Mostrando entradas con la etiqueta Arthur Machen. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Arthur Machen. Mostrar todas las entradas

jueves, 9 de enero de 2014

The Green Book [from The White People]..

La encuadernación estaba estropeada, descolorida. No tenía manchas ni señales de uso. El libro tenía el aspecto de haber sido comprado en una visita a Londres, hacía unos setenta u ochenta años y, por alguna razón, olvidado y obligado a permanecer fuera del alcance de la vista. De él emanaba un olor añejo, delicado, persistente, como el que a veces se apodera de los muebles antiguos. Las guardas, en el interior de la encuadernación, estaban adornadas con formas coloreadas y oro desteñido. Parecía insignificante, pero como el papel era muy fino, tenía muchas hojas, cubiertas de una escritura menuda, penosamente trazada.

-Encontré este libro -comenzaba el manuscrito- en un cajón. Era un día lluvioso y, como no podía salir, por la tarde tomé una vela y me puse a revolver en el escritorio. Casi todos los cajones estaban llenos de ropa antigua, pero uno de los pequeños parecía vacío y allí encontré este libro, oculto en el fondo. Buscaba un libro como éste, de modo que me lo quedé para escribir en él. Está lleno de secretos. Tengo muchos otros libros de secretos, escritos por mí, ocultos, y en éste voy a escribir muchos de los antiguos secretos y algunos de los nuevos; solamente hay algunos que de ninguna manera pondré por escrito.

Album of Eight Original Etchings
No tengo por qué anotar los verdaderos nombres de los días y los meses, que descubrí hace un año, ni tampoco cómo se hacen los tipos de letra Aklo, ni cuál es la lengua de Quíos, ni qué son los grandes y hermosos Círculos, o los Juegos Mao o los Cánticos principales. Es posible que escriba algo sobre todas estas cosas, pero no sobre la manera de hacerlas, por razones personales. Tampoco tengo por qué decir quiénes son las Ninfas, o los Däls, o Jeelo, o qué significa voolas. Son los secretos más secretos, y me alegro al recordar su significado y la cantidad de maravillosas lenguas que conozco. Pero hay algo que yo llamo los secretos de los secretos, en los que no me atrevo a pensar a menos que esté completamente sola, y entonces cierro los ojos, me los cubro con las manos, susurro la palabra y surge el Alala. Esto únicamente lo hago de noche, en mi habitación o en ciertos bosques que yo me sé, pero no debo describirlos porque son bosques secretos. Luego están las ceremonias, todas ellas muy importantes, aunque algunas son más deliciosas que otras.

Son las ceremonias blancas, las ceremonias verdes y las ceremonias escarlata. Estas últimas son las mejores, pero sólo pueden ser celebradas en un sitio concreto, aunque existe una imitación muy buena y que he llevado a cabo en otros lugares. Además, cuento con las danzas y la comedia; a veces he representado la comedia cuando los demás me miraban, pero nadie entendía nada. Era todavía muy pequeña cuando supe por vez primera de estas cosas.

Cuando era muy chica y todavía vivía mamá, recuerdo que me acordaba de cosas todavía más antiguas, sólo que todo se me hace un lío. Pero recuerdo que cuando tenía cinco o seis años les oía hablar a mi alrededor, creyendo que no me daba cuenta. Hablaban de las extrañas cosas que habían ocurrido uno o dos años antes, y cómo la niñera había llamado a mi madre para que viniera y me oyera hablar sola, pronunciando palabras que nadie podía entender. Hablaba en la lengua Xu, pero sólo recuerdo muy pocas palabras, como me ocurre con las caras blancas que solían contemplarme cuando estaba echada en la cuna. Solían hablarme y así aprendí su lengua y hablé con ellos de cierto lugar blanco donde vivían, donde los árboles y la hierba eran completamente blancos, y había blancas colinas, tan altas como la luna, y un viento frío. He soñado a menudo con ese lugar, pero los rostros desaparecieron cuando era muy pequeña. Pero me sucedió una cosa maravillosa cuando tenía unos cinco años. Mi niñera me llevaba en brazos; atravesamos un campo de trigo amarillo; luego llegamos a un sendero que atravesaba el bosque, y un hombre alto vino en nuestra busca y nos acompañó a un lugar muy oscuro y sombrío donde había una profunda charca. La niñera me depositó sobre el blanco musgo, debajo de un árbol, y dijo: -Desde aquí no podrá llegar a la charca-. Así que me dejaron allí y me senté, inmóvil, y observé, y salieron del agua y del bosque dos maravillosas criaturas blancas, y empezaron a jugar, a bailar y a cantar.

