Máximas generales
Para entenderse sin malgastar palabras, conviene de inmediato
adoptar un vocablo con el que nombrar, con matemática exactitud, a ese
personaje singularmente agraciado por la naturaleza, y perfeccionado por la ciencia y la práctica
social, que se propone vivir alegremente la vida a costa del crédito público y
privado.
Mi propio apellido podría servir a tal fin. El hombre que
pretende vivir gracias a la deuda, el hombre que se siente llamado a esta
sublime misión de regenerar la humanidad mediante el sistema de los impuestos
involuntarios, cabe llamarle, por lo tanto, pufista. Confiriendo el nombre de
pufista a esta gran y noble especialidad de la raza humana −que dentro de nada
dejará de ser una especialidad para convertirse en una práctica generalizada−,
sé estar postulándome a una fama imperecedera.
Acabo de enunciar, casi sin percatarme, un grandioso
concepto que exige pronta explicación para que también puedan comprenderlo los
intelectos menos avispados. He dicho que el pufista está llamado a regenerar la
humanidad gracias al sistema de los impuestos involuntarios.