sí y su esfuerzo no terminará nunca. Si hay un destino personal, no hay un destino superior, o, por lo menos no hay más que uno al que juzga fatal y despreciable. Por lo demás, sabe que es dueño de sus días. En ese instante sutil en que el hombre vuelve sobre su vida, como Sísifo vuelve hacia su roca, en ese ligero giro, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierten en su destino, creado por el, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado por su muerte. Así, persuadido del origen enteramente humano de todo lo que es humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando. Dejo a Sísifo al pie de la montaña. Se vuelve a encontrar siempre su carga. Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. El también juzga que todo está bien. Este universo en adelante sin amo no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada trozo mineral de esta montaña llena de oscuridad forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso.



a. c.        



lunes, 26 de mayo de 2014

Una Soledad Demasiado Ruidosa..

      Bohumil Hrabal
  
1


Hace treinta y cinco años que trabajo con papel viejo y ésta es mi love story. Hace treinta y cinco años que prenso libros y papel viejo, treinta y cinco años que me embadurno con letras, hasta el punto de parecer una enciclopedia, una más entre las muchas de las cuales, durante todo este tiempo, habré comprimido alrededor de treinta toneladas, soy una jarra llena de agua viva y agua muerta, basta que me incline un poco para que me rebosen los más bellos pensamientos, soy culto a pesar de mí mismo y ya no sé qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí, y cuáles he adquirido leyendo, y es que durante estos treinta y cinco años me he amalgamado con el mundo que me rodea porque yo, cuando leo, de hecho no leo, sino que tomo una frase bella en el pico y la chupo como un caramelo, la sorbo como una copita de licor, la saboreo hasta que, como el alcohol, se disuelve en mí, la saboreo durante tanto tiempo que acaba no sólo penetrando mi cerebro y mi corazón, sino que circula por mis venas hasta las raíces mismas de los vasos sanguíneos. Por regla general, prenso unas dos toneladas por mes, y para tener fuerzas para este bendito trabajo, durante treinta y cinco años he bebido tanta cerveza que con ella se podría llenar una piscina olímpica o una buena cantidad de viveros de carpas navideñas. De esta manera, a pesar de mí mismo, me he vuelto sabio y ahora me doy cuenta de que mi cerebro es un fajo de pensamientos prensados en la prensa mecánica, mi cabeza calva es la nuez de Cenicienta, y sé bien que los tiempos en los que el pensamiento estaba inscrito en la memoria humana tenían que ser mucho más hermosos; si en aquel tiempo alguien hubiese querido prensar libros, tendría que haber prensado cabezas humanas, pero tampoco eso habría servido para nada, porque los verdaderos pensamientos provienen del exterior, van junto al hombre como su fiambrera de fideos y por eso todos los inquisidores del mundo queman los libros en vano, porque cuando un libro comunica algo válido, su ritmo silencioso persiste incluso mientras lo devoran las llamas, y es que un verdadero libro siempre indica algún camino nuevo que conduce más allá de sí mismo. Me compré una pequeña calculadora, una de esas multiplicadoras extractoras de raíces, una máquina menuda, no más grande que una cartera, y cuando reuní el valor necesario para abrir la parte de atrás con un destornillador, tuve un sobresalto de alegría porque dentro encontré una minúscula placa, no mayor que un sello, no más gruesa que diez hojas de un libro, y aparte de eso sólo aire, aire cargado de variaciones matemáticas. Lo mismo pasa cuando penetro con los ojos un buen libro, cuando despojo el texto de palabras impresas; entonces tampoco queda nada más que pensamientos irracionales que planean en el aire, que yacen en el aire, que se alimentan del aire, de la misma manera que la sangre está y al mismo tiempo no está en la sagrada forma. Hace treinta y cinco años que me dedico a envolver libros y papel viejo, vivo en un país que sabe leer y escribir desde quince generaciones atrás, vivo en un antiguo reino donde siempre ha persistido la costumbre y la obsesión de atiborrarse pacientemente la cabeza con ideas e imágenes que aportan un goce indescriptible y un dolor más grande aún, vivo envuelto entre personas dispuestas a dar incluso la vida por un paquete de ideas bien prensadas. Y ahora todo eso se repite en mis entrañas, hace treinta y cinco años que pulso los botones verde y rojo de mi prensa, y treinta y cinco años que bebo jarras enteras de cerveza, no para emborracharme, los borrachos me horrorizan, sino para poder reflexionar mejor, para penetrar hasta el corazón mismo de los textos, porque no leo para divertirme, ni para pasar el rato, ni para conciliar el sueño; yo, que vivo en un país donde la gente sabe leer y escribir desde quince generaciones atrás, bebo para que el texto me despierte, para que la