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miércoles, 6 de julio de 2022

Cómo se pinta un dragón.. José Ángel Valente

 Cómo se pinta un dragón


nunca te quieras satisfacer

en lo que entendieres ( ),

si no en lo que no entendieres.

Cántico espiritual. I, 12



Multiplicador de sentidos, el poema es superior a todos sus sentidos posibles. Y aunque todos ellos nos hubieran sido dados, el poema habría de retener aún de su naturaleza lo que en rigor lo constituye, la fascinación del enigma.


La palabra poética ha de ser ante todo percibido no en la mediación del sentido, sino en la inmediatez de su repentina aparición. Poema querría decir así lugar de la fulgurante aparición de la palabra.


La palabra que de ese modo aparece está grávida de significación, contiene el sentido como posibilidad e infinitud, semilla del sentido, al igual que los lagoi spermatikoi, pensados por los estoicos, contienen las semillas —spérmata— del mundo.


Gime el logos por la encarnación. El logos es la antropofilia de lo increado.


Donde la sobriedad te desasiste está el límite de tu inspiración. (Hölderlin, carta de la primera estancia en Homburg, 1798-1800).


No se trata de que la obra sea breve o larga. No importa escribir poco o mucho. Importa tener la gracia o el don de la «abundancia justa», como quiere Lezama Lima en la «Plegaria tomista» de Tratados en la Habana.


En el Tao, la gestación es ya el nacimiento del ser humano. En la tradición china, la edad de un niño se contaba no a partir de su nacimiento, sino de su concepción.


También el poema nace al comenzar una larga gestación previa a lo que cabría llamar la escritura exterior. (Vive con tus poemas antes de escribirlos, dice en su bella lengua Carlos Drumond de Andrade.) En realidad, el poema no se escribe, se alumbra. Por eso suele aparecer como el Vicio Niño, Lao-tseu, que abandonó la matriz de la madre Lí (cuvo nombre teológico es Doncella de jade del Relámpago Oscuro) a los ochenta y un años.


La corrección nunca es corrección de lo esencial. En el proceso de escritura la palabra tanteante se va encontrando o se va engendrando a sí misma. La corrección consiste sólo en reajustes que la palabra esencial impone. El proceso prolongado al que el poema está sujeto para llegar a ser es el proceso sumergido o radicalmente interior de su gestación. El poema gestado es el poema natural. El poema sobrecorregido es un producto artificial, como una gestación fuera del útero.


En la cerámica china, el contorno aísla lo representado (fénix, murciélago, pez, dragón, rama de almendro) reduciéndolo a su soledad esencial. Loto, almendro, figura humana en meditación, sobre lo blanco, sobre el vacío esencial.


Escribir es una aventura totalmente personal. No merece juicio. Ni lo pide. Puede engendrar, engendra a veces en otro una volición, una afección, un adentramiento. Otra aventura personal. Eso es todo.


Sólo se llega a ser escritor cuando se empieza a tener una relación carnal con las palabras.


El canto del pájaro es líquido. También la palabra poética sólo se reconoce en su fluir.


La poesía no sólo no es comunicación; es, antes que nada o mucho antes de que pueda llegar a ser comunicada, incomunicación, cosa para andar en lo oculto, para echar púas de erizo y quedarse en un agujero sin que nadie nos vea, para encontrar un vacío secreto, para adentrarnos en una habitación abandonada cuya puerta se pueda cerrar desde dentro sin que nadie en el exterior sospeche que una puerta se disimula en el muro, v para estarse allí en el claustro materno, seguros y escondidos, sin que nadie aparezca, sin que nadie nos saque a la luz pública, desnudos e indefensos, nos saque y nos suplicie y nos repita la sorda letanía cotidiana, la letanía aciaga de la muerte.


Cuando, en el camino hacia la escritura, percibimos un ritmo, una entonación, una nota, algo que es, sin duda, de naturaleza radicalmente musical, algo que rernite al número y a la armonía, la escritura ha empezado a formarse. Escribir exige, ante todo, del oído una gran acuidad.


El espíritu es la metáfora de la infinitud de la materia.


Se escribe por pasividad, por escucha, por atención extrema de todos los sentidos a lo que las palabras acaso van a decir.

 

Crear, en suma, lo que es ya ruina, duración, la piedra fracturada; entrar no ya en el hoy, sino directamente en la memoria.



 


                                                      Ginebra, agosto de 1.992

domingo, 27 de septiembre de 2015

La rebelión de los tártaros..


 Se diría que los calmucos estaban predestinados a probar todas las variedades de la desgracia y que sus sufrimientos no se completaron hasta que vino a redondearlos y coronarlos lo que el calor terrible del verano puede añadir al invierno y al hielo. Volveré de inmediato a la historia, tras referir un romántico episodio que ahora ocurrió entre Oubacha y su primo, el infame Zebek Dorchi.

