A Tilman le dio el ataque en la capital del estado, adonde había ido por negocios, y estuvo allí internado dos semanas en el hospital. No recordaba la llegada a su casa en ambulancia, pero su esposa sí. Se había pasado dos horas sentada en el asiento plegable, a los pies de su marido, con la vista clavada en su cara. Solo el ojo izquierdo de Tilman, desviado hacia dentro, parecía albergar su antigua personalidad. En él ardía la ira. Por lo demás, toda su cara estaba preparada para la muerte. La justicia era implacable y para ella era un placer cuando la encontraba. Quizá hacía falta esta desgracia para que Walter se diera cuenta.
-¡Levántate, Walter, y abre la puerta!
Walter estaba sentado en el borde de la silla, absorto en la operación, con el dedo metido en el libro que había estado leyendo antes de que llegara la ambulancia. Se levantó, aguantó la puerta mosquitera y, mientras los enfermeros cruzaban el balcón con la camilla, observaba con evidente fascinación la cara de su padre.
-Me alegro de verlo, mi capitán -dijo, levantó la mano y, de cualquier manera, le hizo el saludo militar.
Cargado de ira, el ojo izquierdo de Tilman pareció alcanzar al hijo aunque no dio señales de reconocerlo.
Roosevelt, que en adelante sería enfermero en lugar de peón, esperaba dentro, al lado de la puerta. Se había puesto la chaqueta blanca que reservaba para las grandes ocasiones. Escrutaba lo que iba en la camilla. Los ojos enrojecidos se le tornaron vidriosos. Y, de repente, se le llenaron de lágrimas que bañaron sus negras mejillas como si fueran sudor. Tilman hizo un gesto débil y brusco con el brazo sano, el único gesto de afecto que se había permitido hacerle a alguno de los presentes. El negro siguió a la camilla hasta el dormitorio de atrás, sorbiéndose los mocos como si acabaran de pegarle.
Mary Maud entró para dar instrucciones a los portadores de la camilla.
Walter y su madre se quedaron en el balcón.
-Cierra la puerta -le ordenó-, que entran las moscas.
Ella observaba a Walter desde que había entrado, buscaba en su cara grande y sosa alguna señal de que sentía la urgencia de la situación, alguna señal de que debía tomar las riendas, de que debía hacer algo, lo que fuese; para ella habría sido una alegría verlo cometer un error, incluso empantanar las cosas, si con eso al menos hacía algo, pero comprobó que nada había ocurrido. Walter le clavaba los ojitos, levemente brillantes detrás de las gafas. Había captado cada detalle de la cara de Tilman; había visto las lágrimas de Roosevelt, la confusión de Mary Maud, y ahora la estudiaba a ella para comprobar cómo reaccionaba. Se enderezó el sombrero de un manotazo cuando, por la forma en que la miraba su hijo, se percató de que se le había ido hacia atrás.
-Deberías llevarlo así -dijo él-. Te da un aire desenfadado, de despiste.
Ella endureció el gesto tanto como pudo.
-Ahora la responsabilidad es tuya -le dijo con tono severo, categórico.
Él siguió allí de pie, con aquella media sonrisa, en silencio. Como una masa absorbente que se queda con todo sin dar nada. Ella tuvo la impresión de estar ante un extraño con la misma cara de la familia. Tenía la misma sonrisa evasiva de abogado que su padre y su abuelo maternos, engastada en la misma mandíbula poderosa, bajo la misma nariz romana; su hijo tenía los mismos ojos, ni azules, ni verdes, ni grises; no tardaría en quedarse calvo como ellos. Ella endureció más el gesto.