lectura me produzca escalofríos, y es que comparto la opinión de Hegel de que una persona noble no es necesariamente un aristócrata, ni un criminal un asesino. Si supiera escribir, haría un libro sobre la mayor suerte y la mayor desgracia de los hombres. Los libros me han enseñado, y de ellos he aprendido que el cielo no es humano en absoluto y que un hombre que piensa tampoco lo es, no porque no quiera sino porque va contra el sentido común. Bajo mis manos y en mi prensa expiran libros preciosos y yo no puedo detener ese flujo. No soy sino un tierno carnicero. Los libros me han enseñado el placer y la voluptuosidad de la devastación, soy feliz cuando diluvia, me encantan los equipos de demolición, paso horas y horas de pie mirando cómo los dinamiteros hacen saltar por los aires manzanas enteras, calles enteras, como si hinchasen neumáticos gigantes, devoro con los ojos el primer segundo, cuando se levantan los ladrillos y las piedras y las vigas y un momento después las casas caen suavemente como vestidos desabrochados que se deslizasen por el cuerpo, como un transatlántico que se sumergiese en el mar tras la explosión de las calderas. Me quedo inmerso en una nube de polvo y en la música del crujido y pienso en mi trabajo y en el hondo subsuelo donde se halla mi prensa con la que llevo trabajando treinta y cinco años, a la luz de las bombillas eléctricas y oyendo el pisoteo en el patio por encima de mi cabeza, el ruido de los cuernos de la abundancia que vierten sus tesoros desde el cielo, el contenido de sacos y cajas de madera y de cartón, vaciado a través de un agujero en medio del patio que da a mi subsuelo, papel viejo, flores marchitas de las floristerías, papel de empaquetar de los grandes almacenes, programas viejos y billetes y envoltorios de helados, grandes hojas manchadas de pintura, montones de papel chorreando sangre de las carnicerías, recortes de película de los laboratorios fotográficos, el contenido de las papeleras de los despachos, mezclado con cintas usadas de máquinas de escribir, ramos de flores que celebraron el cumpleaños o la onomástica, a veces una bala de periódicos con un adoquín en el interior, que alguien habrá metido allí para que el papel pesara más, o cuchillos y tijeras, martillos y alicates, tajaderas de carnicero y tazas con manchas negras de café seco, mustios ramos de novia y coronas fúnebres de plástico de colorines. Hace treinta y cinco años que aplasto todas esas cosas en una prensa, tres veces por semana los camiones se llevan mis balas a la estación, las meten en los vagones y se las llevan a las fábricas de papel donde los obreros cortan los alambres que las atan y sumergen el resultado de mi trabajo en álcalis y ácidos, suficientemente fuertes para disolver incluso las hojas de afeitar que cada dos por tres me cortan las manos. Pero, al igual que en las aguas sucias y turbias de un río en el desagüe de una fábrica, resplandece de vez en cuando un pez magnífico, en el río de papel viejo también brilla a veces el lomo de un libro precioso; deslumbrado, miro un rato hacia otra parte antes de cogerlo, lo seco con el delantal, lo abro y huelo el texto, y sólo después fijo los ojos en la primera frase y la leo como si fuera una predicción homérica; entonces guardo el libro entre otros bellos hallazgos en una caja tapizada de estampas que alguien volcó en mi sótano por equivocación junto con varios libros de oraciones. Mi misa, mi ritual consiste no sólo en leer estos libros, sino en meter alguno en cada paquete que preparo, y es que tengo la necesidad de embellecer cada paquete, de darle mi carácter, mi firma. Éste es mi calvario: para que cada paquete sea diferente, debo prolongar mi jornada laboral, acabar dos horas más tarde y llegar al trabajo dos horas antes, trabajar a veces incluso los sábados para poder liquidar el inacabable montón de papel viejo. El mes pasado tiraron a mi subterráneo seiscientos kilos de reproducciones de maestros célebres, seiscientos kilos empapados de Rembrandt y Hals, de Monet y Manet, de Klimt y Cézanne, y demás campeones de la pintura europea, de modo que ahora embellezco cada una de mis balas con reproducciones y, al anochecer, mientras mis balas esperan en fila india delante del montacargas, me deleito contemplando aquella belleza, aquellos paquetes adornados con Ronda de noche, Saskia, El desayuno sobre la hierba, La casa del colgado o el Guernica. Y sólo yo sé que en el corazón de cada paquete descansa, abierto, aquí Fausto, allí Don Carlos, aquí, entre cartones sangrientos, Hyperion, allí, en una bala llena de sacos de cemento, Así habló Zaratustra. Sólo yo sé cuál de esos paquetes sirve de sepulcro a Goethe y a Schiller, cuál a Hölderlin y a Nietzsche. Yo soy al mismo tiempo el artista y el único espectador, y por eso cada día termino rendido y muerto de cansancio, agotado y trastornado y, para moderar y disminuir ese terrible desgaste de mí mismo, me tomo una jarra de cerveza tras otra y por el camino hacia la taberna Husensky tengo tiempo suficiente para meditar y soñar con el aspecto, con la belleza de mi próxima bala de papel.
