Mostrando entradas con la etiqueta Illustration. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Illustration. Mostrar todas las entradas

domingo, 8 de noviembre de 2015

Cántico a San Leibowitz..



   


 A no ser por aquel peregrino que se le apareció de pronto en medio del desierto donde practicaba su ayuno ritual de Cuaresma, el hermano Francis Gerard de Utah jamás habría descubierto el documento sagrado. Era, desde luego, la primera vez que tenía ocasión de ver un peregrino vistiendo taparrabo, según la mejor tradición; pero una ojeada le bastó al joven monje para convencerse de que el personaje era auténtico. El peregrino era un viejo desgarbado, que cojeaba al apoyarse en el clásico bordón; su enmarañada barba mostraba unas manchas amarillentas alrededor del mentón, y llevaba una pequeña mochila al hombro. Se cubría con un gran sombrero, calzaba sandalias y llevaba atado a la cintura un trozo de arpillera pasablemente sucio y deshilachado. Éste era todo su atavío, y el hombre avanzaba silbando (falso) por el pedregoso camino del Norte. Parecía dirigirse a la abadía de los Hermanos de Leibowitz, que se levantaba a unos diez kilómetros hacia el Sur.
Al percibir al joven monje en su desierto de piedras, el peregrino dejó de silbar y se puso a observarlo con curiosidad. El hermano Francis, por su parte, se guardó muy bien de infringir la regla del silencio establecida por su Orden para los días de ayuno; desviando rápidamente la mirada, continuó su trabajo, que consistía en construir una muralla de grandes piedras para proteger su morada provisional contra los lobos.
Un poco debilitado después de diez días de un régimen compuesto exclusivamente de bayas de cactos, el joven religioso sentía que la cabeza le daba vueltas mientras proseguía su labor. Desde hacía un buen rato, el paisaje parecía bailar ante sus ojos, y veía flotar unas manchas negras a su alrededor; por esto se preguntó si la barbuda aparición no sería un espejismo provocado por el hambre... Pero el propio peregrino se encargó de disipar sus dudas.
—¡Hola ho! —gritó, a modo de alegre saludo, con voz agradable y melodiosa.
Cómo la regla del silencio le impedía responder, el joven monje se contentó con dedicar al suelo una tímida sonrisa.
—¿Es éste el camino de la abadía? —preguntó entonces el caminante.
Sin alzar los ojos del suelo, el novicio asintió con la cabeza, y seguidamente se agachó a coger un trocho de piedra blanca, parecida al yeso.
—¿Y qué hace usted aquí, entre tantas rocas? —prosiguió el peregrino, acercándose a él.
El hermano Francis se arrodilló apresuradamente para escribir en una piedra plana las palabras «Soledad y Silencio». Si sabía leer —cosa poco probable, a juzgar por las estadísticas—, el peregrino comprendería que su sola presencia constituía para el penitente ocasión de pecado, y, sin duda, le haría la merced de retirarse sin insistir más.
—¡Ah, bueno! —dijo el barbudo. Permaneció inmóvil un instante, paseando la mirada a su alrededor, y después golpeó una piedra muy grande con su palo.
—Ahí tiene una —dijo— que le serviría para su trabajo... Bueno, mucha suerte, ¡y ojalá encuentre la Voz que busca!
Por lo pronto, el hermano Francis no comprendió que el desconocido había querido decir «Voz» con V mayúscula; imaginó sólo que el viejo le había tomado por sordomudo. Después de dirigir una rápida mirada al peregrino que se alejaba silbando de nuevo, se apresuró a dedicarle una bendición silenciosa para asegurarle un buen viaje, y reanudó su trabajo de albañil con el fin de construirse un pequeño reducto en forma de ataúd, donde pudiera tenderse a dormir sin que su carne sirviera de banquete a los lobos hambrientos.
