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martes, 20 de agosto de 2024

ENCICLOPEDIA - Francisco Hinojosa


UNO

No comprendo las razones de la Dirección. Me pidieron que diera un llamado Curso General y ahora no saben cómo pararlo. Es claro el boicot que me han declarado las autoridades administrativas, la Junta de Gobierno y el Colegio de Profesores.

      La idea, ciertamente innovadora, y por lo tanto no exenta de riesgos, de impartir una cátedra amplia a los preuniversitarios provino de ellos. Un estudiante con conocimientos amplios seguramente elegiría una mejor carrera y tendría mayores perspectivas de vida que uno ignorante del mapa del conocimiento: la era de las especialidades ha llegado a su fin. Qué duda.

      Ciertamente yo reunía todas las aptitudes impuestas al perfil que diseñaron: hay pocos enciclopedistas en el mundo que se precien de conocer los principales compendios del saber humano. Más aún: saberlos, practicarlos, ejecutarlos.

      Además, precisamente eso significa enciclopedia: "ciclo educativo completo".


Ellos me buscaron con una importante suma de dinero por delante, me obligaron a renunciar a mi puesto de profesor de asignatura en la Universidad de Browninburgo.

      ¿Y ahora? Ahora quieren echarme. Quieren echarme por cumplir cabalmente con las tareas que me asignaron. Si no, ¿qué significan todos esos nuevos reglamentos aprobados, sin duda, para entorpecer mis enseñanzas?

      Por lo demás, es un hecho que mi clase es tan popular que antes los alumnos preferían reprobar el examen con tal de volver a cursar la materia conmigo. hoy no es posible: el reglamento prohíbe repetir. Y la verdad, no sé aún qué les gusta más: las clases en sí, mi manera de exponer los temas, la sorpresa, el espíritu enciclopedista o yo mismo.

      He dado cursos de muchas cosas: de Literatura Escandinava Medieval (especialmente el Gylfaginning y el Skáldskaparmá), de Artes Marciales, de Cocina Práctica para Horno de Microondas, de Administración de Hospitales y de Casas de Cuna, de Orografía de los Andes y los Alpes, de Latín Vulgar, de Dominó, de Arpa Jarocha y de Lavado de Ropa. Etcétera.

      Y no todo ha sido capricho mío. Los pupilos lanzan al aire sus dudas y sus apetitos de conocimiento. Me preguntan: ¿Cómo se cultivan las zanahorias? ¿Es Hitler lo que nos han enseñado en los cursos de Historia? ¿Cree usted que Andy Warhol era un artista de vanguardia? ¿La marihuana causa adicción? ¿La cocaína? Etcétera. ¿La reacción profesional? : Cursos sobre Cultivo de las Raíces, Historia de la Segunda Guerra Mundial, El Arte y los Artilugios en el Siglo XX, Bondades y efectos de las Drogas e Introducción a Escohotado.

      Mis respuestas, por las que fui requerido en el Colegio, tenían que ser "la materia didáctica" del Curso. De eso no me cabe la menor duda. ¿Enseñar todo? Imposible. De cualquier manera, si ése hubiera sido el reto, habría llegado a lo mismo: el Cultivo de las Raíces, las Bondades de la Marihuana, etcétera.

      Todos los días me abordan estudiantes para decirme que tal o cual enseñanza mía les ha sido útil en la vida. algunos ejemplos: luego del curso que impartí sobre Elaboración de Aguardientes, uno de mis alumnos más avanzados compró una destilería y hoy es un tipo rico y próspero que me regala cada tres meses diez litros de aguardiente de caña con hierbas finas. Aguedita Minolta es conductora de un taxi, según me dice, gracias a la clase que di sobre Trabajos Alternativos. Lucas Vidal, alias El Muerto, tiene un consultorio homeopático que rige según los conocimientos que adquirió conmigo. Etcétera. Los casos de Chema Godoy (narrador), Irene Tournier (elevadorista), Chuy Mendieta (diputado) y Jerónima Salvatierra (lanzadora de jabalina) me llenan de gozo porque sé que su actual vida se gestó en alguna de mis cátedras.


Los problemas con la Dirección empezaron con mi clase de Técnicas de Besado. Susan Roth -estudiante de Chicago, con aspiraciones a ser actriz de reparto- preguntó, en el curso que di sobre Conversar es Humano: ¿nos podría enseñar, maestro, cómo besar ante una cámara? Por supuesto que al día siguiente impartí la materia Cómo Besar Ante los Otros. Para eso fui contratado, según me dijeron, para enseñar.

      Sin embargo, el profesor de Dibujo Geométrico se inconformó con mi materia, llevó el caso ante la Junta de Gobierno y me enviaron una "reprimenda".

      Viendo a Hannibal ad portas llamé a la Universidad de Browninburgo para solicitar mi reingreso, me aceptaron de nuevo en su nómina, renuncié al director, me pidió que no me fuera: que modificaría el reglamento. Al fin, decidí quedarme.


El caso es que ahora todo el mundo está en mi contra.

      Los colegas me aceptan como profesor. Me saludan cada vez que nos topamos en la cafetería o en los pasillos. Incluso comí con el decano Rasgado la semana pasada y no se incomodó conmigo. La maestra de Tablas Gimnásticas me regaló una virgen que ella misma pintó. Y así: en apariencia soy un maestro más.

      Pero en el fondo: he sentido el desprecio de muchos colegas: Huberto, Fiur, don Robert Tapia, la dulce Catita, Lope, Poncelis y la doctora Angelina. No me cabe la menor duda: Veritas odium parit para alguien que Vitam impendere vero.


DOS


Ya comparecí ante a Junta de Gobierno para exponer los fundamentos de mi Curso. Me cuestionaron mucho sobre mi técnicas pedagógicas, en especial las concernientes a los subtemas de las áreas de práctica Sexual, Consumo de Drogas y Cocina para Dos.

      Como al día siguiente me tocaba responder a la pregunta de Rolando Rijosa, "¿Cómo escoger entre una cosa y otra?", expuse ante la Junta el abecé de mi clase Fundamentos de la Elección y el Libre Albedrío.

      Supongo que mi exposición fue algo más que elocuente ya que los indecisos tomaron postura (en especial el vacilante Poncelis y la inestable doctora Angelina): sería expulsado del Colegio por los siguientes motivos:

viernes, 14 de octubre de 2016

El Caballo del Diablo..




C.

Debiendo su nombre a la acumulación de malentendidos alrededor de su figura, allí donde unos lo han advertido fiero y peliagudo, los más se han dedicado a extender la historia de su encuentro con el ser. En ciertos momentos tiene tres cabezas. A veces, la figura negra es tragada por su propios ojos de fuego. Otras, persigue sin tregua a quienes lo ven. Otras no hace nada.

Cierto es que podría decirse que el caballo del diablo ha generado más leyendas que las dudas que resuelve, pero nunca se podrá negar su función pilástrica en las culturas del mar angosto, donde por lo general suele dormir entre once y trece años.


Apareciendo por igual a hombres y mujeres, suele tener preferencia hacia la noche y nunca se ha sabido si es la persona quien encuentra al caballo del demonio o viceversa. Habrá quien diga que no es más que un rumor esparcido por alguna cofradía de oscuros propósitos, pero en lo único en que todos los relatos concuerdan, es que su tamaño es no mayor al de un perro..




  j.k.   


domingo, 14 de septiembre de 2014

Las cosas que llevaban..


   El teniente Jimmy Cross llevaba cartas de una joven llamada Martha, estudiante de tercer año en el Mount Sebastian College de Nueva Jersey. No eran cartas de amor, pero el teniente Cross no perdía las esperanzas, así que las guardaba dobladas y envueltas en plástico en el fondo de la mochila. Al caer la tarde, después de un día de marcha, cavaba su pozo de tirador, se lavaba las manos bajo una cantimplora, desenvolvía las cartas, las sostenía con las puntas de los dedos y se pasaba la última hora de luz cortejándola. Imaginaba románticas acampadas en las Montañas Blancas de New Hampshire. A veces saboreaba la solapa engomada de los sobres, porque su lengua había estado allí. Por encima de todo, deseaba que Martha lo amara como él la amaba, pero sus cartas, por lo general animadas, eludían todo lo que tuviera que ver con el amor. La muchacha era virgen, Cross estaba casi seguro. Estudiaba inglés en Mount Sebastian, y escribía de un modo hermoso sobre los profesores y las compañeras de cuarto y los exámenes semestrales, sobre el respeto que sentía por Chaucer y el gran afecto que le inspiraba Virginia Woolf. Citaba versos con frecuencia; nunca mencionaba la guerra, salvo para decir: «Jimmy, cuídate.» Las cartas pesaban 300 gramos. Estaban firmadas «con amor, Martha», pero el teniente Cross comprendía que «amor» era sólo un modo de despedirse y no significaba lo que él a veces quería creer. Cuando empezaba a caer la noche, devolvía las cartas con cuidado a la mochila. Lentamente, un poco distraído, se levantaba y deambulaba entre sus hombres revisando las posiciones; después, en plena oscuridad, regresaba a su pozo y vigilaba la noche mientras se preguntaba si Martha sería virgen.