Esas cantidades de cerveza las bebo para ver mejor lo que ha de venir, porque con cada bala doy sepultura a una preciosa reliquia, al ataúd de un niño cubierto de flores marchitas, con orla de aluminio y cabello de ángel; preparo un nido pequeño y acogedor para los libros que han aparecido en mi cueva de forma tan insólita como yo mismo. Por eso no tengo nunca el trabajo terminado, por eso el papel viejo se amontona en el patio hasta el techo, por eso se alza desde mi sótano hasta el techo del patio. Por eso el jefe a veces pincha aquella papelería con un garfio y me chilla a través del agujero, con la cara morada de rabia… Eh, Haňt’a, ¿qué haces? ¡Por Dios, deja los libros y date prisa! ¡El patio está lleno a rebosar hasta el techo y tu estás en la luna, vago! Y yo, al pie de la montaña, me encojo como Adán entre los matorrales, con un libro en la mano abro mis atemorizados ojos a un mundo extraño, distinto de aquel en el que me hallaba hace apenas un instante porque yo, cuando me sumerjo en la lectura, estoy en otra parte, dentro del texto, me despierto sorprendido y reconozco con culpa que efectivamente vuelvo de un sueño, del más bello de los mundos, del corazón mismo de la verdad. Diez veces al día me maravilla haberme alejado tanto de mí mismo. Así, extranjero y ajeno, cada anochecer me dirijo a mi casa, en silencio voy por las calles inmerso en una profunda meditación, paso de largo tranvías y coches y peatones, perdido en una nube de libros que acabo de encontrar en mi trabajo y que me llevo a casa en la cartera, así, soñando, cruzo en verde sin percatarme de ello, sin topar con los postes ni con la gente, camino, apestando a cerveza y a suciedad, pero sonrío porque tengo la cartera llena de libros de los cuales espero que por la noche me expliquen algo sobre mí mismo, algo que todavía desconozco. Camino entre el bullicio de la calle sin cruzar en rojo, yo puedo andar sin ser consciente, medio adormilado, en el umbral de la conciencia, en una especie de inspiración subterránea, la imagen de cada una de las balas que he comprimido ese día se va apagando suavemente, tiernamente, dentro de mí, tengo la sensación física de ser, yo también, un paquete de libros prensados, de que en mi interior arde una pequeña llama como la de un calentador o de una nevera de gas, una lucecita que nunca se apaga, un fuego que alimento diariamente con el aceite de los pensamientos, de las ideas que a pesar de mí mismo leo en los libros mientras trabajo y que ahora me llevo a casa en la cartera. Ando como una casa en llamas, como una granja ardiendo, la luz de la vida se alza del fuego y el fuego surge de la madera que muere, el hostil desconsuelo resta en el corazón de las cenizas y yo hace treinta y cinco años que prenso papel viejo, quedan cinco años para que me jubile, mi máquina se jubilará conmigo, no la abandonaré, estoy ahorrando, he abierto una libreta de ahorros para poder jubilarme con ella, para comprarla a la empresa, para llevármela a casa, colocarla en el jardín de mi tío, entre los árboles; entonces, allí en el jardín cada día haré una bala, una sola, pero ¡qué bala!, una bala elevada al cuadrado, una bala como una escultura, una obra de arte, depositare en ella todas mis ilusiones de juventud, todo lo que sé, todo lo que he aprendido a lo largo de estos treinta y cinco años de trabajo, haré mi obra maestra una vez jubilado, sólo trabajaré en los momentos de inspiración, un solo paquete al día de las tres toneladas de libros que tengo en casa, será un paquete del que nunca habré de avergonzarme, un paquete soñado, premeditado; y también, junto con los libros, echaré en la prensa serpentinas y confeti, será la creación de la belleza, cada día un paquete nuevo y al cabo de un año organizaré en ese mismo jardín una exposición de paquetes en la cual, bajo mi vigilancia, cada visitante podrá crear su propia bala: al pulsar el botón verde, cuando el cilindro de la prensa avanza para aplastar con una fuerza increíble el papel viejo adornado con libros y flores y residuos que cada cual habrá traído consigo, el espectador sensible experimentará la sensación de ser él mismo quien es comprimido en mi prensa mecánica. Finalmente llego a la penumbra de mi casa, me siento en una banqueta, la cabeza se me cae y acabo dormitando con los labios húmedos sobre las rodillas. A veces me quedo dormido, encogido de ese modo, hasta medianoche y, al despertarme, levanto la cabeza y me doy cuenta de que tengo el pantalón empapado en la rodilla, es la saliva de haber dormido acurrucado como un gatito en invierno, como la madera de un balancín, y es que yo puedo permitirme el lujo de abandonarme porque nunca estoy abandonado, estoy solo para poder vivir en una soledad poblada de pensamientos, porque yo soy un poco el Don Quijote del infinito y de la eternidad, y el Infinito y la Eternidad sienten predilección por la gente como yo.