     Al iniciar los calmucos su huida en las márgenes del Volga, vivía en la corte del Khan un caballero ruso de cierto rango a quien, por razones de política, creyeron necesario llevarse prisionero. Durante varias semanas su cautiverio fue muy estricto y, en uno o dos casos, cruel. Pero como la distancia cada vez mayor le iba quitando posibilidades de escapar y, de otra parte, como es muy posible que los guardias que lo cuidaban ya no tuviesen fuerzas sino para atender a sus propios males, la vigilancia se fue haciendo más suelta hasta que, tras presentar el señor Weseloff una petición, se le devolvió oficialmente su libertad, en la inteligencia de que podría emplearla como mejor le pareciese, y aún para volver a Rusia si tal era su deseo. Había empezado a preparar activamente el viaje a San Petersburgo cuando Zebek Dorchi pensó, no sin razón, que en una de las batallas con Traubenberg que se preveían, bien podía caer prisionero algún noble calmuco y en tal caso Weseloff sería una buena presa para negociar el canje. Con este pretexto se detuvo al pobre ruso hasta que el Khan expresara nuevamente su voluntad. Lo cierto es que el nombre del Khan se usó mucho en todo este asunto, pero con tan escaso conocimiento suyo que al quejarse humildemente Weseloff, en una audiencia privada, de la injusticia de que era víctima y de la crueldad que entrañaba jugar con sus sentimientos, poniéndolo en libertad y, por así decirlo, tentándolo con sueños del hogar y la felicidad recobrada sólo para dejarlo burlado, el buen príncipe negó toda participación en el caso y en prenda de su sinceridad le concedió permiso para que se escapara; luego, hablando de la mejor manera de hacerlo sin despertar sospechas, el Khan añadió que acababa de recibir un mensaje del Hetman de los Bashkirs solicitándole una entrevista privada en un lugar ya señalado de la ribera del Turgai. La entrevista se había concertado para la noche siguiente y, aunque los séquitos de las partes sólo constarían de tres personas, el señor Weseloff podía sumarse al suyo. Weseloff, hombre prudente y con experiencia del mundo, advirtió en el acto una traición en el simple esbozo que trazara el Khan, una traición contra el propio Khan. Tras pensarlo un poco le comunicó algunas de sus sospechas y lo puso en guardia, rogándole que le permitiera rechazar el honor de acompañarlo. Ya para entonces tres calmucos habían adivinado el propósito de Weseloff y, como tenían buenas razones para retornar a sus compatriotas en la ribera occidental del Volga, se ofrecieron a acompañarlo en su fuga. Probablemente el Khan habría accedido a la partida de estos hombres, mas para Weseloff fue cuestión de honor ocultar sus propósitos y emprender desde el campamento la evasión (que sería peligrosa en sus primeras etapas) sin correr el riesgo de que lo supiera el Khan.
 En el distrito donde ahora acampaban, ancha región de centenares de millas, abundaba una raza dócil y hermosa de caballos salvajes. Cada uno de los cuatro participantes en la fuga había atrapado durante los últimos días de siete a diez de estos nobles animales, lo cual no despertó las sospechas de nadie, pues también los demás calmucos se aprovisionaban de tal manera previendo los trabajos que los esperaban camino de China. Al caer la tarde escondieron los caballos, tras echarles cabestros, en unos breñales a orillas del río. Serían las diez de la noche cuando volvieron a encontrarse en el mismo lugar; les tomó tres cuartos de hora dar un rodeo para que no los interpelasen las patrullas o centinelas apostadas en dirección del campo bashkir. Había salido la luna. Desataron los caballos y se disponían a partir cuando, de pronto, una violenta algazara y el ruido de armas rompió el silencio profundo de los bosques. Weseloff creyó oír al Khan que gritaba pidiendo auxilio. Recordó lo que el príncipe dijera esa mañana y, ordenando a sus compañeros que lo ayudasen, se lanzó a la carrera hacia las voces. Poco más allá encontró en un claro del bosque a cuatro hombres que luchaban contra una partida de por lo menos nueve o diez. Dos de los cuatro acababan de ser desmontados al llegar Weseloff: en uno de ellos creyó reconocer casi con seguridad al Khan, que hacía frente a dos asaltantes a caballo sin dar un paso atrás a pesar de su gran desventaja. Viendo que no había tiempo que perder Weseloff hizo fuego y derribó a uno de los dos jinetes, al tiempo que sus compañeros disparaban sus carabinas y entraban a galope tendido al pequeño claro. El ruido atronador de unos treinta caballos que se precipitaban a un espacio reducido dio la impresión de todo un regimiento de caballería que acudía al rescate y, sin esperar más, los atacantes volvieron grupas y huyeron. Weseloff se acercó al caballero desmontado quien, como había creído, resultó ser el Khan. El hombre contra quien había tirado estaba muerto y al inclinarse a ver sus facciones ambos reconocieron con indignación, aunque Weseloff no sintió la menor sorpresa, a un hombre de confianza de Zebek Dorchi. Ninguno de los dos dijo una palabra; el Khan regresó escoltado por Weseloff y sus compañeros en medio de un silencio mortal. La situación de Weseloff era delicada y crítica; dejar al Khan en este momento significaba, probablemente, borrar los servicios prestados ya que la partida de asesinos podía muy bien acechar en un recodo del camino para atacarlo otra vez. En cambio, si volvía con él hasta el campamento, ponía en peligro sus propias posibilidades de escapar. También el Khan parecía pensar en esto, pues al fin rompió el silencio para decirle: «Comprendo su situación; en otras circunstancias tal vez creería mi deber retener a sus compañeros. Ahora no estaría bien hacerlo, después del gran servicio que acaban de prestarme. Vayamos un poco hacia la izquierda. Allá, donde se divisa el fuego, hay un puesto de guardia. Vengan conmigo hasta ese lugar y estaré a salvo. Luego podrán volver atrás y hacer lo que pensaban: basta que hayan escoltado para que nadie sospeche de ustedes. Siento no disponer de otros medios para demostrarles mi gratitud. Pero hay algo que quiero saber antes de separarnos: ¿Fue por simple azar que acudieron ustedes a librarme? ¿O sabían algo de la conjura urdida para atraerme a esa trampa?»

jueves, 3 de septiembre de 2015

Los poseídos entre lilas..




I

- Se abrió la flor de la distancia. Quiero que mires por la ventana y me digas lo que veas, gestos inconclusos, objetos ilusorios, formas fracasadas... Como si te hubieses preparado desde la infancia, acércate a la ventana.

- Un café lleno de sillas vacías, iluminado hasta la exasperación, la noche en forma de ausencia, el cielo como de una materia deteriorada, gotas de agua en una ventana, pasa alguien que no vi nunca, que no veré jamás.

- ¿Qué hice del don de la mirada?

- Una lámpara demasiado intensa, una puerta abierta, alguien fuma en la sombra, el tronco y el follaje de un árbol, un perro se arrastra, una pareja de enamorados se pasea despacio bajo la lluvia, un diario en una zanja, un niño silbando...

- Proseguí.

- (En tono vengativo). Una equilibrista enana se echa al hombro una bolsa de huesos y avanza por el alambre con los ojos cerrados.

- ¡No!

- Está desnuda pero lleva sombrero, tiene pelos por todas partes y es de color gris de modo que con sus cabellos rojos parece la chimenea de la escenografía teatral de un teatro para locos. Un gnomo desdentado la persigue mascando las lentejuelas...

- Basta, por favor.

- (En tono fatigado). Una mujer grita, un niño llora. Siluetas espían desde sus madrigueras. Ha pasado un transeúnte. Se ha cerrado una puerta.
 

II

Si viera un perro muerto me moriría de orfandad pensando en las caricias que recibió. Los perros son como la muerte: quieren huesos. Los perros comen huesos. En cuanto a la muerte, sin duda se entretiene tallándolos en forma de lapiceras, cucharitas, de cortapapeles, de tenedores, de ceniceros. Sí, la muerte talla huesos en tanto el silencio es de oro y la palabra de plata. Sí, lo malo de la vida es que no es lo que creemos pero tampoco lo contrario.

Restos. Para nosotros quedan los huesos de los animales y de los hombres. Donde una vez un muchacho y una chica hacían el amor, hay cenizas y manchas de sangre y pedacitos de uña y rizos púbicos y una vela doblegada que usaron con fines oscuros y manchas de esperma sobre el lodo y cabezas de gallo y una casa derruida dibujada en la arena y trozos de papeles perfumados que fueron cartas de amor y la rota bola de vidrio de una vidente y lilas marchitas y cabezas cortadas sobre almohadas como almas impotentes entre los asfódelos y tablas resquebrajadas y zapatos viejos y vestido en el fango y gatos enfermos y ojos incrustados en una mano que se desliza hacia el silencio y manos con sortija y espuma negra que salpica a un espejo que nada refleja y niña que durmiendo asfixia a su paloma preferida y pepitas de oro negro resonantes como gitanos de duelo tocando sus violines a orillas del mar Muerto y un corazón que late para engañar y una rosa que se abre para traicionar y un niño llorando frente a un cuervo que grazna, y la inspiradora se enmascara para ejecutar una melodía que nadie entiende bajo una lluvia que calma mi mal. Nadie nos oye, por eso emitimos ruegos, pero ¡mira! el gitano más joven está decapitando con sus ojos de serrucho a la niña de la paloma.


III

Voces, rumores, sombras, cantos de ahogados: no sé si son signos o una tortura. Alguien demora en el jardín el paso del tiempo. Y las criaturas del otoño abandonadas al silencio.

Yo estaba predestinada a nombrar las cosas con nombres esenciales. Yo ya no existo y lo sé; lo que no sé es qué vive en lugar mío. Pierdo la razón si hablo, pierdo los años si callo. Un viento violento arrasó con todo. Y no haber podido hablar por todos aquellos que olvidaron el canto.

IV

Alguna vez, tal vez, encontraremos refugio en la realidad verdadera. Entretanto ¿puedo decir hasta qué punto estoy en contra? Te hablo de la soledad mortal. Hay cólera en el destino porque se acerca, entre las arenas y las piedras, el lobo gris. ¿Y entonces? Porque romperá todas las puertas, porque sacará afuera a los muertos para que devoren a los vivos, para que sólo haya muertos y los vivos desaparezcan. No tengas miedo del lobo gris. Yo lo nombré para comprobar que existe y porque hay una voluptuosidad inadjetivable en el hecho de comprobar.

