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sábado, 18 de enero de 2014

Galaxy.

29

En un mundo pequeño y oscuro, situado en medio de ninguna parte, es decir en ningún sitio que pueda encontrarse, ya que está protegido por un vasto campo de improbabilidad del que sólo seis hombres de esta galaxia tienen la llave, estaba lloviendo.
Caía a cántaros, desde hacía horas. La lluvia batía la superficie del mar hasta convertirla en niebla, golpeaba los árboles, agitaba y revolvía un terreno bajo cerca del mar convirtiéndolo en una charca embarrada.
Se precipitaba y danzaba sobre el techo de metal ondulado de la pequeña cabaña que se elevaba en medio del barrizal. Borraba el pequeño y tosco sendero que llevaba de la cabaña a la playa y aplastaba los pulcros montones de interesantes conchas allí colocadas.
Eliott Erwitt
En el interior de la cabaña, el golpeteo de la lluvia era ensordecedor, pero a su ocupante le pasaba inadvertido, pues tenía puesta la atención en otra cosa.
Era un hombre alto de movimientos lentos y ásperos cabellos rubios, húmedos por el agua que se filtraba del techo. Llevaba ropas harapientas, tenía la espalda encorvada y sus ojos, aunque abiertos, parecían cerrados.
En la cabaña había un sillón viejo y estropeado, una mesa decrépita y llena de arañazos, un colchón viejo, unos cojines y una estufa pequeña pero caliente.
También había un gato viejo y un tanto curtido por la intemperie, y en aquellos momentos constituía el centro de atención del hombre, que inclinó sobre él su cuerpo encorvado.
- Gatito, gatito, gatito - dijo -, cuchicuchicuchicu... ¿Quiere su pescado el gatito? ¿Quiere el gatito... un buen trozo de pescado?
El gato parecía indeciso sobre el tema. Con bastante condescendencia, rozó con la garra el trozo de pescado que le ofrecía el hombre, y luego se distrajo con una mota de polvo que vio en el suelo.
- Si el gatito no se come el pescado, creo que el gatito adelgazará y se pondrá malo - dijo el hombre. En su voz había duda -. Supongo que eso es lo que ocurrirá - prosiguió, - pero ¿cómo puedo saberlo?
Volvió a ofrecerle el pescado.
- El gatito está pensando - dijo - si va a comer el pescado o no se lo va a comer. Creo que será mejor no entrometerme.
Suspiró.
- Yo creo que el pescado está bueno, pero también pienso que la lluvia es húmeda, así que, ¿quién soy yo para juzgar?
Dejó el pescado en el suelo, cerca del gato y se retiró al sillón.
- Ah, me parece ver que te lo estás comiendo - dijo al fin, mientras el gato agotaba las posibilidades de diversión de la mota de polvo y caía sobre el pescado.
- Me gusta verte comer el pescado - dijo el hombre -, porque según mi opinión
perderás peso si no lo haces.
De la mesa cogió un trozo de papel y los restos de un lápiz. Tomó lo uno con una mano y lo otro con la otra, experimentando con las distintas formas de ponerlos en contacto. Trató de sujetar el lápiz por debajo, luego encima y después al lado del papel. Intentó envolver el lápiz con el papel, intentó frotar la parte roma del lápiz contra el papel. Hizo una marca y el descubrimiento le encantó, como todos los días. Cogió otro trozo de papel de la mesa. Tenía un crucigrama. Lo estudió brevemente y rellenó un par de palabras antes de perder interés.
Trató de sentarse sobre una mano y le intrigó la sensación de los huesos contra la cadera.
- El pescado viene de muy lejos - dijo -, o eso me han dicho. O eso me figuro que me han dicho. Cuando vienen los hombres, o cuando los hombres acuden a mi imaginación en sus seis naves negras y relucientes, ¿también aparecen en tu mente? ¿Qué ves tú, gatito?
Miró al gato, más preocupado por tragarse el pescado lo antes posible que por aquellas especulaciones.
- Y cuando oigo sus preguntas, ¿también las oyes tú? ¿Qué te sugieren sus voces? Tal vez pienses que cantan canciones para ti.
Reflexionó y vio el defecto de tal hipótesis.
- Tal vez canten canciones para ti - Prosiguió - y yo crea que me están haciendo preguntas.
Hizo otra pausa. A veces hacía pausa durante días, sólo para ver cómo era.