I'm gonna put a hole in my T.V. set
I don't wanna grow up
- Tom Waits
Abrió los ojos y vio que el monstruo gigante destruía una ciudad. Sonrió con la imagen de la tele, deseando estar en aquella película. Pero en un instante comprendió que aquello era sólo un recuerdo.
La noche que los cocineros desaparecieron Kekis había pedido una ensalada; en vez de eso le habían llevado un tomate entero dentro de un bonito tazón de cristal. Una mesera bizca llamada Susú le había dicho muy apenada que los cocineros "se habían metido en un problema" y estaban desaparecidos, y que los de la pareja de ayudantes que quedaba eran "un poco extraños". Después de escuchar aquello Kekis soltó una carcajada y más de un cliente de los que voltearon a verla llegó a pensar que cómo era posible que hubiera tanta energía en aquel pequeño y anoréxico cuerpo. Continuó riendo hasta que el estómago le dolió y comenzó a sentir lágrimas en sus mejillas. Pero no eran lágrimas, eran gotas de lluvia. En un instante ya no había restaurante ni meseros ni nada. Estaba en una calle desconocida, empapándose. La risa se le borró del rostro al instante, porque además comprobó que estaba amaneciendo. Miró su reloj de Mickey Mouse; habían pasado casi doce horas. Se palpó el cuerpo, comprobando que todo estuviera en su lugar; su vestido negro, botas moradas, monedero de koala de peluche azul con cien pesos y el celular del pingüino Opi colgado a su cinturón de estoperoles. La pantalla del celular mostraba cinco llamadas que Kekis no había contestado. Tres de ellas eran de su obsesivo jefe y dos de Armando. Miró a todas direcciones en busca de algún signo de vida, o algo que le dijera lo que había sucedido. Notó entonces que bajo sus pies había una revista sensacionalista, en cuya portada aparecía un pingüino emperador que se aseguraba podía hablar tres idiomas. Mierda.
