Mostrando entradas con la etiqueta N Europea. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta N Europea. Mostrar todas las entradas

miércoles, 11 de junio de 2014

La muerte de Odjigh..


A J. H. Rosny    

  En aquellos tiempos la raza humana parecía estar a punto de morir. El orbe solar tenía la frialdad de la luna. Un eterno invierno agrietaba el suelo. Las montañas, que habían surgido vomitando hacia el cielo las llameantes entrañas de la tierra, estaban grises de lava helada. Ranuras paralelas o estrelladas recorrían las comarcas; grietas prodigiosas, abiertas de repente, se tragaban las cosas de encima en un brusco descenso, y podía verse cómo se deslizaban lentamente hacia ellas largas filas de bloques erráticos. El aire obscuro estaba salpicado de agujillas transparentes; una blancura siniestra cubría los campos; la universal irradiación de plata parecía esterilizar el mundo.

  Ya no había vegetación, sino algunas manchas de liquen pálido sobre las rocas. La osamenta del globo se había despojado de su carne, que está hecha de tierra, y las llanuras se extendían como esqueletos. La muerte invernal atacó la vida inferior; los peces y animales del mar habían perecido aprisionados en los hielos; luego murieron los insectos que hormigueaban en las plantas trepadoras, los animales que transportaban sus crías en las bolsas del vientre y los seres casi voladores que frecuentaban las grandes selvas; hasta tan lejos como llegaba la vista no había árboles ni verdura y j sólo permanecía vivo lo que moraba en cavernas, grutas o cuevas.

  También se habían extinguido ya dos razas entre los hijos de los hombres; los que habían habitado en nidos de lianas sobre la copa de los grandes árboles y los que se habían guarecido sobre casas flotantes en el centro de los lagos; selvas, bosques, bosquecillos y macizos estaban caídos en el resplandeciente suelo y la superficie de las aguas era dura y reluciente como la piedra pulimentada.

  Los cazadores de fieras que conocían el fuego, los trogloditas que sabían horadar la tierra hasta su calor interior, y los comedores de peces que habían aprovisionado aceite marino en sus agujeros de hielo, aún resistían el invierno. Pero los animales eran cada vez más escasos porque el hielo los dominaba en cuanto sacaban el hocico a ras del suelo, la madera para hacer fuego se estaba agotando y el aceite ya era sólido como una roca amarilla coronada de blanco.

  Pero un matador de lobos llamado Odjigh, que vivía en una profunda cueva y poseía una enorme hacha de jade verde, pesada y temible, se compadeció de las cosas animadas. Cuando estaba a la orilla del gran mar interior, cuya punta se alarga por el este de Minnesota, dirigió sus miradas hacia las regiones septentrionales, allá donde el frío parecía amontonarse. En lo más profundo de su gruta helada tomó el calumet sagrado, esculpido en piedra blanca, lo llenó de hierbas aromáticas de las que se elevó el humo en forma de coronas y sopló el incienso divino por el aire. Las coronas subieron hacia el cielo y la espiral gris se inclinó al norte.
Odjigh, el matador de lobos, se puso en marcha hacia el norte. Se cubrió la cara con una espesa piel de ratón agujereada, cuya cola se balanceaba como un penacho por encima de su cabeza, con una tira de cuero se ató alrededor de la cintura una bolsa llena de carne seca picada y mezclada con grasa y, balanceando el hacha de jade verde, se dirigió hacia las: espesas nubes amontonadas en el horizonte. A medida que él pasaba la vida se iba apagando a su alrededor. Los ríos habían callado desde hacía tiempo. El aire opaco sólo traía consigo sones apagados. Las masas heladas, azules, blancas y verdes, radiantes de escarcha, parecían pilares de una ruta monumental. 

  El corazón de Odjigh echaba de menos el bullir de los peces nacarados entre las mallas de las redes de fibra, el estremecimiento serpenteante de las anguilas marinas, la pesada marcha de las tortugas, la oblicua carrera de los gigantescos cangrejos de ojos bizcos y los vivos bostezos de las bestias terrestres, bestias equipadas de pico plano y garras, bestias vestidas de escamas, bestias moteadas en formas variadas y agradables a los ojos, bestias amantes de sus crías que daban saltos ágiles o hacían extraños remolinos o vuelos peligrosos. Por encima de todos los animales, echaba de menos a los feroces lobos, sus pieles grises y sus aullidos familiares, porque estaba acostumbrado a cazarlos con la maza y el hacha de piedra, durante las noches brumosas y a la roja luz de la luna.

  Entonces, por su izquierda, surgió un animal de cubil que vive profundamente hundido en el suelo y se deja sacar a duras penas de su agujero, un tejón flaco de pelo erizado. Odjigh lo vio y se alegró, sin pensar en matarlo. El tejón se acercó a él manteniendo las distancias.

  Después, por la derecha de Odjigh, salió súbitamente, de un corredor helado, un pobre lince de ojos insondables. Miraba a Odjigh de través, con miedo, y se deslizaba con inquietud. Pero el matador de lobos se alegró también y marchó entre el tejón y el lince.

  Mientras avanzaba con la bolsa de carne golpeando contra su flanco, oyó tras él un débil aullido de hambre. Volviéndose como al son de una voz conocida, vio un lobo huesudo que lo seguía tristemente. Odjigh se apiadó de todos aquellos a los que había partido el cráneo. El lobo sacaba la humeante lengua y tenía los ojos enrojecidos.

sábado, 31 de mayo de 2014

La Oración Fúnebre..


 E
n la  estación,  los parientes  avanzaban junto al  tren humeante. A cada paso agitaban el brazo levantado y hacían señas.

Un joven estaba de pie tras la ventanilla  del  tren. El  cristal  le llegaba  hasta debajo de los  brazos. Sostenía  un ramillete  ajado de flores blancas a la altura del pecho. Tenía la cara rígida.