  Las cosas que llevaban eran determinadas, en general, por la necesidad. Entre las indispensables o casi indispensables estaban abrelatas P-38, navajas de bolsillo, pastillas para encender fuego, relojes de pulsera, placas de identificación, repelente contra los mosquitos, chicle, caramelos, cigarrillos, tabletas de sal, paquetes de Kool-Aid, encendedores, fósforos, aguja e hilo de coser, certificados de pago de haberes militares, raciones de campaña y dos o tres cantimploras de agua. En conjunto estos objetos pesaban entre cinco y siete kilos, dependiendo de los hábitos de cada hombre o de su metabolismo. Henry Dobbins, que era corpulento, llevaba raciones suplementarias; le gustaba en especial el melocotón en almíbar espeso mezclado con bizcocho desmenuzado. Dave Jensen, que no descuidaba la higiene ni en campaña, llevaba un cepillo de dientes, hilo dental y varias pastillas pequeñas de jabón que había robado de los hoteles cuando estuvo de permiso en Sydney, Australia. Ted Lavender, que no se quitaba el miedo de encima, llevaba tranquilizantes hasta que le pegaron un tiro en la cabeza en las afueras de la aldea de Than Khe a mediados de abril. Por necesidad, y porque lo mandaban las ordenanzas, todos llevaban cascos de acero que pesaban más de dos kilos incluyendo el forro y la cubierta de camuflaje. Llevaban las guerreras y los pantalones de faena de reglamento. Muy pocos llevaban ropa interior. En los pies llevaban botas para la jungla —casi un kilo—, y Dave Jensen llevaba tres pares de calcetines y una lata de polvos desinfectantes del Dr. Scholl como precaución contra el pie de trinchera. Hasta que le pegaron el tiro, Ted Lavender llevaba doscientos gramos de droga de la mejor calidad, que para él era una necesidad. Mitchell Sanders, el radio, llevaba condones. Norman Bowker, un diario. El Rata Kiley llevaba tebeos. Kiowa, bautista devoto, llevaba un Nuevo Testamento ilustrado que le había regalado su padre, que daba clases en una escuela dominical de Oklahoma City. Como defensa contra tiempos difíciles, sin embargo, Kiowa también llevaba la desconfianza de su abuela hacia el hombre blanco y la vieja hacha de caza de su abuelo. La necesidad imponía que llevaran más cosas. Como el terreno estaba minado y lleno de trampas, era obligatorio que cada hombre llevara chaleco antibalas de flejes de acero forrados de nailon, que pesaba dos kilos y medio, pero que en días calurosos parecía mucho más pesado. Debido a la rapidez con que podía llegarle la muerte, cada hombre llevaba al menos una gran venda-compresa, por lo común en la badana del casco para tenerla bien a mano. Debido a que las noches eran frías, y a que los monzones eran húmedos, cada uno llevaba un poncho de plástico verde que podía usarse como impermeable, como colchoneta o como tienda improvisada. Con el forro acolchado, el poncho pesaba cerca de un kilo, pero valía su peso en oro. En abril, por ejemplo, cuando le pegaron el tiro a Ted Lavender, usaron su poncho para envolverlo en él, después para transportarlo a través de los arrozales y por fin para alzarlo hasta el helicóptero que se lo llevó.


 Los llamaban quintos o reclutas.
 Llevar algo era cargarlo sobre sí, como cuando el teniente Jimmy Cross cargaba su amor por Martha colinas arriba y a través de los pantanos. En forma intransitiva, cargar significa tomar sobre sí o sostener, pero las obligaciones y las responsabilidades que llevaba implícitas iban mucho más allá de la intransitividad.
 Casi todos cargaban con fotografías. En la cartera, el teniente Cross llevaba dos fotografías de Martha. La primera era una instantánea en color dedicada «con amor», aunque él no se hacía ilusiones. Martha estaba de pie contra una pared de ladrillo. Sus ojos, que miraban directamente a la cámara, eran grises y apagados, y tenía los labios levemente abiertos. Por la noche, a veces, el teniente Cross se preguntaba quién habría tomado la foto, porque sabía que Martha había salido con chicos, porque la amaba tanto, y porque podía ver la sombra del fotógrafo deformada contra la pared de ladrillo. La segunda fotografía había sido recortada del anuario de 1968 de Mount Sebastian. Era una toma en movimiento —voleibol femenino— y Martha estaba inclinada horizontalmente respecto al suelo, estirándose, con las palmas de las manos en primer término, la lengua fuera, la expresión franca y llena de espíritu de competición. No parecía sudar. Llevaba shorts blancos de gimnasia. Aquellas piernas, pensaba Cross, eran casi con seguridad las piernas de una virgen, secas y sin vello; la rodilla izquierda estaba rígida y soportaba todo el peso de Martha, que era poco más de cuarenta kilos. El teniente Cross recordaba haber tocado aquella rodilla izquierda. Fue en un cine a oscuras, recordó, y la película era Bonnie and Clyde, y Martha llevaba una falda de tweed, y durante la escena final, cuando le tocó la rodilla, se volvió y le dirigió una mirada compungida y solemne que le hizo retirar la mano, pero siempre recordaría el tacto de la falda de tweed y de la rodilla debajo de ella, y el sonido de los disparos que mataban a Bonnie y Clyde, qué embarazoso fue aquello, qué lento y opresivo. Recordaba haberse despedido de ella con un beso en la puerta del dormitorio estudiantil. En aquel preciso momento, pensaba, debería haber hecho algo valeroso. Debería haberla llevado en brazos hasta su cuarto y debería haberla atado a la cama y debería haberle tocado la rodilla izquierda toda la noche. Debería haberse arriesgado. Cada vez que miraba las fotografías, se le ocurrían nuevas cosas que debería haber hecho.


  Lo que llevaban dependía en parte de su graduación y en parte de su especialidad en el campo de batalla.
 Como teniente y jefe de un pelotón, Jimmy Cross llevaba una brújula, mapas, códigos para descifrar claves, prismáticos y una pistola del calibre 45 que pesaba más de un kilo cargada. Llevaba una lámpara estroboscópica y cargaba sobre sí la responsabilidad de la vida de sus hombres.
 Como radio, Mitchell Sanders llevaba la emisora PRC-25, que pesaba como un muerto: casi diez kilos con la batería.
 Como sanitario, el Rata Kiley llevaba un talego de lona lleno de morfina y plasma y tabletas contra la malaria y esparadrapo y tebeos y todas las cosas que un sanitario debe llevar, incluyendo remedios contra heridas especialmente graves, con un peso total de casi nueve kilos.
 Como hombre corpulento, y por lo tanto encargado de la ametralladora, Henry Dobbins llevaba la M-60, que pesaba doce kilos descargada, pero que casi siempre iba cargada. Además, Dobbins llevaba entre cuatro y seis kilos de munición en cintas arrolladas alrededor del pecho y los hombros.
 Como la mayoría de ellos eran soldados rasos, llevaban el fusil de asalto M-16 accionado por toma de gases. El arma pesaba poco más de tres kilos descargada y cerca de tres kilos y medio con el cargador de veinte proyectiles. Dependiendo de factores múltiples, como la topografía y la psicología, los soldados llevaban entre doce y veinte cargadores, por lo común en cartucheras de lona, lo que representaba de tres kilos y medio a cinco kilos más. Si disponían de él, también llevaban el equipo de mantenimiento del M-16 —baquetas y cepillos de púas de acero, trapos y tubos de aceite LSA—, todo lo cual pesaba cerca de medio kilo. Algunos soldados llevaban el lanzagranadas M-79: dos kilos y medio descargado, un arma razonablemente liviana, salvo por la munición, que era pesada. Cada proyectil pesaba más de trescientos gramos. Pero Ted Lavender, que estaba asustado, llevaba treinta y cuatro proyectiles cuando le pegaron un tiro y lo mataron en las afueras de Than Khe, y se desplomó bajo un peso excepcional: más de nueve kilos de munición, más el chaleco antibalas y el casco y las raciones de agua y el papel higiénico y los tranquilizantes y todo lo demás; y además el miedo, imposible de pesar. Se vino abajo. No hubo crispaciones ni sacudidas. Kiowa, que vio cómo pasaba, dijo que fue igual que el desplome de una roca o una gran bolsa de arena, o algo por el estilo: sólo ¡pum!, después, abajo —no como en las películas, en las que el moribundo se contorsiona y hace posturitas e incluso alguna pirueta; nada de eso, dijo Kiowa, el pobre hombre sólo cayó como un plomo—. ¡Pum! Abajo. Nada más. Era una mañana radiante de mediados de abril. El teniente Cross sintió dolor y se culpó de lo ocurrido. Despojaron a Lavender de la cantimplora y la munición, y el Rata Kiley dijo lo que todos sabían: «¡Está muerto!», y Mitchell Sanders usó la radio para informar de que un soldado americano había muerto en combate y pedir un helicóptero. Después envolvieron a Lavender en su poncho. Lo llevaron a un arrozal seco, pusieron centinelas y se sentaron a fumar la droga del muerto hasta que llegó el helicóptero. El teniente Cross permaneció apartado. Imaginó el rostro joven y terso de Martha, y pensó que la amaba más que a nada, más que a sus hombres, y ahora Ted Lavender había muerto porque la amaba tanto que no podía dejar de pensar en ella. Cuando llegó el helicóptero, subieron a Lavender a bordo. Después incendiaron Than Khe. Marcharon hasta el atardecer, y entonces cavaron sus pozos, y aquella noche Kiowa no paró de explicar que había que verlo para creerlo, con qué rapidez ocurrió todo, cómo el pobre hombre se desplomó igual que un saco. «¡Pum!, abajo», decía. Igual que un saco.


domingo, 15 de junio de 2014

Caza de Conejos / Mario Levrero


                                                                         

     Deseo que conste que, sin deseo de polemizar, yo sostengo la vieja tesis de que la ballena es un pez e invoco en mi ayuda el testimonio del santo Jonás.