Las palabras hubieran podido salvarme, pero estoy demasiado viviente. No, no quiero cantar muerte. Mi muerte... el lobo gris... la matadora que viene de la lejanía...¿No hay un alma viva en esta ciudad? Porque ustedes están muertos. ¿Y qué espera puede convertirse en esperanza si está todos muertos? ¿Y cuándo vendrá lo que esperamos? ¿Cuándo dejaremos de huir? ¿Cuándo ocurrirá todo esto? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Cuánto? ¿Por qué? ¿Para quién?



a.p.   
laciega    




lunes, 1 de septiembre de 2014

El adjetivo & sus arrugas..




   Los adjetivos son las arrugas del estilo. Cuando se inscriben en la poesía, en la prosa, de modo natural, sin acudir al llamado de una costumbre, regresan a su universal depósito sin haber dejado mayores huellas en una página. Pero cuando se les hace volver a menudo, cuando se les confiere una importancia particular, cuando se les otorga dignidades y categorías, se hacen arrugas, arrugas que se ahondan cada vez más, hasta hacerse surcos anunciadores de decrepitud, para el estilo que los carga. Porque las ideas nunca envejecen, cuando son ideas verdaderas. Tampoco los sustantivos. Cuando el Dios del Génesis luego de poner luminarias en la haz del abismo, procede a la división de las aguas, este acto de dividir las aguas se hace imagen grandiosa mediante palabras concretas, que conservan todo su potencial poético desde que fueran pronunciadas por vez primera. Cuando Jeremías dice que ni puede el etíope mudar de piel, ni perder sus manchas el leopardo, acuña una de esas expresiones poético-proverbiales destinadas a viajar a través del tiempo, conservando la elocuencia de una idea concreta, servida por palabras concretas. Así el refrán, frase que expone una esencia de sabiduría popular de experiencia colectiva, elimina casi siempre el adjetivo de sus cláusulas: "Dime con quién andas...", " Tanto va el cántaro a la fuente...", " El muerto al hoyo...", etc. Y es que, por instinto, quienes elaboran una materia verbal destinada a perdurar, desconfían del adjetivo, porque cada época tiene sus adjetivos perecederos, como tiene sus modas, sus faldas largas o cortas, sus chistes o leontinas.

  El romanticismo, cuyos poetas amaban la desesperación -sincera o fingida- tuvo un riquísimo arsenal de adjetivos sugerentes, de cuanto fuera lúgubre, melancólico, sollozante, tormentoso, ululante, desolado, sombrío, medieval, crepuscular y funerario. Los simbolistas reunieron adjetivos evanescentes, grisáceos, aneblados, difusos, remotos, opalescentes, en tanto que los modernistas latinoamericanos los tuvieron helénicos, marmóreos, versallescos, ebúrneos, panidas, faunescos, samaritanos, pausados en sus giros, sollozantes en sus violonchelos, áureos en sus albas: de color absintio cuando de nepentes se trataba, mientras leve y aleve se mostraba el ala del leve abanico. Al principio de este siglo, cuando el ocultismo se puso de moda en París, Sar Paladán llenaba sus novelas de adjetivos que sugirieran lo mágico, lo caldeo, lo estelar y astral. Anatole France, en sus vidas de santos, usaba muy hábilmente la adjetivación de Jacobo de la Vorágine para darse "un tono de época". Los surrealistas fueron geniales en hallar y remozar cuanto adjetivo pudiera prestarse a especulaciones poéticas sobre lo fantasmal, alucinante, misterioso, delirante, fortuito, convulsivo y onírico. En cuanto a los existencialistas de segunda mano, prefieren los purulentos e irritantes.

  Así, los adjetivos se transforman, al cabo de muy poco tiempo, en el academismo de una tendencia literaria, de una generación. Tras de los inventores reales de una expresión, aparecen los que sólo captaron de ella las técnicas de matizar, colorear y sugerir: la tintorería del oficio. Y cuando hoy decimos que el estilo de tal autor de ayer nos resulta insoportable, no nos referimos al fondo, sino a los oropeles, lutos, amaneramientos y orfebrerías, de la adjetivación.

  Y la verdad es que todos los grandes estilos se caracterizan por una suma parquedad en el uso del adjetivo. Y cuando se valen de él, usan los adjetivos más concretos, simples, directos, definidores de calidad, consistencia, estado, materia y ánimo, tan preferidos por quienes redactaron la Biblia, como por quien escribió el Quijote.


a. c.


lunes, 9 de junio de 2014

Déborah..


a J. R.

 I

  Bien sé que con tu ojo único —con tu ojo de monstruo acostumbrado al espanto— invisible y alta, lúbrica y negra, me miras, ferozmente, Déborah.

Esta es la hora que en el pavor de tus antros te vistes de novia y subes jadeando a tu torre enana, para contemplarme amorosa.

Esta es la hora en que, al fondo de los mares, los magos soñolientos entreabren sus verdosas conchas y las fatídicas vírgenes hierven en sus ollas mi pasado.

¡Mi pasado!

En ciudades desaparecidas, en desencajados templos, pulso el pestilente laúd cuya música sólo soportan los inmortales: desde las ventanas he visto cojear a los otoños, he visto—con tristeza—a los vientos arrastrar ballenas.

Yo recuerdo el deslumbrante plumaje de los canallas, yo celebro tu infatigable cola, yo lloro porque antaño, a esta hora, te posabas en mi hombro, papagayo tenebroso.

Yo sé bien —bien lo sé, amor mío— que, ahora mismo, te sientas en la profundidad de tu trono y me descubres, bajo el furioso mar, profundamente dormido.



 II

          Cuando paso bajo tus balcones, cuando atravieso los patios, jadeante bajo el peso precioso de mi caparazón, tú miras la nieve de remotos países.

Yo cruzo humildemente el jardín, pero tú no desciendes a mirarme: absorta estás ante el rosal de curvado pico.

Tal vez es el crepúsculo: arde tu rostro extrañamente.

Voy entonces hacia ti: cruzo polvorientos salones, recorro sumergidos palacios, hasta que miro parpadear tus ojos palúdicos.

Entonces chillas, saltas de rama en rama y huyes graznando como si tuvieras la pata quebrada.



 III

  Todavía era la noche cuando la Melancolía apareció en lo alto de su torre lívida.

Tú bajaste los ojos.

Peces horrendos surcaron el aire perlados de ira.

Comprendí entonces que ya nunca volverían los días dichosos, las inolvidables tardes idiotas, las felices noches tediosas.
Enloquecido, entreabrí las lujosas cortinas del invierno arruinado.

Bajo la luna, jadeantes caimanes de seda nos seguían.

Envejecidos tigres de latón se asomaban a las ventanas, a mirarte, por última vez, con ojos furibundos.

Como quien atraviesa el pasado atravesé la ciudad dormida: roncaban todavía las torres obesas, ahitas de crepúsculo.

Al alba, prodigiosamente cansado, me detuve entre las actinias: cerré los ojos en tenebrosa paz: desde entonces duermo: es raro que lleguen hasta aquí los peces, muy raro que los pacíficos radiolarios disputen por los ojos de las púdicas holoturias.


 IV

  Ya no son verdes las plumas de los dinosaurios, ni las hienas se cubren de frutos cuando llega la primavera amable; ya el pulpo no sacude su deslumbrante pico en los castillos del estío.

        Yo también estoy solo, rodeado de melancólicas islas y recorro envidioso los patios azules del mar hasta que el gran pez de la angustia quiebra con sus coletazos la cristalería del arco iris.