Una mujer joven  salía de la estación  con un niño de aspecto inexpresivo. La mujer tenía una joroba.

El tren iba a la guerra. Apagué el televisor.

Papá  yacía  en  su  ataúd  en  medio  de  la  habitación.  De  las paredes colgaban tantas fotos que ya ni se veía la pared.

En una de ellas  papá era la  mitad  de grande que la  silla a  la cual se aferraba.

Llevaba  un  vestido  y   sus piernas  torcidas  estaban llenas  de pliegues adiposos. Su cabeza, sin pelo, tenía forma de pera.

En otra foto aparecía  en traje de novio.  Sólo se le  veía  la  mitad del pecho. La otra mitad era un ramillete ajado de flores blancas que mamá tenía  en la  mano. Sus cabezas estaban tan cerca una de la otra que los lóbulos de sus orejas se tocaban.

En otra foto se veía  a papá ante una valla,  recto como un huso. Bajo sus zapatos altos había nieve. La nieve era tan blanca que papá quedaba en el  vacío. Estaba  saludando con la  mano levantada  sobre la cabeza. En el cuello de su chaqueta había unas runas.

En la  foto de al  lado  papá llevaba  una azada al  hombro. Detrás de él,  una planta  de maíz  se erguía  hacia  el  cielo.  Papá tenía  un sombrero puesto. El sombrero daba una sombra ancha y  ocultaba  la cara de papá.

En la  siguiente  foto, papá iba  sentado al  volante  de un camión. El camión estaba  cargado de reses.  Cada semana papá transportaba reses  al  matadero  de  la  ciudad. Papá  tenía una  cara  afilada, de rasgos duros.

En todas las  fotos quedaba congelado  en medio  de un gesto. En todas las  fotos parecía  no saber nada más. Pero papá siempre  sabía más. Por eso todas las  fotos eran falsas. Y todas esas  fotos falsas, con todas  esas  caras  falsas,  habían  enfriado  la  habitación. Quise levantarme  de la  silla,  pero el  vestido  se me había  congelado  en la madera. Mi  vestido era  transparente  y   negro. Crujía cuando me movía. Me levanté y  le toqué la cara a papá. Estaba más fría que los demás objetos de la habitación. Fuera era  verano. Las  moscas, al volar, dejaban caer sus larvas. El  pueblo  se extendía  bordeando el ancho camino de arena, un camino  caliente,  ocre, que le  calcinaba  a uno los ojos con su brillo.

El  cementerio era de rocalla. Sobre las  tumbas había enormes piedras.

Cuando miré el suelo, noté que las suelas de mis zapatos se habían vuelto hacia arriba. Me había  estado pisando todo el tiempo los cordones, que, largos y gruesos, se enroscaban en los extremos, detrás de mí.

Dos hombrecillos tambaleantes sacaron el ataúd del coche fúnebre y lo bajaron a la tumba con dos cuerdas raídas. El ataúd se columpiaba. Los brazos y las cuerdas se alargaban cada vez más. Pese a la sequedad, la fosa estaba llena de agua.

Tu padre tiene muchos muertos en la conciencia, dijo uno de los hombrecillos borrachos.

Yo le dije: estuvo en la guerra. Por cada veinticinco muertos le daban una condecoración. Trajo a casa varias medallas.

Violó a una  mujer en  un campo  de nabos, dijo el hombrecillo. Junto con cuatro soldados más.  Tu padre  le puso un nabo entre las piernas. Cuando nos fuimos, la mujer sangraba. Era una rusa. Después de aquello, y durante semanas, nos dio por llamar nabo a cualquier arma.

Fue a finales de otoño, dijo el hombrecillo. Las hojas de los nabos estaban negras y pegadas por la helada. El hombrecillo colocó luego una piedra gruesa sobre el ataúd. El otro hombrecillo borracho siguió hablando:

Ese Año Nuevo fuimos a la ópera en una pequeña ciudad alemana. Los agudos de la cantante eran tan estridentes como los gritos de la rusa. Abandonamos la sala uno tras otro. Tu padre se quedó hasta el final. Después, y durante semanas, llamó nabos a todas las canciones y a todas las mujeres.

El hombrecillo bebía aguardiente. Las tripas le sonaban. Tengo tanto aguardiente en la barriga como agua subterránea hay en las fosas, dijo.

lunes, 26 de mayo de 2014

Una Soledad Demasiado Ruidosa..

