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lunes, 24 de febrero de 2014

Regina Tenebrarum..



Como si los leones devorasen tu cuerpo, y tu sangre
  corriera sobre el mármol escaso.
 Así te miro, pensando
  en el sagrado día de tu muerte,
  cuando un sepulcro inmenso beberá tu hermosura
  quemada por el tiempo.
 Habrás sido una música ciega en lo alto de un muro.
 Mi larga maldición te pertenece como tus propios huesos,
  llévatela contigo a la tierra.
 Tenebrosa, ¿de qué te sirve tanto oro
  confundido con plata?
 No podré ver tu muerte, comprobar tu agonia;
  sólo tendré una escueta noticia inacabada.
  la certidumbre del lugar ocupado por tus «restos»
  y la seguridad mayor de que no he de nombrarte
  cuando me refiere a mis ángeles clarividentes, erguidos.


Los trozos de tu cuerpo estarán en mi recuerdo,
  no entre las garras de las fieras.
 Tu fragancia infernal aún será mía.
 Las letras de tu nombre descompuesto formarán otros nombres
  y en la pradera violeta crecerán otras torres
  en los atardeceres prolongados por la sed hacia el pozo
  donde tú, entonces, vivías
  cuando el cielo era rojo y los árboles escarlatas crecían.
 Así acontece ya con cada instante.
 El sonido es la muerte que todavía resiste
  y levanta, sin manos, un gesto hacia lo vivo.
 Oye mi corazón; se está moviendo.
 Y esta música horrenda que no le conmueve
                                                         soy yo.


Ven a verme llorar,
  no lloro con los ojos ni con el pensamiento;
  lloro con las entrañas, con los dedos quemados,
  con la frente rajada por cuchillos
  y con la llaga en llamas que yo todo soy.
Desciende del palacio, ven
  a verme llorar.


Verás un monasterio cuando se despedaza
  y verás dos mil años en sólo unos momentos,
  o en un tiempo tan largo que la historia del mundo
  no llena su interior.