No soy hermoso, ni ágil como el saltamontes: me escondo entre las hierbas y debo esperar a que chille el mochuelo para emerger entre las grietas.

Muchas veces gira la odiosa luna antes que te contemplen mis ojos húmedos.

Pero esta noche has venido envuelta en una belleza que no es de este mundo y me has mirado tristemente.

¡Has acariciado mi lomo tembloroso y se te han llenado los ojos de carnívoras aguas!



 V

  He estado sumergido largos inviernos, he dormido ferozmente bajo los atrios, delante de mi faz los mendigos celebraron sus misas.
El viento derriba invisibles torreones, el invierno hojea su viejo libro y yo recuerdo a Déborah.

¡Oh gentiles espumas, tímidos mares enanos, en vuestros sagrados pechos recliné mi cornamenta de oro cuando Déborah me amaba!

Era en los desvanes del treceavo mes, era cuando mi corazón pastaba en las praderas infantiles del mar.

En sueños, escarchado de rabia, miré que el cielo enfermaba y las estrellas tosían y el sol se cubría de moscas venidas de Oriente.

Oh Déborah: cuando desperté la corrompida Diosa de Marfil sollozaba; ante los templos, bajo el sol subterráneo, tu calavera sonreía.



 VI

  Si algún día, en tu barbuda torre, en tu país baldado, oyes jadear las herrumbrosas hélices del odio, comprenderás que no he mentido.

see you..
        Porque amé tu rostro azul, idolatré tus ojos viciosos, tu barriga hinchada de hongos mortales.

No reniego haberte visto entre los cánticos de seda de los lunáticos, anunciando de la peste los reinos deslumbrantes.

¿Qué amor, qué amor pudiste sentir por mí, lívido grajo?

Era verano cuando te descolgaste de los campanarios —era un escamoso día de verano— cuando emergiste entre las algas gritando: “¡Voy a perderte!”

Yo chillé de alegría porque hacía muchos meses que me negabas tus besos: ebrio de gloria arrastré de los cabellos a la pobre tarde.

En aquella gruta fuimos felices y los paseantes palidecieron cuando Déborah y yo, dulcemente abrazados, cruzamos las islas seguidos por las bandadas que llevaban a cuestas nuestros mantos.

Déborah: tuve que partir.

La tempestad tiene ojos centelleantes: mi corazón padece en aquella isla blanca.

Déborah: yo sé que me oyes, yo sé que en tu guarida escuchas el silbido amarillo de nuestra inolvidable cobra y luego sollozas y después el olvido.


m. s.

domingo, 18 de mayo de 2014

Que creen que ven..



«Todo el mundo en esta sala cree, sin saberlo, o sin habérselo planteado, –al menos se comporta como si lo creyera–, que los niños de hasta siete u ocho años pertenecen a una especie diferente de la nuestra. Vemos a los niños como criaturas a punto de ser corrompidas  por lo mismo que nos corrompió a nosotros. Les hablamos y los tratamos como si estuviese en nuestras manos conseguir que sucedan cosas inimaginables. Hablamos de ellos como seres que llevan en sí la semilla de una raza superior a la nuestra. Y todos compartimos este sentimiento. Por eso en el terreno de la educación abundan los desencuentros y las disputas enconadas, y por eso no hay una sola persona en ningún país que esté satisfecho con lo que se ofrece a los niños [excepto, claro está, en las dictaduras, donde se les educa según las necesidades del estado]. Nos hemos acostumbrado a este hecho y no nos percatamos de lo extraordinario que es. En el caso de otras especies basta con enseñarle a las crías a sobrevivir, a adquirir la destreza de su mayores y los conocimientos prácticos suficientes. Mas sucede que cada generación profiere un gemido de angustia en algún punto determinado, como si la hubieran traicionado, vendido, estafado. Todas las generaciones sueñan con algo mejor para sus hijos, y todas se toman la llegada a la edad adulta de sus jóvenes con una desilusión profunda y secreta, aunque se trate de jóvenes que la misma sociedad ensalza como modelos. Todo esto se debe a la creencia arraigada, pero inconsciente, de que es posible algo mejor que uno mismo. Es como si los jóvenes evolucionasen hacia la adultez en una especie de carrera de obstáculos en que arrostran toda clase de peligros, mientras sus mayores se esfuerzan valerosa, pero inútilmente, por brindarles un futuro mejor. Una vez que alcanzan la madurez, hacen causa común con sus padres, vuelven la vista atrás hacia su infancia y siguen el crecimiento de su hijos con la misma angustia estéril. ¿Lograremos impedir que estos niños se echen a perder como nosotros? ¿Cómo evitarlo? ¡Quién no ha leído al menos una vez, en los ojos de un niño la crítica, la hostilidad, la sombría conciencia del prisionero? Esta actitud sólo se aprecia en ellos cuando todavía son muy jóvenes; es decir, mucho antes de que se alineen con los padres, antes incluso de que su individualidad se vea eclipsada por lo que sus padres dicen que es, por su ‘esto está bien y esto mal’.» El encuentro de aquella noche de padres preocupados por ofrecer a sus hijos algo mejor, una educación mejor, no fue ni más ni menos que un reflejo del fenómeno que se repite en cada generación. Todos los que le escuchaban, sentados en aquellas sillas duras, estaban atormentados por la sensación de que no habían desarrollado todo su potencial. Algo había ido mal. Un doloroso y equivocado proceso se había completado, y ellos, después de haber cursado unos estudios caros –la mayoría de los presentes pertenecía a la clase media–, habían quedado convertidos en seres deficientes, incompletos y en muchos casos claramente desviados. Así pues, no hacíamos sino seguir los pasos de las generaciones anteriores; y ahora mirábamos a nuestros niños como si poseyesen las cualidades necesarias para llegar a ser –siempre y cuando les proporcionáramos la educación apropiada– seres completamente diferentes de nosotros, mejores, más valientes, y alegres. Eso y mucho más: nos parecían cachorros de otra especie, libres, sin miedo, con todo un mar de posibilidades ante ellos, rebosantes de esta cualidad que todo el mundo reconoce, aunque nadie ha sabido definir, cualidad que todos los adultos pierden y saben que pierden.



d. l.


lunes, 12 de mayo de 2014

El montón..


   Rodó la canica por tierra, cruzó el círculo trazado con una vara, pasó de largo sin caer en el hoyo. Al hincarme me rompí el pantalón de las rodillas. ¡Pelas! Ya me debes tres canicas. Me preguntó qué quería ser cuando fuera grande. Encarcelado, le dije. Me corrigió: carcelero. No, encarcelado, reafirmé; pienso matar al cabrón de mi padre. 

   Se me quitaron las ganas de seguir jugando. No tenía caso decir mis cosas. Me arrepentí de haberle contado al Grillo que yo quería matar a mi padre. Por fortuna tiene tan mala memoria que mañana ya lo habrá olvidado. 

   Allá en la refresquería junté muchas corcholatas, me las eché a los bolsillos y me puse a correr para oír su ruido, de esa manera ya no escuchaba las voces que traía siempre en la cabeza. Sentí cómo se hacía de noche porque el hambre me crecía oscura; ese dolorcito de siempre que revierte en mi boca un sabor agrio. Me fui para la casa. A la entrada de la vecindad la Márgara mataba ratas con un palo. La vieja como no puede dormir se pasa las noches matando ratas, por eso el cabrón le puso de apodo La Gata, y como tiene la piel grisácea y los ojos amarillos, y como sólo come pan remojado con leche, pues la verdad el apodo le queda muy bien. 