      Bohumil Hrabal
  
1


Hace treinta y cinco años que trabajo con papel viejo y ésta es mi love story. Hace treinta y cinco años que prenso libros y papel viejo, treinta y cinco años que me embadurno con letras, hasta el punto de parecer una enciclopedia, una más entre las muchas de las cuales, durante todo este tiempo, habré comprimido alrededor de treinta toneladas, soy una jarra llena de agua viva y agua muerta, basta que me incline un poco para que me rebosen los más bellos pensamientos, soy culto a pesar de mí mismo y ya no sé qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí, y cuáles he adquirido leyendo, y es que durante estos treinta y cinco años me he amalgamado con el mundo que me rodea porque yo, cuando leo, de hecho no leo, sino que tomo una frase bella en el pico y la chupo como un caramelo, la sorbo como una copita de licor, la saboreo hasta que, como el alcohol, se disuelve en mí, la saboreo durante tanto tiempo que acaba no sólo penetrando mi cerebro y mi corazón, sino que circula por mis venas hasta las raíces mismas de los vasos sanguíneos. Por regla general, prenso unas dos toneladas por mes, y para tener fuerzas para este bendito trabajo, durante treinta y cinco años he bebido tanta cerveza que con ella se podría llenar una piscina olímpica o una buena cantidad de viveros de carpas navideñas. De esta manera, a pesar de mí mismo, me he vuelto sabio y ahora me doy cuenta de que mi cerebro es un fajo de pensamientos prensados en la prensa mecánica, mi cabeza calva es la nuez de Cenicienta, y sé bien que los tiempos en los que el pensamiento estaba inscrito en la memoria humana tenían que ser mucho más hermosos; si en aquel tiempo alguien hubiese querido prensar libros, tendría que haber prensado cabezas humanas, pero tampoco eso habría servido para nada, porque los verdaderos pensamientos provienen del exterior, van junto al hombre como su fiambrera de fideos y por eso todos los inquisidores del mundo queman los libros en vano, porque cuando un libro comunica algo válido, su ritmo silencioso persiste incluso mientras lo devoran las llamas, y es que un verdadero libro siempre indica algún camino nuevo que conduce más allá de sí mismo. Me compré una pequeña calculadora, una de esas multiplicadoras extractoras de raíces, una máquina menuda, no más grande que una cartera, y cuando reuní el valor necesario para abrir la parte de atrás con un destornillador, tuve un sobresalto de alegría porque dentro encontré una minúscula placa, no mayor que un sello, no más gruesa que diez hojas de un libro, y aparte de eso sólo aire, aire cargado de variaciones matemáticas. Lo mismo pasa cuando penetro con los ojos un buen libro, cuando despojo el texto de palabras impresas; entonces tampoco queda nada más que pensamientos irracionales que planean en el aire, que yacen en el aire, que se alimentan del aire, de la misma manera que la sangre está y al mismo tiempo no está en la sagrada forma. Hace treinta y cinco años que me dedico a envolver libros y papel viejo, vivo en un país que sabe leer y escribir desde quince generaciones atrás, vivo en un antiguo reino donde siempre ha persistido la costumbre y la obsesión de atiborrarse pacientemente la cabeza con ideas e imágenes que aportan un goce indescriptible y un dolor más grande aún, vivo envuelto entre personas dispuestas a dar incluso la vida por un paquete de ideas bien prensadas. Y ahora todo eso se repite en mis entrañas, hace treinta y cinco años que pulso los botones verde y rojo de mi prensa, y treinta y cinco años que bebo jarras enteras de cerveza, no para emborracharme, los borrachos me horrorizan, sino para poder reflexionar mejor, para penetrar hasta el corazón mismo de los textos, porque no leo para divertirme, ni para pasar el rato, ni para conciliar el sueño; yo, que vivo en un país donde la gente sabe leer y escribir desde quince generaciones atrás, bebo para que el texto me despierte, para que la lectura me produzca escalofríos, y es que comparto la opinión de Hegel de que una persona noble no es necesariamente un aristócrata, ni un criminal un asesino. Si supiera escribir, haría un libro sobre la mayor suerte y la mayor desgracia de los hombres. Los libros me han enseñado, y de ellos he aprendido que el cielo no es humano en absoluto y que un hombre que piensa tampoco lo es, no porque no quiera sino porque va contra el sentido común. Bajo mis manos y en mi prensa expiran libros preciosos y yo no puedo detener ese flujo. No soy sino un tierno carnicero. Los libros me han enseñado el placer y la voluptuosidad de la devastación, soy feliz cuando diluvia, me encantan los equipos de demolición, paso horas y horas de pie mirando cómo los dinamiteros hacen saltar por los aires manzanas enteras, calles enteras, como si hinchasen neumáticos gigantes, devoro con los ojos el primer segundo, cuando se levantan los ladrillos y las piedras y las vigas y un momento después las casas caen suavemente como vestidos desabrochados que se deslizasen por el cuerpo, como un transatlántico que se sumergiese en el mar tras la explosión de las calderas. Me quedo inmerso en una nube de polvo y en la música del crujido y pienso en mi trabajo y en el hondo subsuelo donde se halla mi prensa con la que llevo trabajando treinta y cinco años, a la luz de las bombillas eléctricas y oyendo el pisoteo en el patio por encima de mi cabeza, el ruido de los cuernos de la abundancia que vierten sus tesoros desde el cielo, el contenido de sacos y cajas de madera y de cartón, vaciado a través de un agujero en medio del patio que da a mi subsuelo, papel viejo, flores marchitas de las floristerías, papel de empaquetar de los grandes almacenes, programas viejos y billetes y envoltorios de helados, grandes hojas manchadas de pintura, montones de papel chorreando sangre de las carnicerías, recortes de película de los laboratorios fotográficos, el contenido de las papeleras de los despachos, mezclado con cintas usadas de máquinas de escribir, ramos de flores que celebraron el cumpleaños o la onomástica, a veces una bala de periódicos con un adoquín en el interior, que alguien habrá metido allí para que el papel pesara más, o cuchillos y tijeras, martillos y alicates, tajaderas de carnicero y tazas con manchas negras de café seco, mustios ramos de novia y coronas fúnebres de plástico de colorines. Hace treinta y cinco años que aplasto todas esas cosas en una prensa, tres veces por semana los camiones se llevan mis balas a la estación, las meten en los vagones y se las llevan a las fábricas de papel donde los obreros cortan los alambres que las atan y sumergen el resultado de mi trabajo en álcalis y ácidos, suficientemente fuertes para disolver incluso las hojas de afeitar que cada dos por tres me cortan las manos. Pero, al igual que en las aguas sucias y turbias de un río en el desagüe de una fábrica, resplandece de vez en cuando un pez magnífico, en el río de papel viejo también brilla a veces el lomo de un libro