miércoles, 21 de mayo de 2014

Las palabras..


                     

  Las palabras  son inútiles,  tercas,  retorcidas
   como tornillos  que  no  entran  rectos.
  Y me cansan.  Pero  son  lo  único  que  tengo.
  Los  juguetes  de  un  niño  pobre.
  Yacen  destripadas  a  mi  alrededor.
  Todo  su encanto  se derrama por  sus  vientres  abiertos.
  El mecanismo  hace  tiempo  que  dejó  de  resultar
                                                 intrigante  o  atractivo.
  No  hay  desafío.  No  hay  chispa.  No  hay  color.
  El mundo  es  tan  gris  como  mi  asco.
  Las palabras  son  los  puntales  de  mi abulia.
  Pero  son   –lo he dicho, lo repito–   lo único que tengo.

                                     r. w.           

domingo, 18 de mayo de 2014

Que creen que ven..



«Todo el mundo en esta sala cree, sin saberlo, o sin habérselo planteado, –al menos se comporta como si lo creyera–, que los niños de hasta siete u ocho años pertenecen a una especie diferente de la nuestra. Vemos a los niños como criaturas a punto de ser corrompidas  por lo mismo que nos corrompió a nosotros. Les hablamos y los tratamos como si estuviese en nuestras manos conseguir que sucedan cosas inimaginables. Hablamos de ellos como seres que llevan en sí la semilla de una raza superior a la nuestra. Y todos compartimos este sentimiento. Por eso en el terreno de la educación abundan los desencuentros y las disputas enconadas, y por eso no hay una sola persona en ningún país que esté satisfecho con lo que se ofrece a los niños [excepto, claro está, en las dictaduras, donde se les educa según las necesidades del estado]. Nos hemos acostumbrado a este hecho y no nos percatamos de lo extraordinario que es. En el caso de otras especies basta con enseñarle a las crías a sobrevivir, a adquirir la destreza de su mayores y los conocimientos prácticos suficientes. Mas sucede que cada generación profiere un gemido de angustia en algún punto determinado, como si la hubieran traicionado, vendido, estafado. Todas las generaciones sueñan con algo mejor para sus hijos, y todas se toman la llegada a la edad adulta de sus jóvenes con una desilusión profunda y secreta, aunque se trate de jóvenes que la misma sociedad ensalza como modelos. Todo esto se debe a la creencia arraigada, pero inconsciente, de que es posible algo mejor que uno mismo. Es como si los jóvenes evolucionasen hacia la adultez en una especie de carrera de obstáculos en que arrostran toda clase de peligros, mientras sus mayores se esfuerzan valerosa, pero inútilmente, por brindarles un futuro mejor. Una vez que alcanzan la madurez, hacen causa común con sus padres, vuelven la vista atrás hacia su infancia y siguen el crecimiento de su hijos con la misma angustia estéril. ¿Lograremos impedir que estos niños se echen a perder como nosotros? ¿Cómo evitarlo? ¡Quién no ha leído al menos una vez, en los ojos de un niño la crítica, la hostilidad, la sombría conciencia del prisionero? Esta actitud sólo se aprecia en ellos cuando todavía son muy jóvenes; es decir, mucho antes de que se alineen con los padres, antes incluso de que su individualidad se vea eclipsada por lo que sus padres dicen que es, por su ‘esto está bien y esto mal’.» El encuentro de aquella noche de padres preocupados por ofrecer a sus hijos algo mejor, una educación mejor, no fue ni más ni menos que un reflejo del fenómeno que se repite en cada generación. Todos los que le escuchaban, sentados en aquellas sillas duras, estaban atormentados por la sensación de que no habían desarrollado todo su potencial. Algo había ido mal. Un doloroso y equivocado proceso se había completado, y ellos, después de haber cursado unos estudios caros –la mayoría de los presentes pertenecía a la clase media–, habían quedado convertidos en seres deficientes, incompletos y en muchos casos claramente desviados. Así pues, no hacíamos sino seguir los pasos de las generaciones anteriores; y ahora mirábamos a nuestros niños como si poseyesen las cualidades necesarias para llegar a ser –siempre y cuando les proporcionáramos la educación apropiada– seres completamente diferentes de nosotros, mejores, más valientes, y alegres. Eso y mucho más: nos parecían cachorros de otra especie, libres, sin miedo, con todo un mar de posibilidades ante ellos, rebosantes de esta cualidad que todo el mundo reconoce, aunque nadie ha sabido definir, cualidad que todos los adultos pierden y saben que pierden.



d. l.


jueves, 8 de mayo de 2014

Rosa de Hiroshima..



    Piensen en la criaturas
     Mudas telepáticas
     Piensen en las niñas
     Ciegas inexactas
     Piensen en las mujeres
     Rotas alteradas
     Piensen en las heridas
     Como rosas cálidas
     Pero ¡oh! no se olviden
     De la rosa de la rosa
     De la rosa de Hiroshima
     La rosa hereditaria
     La rosa radioactiva
     Estúpida e inválida
     La rosa con cirrosis
     La anti-rosa atómica
     Sin color sin perfume
     Sin rosa sin nada.




 v. d  m.         



domingo, 20 de abril de 2014

IV.














Un extraño nace
y los destierros comienzan a amarlo.

Un extraño se atreve desde niño
a iluminar con su ojo lo sabido
y el cotidiano horror se hace patente
y el prodigio de ser cercena y mata.

Un extraño.
Roguemos para que no nos nazca
- y menos en la cuna de la casa-.

Un extraño perturba, inofensivo
pero comunitario de los solos.
Intercepta dentados engranajes
que permiten olvido y digestiones.

Un extraño.
Algunos armoniosos del maldito:
roguemos para que no nazca.

Llevemos las ofrendas
aplaquemos la ira.

Un extraño en la turba.
Un extranjero.

i. c.



viernes, 18 de abril de 2014



En Lend dejaron cesante a un cartero, que durante años no repartió todas las cartas de las que sospechaba noticias tristes ni, como es natural, todas las esquelas que recibía, sino que las quemaba en su casa. Finalmente, el Correo hizo que lo internaran en el manicomio de Scherrnberg, donde, con uniforme de cartero, va de un lado a otro repartiendo continuamente cartas, que echa en un buzón colocado expresamente para ello por la administración del manicomio en uno de los muros del manicomio, y que están dirigidas a los demás pacientes. Inmediatamente después de ser internado en el manicomio de Scherrnberg, el cartero pidió su uniforme de cartero, según se dice, para no tener que volverse loco.

 t. b.


lunes, 24 de marzo de 2014

Manchas en la pared..