Un rebaño celeste de cúmulos pasó sobre su cabeza: después de haber tentado cruelmente al desierto, aquellas nubes iban ahora a verter en las montañas su húmeda bendición... Su paso refrescó un instante al jo-ven monje, protegiéndole de los rayos ardientes del sol, y el hombre lo aprovechó para dar fin a su trabajo, no sin subrayar sus menores movimientos con oraciones murmuradas entre dientes, para asegurarse una verdadera vocación; porque ésta era, también, la finalidad que esperaba conseguir durante su período de ayuno en el desierto.
Por último, el hermano Francis agarró la enorme piedra que le había indicado el peregrino..., pero los sa-ludables colores que le había dado su trabajo de fuerza se borraron de pronto de su semblante, mientras dejaba caer precipitadamente la roca, igual que si acabase de tocar una serpiente.
Una caja de metal oxidado yacía a sus pies, parcialmente hundida entre los guijarros...
Impulsado por la curiosidad, el joven estuvo a punto de cogerla, pero, pensándolo mejor, dio un paso atrás y se santiguó a toda prisa, murmurando unas palabras en latín. Después, de lo cual, más tranquilizado, no temió ya dirigirse a la misma caja.
—¿Vade retro, Satanás! —le dijo, amenazándola con el pesado crucifijo de su rosario—. ¡Desaparece, Vil Seductor!
Y, sacando disimuladamente un pequeño hisopo de debajo de su hábito, roció la caja con agua bendita, por lo que pudiera ser.
—Si eres criatura diabólica, ¡márchate!
Pero la caja no dio la menor señal de querer desaparecer, ni de estallar, ni siquiera de encogerse despidiendo olor de azufre... Se contentó con quedarse tranquilamente en su sitio, dejando que el viento del desierto evaporase las gotas benditas que la cubrían.
—¡Así sea! —dijo entonces el religioso, arrodillándose para coger el objeto.
Sentado entre los guijarros, estuvo más de una hora golpeando la caja con una piedra grande para abrirla. Mientras trabajaba de esta guisa, se le ocurrió pensar que aquella reliquia arqueológica —pues estaba bien claro que de esto se trataba— era tal vez una señal enviada por el Cielo para indicarle que la vocación le había sido otorgada. Sin embargo, arrojó inmediatamente esta idea de su mente, recordando a tiempo que el padre abad le había puesto seriamente en guardia contra toda revelación personal directa de carácter espectacular. Si había salido de la abadía para ayunar cuarenta días en el desierto, pensó, era precisamente para que su penitencia le valiera una inspiración de lo alto llamándole a las Sagradas Órdenes. No debía confiar en ver visiones, ni en oírse llamar por voces celestiales: tales fenómenos en él, sólo habrían revelado una vana y estéril presunción. Eran ya demasiados los novicios que habían vuelto de su retiro en el desierto con abundantes historias de presagio, de premoniciones y de visiones celestiales, siendo con ello causa de que el excelente padre abad adoptase una política enérgica frente a los supuestos milagros. «El Vaticano es el único capacitado para pronunciarse en esta materia —había gruñido—, y es preciso guardarse de tomar por revelación divina lo que no es más que efecto de la insolación.»
El hermano Francis no podía, empero, dejar de manipular la vieja caja metálica con infinito respeto, mientras la martillaba a más y mejor para abrirla...
De pronto aquélla cedió, su contenido se desparramó por el suelo, y el joven religioso sintió que un esca-lofrío le recorría la espina dorsal. ¡He aquí que la misma Antigüedad iba a serle revelada! Apasionado por la arqueología, costábale creer lo que veían sus ojos, y pensó de pronto que el hermano Jeris iba a enfermar de envidia, pero pronto se arrepintió de este pensamiento poco caritativo y se puso a dar gracias al Cielo que le regalaba semejante tesoro.