   Entré al cuarto y vi las mismas cosas de siempre. Para cualquiera todo eso estaba en desorden, y no, cada cosa estaba en su lugar: los trastos en la estufa y en la mesa. En el rincón, izquierda al fondo, la bacinica. Medicinas, veladoras y papelitos en la repisa. Los quintos encajados en la rendija de la ventana. Las toallas deshilachadas colgadas en los clavos de la pared derecha, ahí junto, la chamarra roja del viejo: hace mucho que ya no se la pone, desde que consiguió la de cuero. En la alacena los kilos de frijoles, la manteca, la sal, el café y el piloncillo. Ahí la estampita de San Judas Tadeo y un vaso con hierbas espanta espíritus, epazote y albahaca. En los rincones los montones de ropa, el costal de carbón, la lata de petróleo...

   Ya era de noche, todos mis hermanos dormían menos la Jacinta, ella le sobaba la espalda a mi mamá. Me serví un plato de frijoles y me los comí muy despacio haciéndome a la idea de que estoy educado (mi bonito juego fantasioso) muy por encima del dolor que produce el hambre. Contuve el gesto animal y lo hice así, despacio como si comer no fuera nutrirse sino desmayarse. Comí de espaldas para no verlos. Luego me viré y los vi: ahí estaban en el suelo, amontonados como cadáveres envueltos en trapos, una mancha color mugre, los miembros confundidos, entrelazados o desparramados, una pierna encima de aquel brazo, unas espaldas, una mano como sola en aquella esquina, tres montones de cabellos, y una cabeza muy visible, la de Juanito, con la boca abierta. Así son mis hermanos todas las noches: algo sucio y sofocado, seres en fragmentos sumergidos en una pesadilla, algo hediondo, espeso y ronco. 

   Lupita estaba acostada en la cama, la única cama. Bien envuelta medía apenas medio metro. Tenía los cabellos mojados de sudor, embarrados sobre el rostro. Cualquiera diría que un gran miedo la había empapado. 

   Tenía calentura y esa enfermedad que ya le había durado varios días y a la que no sabíamos qué nombre ponerle; ni siquiera la habíamos llevado al doctor para que alnos dijera el nombre de lo que tenía y cómo curarla. Ahí estaba; balbuceaba y se enflaquecía. Yo podía oír ese ruidito; cuando las carnes se enjutan, es muy parecido al ruido de cuando las cosas inútiles, allá en el basurero, pierden su color. A eso sonaba Lupita. 

   Jacinta, con su masaje, apretaba la carne cansada de mamá, y cabeceaba de sueño. Mi mamá le dijo que se fuera a dormir. Se echó ahí entre los otros. La estructura de los cuerpos se hizo inmensa, tan quietos todos en la desgracia de ser pobres. Sin embargo algo se movía, yo podía saberlo y sentirlo: el hervidero de chinches y piojos, esa crueldad de puntitos miles que sustraen la sangre; vivir y dormir con la plaga como única posesión. 

   Mamá y yo nos pusimos a platicar de cosas que nos parecían bonitas, que si el rosal de Doña Amada se había logrado, que a Josefina la tuerta le habían traído un niño Dios para que lo vistiera y que las telas eran muy finas, que la niña de Remedios siempre no se llegó a morir y ahora hasta sonreía, que la abuelita de la Petra pintó su silla de blanco. Todo esto lo decíamos mientras ella alisaba la ropa con plancha de carbón. 

   De vez en vez se apretaba el vientre y disfrazaba una mueca. Ya duérmete, me decía. Yo no dejaba de hablar. No terminó de planchar el montón de ropa, le comenzaron los dolores de parto. Fijé los ojos ahí, en ese globo de angustia que se inflaba y desinflaba, adentro un nuevo hermanito entre agua y sangre, en giro e impulso, separando huesos, abriendo camino. 

   Así como estaba agarró un montón de ropa de niño y se dispuso a salir. Voy con usted, mamá. Deja, esto es cosa de mujeres, duérmete. El sueño se me había ido muy lejos, sentía ese mismo miedo de todas las veces, esa mano adentro que me apretaba las tripas, unos ojos en el estómago mirando circularmente, tratando de comprender el misterio del nacimiento y de la muerte, y luego ese odio inmenso, explosivo hacia el cabrón de mi padre. 

   Como se fue sin dejarme acompañarla, desperté a la Jacinta y la hice ir tras ella. Me quedé ahí, con la mirada vaga. Lupita lloró con unos gritos zumbantes, los ojos en blanco, la boca grotesca abierta en fundamental desesperación. Temí que se fuera a morir, sus carnes crujían, su llanto cada vez más atormentado, exacto al de las arañas, pero con volumen. Las arañas lloran en forma horripilante, tan quedito que los hombres no las oyen, sólo algunos como yo y Bernardo el pajarero. Es insoportable y lastimoso, sobre todo cuando lloran de amor y desesperadas se comen su propia tela de araña dejando boquetes para asomarse por ellos en soledad. 

   Lupita lloraba como araña, traté de calmarla, me acosté con ella y la abracé muy fuerte; me humedeció. 

jueves, 6 de marzo de 2014

Jikininki..



Una vez, Musõ Kokushi, sacerdote de la secta zen que viajaba solo por la provincia de Mino, se perdió en una comarca montañosa donde no había nadie que lo guiara. Erró sin rumbo durante largo tiempo; y ya desesperaba de hallar refugio durante la noche, cuando vislumbró, en lo alto de una colina iluminada por los últimos rayos del sol, una de esas pequeñas ermitas llamadas anjitsu, que suelen construir los monjes solitarios. Aunque parecía estar derruida, Musõ se apresuró a acercarse a ella; descubrió que la habitaba un anciano monje, a quien rogó que le concediera alojamiento por esa noche. El anciano rehusó con hosquedad, pero le indicó a Musõ la situación de una aldea, en un valle próximo, donde hallaría alojamiento y comida.

Musõ se encaminó hacia la aldea, compuesta por menos de una docena de granjas; el jefe del villorrio lo recibió en su casa con suma afabilidad. A la llegada de Musõ había cuarenta o cincuenta personas reunidas en el aposento principal; a él lo guiaron hasta un cuarto pequeño y apartado, donde pronto le ofrecieron cama y alimento. Vencido por la fatiga, Musõ se acostó muy temprano; pero poco antes de medianoche su sueño se vio interrumpido por un llanto que provenía del aposento contiguo. Deslizáronse entonces las puertas correderas; y un joven, que llevaba una lámpara encendida, entró al cuarto, lo saludó con una reverencia y le dijo:

—Venerable señor, es mi penoso deber informaros que ahora soy el responsable de esta casa. Ayer no era sino el hijo mayor. Pero cuando vos llegasteis aquí, vencido por la fatiga, no queríamos incomodaros de ningún modo: no os anunciamos, pues, que mi padre había muerto hacía apenas unas horas. Aquellos a quienes visteis reunidos en el aposento contiguo son los habitantes de esta aldea; se han congregado aquí para rendirle al muerto un póstumo homenaje; y pronto se marcharán a otra aldea que dista tres millas de aquí, pues nuestra costumbre nos prohíbe permanecer en la aldea la noche que sucede a la muerte de alguien. Hacemos nuestras ofrendas, elevamos nuestras plegarias, y luego nos retiramos, dejando solo al cadáver. En la casa donde queda el cadáver suelen suceder cosas extrañas: pensamos, pues, que sería mejor que nos acompañarais. En la otra aldea hallaréis buen alojamiento. Aunque, quizá, siendo un sacerdote, no temáis a los demonios y a los espíritus malignos; y, si no os inquieta quedaros solo con el muerto, sois bienvenido a nuestro humilde hogar. No obstante, debo advertiros que nadie, salvo un sacerdote, se atrevería a pernoctar aquí.