                                         

Antes que caiga la noche total
 Estudiaremos las manchas en la pared:
  Unas parecen plantas
  Otras simulan animales mitológicos.

  Hipogrifos,
             dragones,
                      salamandras.

 Pero las más misteriosas de todas
  Son las que parecen explosiones atómicas.

En el cinematógrafo de la pared
 El alma ve lo que el cuerpo no ve:
   Hombres arrodillados
   Madres con criaturas en los brazos
   Monumentos ecuestres
   Sacerdotes que levantan la hostia:

     Órganos genitales que se juntan.

 Pero las más extraordinarias de todas
  Son
      sin lugar a dudas
                       Las que se parecen a explosiones atómicas.

n. p.


lunes, 17 de marzo de 2014

Mis encuentros con camellos..



Por tres veces entré en contacto con camellos y aquello concluyó en circunstancias trágicas.


«Tengo que enseñarte el mercado de camellos», decía mi amigo, justo tras mi llegada a Marrakesh. «Tiene lugar todos los jueves por la mañana ante la muralla en Bab-el-Khemis. Se encuentra realmente apartado, al otro lado de los muros de la ciudad; es mejor que te lleve.» Llegó el jueves y nos dirigimos hacia allí. Era algo tarde cuando llegamos a la inmensa plaza frente a la muralla de la ciudad ya casi al mediodía. La plaza estaba medio vacía. Al otro extremo, unos doscientos metros más allá de nosotros, había un grupo de personas; pero no vimos ningún camello. Los animales pequeños, con los que la gente se entretenía eran burros por lo general; la ciudad se encontraba repleta de ellos; portaban todo género de cargas y solían ser tan mal tratados que no deseaba ver más. «Llegamos demasiado tarde», dijo mi amigo. «El mercado de camellos ha terminado.» Me condujo hasta el centro de la plaza para convencerme de que verdaderamente no había nada más que ver.


Pero antes de que se detuviese vimos cómo se dispersaba un grupo de gente. En medio de ella apareció un camello erguido sobre tres patas, la cuarta le había sido atada al cuerpo. Tenía puesto un bozal rojo, una cuerda le atravesaba el ollar, y un hombre que se mantenía a cierta distancia trataba de hacerle avanzar de este modo. El camello corría un trecho hacia adelante, se paraba y saltaba entonces curiosamente sobre sus tres patas hacia arriba. Sus movimientos eran tan inesperados como in-quietantes. El hombre que debía guiarlo, cejaba siempre en su empeño; temía acercarse demasiado al animal y no parecía nada seguro cómo se comportaría éste a continuación. Pero tras cada sobresalto tiraba de nuevo y esto le permitió arrastrar al animal muy lentamente en una determinada dirección. Permanecimos parados y bajamos la ventanilla del coche; nos rodearon niños pedigüeños, por encima de sus voces mendicantes oíamos los gritos del camello. Una de las veces saltó con tal fuerza hacia un lado que el hombre que lo guiaba perdió la cuerda. Las personas que se encontraban a cierta distancia se alejaron. La atmósfera que rodeaba al camello estaba cargada de miedo, pero más miedo sentía aún el camello. El guía corrió un trecho junto a él y con la velocidad de un rayo agarró la cuerda que serpeaba por el suelo. El camello saltó lateralmente hacia arriba en un movimiento ondulante, pero no logró soltarse, siendo arrastrado de nuevo. 

Un hombre, en el que no habíamos reparado hasta entonces, apareció tras los niños que rodeaban nuestro automóvil, se apartó a un lado y nos explicó en un francés entrecortado: «El camello tiene rabia. Es peligroso. Lo conducen al matadero. Hay que tener mucho cuidado.» Adoptó un gesto grave. Entre frase y frase oíamos los gritos del animal. 
Le dimos las gracias por su información y nos fuimos entristecidos de allí. Durante los días siguientes hablamos con frecuencia del camello rabioso; sus desesperados movimientos nos habían dejado una huella profunda. Habíamos ido al mercado con la esperanza de ver centenares de esos apacibles y curvilíneos animales. Pero en la gigantesca plaza sólo encontramos uno, sobre tres patas, atado, en su última hora; mientras todavía luchaba por su vida nos fuimos de allí. 

Días después pasamos frente a otro sector de las murallas de la ciudad. Anochecía, el resplandor rojo se extinguía sobre el muro. Retuve en mis ojos tanto como me fue posible la imagen del muro y me regocijé ante su progresiva mutación cromática. Divisé en su sombra una gran caravana de camellos. La mayoría se había dejado caer sobre sus rodillas, otros permanecían todavía en pie. Unos hombres con turbante en la cabeza se movían laboriosos, pero tranquilos, entre ellos; era la imagen del sosiego y el crepúsculo. El color de los camellos se convirtió en el del muro. Nos apeamos y nos mezclamos entre los animales. Cada docena cumplida de ellos se arrodillaba en círculo alrededor de un montón de forraje dejado caer por los camelleros. Estiraban el cuello, tomaban el alimento con la boca, echaban la cabeza hacia atrás y rumiaban plácidamente. Los observamos atentamente y vimos que tenían rostro. Se parecían entre sí y al mismo tiempo eran muy diferentes. Recordaban a viejas damas inglesas que, dignas y visiblemente aburridas, compartían el té, incapaces de ocultar la malicia con que escrutaban cuanto les rodeaba. «Éste es mi tía, de verdad», dijo mi amigo inglés, al que advertí sutilmente del parecido con sus compatriotas, y pronto descubrimos algún que otro conocido. Nos sentíamos orgullosos de haber tropezado con aquella caravana de la que nadie nos había hablado. Contamos ciento siete camellos. 


jueves, 27 de febrero de 2014

Las preocupaciones de un padre de familia..