domingo, 23 de agosto de 2015

Nota a la catástrofe zombie..










 1
   ¿Cuál es el origen de la catástrofe zombi?


2 
¿Qué relación hay   
entre la catástrofe zombi y el Enigma de la Casa sin Puertas?   

 3
  “Entrad y encontraréis refugio, hijos míos”,
   decía dulcemente, desde el interior de la Casa sin Puertas,
   una voz que aseguraba ser la mismísima
   Virgen de Guadalupe.


4 
Zombi: ¿quién te dijo “levántate y anda”?  

¿El jesús-virus desconocido?  
¿El jesús-vudú?  
¿El jesús-tetrodotoxina?  
¿El jesús-radioactividad?  

 5
  La Casa sin Puertas: un impenetrable bloque de cemento
   en cuyo interior reverberaba
   inexplicable
   una voz:

  “Entrad, entrad. Una catástrofe se avecina:
   hijos míos, pronto, presto, entrad...”


6 
¡Pero no se podía entrar!  

 7
  ¿Por qué en México?


8 
A causa del maíz transgénico, aseguran   
los ecologistas.  

 9
  ¿El jesús-maíz transgénico?
  ¿El jesús-violencia extrema?
  ¿El jesús-drogas adulteradas?
  ¿El jesús-arma experimental?



10 

asegura el vocero de la Arquidiócesis de México.   

 11
  ¿Y la Santa Muerte?
  ¿Qué relación hay entre el culto a la Santa Muerte
   y el alzamiento de los muertos vivientes?


12 
¿Es posible entender a la Coatlicue   
como un antecedente zombi?  


 13
  ¿Mictlantecutli era claramente un zombi?


14 
 “Dense prisa y entrad, hijos míos, antes   
 de que sea demasiado tarde: no hay salvación   
para México, hijos míos, entrad:  

¿no estoy yo aquí que soy vuestra madre?” 









l.f.f



domingo, 19 de octubre de 2014

Ulysses..




De nada sirve que viva como un rey inútil 
  junto a este hogar apagado, entre rocas estériles, 
  el consorte de una anciana, inventando y decidiendo 
  leyes arbitrarias para un pueblo bárbaro, 
  que acumula, y duerme, y se alimenta, y no sabe quién soy. 
 No encuentro descanso al no viajar; quiero beber 
  la vida hasta las heces. Siempre he gozado 
  mucho, he sufrido mucho, con quienes 
  me amaban o en soledad; en la costa y cuando 
  con veloces corrientes las constelaciones de la lluvia 
  irritaban el mar oscuro. He llegado a ser famoso; 
  pues siempre en camino, impulsado por un corazón hambriento, 
  he visto y conocido mucho: las ciudades de los hombres 
  y sus costumbres, climas, consejos y gobiernos, 
  no siendo en ellas ignorado, sino siempre honrado en todas; 
  y he bebido el placer del combate junto a mis iguales, 
  allá lejos, en las resonantes llanuras de la lluviosa Troya. 
 Formo parte de todo lo que he visto; 
  y, sin embargo, toda experiencia es un arco a través del cual 
  se vislumbra un mundo ignoto, cuyo horizonte huye 
  una y otra vez cuando avanzo. 
 ¡Qué fastidio es detenerse, terminar, 
  oxidarse sin brillo, no resplandecer con el ejercicio! 
 Como si respirar fuera la vida. Una vida sobre otra 
  sería del todo insuficiente, y de la única que tengo 
  me queda poco; pero cada hora me rescata 
  del silencio eterno, añade algo, 
  trae algo nuevo; y sería despreciable 
  guardarme y cuidarme el tiempo de tres soles, 
  y refrenar este espíritu ya viejo, pero que arde en el deseo 
  de seguir aprendiendo, como se sigue a una estrella que cae, 
  más allá del límite más extremo del pensamiento humano. 


 Éste es mi hijo, mi propio Telémaco, 
  a quien dejo el cetro y esta isla. 
 Lo quiero mucho; tiene el criterio para triunfar 
  en esta labor, para civilizar con prudente paciencia 
  a un pueblo rudo, y para llevarlos lentamente 
  a que se sometan a lo que es útil y bueno. 
 Es del todo impecable, dedicado completamente 
  a los intereses comunes, y se puede confiar 
  en que sea compasivo y cumpla los ritos 
  con que se adora a los dioses tutelares 
  cuando me haya ido. Él hace lo suyo, yo, lo mío. 


 Allí está el puerto; el barco extiende sus velas; 
  allí llama el amplio y oscuro mar. Vosotros, mis marineros, 
  almas que habéis trabajado y sufrido y pensado junto a mí, 
  y que siempre tuvisteis una alegre bienvenida 
  tanto para los truenos como para el día despejado, recibiéndolos 
  con corazones libres e inteligencias libres, vosotros y yo hemos envejecido. 
 La ancianidad tiene todavía su honra y su trabajo. 
 La muerte lo acaba todo: pero algo antes del fin, 
  alguna labor excelente y notable, todavía puede realizarse, 
  no indigna de quienes compartieron el campo de batalla con los dioses. 
 Las estrellas comienzan a brillar sobre las rocas: 
  el largo día avanza hacia su fin; la lenta luna asciende; los hondos 
  lamentos son ya de muchas voces. Venid, amigos míos. 
 No es demasiado tarde para buscar un mundo nuevo. 
 Zarpemos, y sentados en perfecto orden hiramos 
  los resonantes surcos, pues me propongo 
  navegar más allá del poniente y el lugar en que se bañan 
  todos los astros del occidente, hasta que muera. 
 Es posible que las corrientes nos hundan y destruyan; 
  es posible que demos con las Islas Venturosas, 
  y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos. 
 A pesar de que mucho se ha perdido, queda mucho; y, a pesar 
  de que no tenemos ahora el vigor que antaño 
  movía la tierra y los cielos, lo que somos, somos: 
  un espíritu ecuánime de corazones heroicos, 
  debilitados por el tiempo y el destino, pero con una voluntad decidida 
  a combatir, buscar, encontrar y no ceder. 