Musõ respondió:

—Vuestras cordiales intenciones, así como vuestra generosa hospitalidad, merecen mi más profunda gratitud. Pero lamento que no me hayáis anunciado la muerte de vuestro padre en cuanto llegué, pues, aunque estaba algo fatigado, por cierto que no lo estaba al punto de hallar dificultades en cumplir con mis deberes sacerdotales. Si me lo hubierais dicho, habría administrado el servicio antes de que todos partieran. Así las cosas, lo administraré una vez que os retiréis, y permaneceré con el cuerpo hasta la mañana. Ignoro a qué os referís al mencionar el peligro que entraña quedarse aquí a solas; pero no temo a demonios ni espectros: os ruego, por tanto, que no abriguéis temor alguno por mi persona.

Estas declaraciones parecieron regocijar al joven, quien manifestó su gratitud con las palabras pertinentes. Después, los otros miembros de la familia así como los aldeanos reunidos en el aposento contiguo, enterados de las promesas del sacerdote, acudieron a darle las gracias, y luego dijo el dueño de la casa:

—Ahora, venerable señor, aunque mucho deploremos dejaros a solas, debemos despedirnos. Las normas de nuestra aldea nos impiden quedarnos aquí después de medianoche. Os imploramos, amable señor, que en todo punto cuidéis de vuestro honorable cuerpo mientras no estemos aquí para serviros. Y si acaso oyerais o escucharais algo extraño durante nuestra ausencia, no olvidéis referírnoslo cuando regresemos por la mañana.

domingo, 2 de marzo de 2014

La Flor de Coleridge..


  Hacia 1938, Paul Valéry escribió: “La Historia de la literatura no debería ser la historia de los autores y de los accidentes de su carrera o de la carrera de sus obras sino la Historia del Espíritu como productor o consumidor de literatura. Esa historia podría llevarse a término sin mencionar un solo escritor.” No era la primera vez que el Espíritu formulaba esa observación; en 1844, en el pueblo de Concord, otro de sus amanuenses había anotado: “Diríase que una sola persona ha redactado cuantos libros hay en el mundo; tal unidad central hay en ellos que es innegable que son obra de un solo caballero omnisciente” (Emerson:Essays, 2, VIII). Veinte años antes, Shelley dictaminó que todos los poemas del pasado, del presente y del porvenir, son episodios o fragmentos de un solo poema infinito, erigido por todos los poetas del orbe (A Defence of Poetry, 1821).

  Esas consideraciones (implícitas, desde luego, en el panteísmo) permitirían un inacabable debate; yo, ahora, las invoco para ejecutar un modesto propósito: la historia de la evolución de una idea, a través de los textos heterogéneos de tres autores. El primer texto es una nota de Coleridge; ignoro si éste la escribió a fines del siglo XVIII, o a principios del XIX. Dice, literalmente:

  “Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado
allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces, qué?”.

  No sé que opinará mi lector de esa imaginación; yo la juzgo perfecta. Usarla como base de otras invenciones felices, parece previamente imposible; tiene la integridad y la unidad de un terminus ad quem, de una meta. Claro está que lo es; en el orden de la literatura, como en los otros, no hay acto que no sea coronación de una infinita serie de causas y manantial de una infinita serie de efectos. Detrás de la invención de Coleridge está la general y antigua invención de las generaciones de amantes que pidieron como prenda una flor.

  El segundo texto que alegaré es una novela que Wells bosquejó en 1887 y reescribió siete años después, en el verano de 1894. La primera versión se tituló The Chronic Argonauts (en este título abolido, chronic tiene el valor etimológico detemporal); la definitiva, The Time Machine. Wells, en esa novela, continúa y reforma una antiquísima tradición literaria: la previsión de hechos futuros. Isaías ve la desolación de Babilonia y la restauración de Israel; Eneas, el destino militar de su posteridad, los romanos; la profetisa de la Edda Saemundi, la vuelta de los dioses que, después de la cíclica batalla en que nuestra tierra perecerá, descubrirán, tiradas en el pasto de una nueva pradera, las piezas de ajedrez con que antes jugaron… El protagonista de Wells, a diferencia de tales espectadores proféticos, viaja físicamente al porvenir. Vuelve rendido, polvoriento y maltrecho; vuelve de una remota humanidad que se ha bifurcado en especies que se odian (los ociososeloi, que habitan en palacios dilapidados y en ruinosos jardines; los subterráneos y nictálopesmorlocks, que se alimentan de los primeros); vuelve con las sienes encanecidas y trae del porvenir una flor marchita. Tal es la segunda versión de la imagen de Coleridge. Más increíble que una flor celestial o que la flor de un sueño es la flor futura, la contradictoria flor cuyos átomos ahora ocupan otros lugares y no se combinaron aún.

  La tercera versión que comentaré, la más trabajada, es invención de un escritor harto más complejo que Wells, si bien menos dotado de esas agradables virtudes que es usual llamar clásicas. Me refiero al autor de La humillación de los Northmore, el triste y laberíntico Henry James. Este, al morir, dejó inconclusa una novela de carácter fantástico, The Sense of the Past, que es una variación o elaboración de The Time Machine. El protagonista de Wells viaja al porvenir en un inconcebible vehículo que progresa o retrocede en el tiempo como los otros vehículos en el espacio; el de James regresa al pasado, al siglo XVIII, a fuerza de compenetrarse con esa época. (Los dos procedimientos son imposibles, pero es menos arbitrario el de James.) En The Sense of the Past, el nexo entre lo real y lo imaginativo (entre la actualidad y el pasado) no es una flor, como en las anteriores ficciones; es un retrato que data del siglo XVIII y que misteriosamente representa al protagonista. Este, fascinado por esa tela, consigue trasladarse a la fecha en que la ejecutaron. Entre las personas que encuentra, figura, necesariamente, el pintor; éste lo pinta con temor y con aversión, pues intuye algo desacostumbrado y anómalo en esas facciones futuras… James, crea, así, un incomparable regressus in infinitum, ya que su héroe, Ralph Pendrel, se traslada al siglo XVIII. La causa es posterior al efecto, el motivo del viaje es una de las consecuencias del viaje.

  Wells, verosímilmente, desconocía el texto de Coleridge; Henry James conocía y admiraba el texto de Wells. Claro está que si es válida la doctrina de que todos los autores son un autor, tales hechos son insignificantes. En rigor, no es indispensable ir tan lejos; el panteísta que declara que la pluralidad de los autores es ilusoria, encuentra inesperado apoyo en el clasicista, según el cual esa pluralidad importa muy poco. Para las mentes clásicas, la literatura es lo esencial, no los individuos. George Moore y James Joyce han incorporado en sus obras, páginas y sentencias ajenas; Oscar Wilde solía regalar argumentos para que otros los ejecutaran; ambas conductas, aunque superficialmente contrarias, pueden evidenciar un mismo sentido del arte. Un sentido ecuménico, impersonal… Otro testigo de la unidad profunda del Verbo, otro negador de los límites del sujeto, fue el insigne Ben Jonson, que empeñado en la tarea de formular su testamento literario y los dictámenes propicios o adversos que sus contemporáneos le merecían, se redujo a ensamblar fragmentos de Séneca, de Quintiliano, de Justo Lipsio, de Vives, de Erasmo, de Maquiavelo, de Bacon y de los dos Escalígeros.