precioso; deslumbrado, miro un rato hacia otra parte antes de cogerlo, lo seco con el delantal, lo abro y huelo el texto, y sólo después fijo los ojos en la primera frase y la leo como si fuera una predicción homérica; entonces guardo el libro entre otros bellos hallazgos en una caja tapizada de estampas que alguien volcó en mi sótano por equivocación junto con varios libros de oraciones. Mi misa, mi ritual consiste no sólo en leer estos libros, sino en meter alguno en cada paquete que preparo, y es que tengo la necesidad de embellecer cada paquete, de darle mi carácter, mi firma. Éste es mi calvario: para que cada paquete sea diferente, debo prolongar mi jornada laboral, acabar dos horas más tarde y llegar al trabajo dos horas antes, trabajar a veces incluso los sábados para poder liquidar el inacabable montón de papel viejo. El mes pasado tiraron a mi subterráneo seiscientos kilos de reproducciones de maestros célebres, seiscientos kilos empapados de Rembrandt y Hals, de Monet y Manet, de Klimt y Cézanne, y demás campeones de la pintura europea, de modo que ahora embellezco cada una de mis balas con reproducciones y, al anochecer, mientras mis balas esperan en fila india delante del montacargas, me deleito contemplando aquella belleza, aquellos paquetes adornados con Ronda de noche, Saskia, El desayuno sobre la hierba, La casa del colgado o el Guernica. Y sólo yo sé que en el corazón de cada paquete descansa, abierto, aquí Fausto, allí Don Carlos, aquí, entre cartones sangrientos, Hyperion, allí, en una bala llena de sacos de cemento, Así habló Zaratustra. Sólo yo sé cuál de esos paquetes sirve de sepulcro a Goethe y a Schiller, cuál a Hölderlin y a Nietzsche. Yo soy al mismo tiempo el artista y el único espectador, y por eso cada día termino rendido y muerto de cansancio, agotado y trastornado y, para moderar y disminuir ese terrible desgaste de mí mismo, me tomo una jarra de cerveza tras otra y por el camino hacia la taberna Husensky tengo tiempo suficiente para meditar y soñar con el aspecto, con la belleza de mi próxima bala de papel.
Esas cantidades de cerveza las bebo para ver mejor lo que ha de venir, porque con cada bala doy sepultura a una preciosa reliquia, al ataúd de un niño cubierto de flores marchitas, con orla de aluminio y cabello de ángel; preparo un nido pequeño y acogedor para los libros que han aparecido en mi cueva de forma tan insólita como yo mismo. Por eso no tengo nunca el trabajo terminado, por eso el papel viejo se amontona en el patio hasta el techo, por eso se alza desde mi sótano hasta el techo del patio. Por eso el jefe a veces pincha aquella papelería con un garfio y me chilla a través del agujero, con la cara morada de rabia… Eh, Haňt’a, ¿qué haces? ¡Por Dios, deja los libros y date prisa! ¡El patio está lleno a rebosar hasta el techo y tu estás en la luna, vago! Y yo, al pie de la montaña, me encojo como Adán entre los matorrales, con un libro en la mano abro mis atemorizados ojos a un mundo extraño, distinto de aquel en el que me hallaba hace apenas un instante porque yo, cuando me sumerjo en la lectura, estoy en otra parte, dentro del texto, me despierto sorprendido y reconozco con culpa que efectivamente vuelvo de un sueño, del más bello de los mundos, del corazón mismo de la verdad. Diez veces al día me maravilla haberme alejado tanto de mí mismo. Así, extranjero y ajeno, cada anochecer me dirijo a mi casa, en silencio voy por las calles inmerso en una profunda meditación, paso de largo tranvías y coches y peatones, perdido en una nube de libros que acabo de encontrar en mi trabajo y que me llevo a casa en la cartera, así, soñando, cruzo en verde sin percatarme de ello, sin topar con los postes ni con la gente, camino, apestando a cerveza y a suciedad, pero sonrío porque tengo la cartera llena de libros de los cuales espero que por la noche me expliquen algo sobre mí mismo, algo que todavía desconozco. Camino entre el bullicio de la calle sin cruzar en rojo, yo puedo andar sin ser consciente, medio adormilado, en el umbral de la conciencia, en una especie de inspiración subterránea, la imagen de cada una de las balas que he comprimido ese día se va apagando suavemente, tiernamente, dentro de mí, tengo la sensación física de ser, yo también, un paquete de libros prensados, de que en mi interior arde una pequeña llama como la de un calentador o de una nevera de gas, una lucecita que nunca se apaga, un fuego que alimento diariamente con el aceite de los pensamientos, de las ideas que a pesar de mí mismo leo en los libros mientras trabajo y que ahora me llevo a casa en la cartera. Ando como una casa en llamas, como una granja ardiendo, la luz de la vida se alza del fuego y el fuego surge de la madera que muere, el hostil desconsuelo resta en el corazón de las cenizas y yo hace treinta y cinco años que prenso papel viejo, quedan cinco años para que me jubile, mi máquina se jubilará conmigo, no la abandonaré, estoy ahorrando, he abierto una libreta de ahorros para poder jubilarme con ella, para comprarla a la empresa, para llevármela a casa, colocarla en el jardín de mi tío, entre los árboles; entonces, allí en el jardín cada día haré una bala, una sola, pero ¡qué bala!, una bala elevada al cuadrado, una bala como una escultura, una obra de arte, depositare en ella todas mis ilusiones de juventud, todo lo que sé, todo lo que he aprendido a lo largo de estos treinta y cinco años de trabajo, haré mi obra maestra una vez jubilado, sólo trabajaré en los momentos de inspiración, un solo paquete al día de las tres toneladas de libros que tengo en casa, será un paquete del que nunca habré de avergonzarme, un paquete soñado, premeditado; y también, junto con los libros, echaré en la prensa serpentinas y confeti, será la creación de la belleza, cada día un paquete nuevo y al cabo de un año organizaré en ese mismo jardín una exposición de paquetes en la cual, bajo mi vigilancia, cada visitante podrá crear su propia bala: al pulsar el botón verde, cuando el cilindro de la prensa avanza para aplastar con una fuerza increíble el papel viejo adornado con libros y flores y residuos que cada cual habrá traído consigo, el espectador sensible experimentará la sensación de ser él mismo quien es comprimido en mi prensa mecánica. Finalmente llego a la penumbra de mi casa, me siento en una banqueta, la cabeza se me cae y acabo dormitando con los labios húmedos sobre las rodillas. A veces me quedo dormido, encogido de ese modo, hasta medianoche y, al despertarme, levanto la cabeza y me doy cuenta de que tengo el pantalón empapado en la rodilla, es la saliva de haber dormido acurrucado como un gatito en invierno, como la madera de un balancín, y es que yo puedo permitirme el lujo de abandonarme porque nunca estoy abandonado, estoy solo para poder vivir en una soledad poblada de pensamientos, porque yo soy un poco el Don Quijote del infinito y de la eternidad, y el Infinito y la Eternidad sienten predilección por la gente como yo.