t. 



lunes, 1 de septiembre de 2014

El adjetivo & sus arrugas..




   Los adjetivos son las arrugas del estilo. Cuando se inscriben en la poesía, en la prosa, de modo natural, sin acudir al llamado de una costumbre, regresan a su universal depósito sin haber dejado mayores huellas en una página. Pero cuando se les hace volver a menudo, cuando se les confiere una importancia particular, cuando se les otorga dignidades y categorías, se hacen arrugas, arrugas que se ahondan cada vez más, hasta hacerse surcos anunciadores de decrepitud, para el estilo que los carga. Porque las ideas nunca envejecen, cuando son ideas verdaderas. Tampoco los sustantivos. Cuando el Dios del Génesis luego de poner luminarias en la haz del abismo, procede a la división de las aguas, este acto de dividir las aguas se hace imagen grandiosa mediante palabras concretas, que conservan todo su potencial poético desde que fueran pronunciadas por vez primera. Cuando Jeremías dice que ni puede el etíope mudar de piel, ni perder sus manchas el leopardo, acuña una de esas expresiones poético-proverbiales destinadas a viajar a través del tiempo, conservando la elocuencia de una idea concreta, servida por palabras concretas. Así el refrán, frase que expone una esencia de sabiduría popular de experiencia colectiva, elimina casi siempre el adjetivo de sus cláusulas: "Dime con quién andas...", " Tanto va el cántaro a la fuente...", " El muerto al hoyo...", etc. Y es que, por instinto, quienes elaboran una materia verbal destinada a perdurar, desconfían del adjetivo, porque cada época tiene sus adjetivos perecederos, como tiene sus modas, sus faldas largas o cortas, sus chistes o leontinas.

  El romanticismo, cuyos poetas amaban la desesperación -sincera o fingida- tuvo un riquísimo arsenal de adjetivos sugerentes, de cuanto fuera lúgubre, melancólico, sollozante, tormentoso, ululante, desolado, sombrío, medieval, crepuscular y funerario. Los simbolistas reunieron adjetivos evanescentes, grisáceos, aneblados, difusos, remotos, opalescentes, en tanto que los modernistas latinoamericanos los tuvieron helénicos, marmóreos, versallescos, ebúrneos, panidas, faunescos, samaritanos, pausados en sus giros, sollozantes en sus violonchelos, áureos en sus albas: de color absintio cuando de nepentes se trataba, mientras leve y aleve se mostraba el ala del leve abanico. Al principio de este siglo, cuando el ocultismo se puso de moda en París, Sar Paladán llenaba sus novelas de adjetivos que sugirieran lo mágico, lo caldeo, lo estelar y astral. Anatole France, en sus vidas de santos, usaba muy hábilmente la adjetivación de Jacobo de la Vorágine para darse "un tono de época". Los surrealistas fueron geniales en hallar y remozar cuanto adjetivo pudiera prestarse a especulaciones poéticas sobre lo fantasmal, alucinante, misterioso, delirante, fortuito, convulsivo y onírico. En cuanto a los existencialistas de segunda mano, prefieren los purulentos e irritantes.

  Así, los adjetivos se transforman, al cabo de muy poco tiempo, en el academismo de una tendencia literaria, de una generación. Tras de los inventores reales de una expresión, aparecen los que sólo captaron de ella las técnicas de matizar, colorear y sugerir: la tintorería del oficio. Y cuando hoy decimos que el estilo de tal autor de ayer nos resulta insoportable, no nos referimos al fondo, sino a los oropeles, lutos, amaneramientos y orfebrerías, de la adjetivación.