  Una observación última. Quienes minuciosamente copian a un escritor, lo hacen impersonalmente, lo hacen porque confunden a ese escritor con la literatura, lo hacen porque sospechan que apartarse de él en un punto es apartarse de la razón y de la ortodoxia. Durante muchos años, yo creí que la casi infinita literatura estaba en un hombre. Ese hombre fue Carlyle, fue Johannes Becher, fue Whitman, fue Rafael Cansinos-Asséns, fue De Quincey. 



j. l. b. 



martes, 4 de febrero de 2014

Las pequeñas épsilon..


           Takato Yamamoto

Las amarguras que el tiempo arroja dentro de mí las sustrae de mis poemas. Me he llenado de arrugas, para permanecer terso ahí donde nadie me recordara. Una rosa que se vuelve poesía te puede destrozar mucho mas que un puñetazo que no se vuelve poesía. Millares de palabras se marchitan en los libros rojos, cuando una simple muchacha dispara. Al parecer, incluso para derrocar gobiernos -qué triunfo- se necesita la buena calidad. En la tristeza de la interminable mediocridad que nos ahoga por todos lados, me consuela que en algún lugar, en alguna habitación pequeña, algunos obstinados luchan por eliminar el desgaste. Con pleno conocimiento de que un día este planeta se congelara o se incendiara junto con sus logros. Ellos, otro tipo de héroes, son los que harán quedar bien a la alguna vez humanidad. Extraño: en nombre del humanismo, desde siempre los pueblos han dado dos pasos adelante y los poetas dos pasos atrás. No nos engañemos. No te haces vegetariano comiendo cordero pintado de verde. Que reduzcas un poema a su sentido esencial no tiene ningún sentido. Una cámara fotográfica oculta en la mala poesía nos condena a volver a ver aquello que hemos visto muchas veces -y a no ver aquello que nunca hemos visto. Seguramente la capacidad de observación es un gran defecto para el poeta que, al final, acaba tomando las nubes por nubes. Muchas mentiras esperan en fila para ocupar el lugar de la verdad. Al menos mintamos correctamente. Muchos en la poesía, porque resulta que son feos, proclaman que Dios hizo feo al mundo. Algunos incluso llegan mas lejos: porque alguna vez estuvieron en peligro de ahogarse, insisten en que el mar no es azul. No percibes la magia con la interpretación de la magia, mucho menos con la descripción de la interpretación de la magia. O cantas, o callas. No dices: esto que hago es canto. Eso faltaba. Si los pájaros pensaran nos arrojarían piedras -perdón, quise decir excrementos. En nuestros tiempos se admira mas al diamante que se vuelve carbón que al carbón que se vuelve diamante. La sensación del fracaso continua siendo el buen conductor de las emociones en una mayoría a la que, queriéndolo o no, este complejo la domina toda su vida. Joven, recuerda: no te haces esclavo cuando te somete solo quien tiene el poder -sino también quien lucha en su contra. Olor de los Textos: a madera húmeda en el fuego, o a hojas podridas, o a habitación vacía. Y mas: a piedra ardiente en el sol, a establo, a cabello sin lavar de una mujer hermosa. !Pobre Guerlain! Cuidado con la emoción. Si es hechicera, no deja de ser embustera. De la misma manera en que a veces una palabra (no necesariamente bonita o rara) se vuelve el pretexto para crear todo un verso, de tal modo que esa palabra pueda encontrar su lugar preciso y resplandezca, ese verso, a su vez, por la misma razón, se vuelve a veces pretexto para crear todo un poema, cuyo contenido, si nació de dos o tres silabas humildes, como sentido esta tan alejado de ellas como un hombre completo del placer de un instante, que se volvió la razón de que existiera. Toda gran música, en el fondo, es un menosprecio de la muerte. Lo Uno y lo Absoluto que concibe nuestra mente es lo mucho y lo relativo de los demás, llevados a la claridad de la unidad. La distancia de la ''nada'' a lo ''mínimo'' es mucho mas grande que la de lo ''mínimo'' a lo ''mucho''. Grecia es el país dorado de la Poquedad que inutiliza el valor del numero; pero también el país negro de lo Desigual, donde ningún destino se corta a la medida dada del inicio. En la vida, que aciertes a algunas codornices significa: las mataste. En el arte: las resucitaste. El arte, aun cuando se dirige hacia la muerte, la sube; no cae dentro de ella. Y es por eso que cuanto mas se agota la vida, tanto mas la obra flota con la cabeza de fuera. Solo que, a veces, algunos no perciben el espejo y se rompen la cara. Si hay algo que teme el artista consciente es que sabe que los cadáveres de las malas obras son peores que los del hombre. Es cómico, pero las palabras que te ayudan a vivir al otro le ayudan a matarte.

o. e.
[fragmento]

domingo, 2 de febrero de 2014

«Térra Mater»

Un profeta indio, Smohalla, jefe de la tribu Wanapum, se negaba a trabajar la tierra. Estimaba que era un pecado herir o cortar, desgarrar o arañar a «nuestra madre común» con los trabajos agrícolas. Y añadía: «¿Me pedís que labre el suelo? ¿Voy a coger un cuchillo y a hundírselo en el seno a mi madre? En tal caso, cuando esté muerto, no me recogerá en su seno. ¿Me pedís que cave y arranque piedras? ¿Voy a mutilar sus carnes para llegar hasta sus huesos? En tal caso, yo no podría entrar en su cuerpo para nacer de nuevo. ¿Me pedís que corte la hierba y el heno y lo venda para enriquecerme como los blancos? Pero ¿cómo me voy a atrever a cortar la cabellera de mi madre[1].


Estas palabras fueron pronunciadas hace menos de un siglo, pero nos llegan de muy lejos. La emoción que se siente al oírlas se debe especialmente a que nos revelan, con un frescor y una espontaneidad incomparables, la imagen primordial de la Tierra-Madre. Esta imagen se encuentra por todas partes, bajo formas y variantes innumerables. Es la Térra Mater o la Tellus Mater, bien conocida de las religiones mediterráneas, que da vida a todos los seres. «A la Tierra cantaré |se lee en el himno homérico A la Tierra (1 ss.)], madre universal de sólidos cimientos, abuela venerable que nutre sobre su suelo todo lo que existe... A ti te corresponde dar vida a los mortales, así como quitársela...» Y, en las Coéforas (127-128), Esquilo glorifica a la Tierra que «pare a todos los seres, los nutre y después recibe de nuevo el germen fecundo».

El profeta Smohalla no nos dice de qué manera los hombres han nacido de la Madre telúrica. Pero ciertos mitos americanos nos revelan cómo sucedieron las cosas en su origen, in illo tempore: los primeros hombres vivieron cierto tiempo en el seno de su Madre, es decir, en el fondo de la tierra, en sus entrañas. Allí, en los subsuelos telúricos, llevaban una vida medio humana: eran en cierto modo embriones todavía imperfectamente formados. Esto es, al menos, lo que afirman los indios lenni lenape o delaware, que habitaban antaño en Pensilvania. Según sus mitos, el Creador, aunque tuviera ya dispuestas para ellos sobre la superficie de la Tierra todas las cosas de que gozaban entonces, había decidido, sin embargo, que los humanos permanecieran aún cierto tiempo ocultos en el vientre de su Madre telúrica, para que se desarrollaran mejor, para que madurasen. Otros ritos amerindios hablan de un tiempo remoto en el que la Tierra Madre producía a los humanos de la misma manera que produce en nuestros días los arbustos y las cañas[2].