sábado, 26 de abril de 2014

Ropas Viejas..

a. b.

I
  Los niños imaginativos, con sus extrañas preguntas sobre la vida y su delicado sistema nervioso, son más a menudo una fuente de gran ansiedad que de delicia para sus padres. Aneen, la hija de mi prima viuda, me impresionó desde el principio por ser un ejemplo extrañamente característico. Me impresionó aún más por la forma en que echó sobre mis hombros (a ojos de su madre) mis primeras responsabilidades como tío, que no tenía ningún derecho a aludir, aunque, en realidad, no sentía ninguna inclinación a evitarlas. De hecho, adoraba a aquel pequeño ser, extraño, travieso y misterioso.
No se trataba simplemente de que sus invenciones fueran extraordinariamente sinceras y obsesionantes, y que ella se pasara todo el tiempo hablando con compañeros de juego invisibles (tocándoles, elevando sus labios para que la besaran, abriéndoles las puertas para permitirles el paso a un lado y otro, y colocando sillas, pequeñas tarimas y hasta flores para ellos), pues, según mi experiencia, muchos niños han hecho lo mismo y también con una gran sinceridad; se trataba más bien del hecho de que ella aceptara lo que ellos le decían, con un grado tal de convicción que sus palabras llegaban a influir en su vida y, consecuentemente, en su salud.
Al parecer, ellos le contaban historias en las que ella misma jugaba un papel central; historias que, por otra parte, no eran ni consoladoras ni prudentes. La niña se sentaba en un rincón de la habitación, como muy bien podíamos observar tanto su madre como yo, frente a algún ocupante imaginario de la silla tan cuidadosamente colocada ante ella; la pequeña tarima también había sido colocada con precisión, y a veces la movía un poco a un lado y a otro; la mesa sobre la que descansaban los codos invisibles se encontraba junto a ella, con un jarrón de flores, que variaba, de acuerdo con cada visitante. Y allí esperaba ella, inmóvil, pasándose quizá una hora, mirando fijamente los rasgos invisibles de la persona que estaba hablando con ella... y que le contaba una historia en la que ella jugaba una parte excesivamente intensa. Su rostro se alteraba con las emociones, sus ojos se hacían más grandes y se humedecían y, a veces, parecían asustados; raramente se echaba a reír y muy pocas veces balbuceaba alguna pregunta; se pasaba la mayor parte del tiempo allí sentada, tensa y ansiosa, totalmente absorbida por el cuento inaudible pronunciado por unos labios invisibles... el cuento de sus propias aventuras.
Pero fue el terror inspirado por estos singulares recitales lo que afectó su delicada salud a una edad tan prematura como los ocho años. Cuando, debido al ridículo bien intencionado pero erróneo de su madre, ella le confió más secretos, el efecto que esto produjo sobre sus nervios y su carácter se hizo tan agudo que tuve que acudir a visitarla a fin de darle un consejo especial, aunque apenas si la apreciaba.
—Y bien George, ¿qué piensas que debo hacer? El doctor Hale insiste en que haga más ejercicio y tenga más compañía, que disfrute del aire del mar y todo eso, pero ninguna de esas cosas parece hacerle ningún bien.
—¿Te has ganado su confianza, o más bien: has conseguido que te tenga confianza? —me atreví a preguntar suavemente.
La pregunta pareció ofenderla un poco.
—Claro —fue su enérgica respuesta—. La niña no tiene ningún secreto para su madre. Me es perfectamente fiel.
—Pero has tratado de reírte de ella por todo eso, ¿verdad?
—Sí, pero con tal éxito que ahora mantiene esas conversaciones en mucha menor medida de lo que...
—¿O acaso más secretamente? —fue mi pregunta, contestada con un encogimiento de hombros que indicaba ignorancia.
Después, tras otra pausa, en la que se combinaron la tensión de mi prima y mi propio y afectuoso interés por la caprichosa imaginación de mi pequeña sobrina dirigida a conmoverme, lo volví a intentar...
—La invención —observé— siempre resulta un tanto extraña para nosotros, las personas mayores, pues aunque nos mostramos tolerantes con ella durante toda nuestra vida, ya no creemos en ella; mientras que niñas como Aileen...
Mi prima se apresuró a interrumpirme.
—Ya sabes por qué me siento ansiosa —dijo, bajando su tono de voz—. Creo que hay motivos para sentirse seriamente alarmados —después, añadió con toda franqueza, mirado mi rostro con una expresión seria de sus ojos—: George, necesito tu ayuda... tu mejor ayuda, por favor. Siempre has sido un verdadero amigo.
Yo le contesté con palabras calculadas:
—No existe ningún vestigio de locura en ninguna parte de la familia —dije enérgicamente serio—, y en mi opinión Aileen es una niña perfectamente equilibrada, a pesar de esta imaginación excesivamente desarrollada. Pero, por encima de cualquier otra consideración, no debes impulsarla hacia la interiorización mediante la burla. Intenta sacarla a la superficie. Edúcala. Guíala mediante una simpatía inteligente. Consigue que te lo comunique todo y haz todo lo que puedas por comunicarte con ella. Creo que Aileen quizá desea una cuidadosa observación... pero nada más.
Ella observó mi rostro, en silencio, durante algunos minutos, con una mirada intensa, mientras los rasgos de su cara se agitaban ligeramente. Por su actitud, me di cuenta inmediatamente de que estaba intentando decirme algo. Se aproximó a la cuestión con dificultad y dando un rodeo, pues se trataba de algo que ella temía, no sintiéndose muy segura sobre si se trataba de algo relacionado con el cielo o con el infierno.
—Eres maravilloso, George —dijo al final—-, y tienes teorías para casi todo...
—Especulaciones —admití.
—Y tu poder hipnótico es de gran ayuda, ya lo sabes. Pero ahora, si... si tú crees que es conveniente y si con ello no vamos a ofender a la providencia...
—Theresa —la detuve firmemente antes de que llegara a un punto en el que pudiera sentirse herida por una negativa—, permíteme decirte ahora mismo que no considero a una niña como un sujeto adecuado para un experimento hipnótico, y que estoy bastante seguro de que una persona inteligente como tú estará de acuerdo conmigo en que una cosa así no es permisible.
—Sólo estaba pensando en una ligera «sugerencia» —murmuró.
—Que hará muchísimo más bien si procede de la madre.
—Si la madre no hubiera perdido ya su poder por haber utilizado el ridículo —confesó dócilmente.
—Sí, nunca debiste haberte reído. Me pregunto por qué lo hiciste.
En sus ojos apareció una expresión que, según sabía, se relacionaba invariablemente en los temperamentos histéricos con un estado de ánimo precursor de las lágrimas. Miró a su alrededor para estar segura de que nadie escuchaba.
—George —murmuró y en la penumbra de aquella tarde de setiembre se interpuso entre nosotros una sombra que dejó tras de sí una atmósfera de un frío repentino e inexplicable—. George, quisiera... quisiera estar completamente segura de que sólo son imaginaciones, quiero decir...
—¿Qué quieres decir? —preguntó con una severidad tras la que traté de ocultar mi propia inquietud.
Pero las lágrimas aparecieron en el mismo instante, con tal fluidez que hacían innecesaria toda explicación inteligente. El terror de la madre por una persona que llevaba su misma sangre, continuó expresándose.
—Estoy asustada... terriblemente asustada —dijo, entre sollozos.
—Iré arriba y veré a la niña yo mismo —dije, finalmente aliviado una vez pasada la tormenta—. Iré a su cuarto. No debes alarmarte. Aileen está bien. Greo que puedo ayudarte bastante en esta cuestión.