Algunos dicen que la palabra «odradek» precede del esloveno, y sobre esta base tratan de establecer su etimología. Otros, en cambio, creen que es de origen alemán, con alguna influencia del esloveno. Pero la incertidumbre de ambos supuestos despierta la sospecha de que ninguno de los dos sea correcto, sobre todo porque no ayudan a determinar el sentido de esa palabra.
Como es lógico, nadie se preocuparía por semejante investigación si no fuera porque existe realmente un ser llamado Odradek. A primera vista tiene el aspecto de un carrete de hilo en forma de estrella plana. Parece cubierto de hilo, pero más bien se trata de pedazos de hilo, de los tipos y colores más diversos, anudados o apelmazados entre sí. Pero no es únicamente un carrete de hilo, pues de su centro emerge un pequeño palito, al que está fijado otro, en ángulo recto. Con ayuda de este último, por un lado, y con una especie de prolongación que tiene uno de los radios, por el otro, el conjunto puede sostenerse como sobre dos patas.

Uno siente la tentación de creer que esta criatura tuvo, tiempo atrás, una figura más razonable y que ahora está rota. Pero éste no parece ser el caso; al menos, no encuentro ningún indicio de ello; en ninguna parte se ven huellas de añadidos o de puntas de rotura que pudieran darnos una pista en ese sentido; aunque el conjunto es absurdo, parece completo en sí. Y no es posible dar más detalles, porque Odradek es muy movedizo y no se deja atrapar.

Habita alternativamente bajo la techumbre, en escalera, en los pasillos y en el zaguán. A veces no se deja ver durante varios meses, como si se hubiese ido a otras casas, pero siempre vuelve a la nuestra. A veces, cuando uno sale por la puerta y lo descubre arrimado a la baranda, al pie de la escalera, entran ganas de hablar con él. No se le hacen preguntas difíciles, desde luego, porque, como es tan pequeño, uno lo trata como si fuera un niño.

-¿Cómo te llamas? -le pregunto.

-Odradek -me contesta.

-¿Y dónde vives?

-Domicilio indeterminado -dice y se ríe.

Es una risa como la que se podría producir si no se tuvieran pulmones. Suena como el crujido de hojas secas, y con ella suele concluir la conversación. A veces ni siquiera contesta y permanece tan callado como la madera de la que parece hecho.

En vano me pregunto qué será de él. ¿Acaso puede morir? Todo lo que muere debe haber tenido alguna razón be ser, alguna clase de actividad que lo ha desgastado. Y éste no es el caso de Odradek. ¿Acaso rodará algún día por la escalera, arrastrando unos hilos ante los pies de mis hijos y de los hijos de mis hijos? No parece que haga mal a nadie; pero casi me resulta dolorosa la idea de que me pueda sobrevivir.


f. k. 



lunes, 24 de febrero de 2014

Regina Tenebrarum..



Como si los leones devorasen tu cuerpo, y tu sangre
  corriera sobre el mármol escaso.
 Así te miro, pensando
  en el sagrado día de tu muerte,
  cuando un sepulcro inmenso beberá tu hermosura
  quemada por el tiempo.
 Habrás sido una música ciega en lo alto de un muro.
 Mi larga maldición te pertenece como tus propios huesos,
  llévatela contigo a la tierra.
 Tenebrosa, ¿de qué te sirve tanto oro
  confundido con plata?
 No podré ver tu muerte, comprobar tu agonia;
  sólo tendré una escueta noticia inacabada.
  la certidumbre del lugar ocupado por tus «restos»
  y la seguridad mayor de que no he de nombrarte
  cuando me refiere a mis ángeles clarividentes, erguidos.


Los trozos de tu cuerpo estarán en mi recuerdo,
  no entre las garras de las fieras.
 Tu fragancia infernal aún será mía.
 Las letras de tu nombre descompuesto formarán otros nombres
  y en la pradera violeta crecerán otras torres
  en los atardeceres prolongados por la sed hacia el pozo
  donde tú, entonces, vivías
  cuando el cielo era rojo y los árboles escarlatas crecían.
 Así acontece ya con cada instante.
 El sonido es la muerte que todavía resiste
  y levanta, sin manos, un gesto hacia lo vivo.
 Oye mi corazón; se está moviendo.
 Y esta música horrenda que no le conmueve
                                                         soy yo.


Ven a verme llorar,
  no lloro con los ojos ni con el pensamiento;
  lloro con las entrañas, con los dedos quemados,
  con la frente rajada por cuchillos
  y con la llaga en llamas que yo todo soy.
Desciende del palacio, ven
  a verme llorar.