Eran de un blanco cremoso, como la vieja figura de marfil del salón; una era una hermosa dama de bellos ojos oscuros, rostro severo, y largos cabellos negros, que sonreía tristemente al otro, el cual se reía e iba hacia ella. Jugaron juntos, bailaron y cantaron una canción hasta que me dormí. La niñera me despertó al volver; se parecía un poco a la dama que había visto, así que se lo conté todo y le pregunté el porqué de ese parecido. Al principio lloró y luego pareció asustarse y palideció. Me depositó en la hierba, me miró fijamente, y pude ver que estaba temblando. Entonces me dijo que lo había soñado todo, pero yo sabía que no era cierto. Luego me hizo prometer no decir nada, pues, si lo hacía, sería arrojada al pozo negro. Yo no estaba en absoluto asustada, aunque la niñera sí, y nunca olvidé lo sucedido, porque cuando cerraba los ojos, a solas en medio del silencio, podía verlos de nuevo, muy tenues y lejanos, pero magníficamente; y me venían a la cabeza retazos de la canción que cantaban, aunque yo no era capaz de cantarla.

Tenía trece años, casi catorce, cuando me sucedió una singular aventura, tan extraña que al día en que ocurrió se le llama siempre el Día Blanco. Mi madre había muerto hacía más de un año; por las mañanas recibía clases, pero por las tardes me dejaban salir a pasear. Aquella tarde fui por un camino distinto, y un pequeño arroyo me condujo hasta una nueva región, pero me desgarré el babero al atravesar unos matorrales y los arbustos espinosos de las colinas y los sombríos bosques llenos de plantas trepadoras. El camino era largo, muy largo. Parecía que no iba a terminar, y tuve que arrastrarme por una especie de túnel, por donde debió correr un arroyo, que ahora estaba completamente seco; el suelo era rocoso y los arbustos habían crecido por encima hasta juntarse, de manera que el lugar resultaba completamente oscuro. Continué avanzando por aquel sombrío paraje; el camino era largo, muy largo.

jueves, 10 de mayo de 2012

Los arqueros




Pasó durante la Retirada de los 80 mil, y la autoridad de la censura es suficiente excusa para no ser más explícito. Pero pasó durante el más terrible día de aquella terrible época, el día en que la ruina y el desastre llegó tan cerca que su sombra cayó sobre Londres; y, sin ninguna noticia certera, los corazones de los hombres se angustiaron; como si la agonía de los ejércitos en el campo de batalla hubiera ingresado en sus almas.

En este amargo día, cuando trescientos mil soldados con sus artillerías se desbordaron como una inundación contra la pequeña compañía inglesa, había un punto específico en nuestra línea de batalla que estaba en peligro atroz, no de mera derrota, sino de suprema aniquilación. Con el permiso de la Censura y de los expertos militares, esa posición podía ser descripta como una saliente, y si esa unidad que la defendía era aplastada y quebrada, entonces, todas las fuerzas británicas serían despedazadas, y los Aliados deberían retroceder y se perdería inevitablemente el Sedán.

Durante toda la mañana los cañones alemanes habían tronado y desgarrado el área, y a los cientos o más de hombres que la defendían. Los hombres bromeaban sobre los cañonazos y encontraban nombres graciosos para estos, hacían apuestas y los recibían con pequeñas canciones. Pero las balas seguían explotando y desgarrando las extremidades de buenos ingleses, y a medida que las horas del día avanzaban, también lo hacían los terribles cañonazos. Parecía que no había auxilio. La artillería inglesa era buena, pero no había suficientes unidades cerca y las que quedaban, habían sido rápidamente reducidas a chatarra por las explosiones.

Hay momentos en una tormenta en el mar en que la gente se dice entre sí, “esto es lo peor; no puede ser más duro.” y entonces hay un trueno diez veces más fiero que todos los anteriores. Así estaban en esa trinchera los británicos.