Es ésta del alumbramiento de los humanos por la Tierra una creencia difundida universalmente [3]. En muchas lenguas se llama al hombre «nacido de la tierra». Se cree que los niños «vienen» del fondo de la Tierra, de las cavernas, de las grutas, de las hendiduras y también de los mares, de las fuentes, de los ríos. En forma de leyenda, de superstición o simplemente de metáfora perduran aún creencias similares en Europa. Cada región, y casi cada ciudad o pueblo, conoce una roca o una fuente que «trae» a los niños: las Kinderbrunnen, Kinderteiche, Bubenquellen, etc. Incluso entre los europeos de hoy día perdura el sentimiento oscuro de una solidaridad mística con la tierra natal. Es la experiencia religiosa de la autoctonía: los hombres se sienten «gentes del lugar», y es este un sentimiento de estructura cósmica que sobrepasa con mucho el de la solidaridad familiar y ancestral.

viernes, 31 de enero de 2014

Luminoso


. . .

—Vale —dije—. Continúa.
—En el principio del universo algún sistema físico tuvo que comprobar las matemáticas aislado, separado de todos los resultados establecidos, lo que le permitía decidir el resultado al azar. Así es cómo surgió el defecto. Pero ahora todas las matemáticas de esta región ya han sido comprobadas, ya se han rellenado todos los huecos. Cuando un sistema físico comprueba un teorema en el lado cercano, no sólo ya ha sido demostrado miles de millones de veces antes, sino que también se han decidido todas las proposiciones lógicamente adyacentes que lo rodean, y ellas implican el resultado correcto en un solo paso.

じっぷら展覧会 | 見てるだけで頭が変になりそうな絵をみんなで観賞しようぜ

—¿Quieres decir... que hay una presión de pares por parte de las proposiciones contiguas? ¿Que no se permite ninguna inconsistencia, que hay que ajustarse? ¿Si x-1 = y-1, y X+1 = y+1, entonces x tiene que ser por fuerza igual a y porque no hay nada cerca que permita lo contrario?
—Exactamente. La verdad se determina de forma local. Y lo mismo pasa si nos adentramos en el lado remoto. Las matemáticas alternativas han dominado allí y cualquier comprobación tiene lugar rodeada de teoremas establecidos que se refuerzan unos a otros y refuerzan el resultado correcto no estándar.
—Pero en el borde...
—En el borde todos los teoremas que se comprueban reciben instrucciones contradictorias. Por un lado, x-1 = y-1... pero por el otro, x+1 = y+2. Y la topología del borde es tan compleja que un teorema del lado cercano puede tener más vecinos en el lado remoto que en su propio lado, y al revés.
—De manera que la verdad en el borde no es fija, ni siquiera ahora. Ambas regiones siguen teniendo la posibilidad de avanzar o retroceder. Todo depende del orden en que se comprueben los teoremas. Si se comprueba en primer lugar un teorema claramente situado en el lado cercano, y éste contribuye a consolidar a un vecino más vulnerable, eso puede garantizar que ambos permanezcan en el lado cercano.
Ejecutó una breve animación que demostraba el efecto.
—Pero si se invierte el orden, el más débil se vendrá abajo.
Observé, medio mareado. Verdades insondables pero supuestamente eternas caían como piezas de ajedrez.
—Y... ¿crees que en este preciso momento se están produciendo procesos físicos (acontecimientos moleculares fortuitos que sin quererlo siguen comprobando una y otra vez distintas teorías a lo largo del borde) que hacen que cada lado gane y pierda territorio?
—Sí.
—¿Entonces ha habido una especie de... marea aleatoria que ha estado subiendo y bajando entre dos tipos de matemáticas durante miles de millones de años?
Se me escapó una risa inquieta e hice algunos cálculos mentales aproximados.
—La esperanza matemática de un paseo aleatorio es la raíz cuadrada de N. No creo que tengamos que preocuparnos por nada. La marea no va a inundar la aritmética útil en el tiempo de vida del universo.
Alison sonrió sin humor y volvió a coger la agenda.
—¿La marea? No. Pero construir un canal es la cosa más fácil del mundo. Para influir en el flujo aleatorio.

domingo, 12 de enero de 2014

Siete sermones a los muertos.. [Primer sermón]

  Los muertos regresaron de Jerusalén, donde no encontraron lo que buscaban. Pidieron que se les permitiera verme y exigieron que yo les enseñara, y así les enseñé: 
Léon Bonvin, Moonlight Scene

Oídme: comienzo con la Nada. La Nada es lo mismo que la plenitud. En el eterno estado, la plenitud es lo mismo que la vacuidad. La Nada está vacía y llena. Se pueden expresar también algunas otras cosas acerca de la Nada, a saber: que es blanca o negra o que existe o que no existe. Aquello que es infinito y eterno no tiene cualidades puesto que las tiene todas. 

Nosotros llamamos a la Nada, o plenitud, el Pleroma. En Él cesan el pensamiento y el ser, pues lo eterno no tiene cualidades. En él no hay nadie, pues si lo hubiera, estaría diferenciado del Pleroma y poseería cualidades que lo distinguirían del Pleroma. 

En el Pleroma no hay nada, y está todo: no es provechoso pensar en el Pleroma, pues hacerlo supondría nuestra disolución.

El mundo creado no está en el Pleroma, sino en sí mismo. El Pleroma es el principio y el fin del mundo creado. El Pleroma penetra el mundo creado como la luz del sol penetra el aire en todas partes. Aunque el Pleroma lo penetra por completo, el mundo creado no tiene parte de él, como un cuerpo totalmente transparente no se vuelve oscuro o claro como resultado del paso de la luz a través de él. Nosotros mismos, sin embargo, somos el Pleroma, por lo tanto, el Pleroma está presente dentro de nosotros. Aún en el punto más pequeño, el Pleroma está presente sin ataduras, eterna y completamente, pues pequeñas y grandes son las cualidades ajenas al Pleroma. El Pleroma es la Nada que en todas partes está completa y es infinita. A causa de ello hablo del mundo creado como una porción del Pleroma, pero sólo en un sentido alegórico, pues el Pleroma no está dividido en porciones, puesto que es la Nada. Nosotros también somos el Pleroma total; pues figurativamente el Pleroma es un punto dentro de nosotros excesivamente pequeño, hipotético, incluso no existente, y también es el firmamento infinito del cosmos a nuestro alrededor. Sin embargo, ¿por qué hablamos acerca del Pleroma, si es el todo y también la nada?

Hablo de él, para empezar por alguna parte, y también para haceros perder la ilusión de que en alguna parte dentro o fuera, hay algo absolutamente firme y definido Todas las cosas llamadas definidas y sólidas son sólo relativas, pues únicamente aquello que está sujeto a cambios parece definido y sólido. 

El mundo creado está sujeto a cambios. Es lo denso sólido y definido, puesto que tiene cualidades De hecho, el mundo creado no es más que una cualidad. 

Hacemos la pregunta: ¿Cómo se originó la creación? Las criaturas sin duda se originaron, pero no el mundo creado mismo, puesto que es una cualidad del Pleroma, de la misma manera que lo no creado; la muerte eterna también es una característica del Pleroma. La creación está siempre y en todas partes, y la muerte está siempre y en todas partes. El Pleroma lo posee todo: la diferenciación y la no diferenciación. 

La diferenciación es creación. El mundo creado sin duda está diferenciado. La diferenciación es la esencia del mundo creado, y por esta razón lo creado también causa más diferenciación. Esta es la causa por la cual el hombre mismo es un divisor, pues su esencia es también diferenciación. Por esto distingue las cualidades del Pleroma, las que no existen. 

El hombre crea estas divisiones de su propio Ser. Ésta es la razón por la que el hombre habla de las cualidades del Pleroma que no existen. Vosotros me diréis: ¿de qué sirve hablar de esto, si se ha dicho que es inútil pensar en el Pleroma?