Verás un monasterio cuando se despedaza
  y verás dos mil años en sólo unos momentos,
  o en un tiempo tan largo que la historia del mundo
  no llena su interior.

sábado, 15 de febrero de 2014

Antes de que crezca, os escucharé Isaías


   ¡Hace mucho que hemos olvidado el escuchar!
    Si Él -en otro tiempo- nos hubiera plantado
    plantado como hierba de dunas,
    en el mar eterno,
    creceríamos en pasturas tupidas,
    como la lechuga crece en el huerto.

   Aunque tengamos asuntos
    que nos lleven más allá
                de su luz,
    aunque bebamos el agua de cañerías
    que se acerque muriendo
    a nuestra boca, eternamente sedienta,
    aunque caminemos por una calle
    bajo la cual la tierra ha sido llevada al silencio
    por un empedrado...
        no debemos vender nuestro oído,
        oh, nuestro oído no debemos vender.

   También en el mercado,
    en el cálculo del polvo,
    más de uno da -rápidamente- un salto
    sobre la cuerda de la nostalgia;
        porque él escuchó algo,
        dio el salto fuera del polvo
        y sació su oído.

   Apretad; oh, apretad -en el día de la
    destrucción-
    a la tierra el oído que escucha,
    y escucharéis, a través del sueño
    escucharéis
    cómo en la muerte
         empieza la vida.

*Isaías: Y puso mi boca como espada aguda,   
me cubrió con la sombra de su mano;   
y me puso por saeta bruñida,   
me guardó en su aljaba.   


n. s.  

martes, 11 de febrero de 2014

VIII. Lovecraft y su paisaje..



Como el ámbito geográfico de Lovecraft es el de los sueños, tiene la extraña precisión de los sueños. Sobre el libro de su mundo sabemos bastante más de lo que nunca hubiésemos conocido del mundo real, precisamente porque el propio Lovecraft lo inventó todo sobre aquel mundo y conoció todo lo que hay que conocer sobre él. La horrenda planicie de Leng; los bosques de Nueva Inglaterra, tan frecuentados; la Arkham visitada por brujas; las ciudades de sueño o de pesadilla, o de sueño sutilmente modulado de pesadilla, cuyas huellas azules se formaron sin la ayuda de la geometría euclidiana.

Cualquier cartógrafo competente podría trazar el mundo de H. P. Lovecraft con precisión microscópica. Pero no del todo. Lovecraft se mueve con total soltura entre pintorescos conjuntos de construcciones en el espacio y el tiempo, y aunque estos paisajes son básicamente una proyección o unos modelos de estados mentales, adoptan una ambigüedad muy especial.

La misma precisión con que Lovecraft describe la estructura de formaciones rocosas, la edad y el tipo del marco de una ventana, o las dimensiones de una plaza alucinatoria, es la minuciosa precisión de la paranoia. Las retorcidas formas de los árboles en los bosques que hay sobre Arkham son emanaciones de la amenaza que evocan: amenaza y angustia, perturbación y pavor. Las mismas ciudades, ya sean las de la antigua Nueva Inglaterra o las que se extienden más allá de las puertas de los sueños, presentan el espantoso enigma de un laberinto, siempre tortuoso y siempre con el Minotauro en su centro. Ahí yace lo inenarrable bajo alguna forma o estado especialmente vil e informe; lo inenarrable, un miedo sin nombre, innominable.

El paisaje de Lovecraft es expresionista, de un terror inminente; su verdadero mundo es hostil al hombre. Pero estos paisajes, nunca cómodos para el hambre, pueden, cono él, enfermar y morir. Peor aún, pueden volverse locos. Incluso las estrellas que hay encima de ellos se presentan bajo condiciones humanas.
“Silenciosamente, la Estrella Polar mira hacia abajo con malicia desde su sede en la negra bóveda, parpadea horriblemente como un ojo loco y vigilante que se esfuerza en enviar algún mensaje; pero no recuerda nada, salvo que una vez tuvo un mensaje por enviar”.
En los paisajes de Lovecraft hay por doquier un terror generalizado; también hay un horror específico, regional, que él sitúa en lugares llenos ya de ecos de antigua paranoia: la Nueva Inglaterra de los primeros colonizadores u, ocasionalmente, en la Montañas Catskill, en el interior del Estado de Nueva York, una región bastante salvaje dadas sus credenciales literarias como lugar sobrenatural, según el largo informe de Rip Van Winkle.

La Nueva Inglaterra de Lovecraft procede también en parte de fuentes literarias; si el fantasma de Poe acecha desde su Boston, también hay mucho de Nathaniel Hawthorne [nacido en el Salem de los juicios de brujas] en aquellas ciudades coloniales con techos de estilo holandés y, especialmente, en los bosques situados sobre Arkham, aquellos mismos bosques enmarañados y oscuros, en los que los protagonistas de The Scarlet Letter tenían sus citas con los emisarios de Satanás. Este es el escenario de la América virgen a la que Lovecraft se refiere en su ensayo On Supernatural Horror in Literature, la vasta y tenebrosa selva virgen en cuya luz crepuscular muy bien podrían esconderse todos los temores.