II
Aileen, como siempre, estaba sola en su habitación. La encontré sentada junto a la ventana abierta, con una silla vacía frente a ella. La estaba mirando fijamente... penetrándola; pero no resulta fácil describir el grado de certidumbre que emanaba de su persona, en el sentido de creer que había alguien sentado en aquella silla, hablando con ella. Era su propia actitud la que daba esa impresión. Se levantó rápidamente, asustada, en cuanto entré, e hizo un gesto ambiguo en dirección a la silla vacía, como si estrechara la mano a alguien; después, corrigió rápidamente su actitud con un pequeño gesto amistoso de su cabeza, que podía ser entendido como una despedida... Luego se volvió hacia mí. Por muy increíble que pueda parecer, aquella silla pareció tener inmediatamente otro carácter. Estaba vacía.
—Aileen, ¿quieres decirme lo que estabas haciendo?
—Ya lo sabes, tío —me contestó, sin la menor duda.

lunes, 17 de marzo de 2014

Mis encuentros con camellos..



Por tres veces entré en contacto con camellos y aquello concluyó en circunstancias trágicas.


«Tengo que enseñarte el mercado de camellos», decía mi amigo, justo tras mi llegada a Marrakesh. «Tiene lugar todos los jueves por la mañana ante la muralla en Bab-el-Khemis. Se encuentra realmente apartado, al otro lado de los muros de la ciudad; es mejor que te lleve.» Llegó el jueves y nos dirigimos hacia allí. Era algo tarde cuando llegamos a la inmensa plaza frente a la muralla de la ciudad ya casi al mediodía. La plaza estaba medio vacía. Al otro extremo, unos doscientos metros más allá de nosotros, había un grupo de personas; pero no vimos ningún camello. Los animales pequeños, con los que la gente se entretenía eran burros por lo general; la ciudad se encontraba repleta de ellos; portaban todo género de cargas y solían ser tan mal tratados que no deseaba ver más. «Llegamos demasiado tarde», dijo mi amigo. «El mercado de camellos ha terminado.» Me condujo hasta el centro de la plaza para convencerme de que verdaderamente no había nada más que ver.


Pero antes de que se detuviese vimos cómo se dispersaba un grupo de gente. En medio de ella apareció un camello erguido sobre tres patas, la cuarta le había sido atada al cuerpo. Tenía puesto un bozal rojo, una cuerda le atravesaba el ollar, y un hombre que se mantenía a cierta distancia trataba de hacerle avanzar de este modo. El camello corría un trecho hacia adelante, se paraba y saltaba entonces curiosamente sobre sus tres patas hacia arriba. Sus movimientos eran tan inesperados como in-quietantes. El hombre que debía guiarlo, cejaba siempre en su empeño; temía acercarse demasiado al animal y no parecía nada seguro cómo se comportaría éste a continuación. Pero tras cada sobresalto tiraba de nuevo y esto le permitió arrastrar al animal muy lentamente en una determinada dirección. Permanecimos parados y bajamos la ventanilla del coche; nos rodearon niños pedigüeños, por encima de sus voces mendicantes oíamos los gritos del camello. Una de las veces saltó con tal fuerza hacia un lado que el hombre que lo guiaba perdió la cuerda. Las personas que se encontraban a cierta distancia se alejaron. La atmósfera que rodeaba al camello estaba cargada de miedo, pero más miedo sentía aún el camello. El guía corrió un trecho junto a él y con la velocidad de un rayo agarró la cuerda que serpeaba por el suelo. El camello saltó lateralmente hacia arriba en un movimiento ondulante, pero no logró soltarse, siendo arrastrado de nuevo. 