                                                                             H. M., Moby Dick
        XLIV

    Hay quienes se unen a nuestro equipo de caza no por interés en los conejos, sino en los pájaros. En efecto: quien ame el canto de los pájaros, encontrará en el bosque una tal variedad y una tal especial calidad en los cantos que quedará maravillado. Son estas personas las que más sufren cuando se enteran, tarde o temprano, de que hay poquísimos pájaros en este bosque, y los que hay casi no cantan o cantan mal o sin ganas; un canto opaco, sin brillo ni energía. Quienes cantan son las arañas, esa clase de arañas enormes y peligrosas que hacen sus nidos en las copas de los árboles y se valen de su canto para atraer víctimas. El amante del canto de los pájaros, hombre de sangre dulce, es la víctima favorita de estas arañas. 

 XLV  
  El bosque acicateado, profanado y devastado por generaciones y generaciones de guardabosques, se ha convertido hoy en una triste ciudad. Los conejos han pasado a residir en el inmundo sistema de alcantarillas, y el cazador se ha visto obligado a cambiar sus sistemas de caza, su indumentaria y su sentido del humor.

 

XLVI 
  Tardamos infinidad de veranos en descubrir que los conejos, en verano, emigran del bosque a la playa. Usan trajes de baño de vistosos colores, anteojos para el sol y sombrillas, y nos resulta prácticamente imposible distinguirlos de los otros turistas. Como, además, nosotros, la gente del castillo, no somos afectos a la playa, hemos finalmente decidido suspender la caza de conejos en el verano, y jugamos, en vez, a la lotería de cartones.


 XLVII 
  Esteban, el hijo menor de Laura, es el vivo retrato de su padre (el casi legendario conejo Archibaldo). Cuando viene de caza con nosotros es prácticamente imposible distinguirlo de los otros conejos, y es así como ha recibido, varias veces, peligrosas heridas. Ahora optamos por colocarle un par de cartones redondos, uno en el pecho y otro en la espalda. Estos cartones tienen dibujados varios círculos concéntricos de distintos colores, como los cartones que suelen utilizarse para la práctica del  tiro al blanco. De este modo confiamos en que la próxima vez no habremos de errar el tiro.


 XLVIII
   Las fatigosas marchas dominicales, al rayo del sol y con la carga de nuestro absurdo ropaje y nuestras armas, nos decidieron por fin a trasladar el bosque al interior del castillo. Lo hicimos en una tarde, ocupando a estos efectos todas las macetas y tachos que poseíamos. En poco tiempo el bosque se secó. Al principio quedamos disgustados y desconcertados, pero luego recuperamos nuestra alegría al descubrir que en el desierto que dejamos en lugar del bosque, los conejos eran mucho más visibles y es por lo tanto mucho más fácil cazarlos.


 XLIX 
  Si hay algo tal vez más apasionante que la caza de conejos, es la pesca. Aunque el ejercicio es menos violento, la espera no es por ello menos tensa. Y no hay emoción comparable a la de ver moverse de pronto la pequeña boya de corcho pintado de rojo, y sentir en a línea los nerviosos tirones, y recoger el hilo de nailon con el ril, comprobando en el otro extremo la resistencia del conejo que, desde el fondo del río, hacemos finalmente emerger con el paladar atravesado por el enorme anzuelo, la zanahoria de cebo casi intacta.

lunes, 26 de mayo de 2014

Una Soledad Demasiado Ruidosa..