  Y la verdad es que todos los grandes estilos se caracterizan por una suma parquedad en el uso del adjetivo. Y cuando se valen de él, usan los adjetivos más concretos, simples, directos, definidores de calidad, consistencia, estado, materia y ánimo, tan preferidos por quienes redactaron la Biblia, como por quien escribió el Quijote.


a. c.


martes, 12 de agosto de 2014

Aforismos sobre el arte de vivir..


1.- Sabiduría de la vida: el arte de conducir la vida de la manera más agradable y feliz posible.

2.- Lo que fundamenta la diferencia en la suerte de los mortales se puede reducir a tres determinaciones básicas: lo que uno es, lo que uno tiene y lo que uno representa.

3.- “Es mayor causa de felicidad propia lo que procede de uno mismo que lo que procede de las cosas” (Metrodoro, discípulo de Epicuro).
Lo más importante para el bienestar del hombre, incluso para todo el estilo de vida que adopte, es aquello que existe o sucede en su fuero interno. De ello dependen directamente su satisfacción y su desdicha más profundas, que no son, en primera instancia, otra cosa que el resultado inmediato de sus sentimientos, su voluntad y sus pensamientos.
4.- Cada uno está atrapado en su conciencia como en su propia piel, y vive en principio sólo en ella: de ahí que no se le pueda ayudar mucho desde fuera.
5.- Las diferencias de rango y de riqueza le asignan a cada cual el papel que habrá de representar; pero eso no significa que su felicidad y satisfacción interior estén de acuerdo con ese papel.

6.- La mitad objetiva del presente y de la realidad está en manos del destino y, en consecuencia, es tornadiza; la subjetiva viene dada por nosotros mismos y, por lo tanto, es básicamente invariable. La vida del hombre, por muchos cambios que le sobrevengan de fuera, tiene siempre el mismo carácter. (…) Nadie se puede sustraer a su propia individualidad. (…) El grado máximo de la dicha de un hombre está fijado de antemano por su individualidad.

7.- ¡Cuánto depende nuestra dicha de aquello que somos; mientras que casi siempre sólo se toma en cuenta nuestro destino, es decir, a aquello que tenemos o que representamos!.(…) Si se goza de riqueza interior, no habrá que pedirle mucho al destino.

8.- Que lo subjetivo es siempre mucho más importante para nuestra felicidad y nuestro gozo que lo objetivo, es algo que se comprueba en todas las cosas.(…) Lo que cada uno es para sí mismo, lo que lo acompaña en su soledad y nadie le puede proporcionar o arrebatar es obviamente mucho más importante para él que el resto de sus cualidades o lo que los demás puedan pensar de él.

9.-Lo primero y más esencial para nuestra felicidad es aquello que somos, o sea, nuestra personalidad. (…) Lo único que está en nuestras manos es sacar el mayor provecho posible de la personalidad recibida, cultivando las tendencias que le son afines y procurando adquirir el tipo de educación que se adapta a ella, evitando cualquier otra y, por consiguiente, eligiendo el estatus, la ocupación, el estilo de vida que mejor se correspondan con ella.

10.- Es muy poco lo que la riqueza como tal, es decir, el exceso de bienes, puede aportar a nuestra felicidad.(…) Y sin embargo, los hombres se afanan cien veces más en adquirir riquezas que en cultivar su espíritu; y ello a pesar de que está fuera de toda duda que lo que uno es contribuye mucho más a nuestra felicidad que lo que uno tiene.

11.- Lo que alguien lleva en sí mismo es lo más esencial para su dicha.

12.- “Lo similar se complace en lo similar”. (San Agustín)

13.- El aburrimiento procede de la indigencia y vaciedad de espíritu.

14.- “Tanto tienes; tanto vales” (Petronio)… y a la inversa, porque la opinión favorable de los demás en cualquier asunto contribuye a menudo a incrementar el patrimonio personal.

15.- En lo bueno y en lo malo, es menos determinante el azar y lo que le acaece a uno en la vida, exceptuando las calamidades, que la manera en que lo experimenta, es decir, la clase de sensibilidad que se tenga en cualquier respecto, y el grado de la misma.(…) De ahí que la envidia que se enfoca en las cualidades personales es la más implacable, y la que también se oculta con mayor esmero.

16.- “La naturaleza es segura, pero no lo son las posesiones”  (Aristóteles)… A esto se debe que soportemos con mayor entereza una desgracia que nos viene completamente de fuera que una de la que somos en parte responsables: pues el destino puede cambiar, pero la naturaleza propia, jamás.

