Al llegar a aquella encrucijada del páramo Martin se detuvo, y permaneció un rato observando perplejo los cuatro letreros del poste indicador. Aquellos no eran los nombres que esperaba encontrar y, además, no figuraban las distancias; su mapa -tuvo que admitir con fastidio- debía estar completamente anticuado. Lo extendió contra el poste y se inclinó para estudiarlo más de cerca. El viento levantaba las esquinas y las batía contra su cara. Apenas conseguía descifrar la letra pequeña a la tenue luz del atardecer. Sin embargo –por lo que alcanzó a distinguir- parecía ser que dos millas más atrás había tomado un desvío equivocado.
Recordaba aquel desvío. El sendero tenía un aspecto muy tentador, y tras vacilar un momento, se había decidido a seguirlo, atraído -como tantos otros caminantes- por el señuelo de que «quizá resultara ser un atajo». La trampa del atajo es tan vieja como la naturaleza humana. Durante algunos minutos estudió alternativamente el poste y el mapa. Caía la noche y la mochila comenzaba a pesarle. Aquellas dos guías no concordaban en nada y la incertidumbre iba haciendo presa en su ánimo. Se sentía desconcertado, frustrado. Cada vez le costaba más trabajo pensar con claridad. Tomar una decisión le parecía la cosa más difícil del mundo.
«Estoy hecho un lío -pensó-, debo estar cansado», y finalmente optó por seguir la indicación que le pareció más prometedora. «Tarde o temprano me conducirá a una posada, aunque no sea a la que yo pretendía llegar.»
Se confió a la suerte del caminante y reanudó la marcha con energía. En el letrero podía leerse «por la colina Litacy», escrito en unos caracteres muy finos y pequeños que parecían oscilar y cambiar de lugar cada vez que los miraba; aquel nombre no figuraba en el mapa, pero al igual que el atajo, resultaba tentador. Un impulso similar al que había sentido antes volvía a determinar su elección. Sólo que esta vez parecía ser más apremiante, casi urgente.
Fue en aquel momento cuando se dio cuenta de la inmensa soledad del paisaje que le rodeaba. El camino continuaba en línea recta unas cien yardas para después curvarse, como un río plateado, y perderse en el infinito; el intenso tono verdeazulado de las matas de brezo que cubrían los márgenes se fundía con los colores del crepúsculo; y espaciados a uno y otro lado del camino, se alzaban solitarios unos pinos pequeños muy enigmáticos. Desde que se le había ocurrido ese curioso adjetivo no conseguía quitárselo de la cabeza. Eran tantas las cosas que aquella tarde le parecían igualmente enigmáticas... el atajo, el mapa velado, los nombres del poste, sus propios impulsos erráticos o aquel misterioso estado de confusión que le iba embargando. El paisaje entero requería una explicación, aunque quizá «interpretación» fuera la palabra más exacta. Aquellos árboles solitarios se lo habían hecho ver claro ¿Por qué se había extraviado con tanta facilidad? ¿Por qué consentía que aquellas vagas impresiones le indicaran el camino a seguir? ¿Por qué se encontraba aquí, precisamente aquí? ¿Y por qué marchaba ahora «por la colina Litacy»?
Entonces, junto a un prado verde que resplandecía como un rayo de luz en medio de la oscuridad del páramo, distinguió una figura tumbada en la hierba. Era como una mancha en el paisaje, un simple amasijo de harapos sucios a los que su propia fealdad confería cierto aire pintoresco; y su mente -aunque sus conocimientos de alemán eran muy básicos- eligió de inmediato los términos alemanes en vez de los ingleses. Las palabras lump y lumpen acudieron misteriosamente a su memoria. En aquel instante le parecieron las más correctas, las más expresivas, casi como onomatopeyas visuales, si tal cosa fuera posible. Ni «harapos» ni «rufián» habrían hecho justicia a lo que acaba de ver. Sólo en alemán se podía describir aquello con alguna precisión.
Aquel era un mensaje que le enviaba su lado irracional. Pero, aparentemente, le pasó desapercibido. Un momento después, el vagabundo se incorporó y le preguntó la hora. Lo hizo en alemán. Y Martin, sin dudarlo un instante, le respondió también en alemán:
-Halb sieben -las seis y media.
No le falló su intuición. Un vistazo al reloj, cuando lo miró un poco más tarde, se lo confirmó. Oyó que el hombre le decía, con esa solapada insolencia tan característica de los vagabundos:
-Grrasias, muy agrradesido -Martin no había enseñado el reloj; otra intuición de su subconsciente que había obedecido.
Con el ánimo agitado por una extraña mezcla de ideas y sentimientos, avivó el paso y prosiguió su marcha por la soledad del camino. De alguna manera, sabía que le harían esa pregunta y que se la harían en alemán. Aquello hacía que se sintiera nervioso y abatido. Pero había otra cosa que también había contribuido a ese estado de nerviosismo y abatimiento; por alguna extraña razón también se la esperaba... y no se había equivocado. Cuando aquel bulto marrón cubierto de harapos se incorporó para hacerle la pregunta, una parte de él había permanecido tendida en la hierba: había otro bulto marrón y sucio. Eran dos los vagabundos. Pudo verles perfectamente la cara. Tras sus barbas desaliñadas, y medio ocultos por unos viejos sombreros, descubrió unos rostros desagradables y sagaces que le observaban con atención mientras pasaba delante de ellos. Le seguían con la mirada.
Durante un segundo los había mirado fijamente para poder identificarlos mejor. Y había comprendido con horror que sus rostros eran demasiado delicados, demasiado finos y astutos para ser los de unos simples vagabundos. Aquellos hombres no eran ni mucho menos unos vagabundos. Estaban disfrazados.
«¡Qué manera más furtiva de mirarme!», pensó, mientras se alejaba de prisa por aquel camino ensombrecido, plenamente consciente ahora de la abrumadora soledad y desolación del páramo que le rodeaba. Lleno de inquietud y de angustia, aceleró aún más la marcha. De pronto, mientras pensaba en el inoportuno ruido que hacían sus botas de clavos al golpear en la dura superficie del camino, irrumpieron en su mente todo el conjunto de cosas que le habían obsesionado por parecerle «enigmáticas». Le comunicaban un único y categórico mensaje: que todo aquello no tenía nada que ver con él -de ahí su confusión y su perplejidad- que se había entrometido en un escenario que no le correspondía y estaba invadiendo el territorio vital de otra persona. Al tomar algún desvío interno erróneo, se había situado en medio de un conjunto de fuerzas desconocidas que operaban en el pequeño mundo de otro individuo.
![Calamidade horribilíssima. [f. m.]](https://24.media.tumblr.com/301a298da3c95aa354174696ef2a1fb1/tumblr_n1cs46K8GL1qarjnpo1_500.jpg)