      Bohumil Hrabal
  
1


Hace treinta y cinco años que trabajo con papel viejo y ésta es mi love story. Hace treinta y cinco años que prenso libros y papel viejo, treinta y cinco años que me embadurno con letras, hasta el punto de parecer una enciclopedia, una más entre las muchas de las cuales, durante todo este tiempo, habré comprimido alrededor de treinta toneladas, soy una jarra llena de agua viva y agua muerta, basta que me incline un poco para que me rebosen los más bellos pensamientos, soy culto a pesar de mí mismo y ya no sé qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí, y cuáles he adquirido leyendo, y es que durante estos treinta y cinco años me he amalgamado con el mundo que me rodea porque yo, cuando leo, de hecho no leo, sino que tomo una frase bella en el pico y la chupo como un caramelo, la sorbo como una copita de licor, la saboreo hasta que, como el alcohol, se disuelve en mí, la saboreo durante tanto tiempo que acaba no sólo penetrando mi cerebro y mi corazón, sino que circula por mis venas hasta las raíces mismas de los vasos sanguíneos. Por regla general, prenso unas dos toneladas por mes, y para tener fuerzas para este bendito trabajo, durante treinta y cinco años he bebido tanta cerveza que con ella se podría llenar una piscina olímpica o una buena cantidad de viveros de carpas navideñas. De esta manera, a pesar de mí mismo, me he vuelto sabio y ahora me doy cuenta de que mi cerebro es un fajo de pensamientos prensados en la prensa mecánica, mi cabeza calva es la nuez de Cenicienta, y sé bien que los tiempos en los que el pensamiento estaba inscrito en la memoria humana tenían que ser mucho más hermosos; si en aquel tiempo alguien hubiese querido prensar libros, tendría que haber prensado cabezas humanas, pero tampoco eso habría servido para nada, porque los verdaderos pensamientos provienen del exterior, van junto al hombre como su fiambrera de fideos y por eso todos los inquisidores del mundo queman los libros en vano, porque cuando un libro comunica algo válido, su ritmo silencioso persiste incluso mientras lo devoran las llamas, y es que un verdadero libro siempre indica algún camino nuevo que conduce más allá de sí mismo. Me compré una pequeña calculadora, una de esas multiplicadoras extractoras de raíces, una máquina menuda, no más grande que una cartera, y cuando reuní el valor necesario para abrir la parte de atrás con un destornillador, tuve un sobresalto de alegría porque dentro encontré una minúscula placa, no mayor que un sello, no más gruesa que diez hojas de un libro, y aparte de eso sólo aire, aire cargado de variaciones matemáticas. Lo mismo pasa cuando penetro con los ojos un buen libro, cuando despojo el texto de palabras impresas; entonces tampoco queda nada más que pensamientos irracionales que planean en el aire, que yacen en el aire, que se alimentan del aire, de la misma manera que la sangre está y al mismo tiempo no está en la sagrada forma. Hace treinta y cinco años que me dedico a envolver libros y papel viejo, vivo en un país que sabe leer y escribir desde quince generaciones atrás, vivo en un antiguo reino donde siempre ha persistido la costumbre y la obsesión de atiborrarse pacientemente la cabeza con ideas e imágenes que aportan un goce indescriptible y un dolor más grande aún, vivo envuelto entre personas dispuestas a dar incluso la vida por un paquete de ideas bien prensadas. Y ahora todo eso se repite en mis entrañas, hace treinta y cinco años que pulso los botones verde y rojo de mi prensa, y treinta y cinco años que bebo jarras enteras de cerveza, no para emborracharme, los borrachos me horrorizan, sino para poder reflexionar mejor, para penetrar hasta el corazón mismo de los textos, porque no leo para divertirme, ni para pasar el rato, ni para conciliar el sueño; yo, que vivo en un país donde la gente sabe leer y escribir desde quince generaciones atrás, bebo para que el texto me despierte, para que la lectura me produzca escalofríos, y es que comparto la opinión de Hegel de que una persona noble no es necesariamente un aristócrata, ni un criminal un asesino. Si supiera escribir, haría un libro sobre la mayor suerte y la mayor desgracia de los hombres. Los libros me han enseñado, y de ellos he aprendido que el cielo no es humano en absoluto y que un hombre que piensa tampoco lo es, no porque no quiera sino porque va contra el sentido común. Bajo mis manos y en mi prensa expiran libros preciosos y yo no puedo detener ese flujo. No soy sino un tierno carnicero. Los libros me han enseñado el placer y la voluptuosidad de la devastación, soy feliz cuando diluvia, me encantan los equipos de demolición, paso horas y horas de pie mirando cómo los dinamiteros hacen saltar por los aires manzanas enteras, calles enteras, como si hinchasen neumáticos gigantes, devoro con los ojos el primer segundo, cuando se levantan los ladrillos y las piedras y las vigas y un momento después las casas caen suavemente como vestidos desabrochados que se deslizasen por el cuerpo, como un transatlántico que se sumergiese en el mar tras la explosión de las calderas. Me quedo inmerso en una nube de polvo y en la música del crujido y pienso en mi trabajo y en el hondo subsuelo donde se halla mi prensa con la que llevo trabajando treinta y cinco años, a la luz de las bombillas eléctricas y oyendo el pisoteo en el patio por encima de mi cabeza, el ruido de los cuernos de la abundancia que vierten sus tesoros desde el cielo, el contenido de sacos y cajas de madera y de cartón, vaciado a través de un agujero en medio del patio que da a mi subsuelo, papel viejo, flores marchitas de las floristerías, papel de empaquetar de los grandes almacenes, programas viejos y billetes y envoltorios de helados, grandes hojas manchadas de pintura, montones de papel chorreando sangre de las carnicerías, recortes de película de los laboratorios fotográficos, el contenido de las papeleras de los despachos, mezclado con cintas usadas de máquinas de escribir, ramos de flores que celebraron el cumpleaños o la onomástica, a veces una bala de periódicos con un adoquín en el interior, que alguien habrá metido allí para que el papel pesara más, o cuchillos y tijeras, martillos y alicates, tajaderas de carnicero y tazas con manchas negras de café seco, mustios ramos de novia y coronas fúnebres de plástico de colorines. Hace treinta y cinco años que aplasto todas esas cosas en una prensa, tres veces por semana los camiones se llevan mis balas a la estación, las meten en los vagones y se las llevan a las fábricas de papel donde los obreros cortan los alambres que las atan y sumergen el resultado de mi trabajo en álcalis y ácidos, suficientemente fuertes para disolver incluso las hojas de afeitar que cada dos por tres me cortan las manos. Pero, al igual que en las aguas sucias y turbias de un río en el desagüe de una fábrica, resplandece de vez en cuando un pez magnífico, en el río de papel viejo también brilla a veces el lomo de un libro precioso; deslumbrado, miro un rato hacia otra parte antes de cogerlo, lo seco con el delantal, lo abro y huelo el texto, y sólo después fijo los ojos en la primera frase y la leo como si fuera una predicción homérica; entonces guardo el libro entre otros bellos hallazgos en una caja tapizada de estampas que alguien volcó en mi sótano por equivocación junto con varios libros de oraciones. Mi misa, mi ritual consiste no sólo en leer estos libros, sino en meter alguno en cada paquete que preparo, y es que tengo la necesidad de embellecer cada paquete, de darle mi carácter, mi firma. Éste es mi calvario: para que cada paquete sea diferente, debo prolongar mi jornada laboral, acabar dos horas más tarde y llegar al trabajo dos horas antes, trabajar a veces incluso los sábados para poder liquidar el inacabable montón de papel viejo. El mes pasado tiraron a mi subterráneo seiscientos kilos de reproducciones de maestros célebres, seiscientos kilos empapados de Rembrandt y Hals, de Monet y Manet, de Klimt y Cézanne, y demás campeones de la pintura europea, de modo que ahora embellezco cada una de mis balas con reproducciones y, al anochecer, mientras mis balas esperan en fila india delante del montacargas, me deleito contemplando aquella belleza, aquellos paquetes adornados con Ronda de noche, Saskia, El desayuno sobre la hierba, La casa del colgado o el Guernica. Y sólo yo sé que en el corazón de cada paquete descansa, abierto, aquí Fausto, allí Don Carlos, aquí, entre cartones sangrientos, Hyperion, allí, en una bala llena de sacos de cemento, Así habló Zaratustra. Sólo yo sé cuál de esos paquetes sirve de sepulcro a Goethe y a Schiller, cuál a Hölderlin y a Nietzsche. Yo soy al mismo tiempo el artista y el único espectador, y por eso cada día termino rendido y muerto de cansancio, agotado y trastornado y, para moderar y disminuir ese terrible desgaste de mí mismo, me tomo una jarra de cerveza tras otra y por el camino hacia la taberna Husensky tengo tiempo suficiente para meditar y soñar con el aspecto, con la belleza de mi próxima bala de papel.
Esas cantidades de cerveza las bebo para ver mejor lo que ha de venir, porque con cada bala doy sepultura a una preciosa reliquia, al ataúd de un niño cubierto de flores marchitas, con orla de aluminio y cabello de ángel; preparo un nido pequeño y acogedor para los libros que han aparecido en mi cueva de forma tan insólita como yo mismo. Por eso no tengo nunca el trabajo terminado, por eso el papel viejo se amontona en el patio hasta el techo, por eso se alza desde mi sótano hasta el techo del patio. Por eso el jefe a veces pincha aquella papelería con un garfio y me chilla a través del agujero, con la cara morada de rabia… Eh, Haňt’a, ¿qué haces? ¡Por Dios, deja los libros y date prisa! ¡El patio está lleno a rebosar hasta el techo y tu estás en la luna, vago! Y yo, al pie de la montaña, me encojo como Adán entre los matorrales, con un libro en la mano abro mis atemorizados ojos a un mundo extraño, distinto de aquel en el que me hallaba hace apenas un instante porque yo, cuando me sumerjo en la lectura, estoy en otra parte, dentro del texto, me despierto sorprendido y reconozco con culpa que efectivamente vuelvo de un sueño, del más bello de los mundos, del corazón mismo de la verdad. Diez veces al día me maravilla haberme alejado tanto de mí mismo. Así, extranjero y ajeno, cada anochecer me dirijo a mi casa, en silencio voy por las calles inmerso en una profunda meditación, paso de largo tranvías y coches y peatones, perdido en una nube de libros que acabo de encontrar en mi trabajo y que me llevo a casa en la cartera, así, soñando, cruzo en verde sin percatarme de ello, sin topar con los postes ni con la gente, camino, apestando a cerveza y a suciedad, pero sonrío porque tengo la cartera llena de libros de los cuales espero que por la noche me expliquen algo sobre mí mismo, algo que todavía desconozco. Camino entre el bullicio de la calle sin cruzar en rojo, yo puedo andar sin ser consciente, medio adormilado, en el umbral de la conciencia, en una especie de inspiración subterránea, la imagen de cada una de las balas que he comprimido ese día se va apagando suavemente, tiernamente, dentro de mí, tengo la sensación física de ser, yo también, un paquete de libros prensados, de que en mi interior arde una pequeña llama como la de un calentador o de una nevera de gas, una lucecita que nunca se apaga, un fuego que alimento diariamente con el aceite de los pensamientos, de las ideas que a pesar de mí mismo leo en los libros mientras trabajo y que ahora me llevo a casa en la cartera. Ando como una casa en llamas, como una granja ardiendo, la luz de la vida se alza del fuego y el fuego surge de la madera que muere, el hostil desconsuelo resta en el corazón de las cenizas y yo hace treinta y cinco años que prenso papel viejo, quedan cinco años para que me jubile, mi máquina se jubilará conmigo, no la abandonaré, estoy ahorrando, he abierto una libreta de ahorros para poder jubilarme con ella, para comprarla a la empresa, para llevármela a casa, colocarla en el jardín de mi tío, entre los árboles; entonces, allí en el jardín cada día haré una bala, una sola, pero ¡qué bala!, una bala elevada al cuadrado, una bala como una escultura, una obra de arte, depositare en ella todas mis ilusiones de juventud, todo lo que sé, todo lo que he aprendido a lo largo de estos treinta y cinco años de trabajo, haré mi obra maestra una vez jubilado, sólo trabajaré en los momentos de inspiración, un solo paquete al día de las tres toneladas de libros que tengo en casa, será un paquete del que nunca habré de avergonzarme, un paquete soñado, premeditado; y también, junto con los libros, echaré en la prensa serpentinas y confeti, será la creación de la belleza, cada día un paquete nuevo y al cabo de un año organizaré en ese mismo jardín una exposición de paquetes en la cual, bajo mi vigilancia, cada visitante podrá crear su propia bala: al pulsar el botón verde, cuando el cilindro de la prensa avanza para aplastar con una fuerza increíble el papel viejo adornado con libros y flores y residuos que cada cual habrá traído consigo, el espectador sensible experimentará la sensación de ser él mismo quien es comprimido en mi prensa mecánica. Finalmente llego a la penumbra de mi casa, me siento en una banqueta, la cabeza se me cae y acabo dormitando con los labios húmedos sobre las rodillas. A veces me quedo dormido, encogido de ese modo, hasta medianoche y, al despertarme, levanto la cabeza y me doy cuenta de que tengo el pantalón empapado en la rodilla, es la saliva de haber dormido acurrucado como un gatito en invierno, como la madera de un balancín, y es que yo puedo permitirme el lujo de abandonarme porque nunca estoy abandonado, estoy solo para poder vivir en una soledad poblada de pensamientos, porque yo soy un poco el Don Quijote del infinito y de la eternidad, y el Infinito y la Eternidad sienten predilección por la gente como yo.


lunes, 19 de mayo de 2014

II..