Un hombre, en el que no habíamos reparado hasta entonces, apareció tras los niños que rodeaban nuestro automóvil, se apartó a un lado y nos explicó en un francés entrecortado: «El camello tiene rabia. Es peligroso. Lo conducen al matadero. Hay que tener mucho cuidado.» Adoptó un gesto grave. Entre frase y frase oíamos los gritos del animal. 
Le dimos las gracias por su información y nos fuimos entristecidos de allí. Durante los días siguientes hablamos con frecuencia del camello rabioso; sus desesperados movimientos nos habían dejado una huella profunda. Habíamos ido al mercado con la esperanza de ver centenares de esos apacibles y curvilíneos animales. Pero en la gigantesca plaza sólo encontramos uno, sobre tres patas, atado, en su última hora; mientras todavía luchaba por su vida nos fuimos de allí. 

Días después pasamos frente a otro sector de las murallas de la ciudad. Anochecía, el resplandor rojo se extinguía sobre el muro. Retuve en mis ojos tanto como me fue posible la imagen del muro y me regocijé ante su progresiva mutación cromática. Divisé en su sombra una gran caravana de camellos. La mayoría se había dejado caer sobre sus rodillas, otros permanecían todavía en pie. Unos hombres con turbante en la cabeza se movían laboriosos, pero tranquilos, entre ellos; era la imagen del sosiego y el crepúsculo. El color de los camellos se convirtió en el del muro. Nos apeamos y nos mezclamos entre los animales. Cada docena cumplida de ellos se arrodillaba en círculo alrededor de un montón de forraje dejado caer por los camelleros. Estiraban el cuello, tomaban el alimento con la boca, echaban la cabeza hacia atrás y rumiaban plácidamente. Los observamos atentamente y vimos que tenían rostro. Se parecían entre sí y al mismo tiempo eran muy diferentes. Recordaban a viejas damas inglesas que, dignas y visiblemente aburridas, compartían el té, incapaces de ocultar la malicia con que escrutaban cuanto les rodeaba. «Éste es mi tía, de verdad», dijo mi amigo inglés, al que advertí sutilmente del parecido con sus compatriotas, y pronto descubrimos algún que otro conocido. Nos sentíamos orgullosos de haber tropezado con aquella caravana de la que nadie nos había hablado. Contamos ciento siete camellos. 


domingo, 2 de marzo de 2014

El festín de Babette..




I. Dos damas de Berlevaag

En Noruega hay un fiordo –o brazo de mar largo y estrecho entre altas montañas- llamado de Berlevaag.  Al pie de las montañas, el pequeño pueblecito de Berlevaag parece de juguete, una construcción de pequeños tacos de madera pintados de gris, amarillo, rosa y muchos otros colores.
Hace sesenta y cinco años, vivían dos damas en una de las casas amarillas. En aquel entonces, las señoras llevaban polisón, y estas dos hermanas podían haberlo llevado con tanta gracia como cualquier otra, ya que eran altas y esbeltas.  Pero jamás poseyeron ningún artículo de moda; toda la vida vistieron solemnemente de gris o de negro. Fueron bautizadas Martine y Philippa por Martín Lutero y Philip Melanchton. El padre había sido deán y profeta, fundador de un piadoso grupo o secta religiosa que fue conocida y considerada en todo el país de Noruega. Sus miembros renunciaban a los placeres de este mundo, ya que para ellos la tierra y cuanto contenía no eran sino una especie de ilusión, mientras que la verdadera realidad estaba en la Nueva Jerusalén, por la que suspiraban. No juraban en absoluto, sino que su comunicación era sí sí y no no, y se trataban entre ellos de Hermanos y Hermanas.
El deán se había casado tardíamente y había muerto ya. De año en año, sus discípulos se volvían más escasos, más canosos o calvos, y más duros de oído; incluso se volvían algo quejumbrosos y enojadizos, de modo que llegaban a producirse pequeños cismas en la congregación. Pero aún seguían reuniéndose para leer e interpretar la palabra divina. Todos conocían a las hijas del deán desde pequeñas; incluso ahora seguían siendo muy pequeñas para ellos, y queridas a causa del padre. Notaban que, en la casa amarilla, el espíritu del Maestro estaba con ellos; aquí se sentían a gusto y en paz.
Estas dos damas tenían una criada francesa, Babette. Resultaba extraño, en un par de puritanas de un pueblecito noruego; el hecho parecía incluso requerir una explicación. La gente de Berlevaag encontraba esa explicación en la piedad y bondad de corazón de las hermanas. Porque las hijas del viejo deán consagraban su tiempo y sus pequeños ingresos a las obras de caridad; ningún ser afligido o desventurado llamaba en vano a su puerta. Y Babette había llegado a esa puerta hacía doce años, fugitiva y sin amigos, y casi loca de aflicción.
Pero la verdadera razón de la presencia de Babette en la casa de las dos hermanas hay que buscarla más atrás en el tiempo, y más profundamente en el dominio de los corazones humanos.