17.- Los bienes subjetivos, como un carácter noble, una inteligencia capaz, un temperamento afortunado, un ánimo alegre y un cuerpo bien formado y totalmente sano, son para nuestra felicidad los principales y los más importantes; por lo que debemos atender mucho más a su generación y conservación que a obtener los bienes y el honor exteriores.
18.- “Quien ríe mucho es feliz, quien llora mucho es desdichado”. Por eso hay que abrir las puertas de par en par a la alegría cada vez que se presente: pues nunca viene a destiempo.

lunes, 23 de junio de 2014

Cambios de nombre..







A los amantes de las bellas letras      
Hago llegar mis mejores deseos       
Voy a cambiar de nombre a algunas cosas..      

Mi posición es ésta:      
El poeta no cumple su palabra       
Si no cambia los nombres de las cosas.      

¿Con qué razón el sol      
Ha de seguir llamándose sol?       
¡Pido que se llame micifuz       
El de las botas de cuarenta leguas!       

¿Mis zapatos parecen ataúdes?      
Sepan que desde hoy en adelante      
Comuníquese, anótese y publíquese      
Que los zapatos han cambiado de nombre:      
Desde ahora se llaman ataúdes..      

Bueno, la noche es larga       
Todo poeta que se estime a sí mismo       
Debe tener su propio diccionario       
Y antes que se me olvide       
Al propio dios hay que cambiarle nombre       
Que cada cual lo llame como quiera:       

   Ese es un problema personal.      



n. p.


domingo, 15 de junio de 2014

Poema Sujo..


                               turvo turvo
                               a turva
                               mão do sopro
                               contra o muro
                               escuro
                               menos menos
                               menos que escuro
   menos que mole e duro menos que fosso e muro: menos que furo
                               escuro
                               mais que escuro:
                               claro
   como água? como pluma? claro mais que claro claro: coisa alguma
                               e tudo
                           (ou quase)
   um bicho que o universo fabrica e vem sonhando desde as entranhas
                               azul
                           era o gato
                               azul
                           era o galo
                               azul
                            o cavalo
                               azul
                              teu cu


tua gengiva igual a tua bocetinha que parecia sorrir entre as folhas de banana entre os cheiros de flor e bosta de porco aberta como
uma boca do corpo (não como a tua boca de palavras) como uma
entrada para
                                                                         eu não sabia tu
                                                                         não sabias
                                                                         fazer girar a vida
                                                                         com seu montão de estrelas e oceano
                                                                         entrando-nos em ti

                                                          bela bela
                                                          mais que bela
                                                          mas como era o nome dela?
                                                         Não era Helena nem Vera
                                                          nem Nara nem Gabriela
                                                          nem Tereza nem Maria
                                                         Seu nome seu nome era…
                                                         Perdeu-se na carne fria
                                                          perdeu na confusão de tanta noite e tanto dia
                                                          perdeu-se na profusão das coisas acontecidas
                                                          constelações de alfabeto
                                                          noites escritas a giz
                                                          pastilhas de aniversário
                                                          domingos de futebol
                                                          enterros corsos comícios
                                                          roleta bilhar baralho
                                                          mudou de cara e cabelos mudou de olhos e risos mudou de casa
                                                      e de tempo: mas está comigo está
                                                      perdido comigo
                                                      teu nome
                                                      em alguma gaveta.




f. g.

lunes, 9 de junio de 2014

Déborah..


a J. R.

 I

  Bien sé que con tu ojo único —con tu ojo de monstruo acostumbrado al espanto— invisible y alta, lúbrica y negra, me miras, ferozmente, Déborah.

Esta es la hora que en el pavor de tus antros te vistes de novia y subes jadeando a tu torre enana, para contemplarme amorosa.

Esta es la hora en que, al fondo de los mares, los magos soñolientos entreabren sus verdosas conchas y las fatídicas vírgenes hierven en sus ollas mi pasado.

¡Mi pasado!

En ciudades desaparecidas, en desencajados templos, pulso el pestilente laúd cuya música sólo soportan los inmortales: desde las ventanas he visto cojear a los otoños, he visto—con tristeza—a los vientos arrastrar ballenas.

Yo recuerdo el deslumbrante plumaje de los canallas, yo celebro tu infatigable cola, yo lloro porque antaño, a esta hora, te posabas en mi hombro, papagayo tenebroso.