  Los primeros siglos vivieron en los desiertos del Sinaí. Entonces, una mañana se cayó un clavo de una pared en Constantinopla y con él cayeron todos los clavos de las paredes a lo largo y ancho del imperio bizantino. El clavo que movió todos los demás movió también a los monjes del Sinaí y los desterró a otro lugar. La migración se efectuó de la siguiente manera: Cuando el príncipe romano Pedro se quitó para siempre su yelmo, lo llenó de vino y bebió de él, decidió llevar una vida de asceta. Se puso a buscar un lugar donde nadie le encontrara, donde nadie supiera su nombre. No hay en todo el imperio un lugar así, le decían. Entonces se le apareció en sueños una mujer calzada con su propio cabello, con guantes tejidos con ese mismo pelo (pero no cortado) y le dijo: —Te salvará uno de tus dedos si cambias de nombre.

   El general sólo tenía tres dedos y durante largo rato se rompió la cabeza tratando de interpretar el sueño. Finalmente dedujo que tenía que cambiar su nombre, Pedro (que significa piedra), por otro que significara algo totalmente opuesto a la piedra. De modo que optó por el agua y subió a bordo de un barco dejando que su nuevo nombre —agua— le llevara a donde quisiera. El barco pasó cerca de la isla de Tassos, chocó contra unos arrecifes submarinos y él fue arrojado por el agua sobre una playa desierta. Sin saber dónde estaba, empezó a vivir en esa soledad absoluta que hace que las uñas se pelen y las cejas encanezcan. Dividió los sonidos de su boca en masculinos y femeninos, y en las festividades de la Virgen pronunciaba sólo las vocales de sus oraciones y en las otras festividades sólo las consonantes. Probablemente nunca supo que vivía y que moriría en uno de los tres dedos de la península Cálcidica: en el cabo vuelto hacia alta mar que en la antigüedad se llamaba Akte. En Grecia se oyó hablar de su vida de asceta. Dicen que le delataron los pájaros a los que había enseñado a hablar. Iban llegando uno a uno a Constantinopla, se posaban en los mástiles de los barcos, llevando las hembras en sus trinos las vocales y los machos las consonantes de las oraciones. Cada domingo se podía oír cómo los pájaros, posados en los mástiles de la flota del puerto, deletreaban el padrenuestro y el avemaria.

   Sorprendidos y asustados, los marineros siguieron a los pájaros hasta la península de Akte, donde Pedro vivía como ermitaño, y la llamaron Monte Athos. Pero otros monjes no habrían seguido su ejemplo si no hubiera ocurrido una gran desgracia, una de esas que hacen olvidar el pan en la boca y provocan que un pelo se vuelva blanco cada vez que se pestañea.

   Una mañana, en las iglesias de la capital los iconos amanecieron una lanza más altos que la noche anterior. Se rumoreaba que lo había ordenado el basileus para que la muchedumbre de fieles no pudiera profanar las santas mejillas. Pero la desgracia también avanza a pasos, un pie tras otro, de modo que después del izquierdo avanzó el derecho. En el muelle de Constantinopla atracó un barco cargado de monjes desterrados del Sinaí. Todos eran pintores de iconos y todos pertenecían a la orden de los solitarios. Cumpliendo el mandato del emperador, al barco que transportaba a los pintores sólo se le dio pintura para beber y madera de iconos para comer, le quitaron las velas y fue abandonado a merced de las olas. Los funcionarios imperiales los despidieron burlándose de ellos: —El que vea el más verde de todos los colores verdes será capaz de llevar el barco a puerto y salvar a los pasajeros...

   Pero ningún pintor encontró el verde más verde, aunque sea el color que da la buena suerte, igual que pocos han muerto por haber hallado el más amarillo de todos los colores amarillos del mundo, color que provoca la muerte. De manera que el barco se hizo a la mar y llevado por las corrientes submarinas naufragó en los arrecifes del Monte Athos, donde una parte de los pintores se ahogó y la otra, con la barba entre los dientes, llegó a nado a la costa. 

viernes, 11 de abril de 2014

Onuphrius ou les vexations fantastiques d'un admirateur d'Hoffmann..


Creía que las nubes eran parvas de heno
y confundía la velocidad con el tocino.
Gargantúa, Lib. I, Cap. XI         

¡Kling, kling, kling...!
No hubo respuesta.
—¿No hay nadie? —inquirió la joven.
Tiró por segunda vez del cordón de la campanilla; no se oyó el menor ruido en el departamento: no había nadie.
—¡Qué raro!

Se mordió el labio y un enrojecimiento de despecho pasó de sus mejillas a la frente; empezó a bajar la escalera peldaño a peldaño, lentamente, como a regañadientes, girando la cabeza de vez en cuando para ver si se abría la puerta fatal. Nada. En la esquina de la calle divisó en lontananza a Onuphrius, que marchaba por el lado soleado con el aspecto más indolente del mundo, deteniéndose a cada momento, viendo las peleas de los perros y a los golfillos jugando al tejo, leyendo las inscripciones de las paredes, deletreando los carteles, como un hombre que tiene una hora de ocio y nada le apremia. Cuando llegó al lado de la joven, el asombro le obligó a abrir desmesuradamente las pupilas pues no contaba con encontrarla allí.

—¡Cómo! ¿Eres tú? ¿Ya has llegado? ¿Pues qué hora es?
—Si ya he llegado... Frase muy galante. Respecto a la hora, deberías saberla y no ser yo quien te la diga —respondió con tono de enfado la muchacha, cogiendo a Onuphrius del brazo—. Son las once y media.
—Imposible —negó Onuphrius—. Acabo de pasar por delante de Saint-Paul y no eran más que las diez; hace apenas cinco minutos, pondría las manos al fuego; y apostaría...
—No pongas nada al fuego ni apuestes nada porque perderías.
Onuphrius se obstinó, y como la iglesia estaba sólo a unos cincuenta pasos, Jacintha, para convencerle, quiso ir con él hasta allí. Onuphrius se mostraba triunfante.
—¡Mira! —le instó Jacintha cuando al fin estuvieron en el portal.

Si hubieran estado el sol o la luna en el lugar del reloj, Onuphrius no hubiese estado más confundido. El reloj marcaba las once y media pasadas; sacó sus quevedos, limpió los cristales con un pañuelo y se frotó los ojos para afinar la vista; la aguja mayor iba a reunirse con su hermana menor en la X del mediodía.
—¡Mediodía! —murmuró entre dientes—. Es preciso que un diablejo se haya divertido en mover las agujas, pues yo vi claramente que señalaban las diez.

Jacintha era amable; no insistió y reanudó la marcha junto a él, con destino a su taller, ya que Onuphrius era pintor y en aquel momento estaba pintando el retrato de una joven. Ésta se sentó en la pose convenida. Onuphrius fue en busca de la tela, vuelta hacia la pared, y la colocó en el caballete. Encima de la pequeña boca de Jacintha una mano desconocida había dibujado un par de bigotes que hubieran sido la envidia de un tambor mayor. La cólera del artista al ver pintarrajeado su boceto es fácil de imaginar; de buena gana habría destruido la tela a no ser por los ruegos de Jacintha. Borró, pues, como pudo aquellos atributos viriles, aunque jurando más de una vez contra el que había perpetrado tamaña gamberrada; pero cuando quiso empezar a pintar, estaban tan tiesos y erizados que no pudo servirse de ellos. Así, se vio obligado a enviar en busca de unos nuevos; y mientras aguardaba su llegada, fue componiendo en su paleta varios tonos que le faltaban. Otra atribulación. Las vejigas estaban duras como si hubieran encerrado balas de plomo y por más que las presionaba no surgía el color; o bien estallaban súbitamente como pequeñas bombas, vomitando a derecha y a izquierda, el ocre, la laca y el betún. De haber estado solo creo que, a pesar del primer mandamiento del Decálogo, habría jurado más de una vez en el nombre del Señor. Se contuvo, llegaron los pinceles, puso manos a la obra, y durante más de una hora todo marchó bien. La sangre empezó a correr bajo las carnes, los contornos se iban dibujando, las formas se modelaban, la luz se separaba de la sombra, y una mitad de la tela vivía ya. Los ojos, sobre todo, eran admirables; el arco de las cejas quedaba perfectamente delineado y se fundía hacia las sienes en tonos azulinos y aterciopelados; la sombra de las pestañas suavizaba maravillosamente bien la resplandeciente blancura de la córnea, la niña de los ojos miraba bien, el iris y la pupila no dejaban nada de desear; solamente faltaba ese mínimo diamante de luminosidad, esa raya de luz que los pintores denominan punto visual.

Para engarzarlo en su disco de azabache (Jacintha tenía los ojos negros), cogió el más fino, el más diminuto de sus pinceles, formado por tres pelos de la cola de una marta cibelina. Lo humedeció en lo alto de su paleta, en un blanco plateado que se elevaba, al lado de los ocres y las sienas, como un pico cubierto junto a las negras rocas. Viendo el temblor de aquel punto brillante en la punta del pincel, se habría dicho que era una gotita de rocío en la punta de una aguja; ya iba él a despositarla sobre la pupila cuando violento golpe en el codo le desvió la mano y se llevó el punto blanco a las cejas, arrastrando la bocamanga de su bata de pintor sobre la mejilla todavía fresca que acababa de terminar. Se volvió con tanta brusquedad ante esta nueva catástrofe, que el escabel rodó unos diez pasos. No vio a nadie. Si por casualidad hubiera habido allí alguien, lo habría matado con toda certeza.