II. El amor de Martine

De jóvenes, Martine y Philippa habían sido extraordinariamente bonitas, con esa belleza casi sobrenatural de los frutales en flor o de las nieves perpetuas. Jamás se las vio en bailes y fiestas; pero la gente se volvía a mirarlas cuando pasaban por la calle, y los chicos de Berlevaag iban a la iglesia a verlas deambular por la nave. La más joven tenía también una voz preciosa con la que, los domingos, llenaba la iglesia de dulzura. Para la congregación del deán, el amor terreno y con él el matrimonio, era asunto trivial, mera ilusión; sin embargo, es posible que más de uno de aquellos Hermanos mayores apreciase a las jóvenes hermanas mucho más que a los rubíes, y se lo hubiese sugerido así a su padre. Pero el deán había declarado que en lo que atañía a su vocación, sus hijas eran para él como la mano derecha y la mano izquierda. ¿Quién querría privarle de ellas? Y así, las preciosas jóvenes fueron educadas en un ideal de amor celestial; estaban totalmente imbuidas de él, y no se dejaban rozar por las llamas de este mundo.
Sin embargo, turbaron el corazón de dos caballeros que pertenecían al mundo exterior de Berlevaag.
Uno de ellos fue un joven oficial llamado Lorens Loewenhielm, que había llevado una vida alegre en la ciudad de su guarnición y había contraído deudas. En 1854, cuando Martine contaba dieciocho años y Philippa diecisiete, el irritado padre de este joven mandó a su hijo a pasar un mes con su tía, en una vieja casa de campo de Fossum, próxima a Bervlevaag, a fines de que tuviese tiempo para meditar y mejorar sus costumbres. Un día cogió el caballo, fue al pueblo, y vio a Martine en la plaza del mercado. Bajó la mirada hacia la preciosa joven; y ella alzó los ojos hacia el apuesto jinete. Martine acabó de cruzar; y cuando hubo desaparecido, el joven Loewenhielm no supo si creer a sus propios ojos.
Existía una leyenda en la familia Loewenhielm según la cual, hacía mucho tiempo, un caballero de este apellido se había casado con una Huldre, espíritu femenino de las montañas de Noruega, tan hermoso, que el aire de su alrededor tiembla y resplandece. Desde entonces, los miembros de la familia tenían de cuando en cuando destellos de clarividencia. Hasta ahora, el joven Lorens no había notado ningún don espiritual particular en su propia naturaleza. Pero en este momento surgió ante sus ojos la visión súbita y poderosa de una vida más pura y superior, sin acreedores, cartas de apremio ni sermones paternos, sin secretos y desagradables remordimientos de conciencia, y con un ángel dulce y de cabellos dorados que le guiara y recompensase.
Por medio de su piadosa tía consiguió ser recibido en casa del deán, y vio que, sin la cofia, Martine era más bella todavía. Siguió su esbelta figura con ojos adoradores, pero detestó y despreció la impresión que él mismo causaba en la proximidad de ella. Se sentía asombrado y estupefacto al comprobar no era capaz de encontrar nada en absoluto que decir, ni inspiración alguna en el vaso de agua que tenía ante sí. “La Verdad y la Misericordia, queridos hermanos, se han abrazado” dijo el deán. “La Rectitud y la Bienaventuranza se han besado.” Y el joven pensó en el momento en que él y Martine podrían abrazarse y besarse. Repitió su visita una y otra vez, y en cada una de ellas le parecía que se iba haciendo más pequeño, insignificante y despreciable.
Cuando por la noche regresaba a casa de su tía, arrojaba sus brillantes botas de montar, de una patada, al  fondo de la habitación, apoyaba la cabeza sobre la mesa y lloraba.
El último día de su estancia hizo un último intento de confesarle a Martine sus sentimientos. Hasta entonces, le había sido fácil decirle a una bella que la amaba; pero ahora se le pegaban las tiernas palabras en la garganta cuando miraba el rostro de la joven. Tras despedirse de los demás, Martine le acompañó a la puerta con una vela en la mano. La luz brillaba en la boca de ella y proyectaba hacia arriba la sobra de sus largas pestañas. Estaba a punto de dejarla, preso de muda desesperación, cuando le acogió la mano, en el umbral, y se la llevó a los labios.
-¡Me voy para siempre! –exclamó-. ¡Nunca más la volveré a ver! ¡Pues aquí he aprendido que el Destino es riguroso, y que en este mundo hay cosas que son imposibles!
Cuando estuvo de nuevo en el pueblo de su guarnición, consideró concluida su aventura, y comprobó que no le gustaba pensar en ella. Mientras los jóvenes oficiales hablaban de sus lances amorosos, él guardaba silencio sobre el suyo. Porque, contemplada desde la sala de oficiales, y a través de los ojos de éstos, por así decir, la aventura era lastimosa. ¿Cómo es posible que un teniente de húsares se hubiese dejado derrotar por un puñado de sectarios descontentos encerrados en una habitación sin alfombras de la casa de un viejo deán?
Y entonces sintió miedo; el pánico se apoderó de él. ¿Era la locura familiar, que aún prolongaba en él el sueño de una joven tan hermosa que hacía que el aire de su alrededor resplandeciese de pureza y de santidad? No quería ser un soñador; quería ser como sus camaradas oficiales.
Así que procuró serenarse, y con el esfuerzo más grande que había hecho en su joven vida, decidió olvidar lo que le había acontecido en Berlevaag. En lo sucesivo, decidió, miraría hacia delante, no hacia atrás. Se concentraría en su carrera, y quizá llegara el día en que causase una espléndida impresión en un mundo brillante.
Su madre se sintió gratamente sorprendida ante los resultados de su estancia en Fossu, y escribió a la tía expresándole su agradecimiento. No sabía por qué extraños y sinuosos caminos había alcanzado su hijo su concepto moral de la felicidad.
El joven y ambicioso oficial llamó muy pronto la atención de sus superiores e hizo progresos extraordinariamente rápidos. Fue enviado a Francia y a Rusia; y a su regreso se casó con una dama de honor de la reina Sophia. Se desenvolvía con gracia y donaire en estos círculos elevados, contento con su ambiente y consigo mismo. Y en el transcurso del tiempo sacó provecho incluso de las palabras y comentarios de casa del deán que se le habían quedado en la memoria, ya que la devoción estaba ahora de moda en la corte.
En la casa amarilla de Berlevaag, Philippa sacaba a relucir el tema del joven apuesto y callado que tan súbitamente había hecho su aparición y tan súbitamente había vuelto a desaparecer. La hermana mayor le contestaba entonces dulcemente, con semblante sosegado y sereno, y encontraba otras cosas de qué hablar.