Los bosques que hay sobre Arkham, típicos bosques de cuentos de hadas, están habitados por una raza procreada por consanguinidad y genéticamente sospechosa, cuyos antepasados tenían que huir con frecuencia de los juicios de brujas en el Massachusetts del siglo XVIII. Allí los fantasmas son con frecuencia los de los indios más cruelmente desposeídos por los recién llegados a aquellas tierras. Este es el bosque primordial en el que el tiempo pasado domina sobre el tiempo presente y quedará sin modificaciones en el futuro; el hombre no tiene allí nada más que hacer, y si decide que le interesa visitarlo, peor para él, Lovecraft habla del “inherente carácter misterioso de la herencia americana”; en estos paisajes de bosques infernales; toca algo que está arraigado muy profundamente en la conciencia de los primeros colonizadores: una escondida vena de arcaica paranoia. Los bosques de Arkham son una imagen exacta del miedo al país desconocido que quedaba fuera de las cercas levantadas apresuradamente por los primeros colonizadores; la tierra que vinieron a someter pero que, de momento, no mostraba ningún signo de sumisión.

Existe un legendario miedo a los bosques; es el mismo pánico que el propio Pan inspiraba a quienes penetraban en sus dominios. Las tropas romanas, que no sentían miedo ante ningún enemigo, quedaron sobrecogidas por un terror rígido ante su primer encuentro con los inexplorados bosques de Germanía. Existe un miedo razonable frente a la masiva evidencia de una agitada forma de vida que no es humana, esto es, el mundo de los vegetales gigantes.
“Al Oeste de Arkham, los bosques son salvajes, y los que crecen en algunos profundos valles jamás han sido talados por el hacha”.


miércoles, 5 de febrero de 2014

Historia de Mariquita..


Nunca supe por qué nos mudábamos de casa con tanta frecuencia. Siempre nuestra mayor preocupación era establecer a Mariquita. A mi madre la desazonaba tenerla en su pieza; ponerla en el comedor tampoco convenía; dejarla en el sótano suponía molestar los sentimientos de mi padre; y exhibirla en la sala era imposible. Las visitas nos habrían enloquecido a preguntas. Así que, invariablemente, después de pensarlo demasiado, la instalaban en nuestra habitación. Digo “nuestra” porque era de todas. Con Mariquita, allí, dormíamos siete.

Mi papá siempre fue un hombre práctico; había viajado mucho y conocía los camarotes. En ellos se inspiró para idear aquél sistema de literas que economizaba espacio y facilitaba que cada una durmiera en su cama.

Helmut Newton
Como explico, lo importante era descubrir el lugar para Mariquita. En ocasiones quedaba debajo de una cama, otras en un rincón estratégico; pero la mayoría de las veces la localizábamos arriba del ropero.

Esta situación sólo nos interesaba a las dos mayores; las demás, aún pequeñas, no se preocupaban.

Para mí, disfrutar de su compañía me pareció muy divertido; pero mi hermana Carmelita vivió bajo el terror de esta existencia. Nunca entró sola a la pieza y estoy segura de que fue Mariquita quien la sostuvo tan amarilla; pues, aunque solamente la vio una ocasión, asegura que la perseguía por toda la casa.

Mariquita nació primero; fue nuestra hermana mayor. Yo la conocí cuando llevaba diez años en el agua y me dio mucho trabajo averiguar su historia.

Su pasado es corto, y muy triste: Llegó una mañana con el pulso trémulo y antes de tiempo. Como nadie la esperaba, la cuna estaba fría y hubo que calentarla con botellas calientes; trajeron mantas y cuidaron que la pieza estuviera bien cerrada. Isabel, la que iba a ser su madrina en el bautizo, la vio como una almendra descolorida sobre el tul de sus almohadas. La sintió tan desvalida en aquél cañón de vidrios que sólo por ternura se la escondió en los brazos. Le pronosticó rizos rubios y ojos más azules que la flor del heliotropo. Pero la niña era tan sensible y delicada que empezó a morir.

Dicen que mi padre la bautizó rápidamente y que estuvo horas enteras frente a su cunita sin aceptar su muerte. Nadie pudo convencerlo de que debía enterrarla. Llevó su empeño insensato hasta esconderla en aquel pomo de chiles que yo descubrí un día en el ropero, el cual estaba protegido por un envase carmesí de forma tan extraña que el más indiferente se sentía obligado a preguntar de qué se trataba.

Recuerdo que por lo menos una vez al año papá reponía el líquido del pomo con nueva sustancia de su química exclusiva —imagino sería aguardiente con sosa cáustica—. Este trabajo lo efectuaba emocionado y quizá con el pensamiento de lo bien que estaríamos sus otras hijas en silenciosos frascos de cristal, fuera de tantos peligros como auguraba que encontraríamos en el mundo.

Claro está que el secreto lo guardábamos en familia. Fueron muy raras las personas que llegaron a descubrirlo y ninguna de éstas perduró en nuestra amistad. Al principio se llenaban de estupor, luego se movían llenas de recelo, por último desertaban haciendo comentarios poco agradables acerca de nuestras costumbres. La exclusión fue total cuando una de mis tías contó que mi papá tenía guardado en un estuche de seda el ombligo de una de sus hijas. Era cierto. Ahora yo lo conservo: es pequeño como un caballito de mar y no lo tiro porque a lo mejor me pertenece.