—¡Esto es realmente inconcebible! —gruñó entre dientes muy turbado—. Jacintha, no estoy en vena, no haremos nada más por hoy.
Jacintha se dispuso a marcharse.

lunes, 17 de marzo de 2014

Mis encuentros con camellos..



Por tres veces entré en contacto con camellos y aquello concluyó en circunstancias trágicas.


«Tengo que enseñarte el mercado de camellos», decía mi amigo, justo tras mi llegada a Marrakesh. «Tiene lugar todos los jueves por la mañana ante la muralla en Bab-el-Khemis. Se encuentra realmente apartado, al otro lado de los muros de la ciudad; es mejor que te lleve.» Llegó el jueves y nos dirigimos hacia allí. Era algo tarde cuando llegamos a la inmensa plaza frente a la muralla de la ciudad ya casi al mediodía. La plaza estaba medio vacía. Al otro extremo, unos doscientos metros más allá de nosotros, había un grupo de personas; pero no vimos ningún camello. Los animales pequeños, con los que la gente se entretenía eran burros por lo general; la ciudad se encontraba repleta de ellos; portaban todo género de cargas y solían ser tan mal tratados que no deseaba ver más. «Llegamos demasiado tarde», dijo mi amigo. «El mercado de camellos ha terminado.» Me condujo hasta el centro de la plaza para convencerme de que verdaderamente no había nada más que ver.


Pero antes de que se detuviese vimos cómo se dispersaba un grupo de gente. En medio de ella apareció un camello erguido sobre tres patas, la cuarta le había sido atada al cuerpo. Tenía puesto un bozal rojo, una cuerda le atravesaba el ollar, y un hombre que se mantenía a cierta distancia trataba de hacerle avanzar de este modo. El camello corría un trecho hacia adelante, se paraba y saltaba entonces curiosamente sobre sus tres patas hacia arriba. Sus movimientos eran tan inesperados como in-quietantes. El hombre que debía guiarlo, cejaba siempre en su empeño; temía acercarse demasiado al animal y no parecía nada seguro cómo se comportaría éste a continuación. Pero tras cada sobresalto tiraba de nuevo y esto le permitió arrastrar al animal muy lentamente en una determinada dirección. Permanecimos parados y bajamos la ventanilla del coche; nos rodearon niños pedigüeños, por encima de sus voces mendicantes oíamos los gritos del camello. Una de las veces saltó con tal fuerza hacia un lado que el hombre que lo guiaba perdió la cuerda. Las personas que se encontraban a cierta distancia se alejaron. La atmósfera que rodeaba al camello estaba cargada de miedo, pero más miedo sentía aún el camello. El guía corrió un trecho junto a él y con la velocidad de un rayo agarró la cuerda que serpeaba por el suelo. El camello saltó lateralmente hacia arriba en un movimiento ondulante, pero no logró soltarse, siendo arrastrado de nuevo. 

Un hombre, en el que no habíamos reparado hasta entonces, apareció tras los niños que rodeaban nuestro automóvil, se apartó a un lado y nos explicó en un francés entrecortado: «El camello tiene rabia. Es peligroso. Lo conducen al matadero. Hay que tener mucho cuidado.» Adoptó un gesto grave. Entre frase y frase oíamos los gritos del animal. 
Le dimos las gracias por su información y nos fuimos entristecidos de allí. Durante los días siguientes hablamos con frecuencia del camello rabioso; sus desesperados movimientos nos habían dejado una huella profunda. Habíamos ido al mercado con la esperanza de ver centenares de esos apacibles y curvilíneos animales. Pero en la gigantesca plaza sólo encontramos uno, sobre tres patas, atado, en su última hora; mientras todavía luchaba por su vida nos fuimos de allí. 

Días después pasamos frente a otro sector de las murallas de la ciudad. Anochecía, el resplandor rojo se extinguía sobre el muro. Retuve en mis ojos tanto como me fue posible la imagen del muro y me regocijé ante su progresiva mutación cromática. Divisé en su sombra una gran caravana de camellos. La mayoría se había dejado caer sobre sus rodillas, otros permanecían todavía en pie. Unos hombres con turbante en la cabeza se movían laboriosos, pero tranquilos, entre ellos; era la imagen del sosiego y el crepúsculo. El color de los camellos se convirtió en el del muro. Nos apeamos y nos mezclamos entre los animales. Cada docena cumplida de ellos se arrodillaba en círculo alrededor de un montón de forraje dejado caer por los camelleros. Estiraban el cuello, tomaban el alimento con la boca, echaban la cabeza hacia atrás y rumiaban plácidamente. Los observamos atentamente y vimos que tenían rostro. Se parecían entre sí y al mismo tiempo eran muy diferentes. Recordaban a viejas damas inglesas que, dignas y visiblemente aburridas, compartían el té, incapaces de ocultar la malicia con que escrutaban cuanto les rodeaba. «Éste es mi tía, de verdad», dijo mi amigo inglés, al que advertí sutilmente del parecido con sus compatriotas, y pronto descubrimos algún que otro conocido. Nos sentíamos orgullosos de haber tropezado con aquella caravana de la que nadie nos había hablado. Contamos ciento siete camellos. 


domingo, 2 de marzo de 2014

El festín de Babette..




I. Dos damas de Berlevaag

En Noruega hay un fiordo –o brazo de mar largo y estrecho entre altas montañas- llamado de Berlevaag.  Al pie de las montañas, el pequeño pueblecito de Berlevaag parece de juguete, una construcción de pequeños tacos de madera pintados de gris, amarillo, rosa y muchos otros colores.
Hace sesenta y cinco años, vivían dos damas en una de las casas amarillas. En aquel entonces, las señoras llevaban polisón, y estas dos hermanas podían haberlo llevado con tanta gracia como cualquier otra, ya que eran altas y esbeltas.  Pero jamás poseyeron ningún artículo de moda; toda la vida vistieron solemnemente de gris o de negro. Fueron bautizadas Martine y Philippa por Martín Lutero y Philip Melanchton. El padre había sido deán y profeta, fundador de un piadoso grupo o secta religiosa que fue conocida y considerada en todo el país de Noruega. Sus miembros renunciaban a los placeres de este mundo, ya que para ellos la tierra y cuanto contenía no eran sino una especie de ilusión, mientras que la verdadera realidad estaba en la Nueva Jerusalén, por la que suspiraban. No juraban en absoluto, sino que su comunicación era sí sí y no no, y se trataban entre ellos de Hermanos y Hermanas.
El deán se había casado tardíamente y había muerto ya. De año en año, sus discípulos se volvían más escasos, más canosos o calvos, y más duros de oído; incluso se volvían algo quejumbrosos y enojadizos, de modo que llegaban a producirse pequeños cismas en la congregación. Pero aún seguían reuniéndose para leer e interpretar la palabra divina. Todos conocían a las hijas del deán desde pequeñas; incluso ahora seguían siendo muy pequeñas para ellos, y queridas a causa del padre. Notaban que, en la casa amarilla, el espíritu del Maestro estaba con ellos; aquí se sentían a gusto y en paz.
Estas dos damas tenían una criada francesa, Babette. Resultaba extraño, en un par de puritanas de un pueblecito noruego; el hecho parecía incluso requerir una explicación. La gente de Berlevaag encontraba esa explicación en la piedad y bondad de corazón de las hermanas. Porque las hijas del viejo deán consagraban su tiempo y sus pequeños ingresos a las obras de caridad; ningún ser afligido o desventurado llamaba en vano a su puerta. Y Babette había llegado a esa puerta hacía doce años, fugitiva y sin amigos, y casi loca de aflicción.
Pero la verdadera razón de la presencia de Babette en la casa de las dos hermanas hay que buscarla más atrás en el tiempo, y más profundamente en el dominio de los corazones humanos.