Yo sé bien —bien lo sé, amor mío— que, ahora mismo, te sientas en la profundidad de tu trono y me descubres, bajo el furioso mar, profundamente dormido.



 II

          Cuando paso bajo tus balcones, cuando atravieso los patios, jadeante bajo el peso precioso de mi caparazón, tú miras la nieve de remotos países.

Yo cruzo humildemente el jardín, pero tú no desciendes a mirarme: absorta estás ante el rosal de curvado pico.

Tal vez es el crepúsculo: arde tu rostro extrañamente.

Voy entonces hacia ti: cruzo polvorientos salones, recorro sumergidos palacios, hasta que miro parpadear tus ojos palúdicos.

Entonces chillas, saltas de rama en rama y huyes graznando como si tuvieras la pata quebrada.



 III

  Todavía era la noche cuando la Melancolía apareció en lo alto de su torre lívida.

Tú bajaste los ojos.

Peces horrendos surcaron el aire perlados de ira.

Comprendí entonces que ya nunca volverían los días dichosos, las inolvidables tardes idiotas, las felices noches tediosas.
Enloquecido, entreabrí las lujosas cortinas del invierno arruinado.

Bajo la luna, jadeantes caimanes de seda nos seguían.

Envejecidos tigres de latón se asomaban a las ventanas, a mirarte, por última vez, con ojos furibundos.

Como quien atraviesa el pasado atravesé la ciudad dormida: roncaban todavía las torres obesas, ahitas de crepúsculo.

Al alba, prodigiosamente cansado, me detuve entre las actinias: cerré los ojos en tenebrosa paz: desde entonces duermo: es raro que lleguen hasta aquí los peces, muy raro que los pacíficos radiolarios disputen por los ojos de las púdicas holoturias.


 IV

  Ya no son verdes las plumas de los dinosaurios, ni las hienas se cubren de frutos cuando llega la primavera amable; ya el pulpo no sacude su deslumbrante pico en los castillos del estío.

        Yo también estoy solo, rodeado de melancólicas islas y recorro envidioso los patios azules del mar hasta que el gran pez de la angustia quiebra con sus coletazos la cristalería del arco iris.

No soy hermoso, ni ágil como el saltamontes: me escondo entre las hierbas y debo esperar a que chille el mochuelo para emerger entre las grietas.

Muchas veces gira la odiosa luna antes que te contemplen mis ojos húmedos.

Pero esta noche has venido envuelta en una belleza que no es de este mundo y me has mirado tristemente.

¡Has acariciado mi lomo tembloroso y se te han llenado los ojos de carnívoras aguas!



 V

  He estado sumergido largos inviernos, he dormido ferozmente bajo los atrios, delante de mi faz los mendigos celebraron sus misas.
El viento derriba invisibles torreones, el invierno hojea su viejo libro y yo recuerdo a Déborah.

¡Oh gentiles espumas, tímidos mares enanos, en vuestros sagrados pechos recliné mi cornamenta de oro cuando Déborah me amaba!

Era en los desvanes del treceavo mes, era cuando mi corazón pastaba en las praderas infantiles del mar.

En sueños, escarchado de rabia, miré que el cielo enfermaba y las estrellas tosían y el sol se cubría de moscas venidas de Oriente.

Oh Déborah: cuando desperté la corrompida Diosa de Marfil sollozaba; ante los templos, bajo el sol subterráneo, tu calavera sonreía.



 VI

  Si algún día, en tu barbuda torre, en tu país baldado, oyes jadear las herrumbrosas hélices del odio, comprenderás que no he mentido.

see you..
        Porque amé tu rostro azul, idolatré tus ojos viciosos, tu barriga hinchada de hongos mortales.

No reniego haberte visto entre los cánticos de seda de los lunáticos, anunciando de la peste los reinos deslumbrantes.

¿Qué amor, qué amor pudiste sentir por mí, lívido grajo?

Era verano cuando te descolgaste de los campanarios —era un escamoso día de verano— cuando emergiste entre las algas gritando: “¡Voy a perderte!”

Yo chillé de alegría porque hacía muchos meses que me negabas tus besos: ebrio de gloria arrastré de los cabellos a la pobre tarde.

En aquella gruta fuimos felices y los paseantes palidecieron cuando Déborah y yo, dulcemente abrazados, cruzamos las islas seguidos por las bandadas que llevaban a cuestas nuestros mantos.

