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En un mundo pequeño y oscuro,
situado en medio de ninguna parte, es decir en ningún sitio que pueda
encontrarse, ya que está protegido por un vasto campo de improbabilidad del que
sólo seis hombres de esta galaxia tienen la llave, estaba lloviendo.
Caía a cántaros, desde hacía
horas. La lluvia batía la superficie del mar hasta convertirla en niebla,
golpeaba los árboles, agitaba y revolvía un terreno bajo cerca del mar
convirtiéndolo en una charca embarrada.
Se precipitaba y danzaba sobre el
techo de metal ondulado de la pequeña cabaña que se elevaba en medio del
barrizal. Borraba el pequeño y tosco sendero que llevaba de la cabaña a la
playa y aplastaba los pulcros montones de interesantes conchas allí colocadas.
En el interior de la cabaña, el
golpeteo de la lluvia era ensordecedor, pero a su ocupante le pasaba
inadvertido, pues tenía puesta la atención en otra cosa.
Era un hombre alto de movimientos
lentos y ásperos cabellos rubios, húmedos por el agua que se filtraba del
techo. Llevaba ropas harapientas, tenía la espalda encorvada y sus ojos, aunque
abiertos, parecían cerrados.
En la cabaña había un sillón
viejo y estropeado, una mesa decrépita y llena de arañazos, un colchón viejo,
unos cojines y una estufa pequeña pero caliente.
También había un gato viejo y un
tanto curtido por la intemperie, y en aquellos momentos constituía el centro de
atención del hombre, que inclinó sobre él su cuerpo encorvado.
- Gatito, gatito, gatito - dijo
-, cuchicuchicuchicu... ¿Quiere su pescado el gatito? ¿Quiere el gatito... un
buen trozo de pescado?
El gato parecía indeciso sobre el
tema. Con bastante condescendencia, rozó con la garra el trozo de pescado que
le ofrecía el hombre, y luego se distrajo con una mota de polvo que vio en el
suelo.
- Si el gatito no se come el
pescado, creo que el gatito adelgazará y se pondrá malo - dijo el hombre. En su
voz había duda -. Supongo que eso es lo que ocurrirá - prosiguió, - pero ¿cómo
puedo saberlo?
Volvió a ofrecerle el pescado.
- El gatito está pensando - dijo
- si va a comer el pescado o no se lo va a comer. Creo que será mejor no
entrometerme.
Suspiró.
- Yo creo que el pescado está
bueno, pero también pienso que la lluvia es húmeda, así que, ¿quién soy yo para
juzgar?
Dejó el pescado en el suelo,
cerca del gato y se retiró al sillón.
- Ah, me parece ver que te lo
estás comiendo - dijo al fin, mientras el gato agotaba las posibilidades de
diversión de la mota de polvo y caía sobre el pescado.
- Me gusta verte comer el pescado
- dijo el hombre -, porque según mi opinión
perderás peso si no lo haces.
De la mesa cogió un trozo de
papel y los restos de un lápiz. Tomó lo uno con una mano y lo otro con la otra,
experimentando con las distintas formas de ponerlos en contacto. Trató de
sujetar el lápiz por debajo, luego encima y después al lado del papel. Intentó
envolver el lápiz con el papel, intentó frotar la parte roma del lápiz contra
el papel. Hizo una marca y el descubrimiento le encantó, como todos los días.
Cogió otro trozo de papel de la mesa. Tenía un crucigrama. Lo estudió
brevemente y rellenó un par de palabras antes de perder interés.
Trató de sentarse sobre una mano
y le intrigó la sensación de los huesos contra la cadera.
- El pescado viene de muy lejos -
dijo -, o eso me han dicho. O eso me figuro que me han dicho. Cuando vienen los
hombres, o cuando los hombres acuden a mi imaginación en sus seis naves negras
y relucientes, ¿también aparecen en tu mente? ¿Qué ves tú, gatito?
Miró al gato, más preocupado por
tragarse el pescado lo antes posible que por aquellas especulaciones.
- Y cuando oigo sus preguntas,
¿también las oyes tú? ¿Qué te sugieren sus voces? Tal vez pienses que cantan
canciones para ti.
Reflexionó y vio el defecto de
tal hipótesis.
- Tal vez canten canciones para
ti - Prosiguió - y yo crea que me están haciendo preguntas.
Hizo otra pausa. A veces hacía
pausa durante días, sólo para ver cómo era.