II. El amor de Martine

De jóvenes, Martine y Philippa habían sido extraordinariamente bonitas, con esa belleza casi sobrenatural de los frutales en flor o de las nieves perpetuas. Jamás se las vio en bailes y fiestas; pero la gente se volvía a mirarlas cuando pasaban por la calle, y los chicos de Berlevaag iban a la iglesia a verlas deambular por la nave. La más joven tenía también una voz preciosa con la que, los domingos, llenaba la iglesia de dulzura. Para la congregación del deán, el amor terreno y con él el matrimonio, era asunto trivial, mera ilusión; sin embargo, es posible que más de uno de aquellos Hermanos mayores apreciase a las jóvenes hermanas mucho más que a los rubíes, y se lo hubiese sugerido así a su padre. Pero el deán había declarado que en lo que atañía a su vocación, sus hijas eran para él como la mano derecha y la mano izquierda. ¿Quién querría privarle de ellas? Y así, las preciosas jóvenes fueron educadas en un ideal de amor celestial; estaban totalmente imbuidas de él, y no se dejaban rozar por las llamas de este mundo.
Sin embargo, turbaron el corazón de dos caballeros que pertenecían al mundo exterior de Berlevaag.
Uno de ellos fue un joven oficial llamado Lorens Loewenhielm, que había llevado una vida alegre en la ciudad de su guarnición y había contraído deudas. En 1854, cuando Martine contaba dieciocho años y Philippa diecisiete, el irritado padre de este joven mandó a su hijo a pasar un mes con su tía, en una vieja casa de campo de Fossum, próxima a Bervlevaag, a fines de que tuviese tiempo para meditar y mejorar sus costumbres. Un día cogió el caballo, fue al pueblo, y vio a Martine en la plaza del mercado. Bajó la mirada hacia la preciosa joven; y ella alzó los ojos hacia el apuesto jinete. Martine acabó de cruzar; y cuando hubo desaparecido, el joven Loewenhielm no supo si creer a sus propios ojos.
Existía una leyenda en la familia Loewenhielm según la cual, hacía mucho tiempo, un caballero de este apellido se había casado con una Huldre, espíritu femenino de las montañas de Noruega, tan hermoso, que el aire de su alrededor tiembla y resplandece. Desde entonces, los miembros de la familia tenían de cuando en cuando destellos de clarividencia. Hasta ahora, el joven Lorens no había notado ningún don espiritual particular en su propia naturaleza. Pero en este momento surgió ante sus ojos la visión súbita y poderosa de una vida más pura y superior, sin acreedores, cartas de apremio ni sermones paternos, sin secretos y desagradables remordimientos de conciencia, y con un ángel dulce y de cabellos dorados que le guiara y recompensase.
Por medio de su piadosa tía consiguió ser recibido en casa del deán, y vio que, sin la cofia, Martine era más bella todavía. Siguió su esbelta figura con ojos adoradores, pero detestó y despreció la impresión que él mismo causaba en la proximidad de ella. Se sentía asombrado y estupefacto al comprobar no era capaz de encontrar nada en absoluto que decir, ni inspiración alguna en el vaso de agua que tenía ante sí. “La Verdad y la Misericordia, queridos hermanos, se han abrazado” dijo el deán. “La Rectitud y la Bienaventuranza se han besado.” Y el joven pensó en el momento en que él y Martine podrían abrazarse y besarse. Repitió su visita una y otra vez, y en cada una de ellas le parecía que se iba haciendo más pequeño, insignificante y despreciable.
Cuando por la noche regresaba a casa de su tía, arrojaba sus brillantes botas de montar, de una patada, al  fondo de la habitación, apoyaba la cabeza sobre la mesa y lloraba.
El último día de su estancia hizo un último intento de confesarle a Martine sus sentimientos. Hasta entonces, le había sido fácil decirle a una bella que la amaba; pero ahora se le pegaban las tiernas palabras en la garganta cuando miraba el rostro de la joven. Tras despedirse de los demás, Martine le acompañó a la puerta con una vela en la mano. La luz brillaba en la boca de ella y proyectaba hacia arriba la sobra de sus largas pestañas. Estaba a punto de dejarla, preso de muda desesperación, cuando le acogió la mano, en el umbral, y se la llevó a los labios.
-¡Me voy para siempre! –exclamó-. ¡Nunca más la volveré a ver! ¡Pues aquí he aprendido que el Destino es riguroso, y que en este mundo hay cosas que son imposibles!
Cuando estuvo de nuevo en el pueblo de su guarnición, consideró concluida su aventura, y comprobó que no le gustaba pensar en ella. Mientras los jóvenes oficiales hablaban de sus lances amorosos, él guardaba silencio sobre el suyo. Porque, contemplada desde la sala de oficiales, y a través de los ojos de éstos, por así decir, la aventura era lastimosa. ¿Cómo es posible que un teniente de húsares se hubiese dejado derrotar por un puñado de sectarios descontentos encerrados en una habitación sin alfombras de la casa de un viejo deán?
Y entonces sintió miedo; el pánico se apoderó de él. ¿Era la locura familiar, que aún prolongaba en él el sueño de una joven tan hermosa que hacía que el aire de su alrededor resplandeciese de pureza y de santidad? No quería ser un soñador; quería ser como sus camaradas oficiales.
Así que procuró serenarse, y con el esfuerzo más grande que había hecho en su joven vida, decidió olvidar lo que le había acontecido en Berlevaag. En lo sucesivo, decidió, miraría hacia delante, no hacia atrás. Se concentraría en su carrera, y quizá llegara el día en que causase una espléndida impresión en un mundo brillante.
Su madre se sintió gratamente sorprendida ante los resultados de su estancia en Fossu, y escribió a la tía expresándole su agradecimiento. No sabía por qué extraños y sinuosos caminos había alcanzado su hijo su concepto moral de la felicidad.
El joven y ambicioso oficial llamó muy pronto la atención de sus superiores e hizo progresos extraordinariamente rápidos. Fue enviado a Francia y a Rusia; y a su regreso se casó con una dama de honor de la reina Sophia. Se desenvolvía con gracia y donaire en estos círculos elevados, contento con su ambiente y consigo mismo. Y en el transcurso del tiempo sacó provecho incluso de las palabras y comentarios de casa del deán que se le habían quedado en la memoria, ya que la devoción estaba ahora de moda en la corte.
En la casa amarilla de Berlevaag, Philippa sacaba a relucir el tema del joven apuesto y callado que tan súbitamente había hecho su aparición y tan súbitamente había vuelto a desaparecer. La hermana mayor le contestaba entonces dulcemente, con semblante sosegado y sereno, y encontraba otras cosas de qué hablar.


martes, 25 de febrero de 2014

Accessory Before the Fact..



Al llegar a aquella encrucijada del páramo Martin se detuvo, y permaneció un rato observando perplejo los cuatro letreros del poste indicador. Aquellos no eran los nombres que esperaba encontrar y, además, no figuraban las distancias; su mapa -tuvo que admitir con fastidio- debía estar completamente anticuado. Lo extendió contra el poste y se inclinó para estudiarlo más de cerca. El viento levantaba las esquinas y las batía contra su cara. Apenas conseguía descifrar la letra pequeña a la tenue luz del atardecer. Sin embargo –por lo que alcanzó a distinguir- parecía ser que dos millas más atrás había tomado un desvío equivocado.

Recordaba aquel desvío. El sendero tenía un aspecto muy tentador, y tras vacilar un momento, se había decidido a seguirlo, atraído -como tantos otros caminantes- por el señuelo de que «quizá resultara ser un atajo». La trampa del atajo es tan vieja como la naturaleza humana. Durante algunos minutos estudió alternativamente el poste y el mapa. Caía la noche y la mochila comenzaba a pesarle. Aquellas dos guías no concordaban en nada y la incertidumbre iba haciendo presa en su ánimo. Se sentía desconcertado, frustrado. Cada vez le costaba más trabajo pensar con claridad. Tomar una decisión le parecía la cosa más difícil del mundo.

«Estoy hecho un lío -pensó-, debo estar cansado», y finalmente optó por seguir la indicación que le pareció más prometedora. «Tarde o temprano me conducirá a una posada, aunque no sea a la que yo pretendía llegar.»

Se confió a la suerte del caminante y reanudó la marcha con energía. En el letrero podía leerse «por la colina Litacy», escrito en unos caracteres muy finos y pequeños que parecían oscilar y cambiar de lugar cada vez que los miraba; aquel nombre no figuraba en el mapa, pero al igual que el atajo, resultaba tentador. Un impulso similar al que había sentido antes volvía a determinar su elección. Sólo que esta vez parecía ser más apremiante, casi urgente.

Fue en aquel momento cuando se dio cuenta de la inmensa soledad del paisaje que le rodeaba. El camino continuaba en línea recta unas cien yardas para después curvarse, como un río plateado, y perderse en el infinito; el intenso tono verdeazulado de las matas de brezo que cubrían los márgenes se fundía con los colores del crepúsculo; y espaciados a uno y otro lado del camino, se alzaban solitarios unos pinos pequeños muy enigmáticos. Desde que se le había ocurrido ese curioso adjetivo no conseguía quitárselo de la cabeza. Eran tantas las cosas que aquella tarde le parecían igualmente enigmáticas... el atajo, el mapa velado, los nombres del poste, sus propios impulsos erráticos o aquel misterioso estado de confusión que le iba embargando. El paisaje entero requería una explicación, aunque quizá «interpretación» fuera la palabra más exacta. Aquellos árboles solitarios se lo habían hecho ver claro ¿Por qué se había extraviado con tanta facilidad? ¿Por qué consentía que aquellas vagas impresiones le indicaran el camino a seguir? ¿Por qué se encontraba aquí, precisamente aquí? ¿Y por qué marchaba ahora «por la colina Litacy»?