Déborah: tuve que partir.

La tempestad tiene ojos centelleantes: mi corazón padece en aquella isla blanca.

Déborah: yo sé que me oyes, yo sé que en tu guarida escuchas el silbido amarillo de nuestra inolvidable cobra y luego sollozas y después el olvido.


m. s.

miércoles, 4 de junio de 2014

El Circo..


  Se azuló la noche. En medio del solar oscuro, el circo era como una luna desinflada. Parecía la chiche de la noche, onde mama luz el cielo. Un chilguete manchaba de norte a sur el espacio y las gotitas zarpiaban el horizonte hasta la oriya del mundo.

  Mito y Lencho, los dos hermanitos, miraban asombrados, por un juraco, cómo aquel siñor que le decían Irineyo Molina, se bía hecho payaso en un dos por tres. Taba sentado en un cajón, jumándose un puro, y con cara enojosa de hombre. Por el hoyito se véiya bien que le daba la luz de un carburo en la cara chelosa de harina. Abajo, junto a la goliya plisada, asomaba el cuello prieto de su propio cuero. Más allá, el negro Jackson sembraba una estaca, con una almágana. A cada golpe de juelgo, la estaca se hundía un jeme. Recostado en unos lazos templados como cuerdas de violín, estaba un volatín.

                                              

—Apartáte, baboso.
—Peráte, quiero ver.
—Te vuá zampar una ganchada, Chajazo.
—¡Achís!, sólo vos querés mirar...
—A yo no mián dejado...
—¡Baboso, baboso, ayí entró una piernuda vestidedorado. Sestá componiendo la atadera.

  La cipotada ondeó, como un tumbo de carne; reventó en empujones y se vació sobre la carpa, derrumbando al lado diadentro un rimero de sillas. Se oyeron voces de hombre, furibundas, y pasos amenazadores. La cipotada se dispersó a la carrera, haciendo sonar con sus talones la panza de tambor del descampado. Se confundió entre el guevazo e gente silbando y riendo. Un sapurruco en camiseta, con unos grandes gatos que parecían de madera, salió encachimbado por debajo de la lona, con un acial en la mano. Llegó hasta el andén, mirando de riojo; escupió un salivazo con tabaco, y se metió otragüelta por debajo. Dos o tres chiflidos le condecoraron el fundiyo. El humo de los candiles y de los puestos de pupuseras ponía llanto en los ojos de aquella alegría. La manteca, ricién echada en las sartenas de las pasteleras, se oiba escandalosa, como cuando meya el tren. Las garrafas, en los mostradores de los chinamos, parecían jícamas de vidrio, que se bieran convertido en cocos. El guaro clarito temblaba  adentro y dejaba descurrir su tujito embolón.

  Las gentes iban entrando, guasonas, al circo. Daban su tiquete y levantaban la cortinenca de  añididos, onde había unas letras que naide entendía, porque naide leyiya en el pueblo. 

  Una bandita descosida empezó a sonarse,allí dentro, debajo diaquel gran pañuelo. La buyanga sizo  mayor, y las gentes empezaron a codearse por entrar a coger puesto.

  

  Por tercera vez sonó la campanilla; aquella campanilla que daba güeltegatos de plata en la aljombra  de la ansiedad. Un silencio profundo se agachaba, cargado de corazones, como una rama de mango. De  una patada se abrió el telón de los secretos; una pelota de colores vino rodando hasta el centro del  picadero, y, con un grito de sollozo burlón, el payaso se irguió amelcochado, bonete en mano, con algo de  piñata y algo de barrilete. De golpe se descolgó, en el redondel, la cortina de tablitas del aplauso.

  Vestidos a medias y de medias, los volatines y volatinas, en escuadrón, avanzaron marciales, con  los brazos cruzados sobre el pecho y sonriendo con sonrisa postiza. Detrás, en dos caballencos ahumados  como los del carrusel, que llevaban colas de gallo en la frente, venían las masonas, vestidas de  espumesapo y sentadas, con una nalga, en el mero chunchucuyo de los caballos. Cerrando chorizo, iba un chele vestido dentierro, con un chiliyo bien largo; y un viejo bigotudo, jalándole las narices a un pobre oso medio bolo. Más detrás iban los guachis, con cotones de colores llenos de chacaleles. La música
sonaba, toda ella, chueca y destemplada, como mocuechumpe.