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sábado, 1 de febrero de 2014

Señor Volición..


—Dame el parche.
Aunque le estoy encañonando con una pistola se lo piensa lo bastante como para confirmarme que es auténtico. Lleva ropa barata pero se ha dejado una pasta en manicura y depilación. Tiene la típica piel suave de bebé de un rico de mediana edad. Las tarjetas de la cartera serán sólo monederos electrónicos, anónimos pero cifrados, inútiles sin sus propias huellas dactilares vivas. No lleva joyas y el relófono es de plástico; el parche es lo único que vale la pena. Una buena falsificación vale quince centavos, los buenos de verdad valen quince mil, pero no tiene la edad ni pertenece a la clase social de los que llevan una imitación sólo por ir a la moda.
Las Resultas..
Se arranca el parche con delicadeza y se le desprende de la piel. La montura adhesiva no le deja la más minima marca, no le arranca ni un solo pelo de la ceja. El ojo recién descubierto no parpadea ni bizquea... pero sé que aún no puede ver bien. Las rutas perceptivas suprimidas tardan horas en reactivarse.
Me entrega el parche. Casi espero que se me pegue a la palma de la mano, pero no lo hace. La cara exterior es negra, como de metal anodizado, y en una esquina hay un logo de color gris plata que representa un dragón; está dibujado como «escapando» de una versión recortada y plegada de sí mismo, de forma que se muerde la cola. Visiones Recursivas, en homenaje a Escher. Aprieto la pistola un poco más contra su estómago para que no olvide su presencia mientras bajo la mirada y le doy la vuelta al parche. A primera vista la cara interna parece terciopelo negro, pero al moverlo percibo el reflejo de una farola difractada en arco iris por la matriz de láseres de punto cuántico. Algunas imitaciones de plástico se fabrican con hendiduras que consiguen un efecto parecido, pero la nitidez de esta imagen (diseccionada en colores, pero en absoluto borrosa) no se parece a nada que haya visto antes. Alzo los ojos y me quedo mirándolo. Él me devuelve la mirada con recelo. Sé lo que siente —agua helada en las tripas—, pero en sus ojos hay algo más que miedo: una especie de curiosidad vacilante, como si se estuviera empapando de la extrañeza de la situación. Aquí, de pie, a las tres de la mañana, con una pistola apuntándole a los intestinos. Privado de su juguete más caro. Preguntándose qué más va a perder.
Esbozo una triste sonrisa y sé el efecto que eso produce a través del pasamontañas.
—Deberías haberte quedado en el Cruce. ¿Qué andabas buscando por aquí? ¿Algo para follar? ¿Algo para esnifar? Deberías haberte quedado en los clubes, todo te habría llegado sin mover un dedo.
No contesta, pero tampoco aparta la mirada. Parece como si se estuviera esforzando al máximo por entenderlo todo: el miedo, la pistola, este momento. A mí. Intentando asimilarlo y darle un sentido, como un oceanógrafo arrastrado por un maremoto. No sé si es admirable o sólo irritante.
—¿Qué buscabas? ¿Una nueva experiencia? Yo te daré una nueva experiencia.
A nuestra espalda algo se desliza por el suelo arrastrado por el viento: un envoltorio de plástico o un montón de ramitas. La calle se compone de casas adosadas reconvertidas en locales de oficinas. Los locales tienen rejas y alarmas contra intrusos, pero por lo demás no registran nuestra presencia.
Me meto el parche en el bolsillo y le apunto con la pistola un poco más arriba.
—Si te mato, te meteré una bala en el corazón —le digo con franqueza—. Limpio y rápido, te lo prometo; no te dejaré aquí tirado con las tripas fuera desangrándote como un cerdo.
Parece que va a decir algo pero cambia de opinión. Se queda paralizado, mirando fijamente mi rostro enmascarado. El viento se vuelve a levantar, fresco y de una suavidad tal que parece imposible. Mi reloj emite una corta secuencia de tonos, lo que significa que está bloqueando con éxito la señal de su implante de seguridad personal. Estamos los dos solos en medio de un pequeño vacío de señales de radio: fases que se cancelan, fuerzas equilibradas con precisión.
Pienso: «Puedo perdonarle la vida... o no»; y surge la lucidez, el velo se descorre, la niebla se disipa. Ahora todo está en mis manos. No miro hacia arriba, pero no me hace falta: puedo sentir cómo las estrellas giran a mi alrededor.
—Puedo hacerlo, puedo matarte —le susurro.


viernes, 31 de enero de 2014

Luminoso


. . .

—Vale —dije—. Continúa.
—En el principio del universo algún sistema físico tuvo que comprobar las matemáticas aislado, separado de todos los resultados establecidos, lo que le permitía decidir el resultado al azar. Así es cómo surgió el defecto. Pero ahora todas las matemáticas de esta región ya han sido comprobadas, ya se han rellenado todos los huecos. Cuando un sistema físico comprueba un teorema en el lado cercano, no sólo ya ha sido demostrado miles de millones de veces antes, sino que también se han decidido todas las proposiciones lógicamente adyacentes que lo rodean, y ellas implican el resultado correcto en un solo paso.

じっぷら展覧会 | 見てるだけで頭が変になりそうな絵をみんなで観賞しようぜ

—¿Quieres decir... que hay una presión de pares por parte de las proposiciones contiguas? ¿Que no se permite ninguna inconsistencia, que hay que ajustarse? ¿Si x-1 = y-1, y X+1 = y+1, entonces x tiene que ser por fuerza igual a y porque no hay nada cerca que permita lo contrario?
—Exactamente. La verdad se determina de forma local. Y lo mismo pasa si nos adentramos en el lado remoto. Las matemáticas alternativas han dominado allí y cualquier comprobación tiene lugar rodeada de teoremas establecidos que se refuerzan unos a otros y refuerzan el resultado correcto no estándar.
—Pero en el borde...
—En el borde todos los teoremas que se comprueban reciben instrucciones contradictorias. Por un lado, x-1 = y-1... pero por el otro, x+1 = y+2. Y la topología del borde es tan compleja que un teorema del lado cercano puede tener más vecinos en el lado remoto que en su propio lado, y al revés.
—De manera que la verdad en el borde no es fija, ni siquiera ahora. Ambas regiones siguen teniendo la posibilidad de avanzar o retroceder. Todo depende del orden en que se comprueben los teoremas. Si se comprueba en primer lugar un teorema claramente situado en el lado cercano, y éste contribuye a consolidar a un vecino más vulnerable, eso puede garantizar que ambos permanezcan en el lado cercano.
Ejecutó una breve animación que demostraba el efecto.
—Pero si se invierte el orden, el más débil se vendrá abajo.
Observé, medio mareado. Verdades insondables pero supuestamente eternas caían como piezas de ajedrez.
—Y... ¿crees que en este preciso momento se están produciendo procesos físicos (acontecimientos moleculares fortuitos que sin quererlo siguen comprobando una y otra vez distintas teorías a lo largo del borde) que hacen que cada lado gane y pierda territorio?
—Sí.
—¿Entonces ha habido una especie de... marea aleatoria que ha estado subiendo y bajando entre dos tipos de matemáticas durante miles de millones de años?
Se me escapó una risa inquieta e hice algunos cálculos mentales aproximados.
—La esperanza matemática de un paseo aleatorio es la raíz cuadrada de N. No creo que tengamos que preocuparnos por nada. La marea no va a inundar la aritmética útil en el tiempo de vida del universo.
Alison sonrió sin humor y volvió a coger la agenda.
—¿La marea? No. Pero construir un canal es la cosa más fácil del mundo. Para influir en el flujo aleatorio.