Entonces, junto a un prado verde que resplandecía como un rayo de luz en medio de la oscuridad del páramo, distinguió una figura tumbada en la hierba. Era como una mancha en el paisaje, un simple amasijo de harapos sucios a los que su propia fealdad confería cierto aire pintoresco; y su mente -aunque sus conocimientos de alemán eran muy básicos- eligió de inmediato los términos alemanes en vez de los ingleses. Las palabras lump y lumpen acudieron misteriosamente a su memoria. En aquel instante le parecieron las más correctas, las más expresivas, casi como onomatopeyas visuales, si tal cosa fuera posible. Ni «harapos» ni «rufián» habrían hecho justicia a lo que acaba de ver. Sólo en alemán se podía describir aquello con alguna precisión.

Aquel era un mensaje que le enviaba su lado irracional. Pero, aparentemente, le pasó desapercibido. Un momento después, el vagabundo se incorporó y le preguntó la hora. Lo hizo en alemán. Y Martin, sin dudarlo un instante, le respondió también en alemán:

-Halb sieben -las seis y media.

No le falló su intuición. Un vistazo al reloj, cuando lo miró un poco más tarde, se lo confirmó. Oyó que el hombre le decía, con esa solapada insolencia tan característica de los vagabundos:
-Grrasias, muy agrradesido -Martin no había enseñado el reloj; otra intuición de su subconsciente que había obedecido.

Con el ánimo agitado por una extraña mezcla de ideas y sentimientos, avivó el paso y prosiguió su marcha por la soledad del camino. De alguna manera, sabía que le harían esa pregunta y que se la harían en alemán. Aquello hacía que se sintiera nervioso y abatido. Pero había otra cosa que también había contribuido a ese estado de nerviosismo y abatimiento; por alguna extraña razón también se la esperaba... y no se había equivocado. Cuando aquel bulto marrón cubierto de harapos se incorporó para hacerle la pregunta, una parte de él había permanecido tendida en la hierba: había otro bulto marrón y sucio. Eran dos los vagabundos. Pudo verles perfectamente la cara. Tras sus barbas desaliñadas, y medio ocultos por unos viejos sombreros, descubrió unos rostros desagradables y sagaces que le observaban con atención mientras pasaba delante de ellos. Le seguían con la mirada.

Durante un segundo los había mirado fijamente para poder identificarlos mejor. Y había comprendido con horror que sus rostros eran demasiado delicados, demasiado finos y astutos para ser los de unos simples vagabundos. Aquellos hombres no eran ni mucho menos unos vagabundos. Estaban disfrazados.

«¡Qué manera más furtiva de mirarme!», pensó, mientras se alejaba de prisa por aquel camino ensombrecido, plenamente consciente ahora de la abrumadora soledad y desolación del páramo que le rodeaba. Lleno de inquietud y de angustia, aceleró aún más la marcha. De pronto, mientras pensaba en el inoportuno ruido que hacían sus botas de clavos al golpear en la dura superficie del camino, irrumpieron en su mente todo el conjunto de cosas que le habían obsesionado por parecerle «enigmáticas». Le comunicaban un único y categórico mensaje: que todo aquello no tenía nada que ver con él -de ahí su confusión y su perplejidad- que se había entrometido en un escenario que no le correspondía y estaba invadiendo el territorio vital de otra persona. Al tomar algún desvío interno erróneo, se había situado en medio de un conjunto de fuerzas desconocidas que operaban en el pequeño mundo de otro individuo.

viernes, 21 de febrero de 2014

Micromegas..


Capítulo 1.– Viaje de un habitante de la estrella Sirio al planeta Saturno


Había en uno de los planetas que giran en torno de la estrella llamada Sirio, un mozo de mucho talento, a quien tuve la honra de conocer en el postrer viaje que hizo a nuestro mezquino hormiguero. Era su nombre Micromegas. Tenía ocho leguas de alto, quiero decir, veinticuatro mil pasos geométricos de cinco pies cada uno.

Algún matemático, casta de gente muy útil al público, tomará la pluma en este trance de mi historia y calculará que teniendo el señor Micromegas, morador del país de Sirio, veinticuatro mil pasos, desde la cabeza a los pies, que hacen ciento veinte mil pies, y nosotros, ciudadanos de la Tierra, no más por lo común de cinco pies, y midiendo la circunferencia de nuestro globo nueve mil leguas, es absolutamente preciso que el planeta donde nació nuestro héroe tenga cabalmente veintiún millones y seiscientas mil veces más de circunferencia que nuestra minúscula Tierra. Nada más natural. Los Estados de ciertos príncipes de Alemania o de Italia, que pueden andarse en media hora, comparados con Turquía, Rusia o China, son un ejemplo muy pálido de las diferencias que la naturaleza ha establecido en todas las cosas.

Siendo la estatura de Su Excelencia la que llevamos dicha, convendrán todos nuestros pintores y escultores que su cintura podría medir unos cincuenta mil pies de circunferencia, lo que revela una bella figura. Su entendimiento era de los más perspicaces; sabía muchas cosas y otras las inventaba; apenas frisaba en los trescientos cincuenta años y siendo estudiante de un colegio de jesuitas de su planeta, descubrió a fuerza de inteligencia más de cincuenta proposiciones de Euclides, dieciocho más que Blas Pascal el cual, luego de adivinar como quien juega (según dijo su hermana), treinta y dos, llegó a ser, andando los años, un geómetra muy mediocre y un pésimo metafísico.

A la edad de cuatrocientos años, o sea al salir de la infancia, disecó unos insectos diminutos de apenas cien pies de grosor. Publicó un libro muy interesante acerca de esos insectos, lo que le proporcionó bastantes disgustos. El muftí de su país, tan receloso como ignorante, advirtió en su libro proposiciones sospechosas, blasfemas, temerarias, heréticas, o que «olían» a herejía, y le persiguió de muerte. Hubo que discutir si la sustancia formal de las pulgas de Sirio era de la misma naturaleza que la de los caracoles. Defendióse con mucho ingenio Micromegas; se declararon las mujeres en su favor, y después de doscientos veinte años que duró el pleito, hizo el muftí condenar el libro por jueces que no le habían leído, ni sabían leer. En cuanto al autor, fue desterrado de la Corte ochocientos años.

No le afligió mucho abandonar una Corte llena de enredos y chismes. Escribió unas décimas muy graciosas contra el muftí, que a éste le tuvieron sin cuidado, y se dedicó a viajar de planeta en planeta para, como dicen, perfeccionar el juicio y el corazón. Quienes viajamos en diligencias o sillas de posta nos pasmarían los vehículos que allá arriba usan. Nosotros, en la bola de cieno en que vivimos no comprendemos otros procedimientos. Micromegas, conocedor de las leyes de la gravitación y de las fuerzas atractivas y repulsivas, se valía de ellas con tanto acierto que, ora montado en un rayo de sol, ora cabalgando en un cometa, o saltando de globo en globo, lo mismo que revolotea un pajarillo de rama en rama, él y sus sirvientes hacían su camino.

En poco tiempo recorrió la vía láctea. Debo confesar, y lo siento, que nunca logró ver, entre las estrellas que la pueblan, el empírico cielo que vio el ilustre Derhan con su catalejo. No niego que Derhan lo viese, ¡Dios me libre de tamaño error!, pero también Micromegas estaba allí y no tenía mala vista. En fin, yo no quiero contradecir a nadie.

Después de largo viaje, Micromegas llegó un día a Saturno, y aun cuando estaba acostumbrado a contemplar cosas nuevas, le sorprendió la pequeñez de aquel planeta y de sus moradores. No pudo menos de sonreír con ese aire de superioridad que los más discretos no pueden contener a veces. Verdad es que Saturno no es más que novecientas veces mayor que la Tierra, y sus habitantes pobres enanos de unas dos mil varas de estatura, más o menos. Rióse al principio de ellos con sus criados, como se ríe cuando viene a Francia cualquier músico italiano, de la música de Lulli. Pero el siriano era razonable y pronto se dio cuenta de que ningún ser que piensa es ridículo, aunque su estatura no pase de seis mil pies. Acostumbróse a los saturninos, después de haber causado su asombro, y se hizo íntimo amigo del secretario de la Academia de Saturno, hombre de mucho talento. No había inventado nada, pero explicaba muy bien los inventos de los demás, y sabía componer coplas chicas y hacer cálculos grandes. He aquí expuesta, para satisfacción de mis lectores, una extraña conversación que con el señor secretario, tuvo cierto día Micromegas.


Capítulo 2.– Conversación del habitante de Sirio con el de Saturno

Sentóse Su Excelencia, acercóse a él el secretario de la Academia, y dijo Micromegas:

-Confesemos que es muy varia la naturaleza.

-Verdad es -dijo el saturnino-. La naturaleza es como un jardín, cuyas flores...

-¡Ah! -dijo el otro-. Dejaos de floriculturas.

-Pues es -siguió el secretario- como una reunión de rubias y morenas, cuyos encantos...

-¡Dejad a vuestras morenas y a vuestras rubias! -interrumpió el otro.

-O bien como una galería de cuadros cuyas imágenes...

-¡No! No señor, no -replicó el forastero-. Decidme lo primero ¿cuántos sentidos tienen los hombres en vuestro país?